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sábado, 20 de junio de 2026

A elegir el mejor

 


Por fin los colombianos llegan al punto al que querían llegar: el de decidir, en las urnas, el rumbo de la democracia. Colombia es un paraíso, con dos mares y una riqueza natural excepcional, es considerada una potencia hídrica mundial, al albergar aproximadamente el 4.1 % de los recursos de agua dulce del planeta. Paradójicamente, en el mismo país millones de personas aún carecen de acceso a este recurso vital. Ocupa el primer lugar en especies de aves y orquídeas, y es una de las naciones más biodiversas del mundo. A ello se suma su inmensa riqueza minera, con más de 300 tipos de minerales identificados, además de su condición de productor y exportador de café, caña de azúcar, aguacate y muchos otros bienes que fortalecen su economía.

Así también, a lo largo de más de dos siglos de vida republicana, la nación ha enfrentado desafíos significativos. En la búsqueda de una mayor equidad social, el desarrollo de infraestructura y el permanente esfuerzo por consolidar la paz han marcado buena parte de su historia. Ese es, precisamente, el país que hoy está llamado a tomar una decisión trascendental.

Lo que ocurre en la actualidad llega después de que decenas de precandidatos, muchos de ellos con escasa conexión con las clases populares, aspiraba a conquistar el poder prometiendo reducir la pobreza monetaria, combatir el hambre, disminuir el desempleo y ampliar los programas sociales en uno de los países más desiguales del mundo, todo ello en medio de una compleja situación fiscal. Lo mismo de siempre, pronunciado por quienes han detentado el poder durante largo tiempo, entre la eternidad y el olvido.

Hoy Colombia parece debatirse entre dos grandes corrientes ideológicas: la izquierda y la derecha. Los partidos tradicionales —el Liberal y el Conservador— ya no dominan el escenario electoral como lo hicieron durante buena parte de la historia republicana y han perdido su condición de fuerzas hegemónicas frente a nuevos movimientos y liderazgos. Aunque, como suele decirse, no hay muertos políticos, sino mal enterrados.

De un lado está Iván Cepeda, filósofo, defensor de los derechos humanos y figura política identificada con las causas de las víctimas del conflicto, los pueblos indígenas y los campesinos. Hijo de un líder de izquierda asesinado, por lo que vivió en el exilio desde temprana edad y formándose ideológicamente en países como Checoslovaquia, Bulgaria y Cuba. Ha manifestado su intención de dar continuidad a varias de las políticas impulsadas por el actual gobierno.

Del otro lado aparece Abelardo de la Espriella, abogado, empresario y figura pública reconocida por sus posturas de derecha y su estilo confrontacional. Su propuesta de país, gira alrededor de la seguridad, la libertad económica y la defensa de los valores tradicionales. Se presenta bajo la imagen de “El Tigre”, adopta el saludo militar como símbolo y promete mano dura contra la delincuencia organizada. Asimismo, ha reiterado públicamente que no acepta el respaldo de los partidos políticos tradicionales, incluido el Partido Liberal.

La verdad es que Colombia arrastra un conflicto armado entre hermanos, de varias décadas y enfrenta crisis que para muchos ciudadanos se ha convertido en el pan de cada día. La inseguridad, la incertidumbre económica y la persistencia de estructuras criminales continúan afectando extensas regiones del país, especialmente en zonas donde la presencia de grupos armados ilegales y organizaciones del narcotráfico sigue imponiendo la violencia sobre la institucionalidad.

En este contexto, los colombianos deberán decidir cuál consideran el mejor camino para la nación. Más allá de simpatías, ideologías o emociones, el voto exige reflexión y responsabilidad. El voto en blanco, aunque constituye una expresión legítima de inconformidad, no define por sí mismo el rumbo del país.

Civilidad: Señor elector, Colombia está en sus manos.

 

domingo, 14 de junio de 2026

No hay nuevos símbolos

 


Quien escribe esta columna recuerda a los amables lectores que, desde que tiene uso de razón, no ha existido en Colombia la adopción oficial de nuevos símbolos patrios distintos de aquellos que históricamente nos representan. La bandera tricolor, el escudo nacional y el himno de la República constituyen los emblemas oficiales de la Nación, reconocidos y protegidos por la ley.

