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domingo, 3 de mayo de 2026

El automotor y el destierro del peatón

En esta ciudad blanca, culta y de paso lento —al menos así la evocamos— algo se nos salió de las manos. Popayán, que fue pensada para caminarla despacio, conversarla en las esquinas y vivirla a pie, hoy parece diseñada para el rugido del motor y el pito ensordecedor. El peatón, ese ciudadano de toda la vida, fue empujado sin ceremonia a las orillas, arrinconado en aceras flacas, rotas e invadidas, entre tanto, el centro de la calle convertido en territorio sagrado del automóvil.

Las calles, plazas y andenes están tomadas, colonizadas y bien parqueadas por carros, motos, busetas y vehículos oficiales —estos últimos, con patente de corso— en movimiento o en reposo eterno. Popayán ya no es la ciudad de los caminantes; la volvieron un mega-parqueadero patrimonial, con barreras invisibles y visibles donde manda el que tenga llaves y pito. Aquí se parquea sobre el andén, en la esquina, frente al garaje ajeno o donde dé la gana, porque total: multa no hay y vergüenza menos.

Y no es que este fenómeno sea nuevo, no señor. Pero crece como maleza en lote abandonado. Andenes invadidos por motos, carros y vendedores; cruces imposibles; semáforos que privilegian al vehículo con ciclos eternos y le dan al peatón unos segunditos de fe. “- Cruce rápido, abuelita, que el carro ya viene”- Caminar en línea recta es un lujo; toca ir en zigzag, como toreando la suerte, esquivando espejos y aceleradores.

Claro, no seamos injustos: el vehículo privado, visto desde la comodidad individual, es una maravilla. Lleva, trae, carga, protege de la lluvia y da cierto estatus, como decía aquella frase célebre que algunos aún se toman muy en serio. Pero una cosa es el invento y otra el desorden. Porque mientras el mundo habla de ciudades humanas, aquí seguimos atrapados en trancones dignos de metrópoli… sin serlo.

La movilidad en Popayán es un problema serio, grave y conocido. Todos lo saben, todos lo dicen, todos lo sufren. Pero soluciones, pocas; resultados, menos. Más accidentes, más ruido, más contaminación y más muertos. Las históricas calles de la ciudad, pensadas para la vida y no para la carrera, hoy parecen pistas de supervivencia.

Se intentó con proyectos rimbombantes, carriles mal pensados y estaciones que hoy son elefantes blancos tapizados de maleza. Mucho anuncio, mucha valla y poco resultado. El ciudadano opina, pero nadie escucha. Mucho ruido y pocas nueces, como decimos por acá.

Y si algo resume este caos, son los famosos semáforos inteligentes, que de inteligentes tienen lo que Popayán de puerto. No coordinan, no responden, no ayudan. Son brutos de nacimiento y tercos de funcionamiento. Aquí la tecnología quedó en promesa, y la inteligencia artificial ni se asomó.

Civilidad: Popayán no puede seguir siendo una ciudad donde el carro manda y el peatón estorba. Una ciudad que expulsa a su gente de las calles, pierde el alma.

sábado, 25 de abril de 2026

A todo señor, todo honor



Es una vieja expresión que invita a reconocer, sin mezquindades, a las personas e instituciones por sus actuaciones en beneficio de otros. Bajo ese espíritu, quiero rendir un explícito homenaje al antiguo Hospital Universitario San José, que hay que decirlo sin ambages ha experimentado un cambio fundamental en la prestación de sus servicios.

Es necesario destacar que, desde el personal de aseo quienes mantienen las instalaciones en condiciones de limpieza absoluta y con plena conciencia de su responsabilidad hasta el equipo médico-científico, con la gran variedad de especialistas, enfermeras, auxiliares, camilleros, administrativos y trabajadores oficiales en general, todos conforman un verdadero ejército de prestadores de servicio. Un ejército que actúa con humanismo, calidad, inteligencia y sabiduría.

Día tras día atienden a miles de pacientes. Muchos ingresan con incertidumbre o dolor, algunos deben someterse a intervenciones quirúrgicas, y salen aunque adoloridos con renovado entusiasmo, tras haber recibido atención integral en este hospital de tercer nivel.

Ojalá las autoridades locales, departamentales y nacionales dieran el paso de elevarlo a cuarto nivel, evitando así el traslado de pacientes a la ciudad de Cali, con los riesgos que implica recorrer la vía Panamericana desde Popayán.

Es justo reconocer, además, que este hospital ha recibido la certificación del Icontec como institución de excelente calidad, hecho que respalda lo aquí afirmado. Se espera, por supuesto, que esta condición se mantenga en beneficio de la comunidad payanesa, caucana y de las regiones aledañas.

También es importante resaltar que la administración, en cabeza del doctor Juan Carlos Arteaga Cifuentes, han hecho posible este reconocimiento, fruto de un manejo responsable y de la prestación de un servicio de alta calidad.

A quienes critican sin conocimiento, cabría invitarlos no necesariamente como pacientes, porque a nadie se le desea enfermedad alguna a visitar el hospital, a informarse de primera mano y a formarse un criterio basado en la realidad. Es fácil destruir desde la distancia; más difícil es reconocer cuando las cosas se hacen bien.

He observado, con preocupación, algunas críticas en redes sociales dirigidas a una institución que moviliza un vasto equipo humano y que, pese a sus evidentes logros, enfrenta enormes dificultades financieras. Porque no se puede ignorar una realidad inquietante: diversas entidades le adeudan sumas millonarias. Solo la Nueva EPS le debe cerca de 117 mil millones de pesos, y otras entidades responsables de pago acumulan deudas que ascienden a más de 350 mil millones.

