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sábado, 16 de noviembre de 2019

La plaza de Caldas


Llamada así la plaza principal de Popayán, en  honor a Francisco José de Caldas prócer de la independencia, cuya estatua se erige en el centro del parque. Personas cercanas a Sebastían de Belalcázar fueron los encargados de gobernar a Popayán y de señalar los solares donde debían construir sus primeras casas los españoles que hasta entonces habitaban las chozas de los pubenenses. Diseñaron la plaza rodeda de los principales edificios, el Palacio Municipal, la sede del gobierno departamental y, la iglesia catedralicia de culto católico dedicada a la Virgen María bajo la advocación de Nuestra Señora de la Asunción de Popayán. Quisieron además,  que la plaza mayor estuviera rodeada de calles y caserones simbolizado por el trazado físico de un “tablero de ajedrez”.
Rápidamente la sociedad colonial se organizó en una estructura jerárquica en que predominaba el modelo ideal de la conformación de dos “repúblicas”. La de los blancos en los núcleos urbanos ordenados en ciudades. Y otra, en  villas y lugares para los indios y los negros, imponiendose el interés por cumplir normas y preceptos urbanísticos.
El trazado resultante era bastante sencillo. Alrededor de la Plaza Mayor, que generalmente era una manzana vacía, empezaba la cuadrícula que servía de esquema para permitir la extensión de la ciudad en todas las direcciones, siguiendo la norma del año 1523, recogida en las ordenanzas de Felipe II, que textualmente ordenaba: “Que, aunque la población vaya en gran crecimiento, se pueda siempre proseguir y dilatar en la misma forma”. Se contemplaba que el modelo no se alteraría, ni siquiera por las dificultades del terreno. Simplemente las manzanas se cortaban para adaptar el borde de la ciudad a las formas irregulares de la naturaleza.
A lo largo de toda su historia, Popayán no se ha caracterizado por el número de sus habitantes, sino por las actividades de los hombres que residen, por sus rasgos particulares de estatus económico, político, de sociabilidad y de cultura. La ciudad se ha diferenciado del medio que la circunda, y en éste, ella es el punto de residencia del poder. “El Estado crea la ciudad. Sobre la ciudad el Estado toma lugar”. Así fue como concedieron licencia y facultad para poder hacer en esta provincia una fortaleza en conveniencia para la defensa de los españoles que en ella residieran y, en la parte que mejor les pareciera.
Debido a este carácter, la ciudad asumió el papel de ser un gran escenario donde se representaba el poder, y por ello el espacio urbano se dispuso de cierta manera. Por sus estructuras, la ciudad mostraba lo que se concebía como el orden: los ángulos rectos, las aguas canalizadas (para la gente de origen popular porque las personalidades tenían sus propios chorros de agua). Los emblemas como las plazas y las fuentes de agua, surgieron como las victorias de la cultura sobre la naturaleza. El esplendor de la vida urbana se proyectaba en el campo, el cual producía para la ciudad alimentos y materias primas, además de pagar impuestos. Esta riqueza se acumulaba en la ciudad. La ciudad atraía la opulencia y a los hombres que producían esta opulencia.
En este modelo, la Plaza Mayor era el elemento fundamental que estructuraba el espacio urbano. Era el centro de la ciudad, el centro geométrico, simbólico y vital. Era el elemento generador de lo urbano y, toda la ciudad se organizaba a partir de éste. Por ello, las ordenanzas de Felipe II dictaminaban que, “comenzando desde la plaza mayor y sacando desde ella las calles”. En este centro confluía toda la vida de la ciudad. Era una sociedad cultural, donde el contacto personal era fundamental, en la que, la palabra ocupaba un puesto de primer orden, la plaza era el lugar de encuentro para todas las funciones sociales públicas, tanto las derivadas del ejercicio del poder como las fiestas y diversiones. Por ello en el marco de la plaza se ubicaban los edificios del poder civil y los religiosos. Allí se administraba y se hacía justicia, se celebraban las ferias, los mercados y, se conmemoraban las celebraciones fiestas.
Entonces, Popayán bella joya colonial, fue ubicada justo, en medio de una arboleda, cruzada por los ríos Cauca y Molino, que se funden en uno solo, dándole importancia a la plaza central y al seductor paisaje de fondo con sus sierras nevadas del lado derecho y el radiante sol al lado opuesto.
Civilidad: Hablar de la Popayán que se nos fue, es alucinante.