Por lo tanto, no existe ningún otro símbolo al que deba rendírsele el mismo honor y respeto institucional. Sin embargo, en los últimos años ha cobrado una fuerza extraordinaria la camiseta de la Selección Colombia, que, si bien no es un símbolo patrio en el sentido jurídico de la palabra, sí se ha convertido en una poderosa expresión de identidad nacional.

La camiseta amarilla ha trascendido los escenarios deportivos. Hoy está presente en estadios, plazas públicas, reuniones familiares, celebraciones populares y en cada rincón donde un colombiano quiera expresar su amor por la patria. Portarla es, para millones de compatriotas, una manera de manifestar orgullo nacional, esperanza y sentido de pertenencia. Es una prenda que une a los colombianos más allá de las diferencias políticas, sociales o regionales.

Por ello, resulta difícil comprender que, existiendo tantos problemas urgentes que afectan al país, se destinen esfuerzos judiciales a determinar en qué circunstancias puede o no utilizarse esta indumentaria deportiva. Colombia enfrenta desafíos de seguridad, justicia, corrupción, pobreza y violencia que demandan la atención prioritaria de las instituciones. En ese contexto, genera inquietud que se pretenda restringir el uso de una prenda que representa entusiasmo, unión y respaldo a nuestros deportistas.

Desde esta tribuna de opinión considero que la camiseta de la Selección Colombia debe poder llegar a cualquier rincón de la patria y acompañar a los colombianos donde quieran expresar su afecto por el país. No puede convertirse en objeto de prohibiciones que limiten una manifestación espontánea de identidad nacional.

A lo largo de los años, la camiseta ha experimentado cambios de diseño, tonalidades y estilos, de acuerdo con las decisiones de la Federación Colombiana de Fútbol. Sin embargo, permanece inalterable la esencia de sus colores: amarillo, azul y rojo, los mismos que ondean en nuestra bandera y que evocan el sentimiento de pertenecer a esta tierra privilegiada.

Más aún cuando se aproxima una nueva temporada mundialista, en la que todos los colombianos depositamos nuestras ilusiones en nuestros deportistas. El fútbol tiene la capacidad de unir al país, de despertar emociones colectivas y de proyectar una imagen positiva de Colombia ante el mundo. Nuestros jugadores, con talento, disciplina y sacrificio, se convierten en auténticos embajadores de la nación cada vez que saltan al terreno de juego.

Es importante reiterar que la camiseta de la Selección Colombia no constituye un símbolo patrio oficial, pues no ha sido reconocida como tal mediante disposición legal alguna. Los símbolos nacionales continúan siendo la bandera, el escudo y el himno, los cuales merecen nuestro máximo respeto y veneración.

La bandera representa la soberanía y la historia nacional; el escudo recoge los elementos que identifican nuestra República; y el himno nacional, con su hermosa letra y solemne música, exalta las luchas, los valores y las esperanzas que han forjado el carácter del pueblo colombiano.

Esos tres símbolos son los que deben permanecer vivos en la memoria de esta generación y de las venideras. Son el legado que nos une como nación y la expresión más auténtica de nuestra identidad.

Y, mientras tanto, que la camiseta de la Selección Colombia continúe siendo lo que siempre ha sido: un símbolo de pasión deportiva, de unidad nacional y de amor por nuestra querida Colombia.

Civilidad: ¡Viva Colombia!

domingo, 7 de junio de 2026

Chiflados de atar


Quienes nacimos a mediados del siglo XX hemos sido testigos de profundas transformaciones sociales, políticas y culturales. Sin embargo, pocas veces como ahora se percibe un ambiente de desconcierto colectivo tan marcado, donde el desorden institucional, la corrupción persistente y la pérdida de referentes éticos parecen haberse normalizado. La sensación, dolorosamente extendida, es que vivimos en un país que ha perdido el sentido de la cordura.

La corrupción, convertida en hábito y no en excepción, ha erosionado la confianza pública. No se trata únicamente de los grandes escándalos que ocupan titulares, sino de una cultura permisiva que tolera lo incorrecto y castiga la rectitud. En ese contexto, el ciudadano común termina atrapado entre la resignación y la impotencia, mientras la esperanza de una transformación profunda parece aplazada indefinidamente.