Cabe entonces una pregunta inevitable: ¿qué institución puede sostener eficiencia, calidad y humanismo cuando le adeudan cifras cercanas al medio billón de pesos? ¿Y que entidad con semejante deuda acumulada puede dar cumplimiento a las obligaciones laborales, contractuales, pago de servicios, adquisición de insumos, mantenimiento de equipos para una presentación de servicios eficiente y eficaz?. 

Por último, desde el luminoso y eficiente hospital universitario San José donde se preparan los mejores médicos y se atiende a los enfermos sin condición social, de razas o ideológica, la comunidad debería agradecer al Todo Poderoso, tener este hospicio que garantiza la salud y el bienestar de toda la comunidad caucana. 

Civilidad: Reconocer lo que funciona no es un acto de complacencia; es un acto de justicia. Y en este caso, a todo señor, todo honor.

domingo, 19 de abril de 2026

Yo viví el 9 de abril


No menciono la hora porque en mi temprana infancia, vivía en el presente, sin las restricciones del reloj, sin horarios o la planificación futura. Por eso, solo se transmitir un momento de mi infancia. Seguro estoy que ocupaba un lugar central para mi madre, siempre hacia mis cuidados, su atención y las comidas a mi gusto. Remitiéndome al diccionario de la Real Academia Española encuentro que se considera infancia al primer período de la niñez, que comprende desde el nacimiento hasta los siete años. Para el fatídico día del 9 de abril de 1948, yo contaba con cinco años considerándola como la que media entre la primera infancia. A partir de entonces, tuve un mensaje. Entonces, puedo decir que, para definir el tiempo, es que en principio no existe el tiempo, pero existen los sucesos, los acontecimientos. Así que lo experimentado en mi temprana infancia fue un proceso evolutivo. Fue un momento en el que como niño me encontré ante un estado de indefensión, situación que tenía la indeseable consecuencia de hacerle poner por encima de todos los peligros de no ser por ese ángel protector ante todas las situaciones de desamparo: mi adorable madre. Es interesante que subraye que la indefensión y ante la ignorancia de lo que acontecía en ese momento y, que hoy narro con una mayor autonomía y un conocimiento propio dentro de la corriente filosófica, política y económica situada en la libertad individual, la igualdad ante la ley y la limitación del poder del Estado.

Ese trágico día, había ido a acompañar a mi madre a la plaza de mercado, la galería central y única en ese tiempo, de la ciudad. Tomándome de la mano de mi madre y abrazándome me hacía sentir seguridad, protección y confianza incondicional. Y viene a mi memoria como si fuese hoy, esa turba enfurecida incendiando y saqueando la edificación de 2 pisos. El edificio “Masordoñez” -lo más alto de la ciudad- frente al portalón de la galería por la calle 6ª entre carreras 5ª y 6ª. Mi evocación fotográfica me recuerda como desde allí, tiraban mesas escritorios, caja fuerte de donde salían billetes y monedas. Alboroto o revuelta que nos permitía ver, pero no, que pudiéramos salir de la plaza de mercado. Cuando pudimos hacerlo, aún conservo los gestos de angustia de mi adorable madre que actuaba como un ancla emocional para ofrecerme estabilidad, ayuda a reducir el miedo, fomentando el vínculo afectivo, siendo un puente hacia la autonomía y la confianza para caminar las calles de gentes enardecidas, unos huyendo, otros persiguiendo al grito de –“mataron a Gaitán”. La gente reaccionaba con rabia y dolor. Habían matado al líder más querido en ese momento. Fue una muerte que se multiplicó en trescientas mil muertes y causó el desplazamiento forzoso de más de dos millones de personas, una quinta parte de la población, que por ese entonces se calculaba en once millones de habitantes y, que además produjo la destrucción de buena parte de la capital. Presencié y leí los acontecimientos que través de escritos que con el transcurrir de los años denominaron: “El Bogotazo”. Fueron intensas y sangrientas las horas que duró la revuelta en la capital colombiana en que “disparaban a todo lo que se movía” y que marcó el inicio de una época conocida como la violencia, que ha perdurado siete o más décadas, afectando a todo el país, desarrollada principalmente en el campo.

Es un capítulo que, aún falta por esclarecer las raíces de más de seis décadas de violencia bipartidista iniciada en 1948. Todavía se entablan numerosas controversias, motivando la escritura de decenas o cientos de libros y cuyas consecuencias: el narcotráfico que ha permeado a la sociedad y la economía; la lucha por tierras a falta de una reforma agraria integral y, la incapacidad de cerrar la brecha de la pobreza, que se viven todavía en Colombia, temas explicados por numerosos estudiosos. Ciertamente, del bogotazo surgió todo: las FARC, las disidencias y el ELN. Pero, la cruda realidad, 78 años después, a pesar de todo: aún no acuerdan el desarme, la violencia continúa viva y la sociedad fragmentada.

Civilidad: Colombia, país con larga historia de violencia, sin que todavía encuentre una respuesta.

43 años del derrumbe de Popayán (crónica)


En Popayán la mañana del 31 de marzo de 1983 amaneció como tantas otras: lenta, solemne, envuelta en el recogimiento de la Semana Santa más ceremonial del país. A las ocho pasadas, cuando el incienso aún parecía flotar en el aire de las iglesias y los pasos de los fieles se acomodaban al ritmo de la tradición, la tierra decidió interrumpir la historia.

Fueron apenas 18 segundos. Suficientes.

El suelo rugió con una fuerza que nadie había escuchado antes. Un sonido profundo, casi animal, que hizo temblar las paredes de tapia y ladrillo del sector histórico. Las campanas, que minutos antes llamaban a misa, se mezclaron con el estruendo de los muros al caer. En ese instante, la ciudad blanca dejó de serlo: el polvo cubrió calles, plazas y recuerdos.