sábado, 9 de noviembre de 2019

Entre la polarización y la indignación


La historia de Popayán se partió en dos a partir de 1983 cuando renació de sus propios escombros convirtiéndose en ciudad coloniense. Según la mitología griega, el Ave Fénix, se desvanece para renacer con toda su gloria. Desde entonces, sin importar de qué raza o cultura sea, la ciudad lo acepta como uno más. Esa es la razón, de porqué las tradiciones y costumbres perdieron fuerza con el paso del tiempo. La gente cambió sus opiniones, su modo de entender la ciudad y el sentido de su vida como resultado de nuevas experiencias y conocimientos de la sociedad, en la necesidad de adaptarse y por la influencia de otros grupos sociales con los que a diario establece contacto.
En tal sentido, es muy importante recordar nuestro pasado, para ejercer un correcto control social y las rutas de la ciudad en su conjunto. Es necesario también, discutir sin acalorarnos con qué criterios aceptamos o rechazamos las costumbres y tradiciones de otros pueblos. Hay que acercarse a esta realidad, manteniendo ciudadanos informados, críticos, pensantes, que reflexionen sobre la situación actual que nos ha llevado a estar en el punto en que nos encontramos, para en conjunto, cambiar nuestra actitud a fin de no cometer los mismos errores.
Ahora situémonos en el proceso democratizador de la Constitución Nacional vigente hace 30 años. Preguntemos por las cualidades para administrar en la elección popular. ¿Era mejor la designación de mandatarios por decreto presidencial o por decisión popular? Y lo que se torna urgente preguntar: ¿cuántas trabas surgen de hecho y de derecho en medio de este ambiente leguleyesco en que vivimos?
Se promovieron nuevas formas de hacer política con el constante interés por acceder a las dignidades públicas. Sin embargo, frente a la participación en la decisión electoral, resulta todavía bastante limitada la representación de la mujer, como muestra de una política más incluyente y menos discriminatoria.
Estamos pasando por una crisis multidimensional que traspasa las fronteras de lo económico y lo político. Hay una aguda descomposición social a causa del enriquecimiento fácil. Nos agobian: la polarización a causa de las fuerzas en conflicto y la extensión de los enfrentamientos armados quedando en medio las comunidades, resultando afectadas por un accionar armado atomizado. Se generalizó la “ guerra sucia”. Se multiplicaron las formas de violencia que se entrecruzan sórdidamente, incluyendo la guerra en las calles, en las redes sociales, la delincuencia común, hasta la guerra generada por el narcotráfico. La crisis en la justicia, la pérdida de credibilidad en las principales instituciones, -particularmente en el Congreso-  la ausencia de liderazgo político y la pérdida ideológica de los partidos menoscaban nuestra frágil democracia. Todos estos fenómenos en conjunto, deben analizarse con cabeza fría, después de haber configurado el mapa del poder local y regional.
En poco tiempo estaremos en elecciones parlamentarias. Sin embargo, el acontecer político no ha colmado las expectativas del bienestar de los ciudadanos, porque la ocupación de una curul en el congreso, no se ha entendido como la oportunidad de construir. Y en ese sentido, la única forma de poder que debería obsesionar a los políticos, es la de poder hacer. Por eso, los partidos tradicionales, entraron crisis, perdieron poder; ya no son capaces de imponer candidatos con chance real de triunfo. El viejo sistema de castas políticas dominantes enfrenta dificultades para conservar su monopolio del poder con la llegada de uno nuevo, marcado por liderazgos personales en medio de una ola de indignación o polarización.
No hay duda, tanto en la política, como en muchas otras actividades humanas, se requiere la renovación de ideas. En este punto no hay que enfocarse hacia el descrédito del ejercicio de los funcionarios públicos y políticos, evitando caer en lugares comunes asociándolos con la corrupción porque no todos son pecadores. Pero eso sí, la comunidad debe contar con la madurez suficiente para llamar desde las urnas al retiro de sus representantes.