A esta crisis moral se suma el papel de los medios de comunicación, que, guiados muchas veces por la lógica del mercado, priorizan el impacto sobre el análisis. La violencia, el escándalo y el amarillismo ocupan el centro del debate público, desplazando las iniciativas constructivas, las soluciones innovadoras y los ejemplos de integridad. Así se configura un círculo vicioso: una sociedad que consume desesperanza y, al mismo tiempo, la reproduce.

Y, sin embargo, esta realidad contrasta con la grandeza innegable de Colombia. Pocos países en el mundo poseen una riqueza natural comparable: dos océanos, tres cordilleras, una biodiversidad privilegiada y una diversidad cultural excepcional. Este territorio, que inspiró la obra de Gabriel García Márquez, es la encarnación viva del realismo mágico: un lugar donde lo extraordinario convive con lo cotidiano, donde la belleza y la contradicción se entrelazan permanentemente.

La paradoja es evidente. Un país con todas las condiciones para prosperar enfrenta dificultades estructurales que limitan su desarrollo. La debilidad institucional, la polarización política, la desigualdad social y la precariedad educativa han impedido consolidar un proyecto nacional sólido y coherente.

La educación, en particular, constituye uno de los pilares más frágiles. No puede aspirarse al progreso cuando la formación carece de rigor, cuando los títulos universitarios pierden valor y cuando el conocimiento es reemplazado por la superficialidad. Sin una educación de calidad, no hay ciudadanía crítica; sin ciudadanía crítica, no hay democracia sólida.

Otro factor determinante es la pérdida de disciplina social. El desarrollo no depende exclusivamente de los recursos naturales, sino de la capacidad de una sociedad para organizarse, planificar y actuar con responsabilidad. Países como Japón y Suiza, con limitaciones geográficas y escasos recursos naturales, han alcanzado niveles extraordinarios de prosperidad gracias a la disciplina, la educación y el sentido colectivo del deber. No es la riqueza material la que define el destino de una nación, sino la mentalidad de su gente.

Incluso en la región, ejemplos como Brasil han demostrado que el liderazgo económico es posible cuando existe visión estratégica y voluntad política. Colombia, con condiciones comparables o superiores en muchos aspectos, no debería resignarse a un papel secundario.

A esta situación se suma un fenómeno contemporáneo que profundiza la fragmentación: las redes sociales. Estas plataformas, lejos de promover el diálogo, con frecuencia refuerzan el aislamiento ideológico. Cada grupo escucha únicamente aquello que confirma sus creencias, mientras el desacuerdo se convierte en enemistad. La política, en lugar de ser un espacio de construcción colectiva, se transforma en un espectáculo donde prevalece la confrontación sobre las soluciones.

El resultado es una sociedad polarizada, vulnerable a la manipulación y cada vez más desconectada de sus intereses comunes. Los liderazgos oportunistas prosperan en este ambiente, alimentando emociones primarias en lugar de ofrecer propuestas serias y sostenibles.

Pero, sería injusto atribuir toda la responsabilidad a las instituciones o a los dirigentes. La crisis también refleja una falla colectiva. La indiferencia ciudadana, la tolerancia frente a la corrupción cotidiana y la falta de compromiso con el bien común contribuyen a perpetuar el problema. Una democracia no es únicamente el resultado de sus elecciones, sino el reflejo de sus ciudadanos.

Colombia no es un país condenado al fracaso. Por el contrario, posee las condiciones humanas, naturales y culturales para convertirse en una nación ejemplar. Lo que falta no es capacidad, sino voluntad; no es talento, sino disciplina; no es potencial, sino coherencia.

El cambio comienza con una transformación cultural profunda. Implica recuperar el valor de la honestidad, fortalecer la educación, exigir responsabilidad a los dirigentes y asumir, como ciudadanos, un papel activo en la construcción del futuro. Significa abandonar la resignación, reemplazada por el compromiso.