El sismo, con epicentro a 46 kilómetros al suroeste y a escasa profundidad, no dio tregua. Más de 300 personas murieron, y más de diez mil quedaron sin hogar. La cúpula de la Catedral se vino abajo sin previo aviso; debajo de sus escombros quedaron 90 personas que aguardaban el inicio de los oficios religiosos. La fe, ese día, no alcanzó a sostener el techo.

En el cementerio, las bóvedas se abrieron como heridas antiguas. Los restos humanos, arrancados de la quietud, volvieron a ver la luz en medio del caos. Era como si la ciudad entera, viva y muerta, hubiera sido sacudida al mismo tiempo.

El aeropuerto de Machángara —hoy Aeropuerto Guillermo León Valencia— quedó inutilizable. Las vías se fracturaron. La comunicación con el país se volvió incierta. Y mientras tanto, en los barrios populares, el desastre adquiría su rostro más crudo. El Cadillal, Pandiguando, La Esmeralda y Pubenza fueron nombres que empezaron a pronunciarse con dolor. En los Bloques de Pubenza, un conjunto de edificios que albergaba a unas 150 familias, la estructura cedió sin resistencia. Doce bloques, cuatro pisos cada uno, se desplomaron como fichas de dominó. Allí, la tragedia tuvo nombre propio, rostro, historias truncadas.

En total, cerca de 6.800 viviendas quedaron reducidas a escombros, la mayoría pertenecientes a familias de bajos ingresos. Otras 6.680 quedaron seriamente afectadas. Como suele ocurrir, la tragedia no golpeó a todos por igual.

El impacto no se limitó a la capital caucana. Timbío, a pocos kilómetros, también sintió el golpe. Casas caídas, familias a la intemperie, un silencio pesado después del estruendo.

Y, sin embargo, entre los escombros, empezó a levantarse algo más que paredes.

Con el paso de los días, cuando el polvo se asentó y el miedo comenzó a transformarse en rutina, emergió una ciudad distinta. La reconstrucción no solo levantó casas; rediseñó la manera de habitar el centro histórico. Las viviendas crecieron hacia arriba, los primeros pisos se abrieron al comercio y los segundos guardaron la vida familiar. El desastre, paradójicamente, impulsó una nueva dinámica urbana.

También dejó lecciones. El país empezó a mirar con otros ojos la construcción en zonas sísmicas, la prevención, la gestión del riesgo. Lo que ocurrió en Popayán no podía repetirse.

Pero la historia no se detuvo ahí.

La ciudad que antes del terremoto crecía con cierta calma comenzó a expandirse sin control hacia la periferia. Llegaron las invasiones, la informalidad, el desempleo. A la tragedia natural se sumaron otras más silenciosas: el desplazamiento forzado por el conflicto armado —con actores como las FARC, el ELN y sus disidencias— y las migraciones que fueron poblando una ciudad que no estaba preparada para recibir tanto dolor junto.

Hoy, 43 años después, Popayán sigue en pie. Más “moderna”, más extensa, pero también más compleja. El terremoto no solo fracturó sus muros; partió su historia en dos. Hay un antes y un después que todavía se siente en las calles, en la memoria de quienes sobrevivieron y en el relato que se transmite a quienes no lo vivieron.

Porque si algo quedó claro aquella mañana de 1983 es que la furia de la tierra no fue el único golpe. Desde entonces, la ciudad blanca ha tenido que aprender a resistir muchas otras sacudidas.

Civilidad: Y, aun así, sigue aquí. De pie. Recordando. Todavía reconstruyéndose.


470 años paso a paso en Popayán

 


Popayán entra en vigilia mucho antes de que suene el primer tambor. La espera, casi ansiosa, se siente en las angostas calles por donde transitan los pasos, como si la ciudad entera llevara meses ensayando el silencio. Durante todo el año, en las cofradías de cargueros no se habla de otra cosa que de la próxima Semana Mayor. Es la versión local de la gabinetología: quién carga, quién repite, quién asciende al barrote, quién queda en promesa.

Mucho ruido hay en las vísperas, antes de que la primavera traiga el redoble de los tambores y los ritos arcaicos que sobreviven en una sociedad cada vez más laica, donde el único dogma que no pierde fieles es el del dinero. Porque también llega la temporada alta de divisas nacionales y extranjeras que entran a porrones a la Ciudad Blanca, anunciadas entre pregones de “maní fresquito y tostadito”, mientras detrás avanza el barrendero recogiendo no solo la basura que cae al suelo, sino la que también se habla caminando las calles.

Con la cruz latina se inicia el recorrido sagrado por las principales iglesias del centro histórico, ese mismo territorio donde la religión pasó a ser materia optativa en colegios y escuelas. Así se cumple, año tras año, la función más antigua de esta Jerusalén de América: representar la Pasión. Crujen las andas y, por cooptación más que por vocación, los nazarenos elegidos toman los barrotes y cargan a cuestas el peso simbólico de la fe y la tradición.

Rechinan los maderos centenarios, balanceándose sobre alpargatas de cabuya que dejan huella en hombros curtidos por los años. Así se inscribe el sacrificio visible, recompensado con la alcayata de oro que algún día colgará en la solapa como medalla de fe, estatus y memoria, incluso más allá de la vida.

El pueblo acompaña, conmemora la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo entre desfiles solemnes, apóstoles dormilones de rostro bonachón en el Monte de los Olivos y, el infaltable chiste patojo sobre el beso de Judas, que aligera el peso del incienso y recuerda que, aun en el rito más serio, Popayán no renuncia del todo a la sonrisa.

Todo ocurre en un paisaje único, donde la luz se mezcla con el blanco recién lavado de las paredes y el centro histórico se convierte en escenario mayor. Es entonces, cuando la Ciudad Ilustre recibe al mayor número de visitantes, atraídos por el valor artístico e iconográfico de unas imágenes que no solo se procesionan: se posesionan en la memoria colectiva.