sábado, 2 de noviembre de 2019

Y se cumplió un sueño


Pasados 28 años de la expedición de la Constitución de 1991, a muchos se nos olvidó o no queremos entender que Colombia dio apertura al reconocimiento de la diversidad cultural. Recordemos que Popayán y sus grandes construcciones del sector histórico fueron levantadas por la mano de obra de esclavos. Estos se encontraban en una situación de inferioridad en cuanto al trato por parte de la Corona, comparado con la legislación protectora de los indios.
La diversidad cultural y multiétinica, es una característica esencial de la humanidad, factor clave del desarrollo que se expresa en una gran pluralidad de identidades y de manifestaciones culturales de los pueblos y comunidades que forman la nación. Las culturas no son aisladas, menos en la era de la globalización en el cual nos encontramos. Pero, corregir esta situación y valorar la existencia de múltiples culturas, ha sido una tarea  incansable de los grupos étnicos y culturales que disienten de la “cultura dominante”.
Se han dado, intercambios de saberes, puntos de encuentro y desencuentro que son neceariamente relaciones interculturales. Sin olvidar sus reclamos por mejores condiciones para los grupos indígenas y afrodecendientes. Los conflictos interculturales se han hecho más comunes ante la búsqueda de soluciones a las necesidades insatisfechas, tanto para campesinos como para pueblos indígenas y comunidades afrocolombianas.
Después de la Constitución Política, se dieron las primeras disposiciones reglamentarias, tendientes a proteger sus derechos. Entonces, el Estado se  percató que debía promover la protección e implementación de otros, tendientes a brindar una integración adecuada de esas “minorías”, mediante acuerdos como el derecho a la tierra, la salud, educación, entre otros.
Con el surgimiento de la Corte Constitucional, vigilante del correcto cumplimiento y aplicación de la Constitución, sus fallos lograron interpretar los nuevos postulados constitucionales, dirigidos al reconocimiento de la diversidad cultural.
El departamento del Cauca y especialmente Popayán, ha sido reconocida gracias a su legado histórico, político, social y cultural; pero los mestizos olvidamos que también llevamos sangre de cimarrones.
¡Los nortecaucanos siempre soñaron! Y llegaron a promover, sin resultado, la independizacion del Cauca con la creación del departamento de Obando, en pro de la conservación de sus usos y costumbres más relevantes y desde luego, para proteger el derecho a la diversidad.
Colombia es una pirámide social pigmentocrática, porque las desigualdades sociales han sido y son el resultado combinado de la clase social  y el color de piel. Casi todos los países de las Américas son  pigmentocracias, siendo Colombia el segundo país, después de Brasil, con mayor número de población afrodescendiente en América Latina.
Lo anterior,   como incorregible ciudadano optimista, me hace pensar que por fin, el Cauca ha dado el gran paso para erradicar la pigmentocracia. Era necesario hacerla explícita para efectos de problematizar la ideología del mestizaje asociada a una democracia racial. Una manera de frenar esa exclusión, es comprendiendo que los afrodescendientes siempre estuvieron aquí con una historia traumática y dolorosa.
En la construcción de una historia diferente, en el Cauca actual, tratando de  recuperar la memoria y la visibilización de expresiones afroculturales, dándole aporte afro a la administración pública con hombres y mujeres afrodescendientes que le  inyecten importantes dinámicas desde distintos ámbitos, no podemos negar el origen de la idea.
Si no hubiese habido un Martin Luther King, un Barack Obama y un Senador con humanismo universalista, como Temìstocles Ortega, hoy el Cauca no tendrìa el primer gobernador afrodescendiente. Es un hecho histórico. Una verdadera gesta política, haber elegido a Elías Larrahondo en esta región, otrora principal centro esclavista, en donde los negros se encontraban privados de voz y, menos, para participar en la vida pública.   Ortega Narvaez,  con su cauda electoral, quizo reafirmar su condición de “barón electoral”, echándose solo al hombro, la candidatura afrocaucana. Y para convertir en realidad el sueño de Elìas Larrahondo, votaron 235.500 caucanos: “Blancos, indios y negros una sola ilusión/ Hijos de la misma tierra/ Frutos de la misma flor”.