No se trata de negar los problemas, sino de enfrentarlos con madurez. No se trata de idealizar la realidad, sino de transformarla. Colombia no puede seguir siendo un país que oscila entre la grandeza y el caos, entre la esperanza y la frustración.

La historia demuestra que las naciones no están determinadas por su pasado, sino por sus decisiones. Colombia aún está a tiempo de elegir el camino de la cordura, la disciplina y el progreso.

Civilidad: El destino no está escrito. Depende de nosotros.


domingo, 31 de mayo de 2026

Colombia vuelve a las urnas


Hoy domingo 31 de mayo, Colombia vuelve a acudir a las urnas en una de las jornadas democráticas más trascendentales de los últimos años. La elección presidencial no solo definirá quién ocupará la Casa de Nariño durante el próximo cuatrienio, sino también el rumbo político, social y económico de un país que atraviesa profundas divisiones ideológicas y un evidente clima de polarización.

En medio de discursos cada vez más radicales, confrontaciones permanentes en redes sociales y una ciudadanía marcada por la incertidumbre, la Registraduría Nacional del Estado Civil vuelve a asumir un papel determinante para garantizar la legitimidad del proceso democrático. La entidad tendrá la responsabilidad de conducir esta jornada electoral bajo los principios de transparencia, legalidad y confianza ciudadana que exige la Constitución Política de 1991.

La Registraduría enfrenta el enorme desafío operativo de organizar una elección presidencial en un contexto de alta tensión política y expectativa nacional. Desde la logística electoral, la organización hasta el preconteo y los escrutinios, cada actuación institucional será observada con atención por millones de colombianos que esperan garantías plenas para ejercer su derecho al voto y confiar en los resultados que definirán el futuro político del país.

La democracia colombiana atraviesa un momento decisivo. El debate político, que debería centrarse en propuestas y soluciones a los problemas estructurales del país, muchas veces termina atrapado en escenarios de descalificación, odio y desinformación. La polarización ha convertido las diferencias ideológicas en barreras difíciles de superar, debilitando la capacidad de diálogo y afectando la confianza entre sectores de la sociedad.

Sin embargo, precisamente en tiempos de tensión es cuando la democracia debe fortalecerse. La diferencia de pensamiento no puede asumirse como una amenaza, sino como una expresión legítima del pluralismo político que sustenta el Estado Social de Derecho. Ningún proyecto político puede construirse sobre la eliminación simbólica del contradictor ni sobre el desconocimiento de quienes piensan distinto. 

La jornada electoral de este domingo representa una oportunidad para que los ciudadanos demuestren que la participación democrática sigue siendo el camino más legítimo para resolver las diferencias políticas. Más allá de las preferencias ideológicas, el país necesita que este proceso electoral transcurra en un ambiente de respeto, civilidad y garantías para todos los sectores.

El próximo presidente o presidenta de Colombia asumirá el reto de gobernar un país dividido, con enormes desafíos en materia de seguridad, economía, empleo, salud y reconciliación social. Pero también tendrá la responsabilidad de contribuir a disminuir la fractura política que hoy distancia a millones de colombianos. Gobernar en democracia implica escuchar incluso a quienes no votaron por el proyecto ganador.

En momentos de desconfianza institucional y confrontación política, acudir a las urnas continúa siendo el mecanismo más legítimo para defender la democracia ¡No hay otro!. Por eso, al momento de votar, resulta indispensable reflexionar con serenidad y analizar las capacidades de los candidatos, pensar en el país que se quiere construir durante los próximos años.

La democracia no se fortalece desde el odio ni desde la división permanente. Se fortalece cuando los ciudadanos participan con conciencia, respetan las diferencias y entienden que el futuro de Colombia depende también de la capacidad colectiva para convivir en medio de la diversidad política.

Civilidad: Porque votar no solo define un gobierno; también refleja el nivel de civilidad de una nación.

lunes, 25 de mayo de 2026

Vivir y morir en Popayán


En Popayán, ciudad de historia, tradiciones y silencios largos, hablar de la muerte no debería resultarnos extraño. Durante siglos, esta ciudad ha aprendido a convivir con la idea del tiempo, del rito y de la trascendencia. Sin embargo, en la vida cotidiana contemporánea, la muerte se ha convertido en un tema incómodo, negado o reducido a una noticia fugaz, cuando en realidad es la única certeza que acompaña al ser humano desde su nacimiento. 