Así, paso a paso, Popayán vuelve a cargar su Pasión. No solo la de Cristo, sino la de una ciudad que debate entre la fe y el turismo, entre el rito y el negocio, entre el silencio devoto y el ruido del mundo moderno. Y, aun así, cada año, cuando se apagan las luces y avanza el primer paso, la ciudad vuelve a creer, aunque sea por una semana.

Civilidad: La Semana Santa en Popayán se lleva a cabo desde 1556. Sus Procesiones sacras son la celebración religiosa más importante del país. ¡Conservémoslas!


domingo, 22 de marzo de 2026

"Hasta que la muerte los separe"

 


En una época como la nuestra, donde casi todo se mide con el metro frío de la eficiencia, la productividad o la lógica inmediata, surge una pregunta que puede parecer extraña, incluso incómoda: ¿Qué hacemos con el amor cuando la persona amada ya no está? ¿Dónde queda ese sentimiento cuando la vida nos enfrenta a la ausencia definitiva?

Tal vez por eso la antigua fórmula de los votos matrimoniales conserva todavía una fuerza simbólica extraordinaria. En la ceremonia católica, cuando el sacerdote une a los esposos, pronuncia una frase que todos hemos escuchado alguna vez: “hasta que la muerte los separe”. En apariencia, la sentencia delimita el final del vínculo: la unión dura mientras ambos vivan.

Pero la experiencia humana suele desmentir la literalidad de esas palabras. Porque hay amores que no se extinguen con la muerte. Cambian de forma, se transforman, se vuelven memoria, presencia silenciosa, compañía invisible. El vínculo físico desaparece, pero el sentimiento encuentra otros caminos para seguir existiendo.

Lo atestiguo desde la experiencia personal. El duelo es un proceso íntimo y distinto para cada quien. Sin embargo, con el paso del tiempo uno comprende que el amor verdadero no desaparece; simplemente se transforma. La soledad enseña mucho: la tristeza puede convertirse en gratitud, el silencio en recuerdo, y la ausencia en una forma distinta de presencia. Pues, el amor que sobrevive a la muerte ya no espera nada a cambio. No discute, no compite, no se defiende. Se vuelve memoria viva. Habita en los pequeños rituales cotidianos del que se queda: en una canción que se recuerda, en una palabra, pronunciada en voz baja, en los gestos sencillos con los que se honra a quien partió.

Hoy hace seis años murió mi esposa. Desde entonces, domingo tras domingo la visito. Pocas veces he faltado. Allí, frente a su tumba, le hablo en voz baja: le cuento de los hijos, del trabajo, de lo que me alegra o me preocupa. A veces parece un diálogo conmigo mismo; otras veces siento que está a mi lado, y que, en el silencio, también me responde. Hay días en que le escribo como hoy. En otros, le canto las canciones que le gustaban, hasta que inevitablemente se me escapa una lágrima. Algunos dirán que es una locura. No me incomoda. Si es locura, es una locura de amor. Es mi manera de seguir compartiendo con ella, de prolongar una conversación que la muerte no logró interrumpir del todo; en la soledad sus recuerdos me hacen compañía.

Vivimos en una sociedad que insiste en que el duelo debe superarse, que hay que “pasar la página”, que el recuerdo debe ceder paso al olvido para seguir adelante. Pero la vida me ha enseñado algo distinto: hay cosas que no se superan. Se llevan consigo. Se llevan con dignidad, con memoria, con gratitud. Porque el amor, en su misteriosa capacidad de transformación, encuentra siempre la manera de permanecer. Ya no en la presencia física, sino en la huella profunda que deja en el alma. Y quizás esa sea la forma más pura del amor: aquella que, incluso después de la muerte, sigue viviendo en quien la recuerda. Con el paso del tiempo el recuerdo no desaparece; a veces se vuelve más intenso. Tal vez por eso el duelo no termina: simplemente se aprende a convivir con la vida. Final del formulario

Civilidad: Con el tiempo, la persistencia del recuerdo se vuelve más agudo, indicando que el duelo no termina.

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 21 de marzo de 2026

Amor Eterno

 

 Amor Eterno
                                                          
                                                            Amor Eterno


Te amo,
todavía te amo,
como si el tiempo no supiera
cómo arrancarte de mí.
Te amo
en todos los días de Dios,
en cada hora que insiste
en recordarme tu nombre.
Sé dónde habitas:
en ese rincón callado
donde la soledad se vuelve diálogo
y tu voz, mi consuelo.
Te busco
en el silencio que dejas,
y allí hablamos,
como si nunca te hubieras ido.
Sin ti
no sería yo,
sería apenas un eco
de lo que fuimos.
Pero sé
que un día de Dios,
cuando el tiempo se rinda,
volveremos a abrazarnos.
Y entonces,
para siempre,
será mi amor.

  •                                              21 de marzo de 2026

 

viernes, 20 de marzo de 2026

"Hasta que la muerte los separe"

 


En una época como la nuestra, donde casi todo se mide con el metro frío de la eficiencia, la productividad o la lógica inmediata, surge una pregunta que puede parecer extraña, incluso incómoda: ¿Qué hacemos con el amor cuando la persona amada ya no está? ¿Dónde queda ese sentimiento cuando la vida nos enfrenta a la ausencia definitiva?

Tal vez por eso la antigua fórmula de los votos matrimoniales conserva todavía una fuerza simbólica extraordinaria. En la ceremonia católica, cuando el sacerdote une a los esposos, pronuncia una frase que todos hemos escuchado alguna vez: “hasta que la muerte los separe”. En apariencia, la sentencia delimita el final del vínculo: la unión dura mientras ambos vivan.

Pero la experiencia humana suele desmentir la literalidad de esas palabras. Porque hay amores que no se extinguen con la muerte. Cambian de forma, se transforman, se vuelven memoria, presencia silenciosa, compañía invisible. El vínculo físico desaparece, pero el sentimiento encuentra otros caminos para seguir existiendo.

Lo atestiguo desde la experiencia personal. El duelo es un proceso íntimo y distinto para cada quien. Sin embargo, con el paso del tiempo uno comprende que el amor verdadero no desaparece; simplemente se transforma. La soledad enseña mucho: la tristeza puede convertirse en gratitud, el silencio en recuerdo, y la ausencia en una forma distinta de presencia. Pues, el amor que sobrevive a la muerte ya no espera nada a cambio. No discute, no compite, no se defiende. Se vuelve memoria viva. Habita en los pequeños rituales cotidianos del que se queda: en una canción que se recuerda, en una palabra, pronunciada en voz baja, en los gestos sencillos con los que se honra a quien partió.

Hoy hace seis años murió mi esposa. Desde entonces, domingo tras domingo la visito. Pocas veces he faltado. Allí, frente a su tumba, le hablo en voz baja: le cuento de los hijos, del trabajo, de lo que me alegra o me preocupa. A veces parece un diálogo conmigo mismo; otras veces siento que está a mi lado, y que, en el silencio, también me responde. Hay días en que le escribo como hoy. En otros, le canto las canciones que le gustaban, hasta que inevitablemente se me escapa una lágrima. Algunos dirán que es una locura. No me incomoda. Si es locura, es una locura de amor. Es mi manera de seguir compartiendo con ella, de prolongar una conversación que la muerte no logró interrumpir del todo; en la soledad sus recuerdos me hacen compañía.

Vivimos en una sociedad que insiste en que el duelo debe superarse, que hay que “pasar la página”, que el recuerdo debe ceder paso al olvido para seguir adelante. Pero la vida me ha enseñado algo distinto: hay cosas que no se superan. Se llevan consigo. Se llevan con dignidad, con memoria, con gratitud. Porque el amor, en su misteriosa capacidad de transformación, encuentra siempre la manera de permanecer. Ya no en la presencia física, sino en la huella profunda que deja en el alma. Y quizás esa sea la forma más pura del amor: aquella que, incluso después de la muerte, sigue viviendo en quien la recuerda. Con el paso del tiempo el recuerdo no desaparece; a veces se vuelve más intenso. Tal vez por eso el duelo no termina: simplemente se aprende a convivir con la vida. Final del formulario

Civilidad: Con el tiempo, la persistencia del recuerdo se vuelve más agudo, indicando que el duelo no termina.

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 14 de marzo de 2026

Las cabañuelas de marzo

 



Las cabañuelas, son fruto de la sabiduría campesina constituyendo un método tradicional para pronosticar el comportamiento del clima. Hoy hago un símil con las “cabañuelas políticas” para intentar anticipar lo que vendrá en medio de la resaca poselectoral.

El Cauca votó. Y en muchos casos, lo hizo desde el enojo, el malestar o el miedo. Más de 450.914 votos para Cámara los caucanos acudieron a las urnas; sin embargo, de nuevo, la abstención de más del 50% terminó siendo la gran vencedora, castigando por igual a todos los partidos políticos. La lista de derrotados así lo demuestra. Incluso quienes lograron resistir el descalabro lo hicieron con evidentes señales de debilitamiento.

El ciclón electoral del pasado 8 de marzo dejó a la democracia caucana algo más magullada. Hoy el departamento muestra un descenso en su desempeño político y representativo, superando con creces a los pocos avances alcanzados. Según los resultados, el Cauca queda en una situación más precaria que antes: apenas contará con un senador, Ferney Silva del Pacto Histórico que superó las expectativas y resultó como la fuerza política ganadora de las elecciones en el Cauca.

La nueva etapa congresional se sostiene en apenas cuatro apoyos parlamentarios, históricamente débiles. Se trata de Jorge Hernán Bastidas, Luz Miryan Moncayo, Edgar Gómez y Víctor Armero, legisladores con limitada capacidad de influencia nacional, escaso margen de fiscalización y, en muchos casos, sujetos a una fuerte disciplina partidaria, al Ejecutivo o a distintos grupos de interés. Todo ello genera desequilibrios democráticos, fragilidad en las coaliciones y un control insuficiente sobre la gestión gubernamental, debilitando la función representativa y de contrapeso que debe ejercer el Congreso.

Así que, la nueva composición del Legislativo arranca con más preguntas que respuestas. Con los escrutinios electorales en la mano, ahora corresponde observar qué políticas se impulsarán, qué impacto tendrán las agendas de quienes resultaron vencedores y hasta dónde llegará la imprevisibilidad del actual gobierno. Sobre todo, si realmente estamos ante un nuevo liderazgo de cambio o simplemente frente a una nueva temporada de aspavientos y fuegos de artificio políticos.

Bien sabido es que, en toda democracia existe una necesaria supervisión mutua entre los poderes públicos. El control sobre el gobierno es fundamentalmente político: el Ejecutivo debe mantener la confianza del Congreso tanto en su orientación política como en su gestión concreta. Cuando esa confianza se pierde, el Legislativo dispone de mecanismos como la moción de censura para exigir responsabilidades. Además, el control parlamentario también se ejerce mediante interpelaciones, debates, solicitudes de información, citaciones a ministros, etc., así como a través del debate público amplificado por medios de comunicación.

Teniendo en cuenta que, Colombia tiene una cultura política demasiado débil con una larga tradición presidencialista y, que, además, es una nación aún en desarrollo institucional, surge una pregunta: ¿sería factible —y saludable— considerar un sistema de gobierno distinto, como el parlamentarismo o el semi presidencialismo?