La negación del fin de la vida no nos hace más fuertes. Por el contrario, suele generar angustia, ansiedad y una relación superficial con el presente. En una ciudad que se precia de su tradición espiritual y cultural, resulta pertinente recordar que aceptar la finitud no es un acto de derrota, sino una forma madura de comprender la existencia. Vivir con la conciencia del límite nos permite valorar lo esencial y actuar con mayor responsabilidad frente a nosotros mismos y frente a los demás. 

Popayán, marcada por su herencia religiosa y su memoria colectiva, ha entendido históricamente la muerte como parte de un tránsito y no como un final absoluto. No se trata de imponer creencias, sino de reconocer que distintas tradiciones —religiosas, filosóficas y culturales— coinciden en un punto esencial: la muerte forma parte del orden natural de la vida. Desconocerlo solo alimenta miedos que terminan afectando la salud emocional y la convivencia social. 

En los últimos años, el temor excesivo a la enfermedad, al accidente y a la incertidumbre ha generado una sociedad más ansiosa y menos reflexiva. El miedo patológico a morir, conocido como tanatofobia, deteriora la calidad de vida y nos aleja de una vivencia plena del presente. Frente a ello, resulta necesario promover una conversación pública más serena, que permita comprender la muerte no como obsesión, sino como un recordatorio de la responsabilidad que implica estar vivos. 

Desde que nacemos, comenzamos a perder la vida lentamente. Esta verdad, lejos de ser trágica, debería invitarnos a agradecer lo cotidiano: la salud, la familia, el trabajo, el conocimiento, la posibilidad de expresar ideas y de participar en la vida social de la ciudad. Popayán, con su ritmo pausado y su profunda vocación cultural, ofrece el escenario propicio para recuperar esa mirada reflexiva que hoy parece extraviada. 

Hablar de la muerte también es hablar del duelo. Una sociedad que comprende la finitud acompaña mejor a quienes sufren una pérdida y evita caer en extremos que paralizan. Aprender a despedirnos con serenidad es tan importante como aprender a vivir con sentido. 

Este editorial no busca una exhortación religiosa ni ideológica. Es un llamado ciudadano. Reconocer nuestra fragilidad nos hace más humanos, más solidarios y más respetuosos. No somos un accidente de la naturaleza, sino parte de una historia que nos precede y que continuará cuando ya no estemos. 

Civilidad: Tal vez Popayán, fiel a su tradición y a su vocación reflexiva, pueda dar ejemplo promoviendo una cultura de la vida que no le tema a la muerte. Porque solo quien entiende su finitud es capaz de vivir con dignidad, responsabilidad y auténtico respeto por la existencia. 

domingo, 17 de mayo de 2026

Democracia, bendita seas


En la historia política de Colombia hay frases que sobreviven al paso del tiempo porque encierran una verdad profunda. Una de ellas es, aquella sentencia pronunciada por el poeta caucano Guillermo Valencia durante las honras fúnebres del general liberal Rafael Uribe Uribe, asesinado en Bogotá en 1914: «Democracia, bendita seas, aunque así nos mates». Estas palabras, surgidas en medio del duelo nacional, condensaron en una sola frase la paradoja de la vida democrática: sistema lleno de tensiones, pasiones y conflictos, pero que sigue siendo capaz de garantizar la libertad. 

El asesinato de Uribe Uribe estremeció al país que todavía llevaba abiertas las heridas de la Guerra de los Mil Días. Colombia era entonces una nación profundamente dividida por rivalidades políticas donde el debate con frecuencia degeneraba en odio y la confrontación ideológica terminaba en violencia. En ese contexto, las palabras de Valencia no fueron un gesto de resignación ni un lamento fatalista. Fueron, más bien, una declaración de principios. Un recordatorio de que, aun cuando la democracia duela, aun cuando sacuda a la sociedad con crisis y enfrentamientos, sigue siendo preferible a cualquier forma de autocracia. 