Hoy cobra relevancia el sistema presidencialista. Con base histórica se ha demostrado una conflictividad entre presidentes y vicepresidentes. La figura de vicemandatario, designado o vicepresidente, en medio de su melancólico aburrimiento, ha deambulado como alma en pena por la Casa de Nariño, recibiendo el mismo sueldo, pero sin oficio alguno. En tal condición, la compañía de fórmula, ha sido incómoda y ha generado momentos conflictivos. Siendo un cargo de suma importancia porque nadie tiene la vida comprada. En el entendido de que, el vicegobernante debe tener las mismas calidades del presidente, pues, en caso de falta absoluta del titular, es el encargado de ejercer con idoneidad el poder.

Lo único positivo de las crisis políticas, es que obligan a revisar las fallas del diseño institucional. En tiempos de normalidad, rara vez existe el interés de cuestionar las debilidades del sistema. El presidencialismo, por ejemplo, concentra un enorme poder en el jefe del Estado, quien al mismo tiempo es jefe de gobierno y suprema autoridad administrativa. Acumulación de funciones que suele inclinar la balanza en favor del Ejecutivo, debilitando el equilibrio entre los poderes públicos, afectando el sistema de frenos y contrapesos que sostiene a toda democracia.

Así las cosas, el nuevo Congreso colombiano para el período 2026–2030, su escenario será de fuerte polarización. Tanto el Pacto Histórico, en la izquierda, como el Centro Democrático, en la derecha, se fortalecieron, pero ninguno alcanzará mayorías absolutas. El equilibrio de poder dependerá entonces de los partidos tradicionales y de las fuerzas menores, que serán decisivos para aprobar o bloquear las reformas.

Ahora, en este capítulo político, la figura vicepresidencial como método sucesoral al poder ejecutivo, empieza a mostrar con mayor claridad sus contornos, sus fracturas y sus apuestas de fondo. Y, como en las viejas cabañuelas de nuestros campesinos, los primeros días del año político suelen anticipar —aunque nunca con certeza absoluta— el clima que nos espera en los meses por venir.

Civilidad: Las cartas están echadas, ahora el horizonte se centra en la formación de bloques definidos que competirán por la presidencia.

sábado, 7 de marzo de 2026

¡A votar!

 


Hoy Colombia vive una nueva jornada electoral, una de esas fechas en las que la democracia deja de ser un concepto abstracto para convertirse en un ejercicio concreto de ciudadanía. En este escenario, dos instituciones fundamentales del sistema electoral colombiano vuelven a ponerse a prueba bajo las facultades que les confiere la Constitución Política de 1991: el Consejo Nacional Electoral (CNE) y la Registraduría Nacional del Estado Civil.

El trabajo armónico, coordinado y autónomo entre estas entidades resulta clave no solo para definir el rumbo político inmediato del país, sino también para medir el nivel de madurez institucional y las tensiones sociales que atraviesan nuestra vida democrática. Juntas establecen y publican el calendario electoral, y son responsables de garantizar que el certamen transcurra bajo las reglas de juego que fortalecen la confianza ciudadana.

Mientras el Consejo Nacional Electoral ejerce funciones de vigilancia sobre los partidos políticos, las campañas y la financiación electoral, velando por el cumplimiento de la normatividad vigente; la Registraduría asume la compleja tarea operativa: organizar las elecciones, imprimir las tarjetas electorales, instalar las mesas de votación y adelantar el conteo de los votos. Dos roles distintos, pero complementarios, que convergen en un mismo propósito: asegurar elecciones transparentes y confiables.

Al cierre de esta jornada, ambas instituciones deberán responderle con franqueza a la sociedad colombiana. Deberán demostrar que sus servidores públicos, con vocación de servicio, conocimiento de la ley y compromiso con la transparencia, ofrecieron una atención oportuna y eficaz a los electores. Que la normatividad electoral no fue un obstáculo, sino una herramienta para fortalecer la democracia, garantizar la rendición de cuentas, promover la inclusión y ampliar la participación política bajo criterios de respeto a las reglas y pluralismo.

En este proceso, el Estatuto de la Oposición cobra especial relevancia, al ampliar las garantías para el ejercicio político de quienes no hacen parte del gobierno, reafirmando que la diferencia no es una amenaza, sino un valor democrático esencial. La contienda electoral, entendida desde el respeto y la diversidad, es una vía para construir cotidianamente un Estado Social de Derecho y avanzar hacia una paz sustentada en la civilidad.

En la jornada de hoy, los ciudadanos participan en consultas interpartidistas y de coaliciones para la elección de candidatos presidenciales, y eligen un nuevo Congreso de la República, órgano bicameral integrado por el Senado y la Cámara de Representantes, que ejercerá sus funciones durante los próximos cuatro años. De la composición de este Congreso dependerán, en buena medida, la viabilidad de las reformas, el control político y el equilibrio de poderes que exige la democracia.

No está de más, recordar que el voto no es solo un derecho, sino también un deber ciudadano. Así lo establece la Ley 403 de 1997, al señalar que la participación electoral constituye una actitud positiva de apoyo a las instituciones democráticas y debe ser reconocida, facilitada y estimulada por el Estado. En fin, votar es, en esencia, un acto de civilidad. Quien ejerce su derecho al sufragio no solo defiende la democracia, sino que asume su responsabilidad frente al presente y el futuro del país. En tiempos de desconfianza y polarización, acudir a las urnas sigue siendo el gesto más claro de compromiso con la vida institucional y con la posibilidad de una sociedad más justa y participativa.

Antes de ir a votar, debemos cuestionarnos sobre las adversidades y la visión que tenemos, analizando propuestas y proyectos de cada candidato, reflexionando sobre lo que más le conviene al país para proceder a votar por quien creemos será la mejor opción.

 Civilidad: Votar, es el mejor ejercicio para promover y defender la democracia y, si elegimos con convicción tendremos paz. 


 

sábado, 28 de febrero de 2026

Otra vez, lo mismo, pero en este tiempo

 



Cada vez que se aproxima un ciclo electoral en Colombia reaparece, con renovado entusiasmo retórico, una promesa conocida repetidamente: acabar con la corrupción. Vuelve y juega la cantaleta. Casi una centena de precandidatos encaramados al bus de las aspiraciones presidenciales convencidos —o al menos así lo proclaman— de que poseen la fórmula para erradicar uno de los males más persistentes del país. Sin embargo, pasada la contienda, la experiencia nos enseña que esas consignas se disuelven con la misma rapidez con la que fueron pronunciadas. El primer síntoma de esta penosa enfermedad, es que vamos, en cual frágil navecilla entre revueltas olas y, l
a corrupción está enquistada en todos los niveles y ningún partido puede tirar la primera piedra.

Conviene entonces hacer una pausa de conciencia y pedagógica para mirar el problema con mayor profundidad. La corrupción no es un fenómeno nuevo ni exclusivo de una administración o de un sector político. Es una realidad compleja, cambiante y profundamente arraigada en la vida cotidiana del país. No se limita a los grandes escándalos que copan titulares; también se expresa en prácticas pequeñas, repetidas y normalizadas, que afectan silenciosamente la confianza social y el funcionamiento del Estado.

Las cifras ayudan a dimensionar el problema. La Contraloría General de la Nación ha advertido que la corrupción le cuesta al país cerca de 50 billones de pesos al año. Suma que permitiría financiar reformas estructurales largamente aplazadas. No se trata, pues, de una “bicoca”, sino de un drenaje permanente de recursos que pertenecen a todos los colombianos.

Pero reducir el debate a la denuncia de funcionarios corruptos sería incompleto. Como bien lo han señalado distintos analistas, la corrupción no es solo un vicio del  político posando de impoluto con quien se va a transformar esta nación; es un reflejo de prácticas sociales toleradas y, en ocasiones, justificadas. Por ejemplo: el llamado “pago facilitador”, el atajo para agilizar un trámite, la evasión y elusión “menor” de una norma, que terminan conformando un engranaje que encarece los procesos y debilita la ética colectiva.

Colombia es, paradójicamente, un país con abundante legislación anticorrupción, pero con escasa aplicación efectiva. La consigna popular lo resume con crudeza: “norma dictada, trampa inventada”. Sin una ciudadanía comprometida y consciente, las leyes por sí solas resultan insuficientes.

Por eso, cuando se habla de barrer la corrupción “de arriba hacia abajo”, es necesario aclarar que la limpieza también debe empezar por casa. La formación en valores no es un discurso abstracto; es un proceso que inicia en la familia, se refuerza en la escuela y se consolida en la vida laboral, social y comunitaria. La honestidad se aprende, así como también se aprenden las malas prácticas cuando se normalizan.

Saltarse la fila, parquear donde no se debe, pedir que no facturen, sacar la basura fuera de horario o evadir impuestos son ejemplos cotidianos de una corrupción actitudinal que, aunque parezca menor, erosiona la civilidad y la convivencia. En democracias frágiles, estas conductas se multiplican y terminan extendiéndose a redes más grandes de ilegalidad.

De cara al nuevo debate electoral, más que preguntar quién promete castigar a los corruptos, quizá deberíamos preguntarnos quién está dispuesto a liderar un proceso serio de reconstrucción ética y cívica. Pero, combatir la corrupción no es solo una tarea del próximo gobierno: es un desafío colectivo que exige coherencia entre lo que se dice, lo que se vota y lo que se hace cada día. Solo así la corrupción galopante dejará de marcar el rumbo del país.

Pero, una cosa muy importante que debemos tener en cuenta, es que, hay que votar para integrar el Congreso para que haga control. Así que el Ejecutivo puede presentar reformas tributarias, pero es el Congreso el que decide. Igual ocurre cuando presenta el presupuesto nacional, también es el Congreso el que resuelve cómo se reparten esos dineros.  Recordemos que todos los temas sociales como salud, educación o seguridad ciudadana pasan por decisiones que se toman en el Congreso.

Civilidad: Atacar la corrupción, es una condición indispensable, aunque no suficiente para reducir la pobreza, liberando recursos públicos desviados para inversión social infraestructura y servicios básicos.

sábado, 21 de febrero de 2026

Pisando calles ...y callos

 

Uno levanta la mirada al cielo —no por misticismo sino para esquivar un motorizado— y para agradecer el haber nacido en este terruño de amores y dolores: Popayán, ciudad bella por decreto divino y por terquedad humana. Bella, sí. Disfrutable… bueno, eso depende de la hora, del tráfico y del humor del peatón.

Tuve el privilegio de caminar por sus calles empedradas y de conocer también a su prima moderna: la aplanadora. Esa máquina de carbón que vino a decirnos que el progreso no pide permiso. Cerca del centro histórico, donde lo colonial convive con lo improvisado, se alzaba orgullosa la estación del ferrocarril, inaugurada en 1924 y despedida en 1967. El tren se fue, pero el recuerdo quedó… y también el terreno, esperando a ver qué será cuando sea grande.

Siete cuadras más abajo encontramos la plaza de toros Francisco Villamil Londoño, auténticamente española, con aforo para 6.500 personas y hoy con capacidad ilimitada para el abandono. Lleva años en proceso liquidatorio, demostrando que en Popayán hasta las ruinas saben hacer fila.

No falta quien diga —con tono visionario y ceño fruncido— que ya es hora de que Popayán deje de vivir de su historia y empiece a evolucionar. ¡Tranquilos!: sus plegarias han sido escuchadas. La ciudad cambia todos los días. Donde hubo teja, ahora hay Eternit. Donde hubo silencio, ahora hay anuncios rodantes con parlantes capaces de despertar difuntos (ironías del destino). Enantes era solo el grito de -¡mazamorra! Donde había carteles pegados con engrudo anunciando cine o funerales, hoy tenemos pendones, vallas, y publicidad política móvil que comunica de todo… menos orden.