La democracia, por naturaleza, es ruidosa e imperfecta. En ella caben las pasiones, los desacuerdos y las palabras encendidas. No es el reino del silencio obediente ni de la unanimidad forzada. Es, por el contrario, el escenario donde las diferencias se expresan, se confronta y —con suerte— encuentran caminos de convivencia. Nuestra democracia puede ser imperfecta y hasta trágica, pero sigue siendo el camino legítimo para la vida política de Colombia. 

Por eso, cuando el debate político se vuelve áspero o cuando el ambiente público parece saturado de confrontaciones, conviene recordar que esas tensiones también forman parte del precio de vivir en libertad. El verdadero peligro no está en el ruido democrático, sino en el silencio impuesto. Las sociedades donde nadie discute, donde nadie contradice al poder y donde las voces se apagan en nombre del orden, terminan pagando un precio mucho más alto: la pérdida de la libertad. 

Más de un siglo después, la frase de Guillermo Valencia sigue resonando con inquietante actualidad. Nos recuerda que la democracia no es un jardín perfecto, sino un terreno donde crecen tanto las flores como las espinas. Pero también nos enseña que, aun con sus heridas y contradicciones, sigue siendo el único camino que permite a los pueblos decidir su destino. 

Frente a los desencantos de la política y a las frustraciones del presente, conviene volver a aquella reflexión nacida en medio del duelo nacional. Porque, al final, incluso en sus momentos más difíciles, la democracia sigue siendo la mejor garantía de nuestra libertad. 

Civilidad: Como lo expresó Valencia con dolor y lucidez, vale repetirlo una vez más: democracia, bendita seas… aun cuando a veces parezca que nos hieres.

sábado, 9 de mayo de 2026

Otra vez, lo mismo, pero en este tiempo


Cada vez que se aproxima un ciclo electoral en Colombia reaparece, con renovado entusiasmo retórico, una promesa conocida repetidamente: acabar con la corrupción. Vuelve y juega la cantaleta. Casi una centena de precandidatos encaramados al bus de las aspiraciones presidenciales convencidos —o al menos así lo proclaman— de que poseen la fórmula para erradicar uno de los males más persistentes del país. Sin embargo, pasada la contienda, la experiencia nos enseña que esas consignas se disuelven con la misma rapidez con la que fueron pronunciadas. El primer síntoma de esta penosa enfermedad, es que vamos, en cual frágil navecilla entre revueltas olas y, la corrupción está enquistada en todos los niveles y ningún partido puede tirar la primera piedra. 

Conviene entonces hacer una pausa de conciencia y pedagógica para mirar el problema con mayor profundidad. La corrupción no es un fenómeno nuevo ni exclusivo de una administración o de un sector político. Es una realidad compleja, cambiante y profundamente arraigada en la vida cotidiana del país. No se limita a los grandes escándalos que copan titulares; también se expresa en prácticas pequeñas, repetidas y normalizadas, que afectan silenciosamente la confianza social y el funcionamiento del Estado. 

Las cifras ayudan a dimensionar el problema. La Contraloría General de la Nación ha advertido que la corrupción le cuesta al país cerca de 50 billones de pesos al año. Suma que permitiría financiar reformas estructurales largamente aplazadas. No se trata, pues, de una “bicoca”, sino de un drenaje permanente de recursos que pertenecen a todos los colombianos. 

Pero reducir el debate a la denuncia de funcionarios corruptos sería incompleto. Como bien lo han señalado distintos analistas, la corrupción no es solo un vicio del político posando de impoluto con quien se va a transformar esta nación; es un reflejo de prácticas sociales toleradas y, en ocasiones, justificadas. Por ejemplo: el llamado “pago facilitador”, el atajo para agilizar un trámite, la evasión y elusión “menor” de una norma, que terminan conformando un engranaje que encarece los procesos y debilita la ética colectiva. 

Colombia es, paradójicamente, un país con abundante legislación anticorrupción, pero con escasa aplicación efectiva. La consigna popular lo resume con crudeza: “norma dictada, trampa inventada”. Sin una ciudadanía comprometida y consciente, las leyes por sí solas resultan insuficientes. 