La modernidad también trajo racimos de niños pidiendo limosna; malabares, limpia parabrisas, desplazados pidiendo ayudas y, motociclistas que consideran las esquinas como propiedad privada. También, vendedores que, junto a habitantes de calle, han decidido que el andén es una sugerencia, no una obligación. Los peatones, por supuesto, hemos evolucionado: ahora caminamos por la calle, que es más emocionante.

La autoridad tampoco se quedó atrás, jóvenes policías, expertos en esquivar el oficio mientras perfeccionan la técnica milenaria de mirar el celular con expresión profunda. Seguridad ciudadana en línea.

Cómo quisiera volver a recorrer las calles de antaño, cuando caminar por Popayán era una clase de historia y no una prueba de obstáculos. Eran tiempos, cuando no existían internet ni celulares, pero sí el tiempo para mirar fachadas y aprender sin Wi-Fi.

Esta ciudad fue pensada como lugar de descanso para viajeros rumbo a la corona española. Prosperó durante más de un siglo gracias a grandes terratenientes y manos esclavas, hasta que el 21 de mayo de 1851 la historia —y la ley— decidió liberar a todos los esclavos. Desde entonces, Popayán vive en una eterna promesa de prosperidad que se evapora con admirable puntualidad, mientras sus habitantes aprendemos el arte de ser esclavos modernos: con título universitario y salario mínimo vital móvil. Aunque en la ciudad, universidades hay por cada esquina, igual que iglesias por cada cuadra y su casco central lleno de historia patria… bueno, eso sigue en oración. Las casas ya no miran a la calle sino hacia adentro, como si a la ciudad le diera un poco de pena. Ya no somos aquel pueblo colonial de caserones con grandes aldabones y, más allá las casitas bajas y pajizas, distribuidas por la concentración de recursos en élites criollas o tradicionales a lo largo del tiempo.  Ahora somos internacionales: pizza, hot dog, sushi y lo que falta…la inteligencia artificial (IA) y el aprendizaje automático (AA) que ya no son solo palabras de moda. El celular nos acercó al mundo, aunque nos alejó del andén.

Civilidad: Popayán ha cambiado. Seguimos pisando sus calles… y, de vez en cuando, callos también.


 

 

 


sábado, 14 de febrero de 2026

Ciudad de locos

 


La ciudad despierta cada mañana con la misma pregunta sin respuesta: ¿en qué momento la locura dejó de ser una metáfora y pasó a convertirse en costumbre?

No se trata del municipio de Sibaté ni de su historia hospitalaria. Esta “ciudad de los locos” es otra: una urbe de riqueza histórica, pasión antigua y habitantes resilientes, a la que alguien, en un arrebato de ingenio mal entendido, decidió resignificarle el apodo hasta convertirlo en estigma. Con el paso de los siglos, la locura dejó de ser un relato pintoresco para convertirse en identidad negativa, casi en destino colectivo.

La historia ofrece señales tempranas. A un visionario de otra época se le ocurrió dinamitar la hermosa estación del ferrocarril —símbolo de progreso y memoria— para darle paso a las chivas, camiones escalera adaptados artesanalmente al transporte rural, hoy convertidos en emblema cultural, pero nacidos de una decisión irreversible. A otro monumento de la ciudad le taparon la boca, como si el silencio impuesto pudiera domesticar la palabra de un arzobispo de intelecto excepcional, carácter magnético y audacia suficiente para incomodar a su tiempo.

Desde entonces, las campanas dejaron de tañer. Algunos explican su ausencia como una pausa pastoral: callar para actuar con mayor sabiduría, dejar que los hechos hablen. Pero el reloj detenido cuenta otra historia. Un tiempo comunitario suspendido, una ciudad que se queda mirando el pasado mientras el presente se atasca. Cuando el reloj se para, no solo se detienen las horas: se estanca la energía, la tradición se descuida y la evolución se vuelve imposible.

En este manicomio urbano, la plaga más visible no es el olvido, sino el volante. Los locos al volante gobiernan las calles: insultos, broncas, gestos obscenos. Incluso los más serenos mutan en conductores belicosos. El aumento del parque automotor ha convertido el desplazamiento diario en una prueba de resistencia, donde más vehículos significan más confrontaciones y menos paciencia.

Las calles extenuadas son testigos del caos: exceso de velocidad, cambios bruscos de carril, semáforos ignorados, cebras invisibles, distancias de seguridad inexistentes. Los insultos brotan con la misma facilidad que la ira, y no son pocos los casos en que una discusión de tráfico termina en machete o puñal. La violencia, como la locura, encuentra en la vía pública su escenario cotidiano; no falta el fleteo como modalidad de hurto.

La insatisfacción se cuela por cada esquina. Un conductor habla por celular mientras conduce; otro acelera con sus hijos a bordo, confundiendo la necesidad económica con una temeridad criminal. La adrenalina gobierna, el sentido común abdica.

Y como si no bastara, el ruido. Escapes de motos que rugen como declaración de inmadurez, frenos de motor que revientan el silencio del centro histórico, pitos que desatan furias ajenas. El ruido se convierte en lenguaje, y el lenguaje, en agresión.

Al final, todos somos parte del tráfico. Sin excepción. Peatones, motociclistas, conductores, pasajeros. Pero la civilidad parece haberse extraviado entre bocinas y semáforos en rojo. Respetar las normas no es un acto de cortesía: es una urgencia colectiva.

Civilidad: Tal vez la locura de esta ciudad no esté en sus apodos ni en su historia, sino en la incapacidad de convivir. Y mientras no recuperemos el respeto por el otro, el reloj seguirá detenido y la ciudad, atrapada en su propio delirio.