Por eso, cuando se habla de barrer la corrupción “de arriba hacia abajo”, es necesario aclarar que la limpieza también debe empezar por casa. La formación en valores no es un discurso abstracto; es un proceso que inicia en la familia, se refuerza en la escuela y se consolida en la vida laboral, social y comunitaria. La honestidad se aprende, así como también se aprenden las malas prácticas cuando se normalizan. 

Saltarse la fila, parquear donde no se debe, pedir que no facturen, sacar la basura fuera de horario o evadir impuestos son ejemplos cotidianos de una corrupción actitudinal que, aunque parezca menor, erosiona la civilidad y la convivencia. En democracias frágiles, estas conductas se multiplican y terminan extendiéndose a redes más grandes de ilegalidad. 

De cara al nuevo debate electoral, más que preguntar quién promete castigar a los corruptos, quizá deberíamos preguntarnos quién está dispuesto a liderar un proceso serio de reconstrucción ética y cívica. Pero, combatir la corrupción no es solo una tarea del próximo gobierno: es un desafío colectivo que exige coherencia entre lo que se dice, lo que se vota y lo que se hace cada día. Solo así la corrupción galopante dejará de marcar el rumbo del país. 

Pero, una cosa muy importante que debemos tener en cuenta, es que, hay que votar para integrar el Congreso para que haga control. Así que el Ejecutivo puede presentar reformas tributarias, pero es el Congreso el que decide. Igual ocurre cuando presenta el presupuesto nacional, también es el Congreso el que resuelve cómo se reparten esos dineros. Recordemos que todos los temas sociales como salud, educación o seguridad ciudadana pasan por decisiones que se toman en el Congreso. 

Civilidad: Atacar la corrupción, es una condición indispensable, aunque no suficiente para reducir la pobreza, liberando recursos públicos desviados para inversión social infraestructura y servicios básicos. 

domingo, 3 de mayo de 2026

El automotor y el destierro del peatón


En esta ciudad blanca, culta y de paso lento —al menos así la evocamos— algo se nos salió de las manos. Popayán, que fue pensada para caminarla despacio, conversarla en las esquinas y vivirla a pie, hoy parece diseñada para el rugido del motor y el pito ensordecedor. El peatón, ese ciudadano de toda la vida, fue empujado sin ceremonia a las orillas, arrinconado en aceras flacas, rotas e invadidas, entre tanto, el centro de la calle convertido en territorio sagrado del automóvil.

Las calles, plazas y andenes están tomadas, colonizadas y bien parqueadas por carros, motos, busetas y vehículos oficiales —estos últimos, con patente de corso— en movimiento o en reposo eterno. Popayán ya no es la ciudad de los caminantes; la volvieron un mega-parqueadero patrimonial, con barreras invisibles y visibles donde manda el que tenga llaves y pito. Aquí se parquea sobre el andén, en la esquina, frente al garaje ajeno o donde dé la gana, porque total: multa no hay y vergüenza menos.

Y no es que este fenómeno sea nuevo, no señor. Pero crece como maleza en lote abandonado. Andenes invadidos por motos, carros y vendedores; cruces imposibles; semáforos que privilegian al vehículo con ciclos eternos y le dan al peatón unos segunditos de fe. “- Cruce rápido, abuelita, que el carro ya viene”- Caminar en línea recta es un lujo; toca ir en zigzag, como toreando la suerte, esquivando espejos y aceleradores.

Claro, no seamos injustos: el vehículo privado, visto desde la comodidad individual, es una maravilla. Lleva, trae, carga, protege de la lluvia y da cierto estatus, como decía aquella frase célebre que algunos aún se toman muy en serio. Pero una cosa es el invento y otra el desorden. Porque mientras el mundo habla de ciudades humanas, aquí seguimos atrapados en trancones dignos de metrópoli… sin serlo.

La movilidad en Popayán es un problema serio, grave y conocido. Todos lo saben, todos lo dicen, todos lo sufren. Pero soluciones, pocas; resultados, menos. Más accidentes, más ruido, más contaminación y más muertos. Las históricas calles de la ciudad, pensadas para la vida y no para la carrera, hoy parecen pistas de supervivencia.

Se intentó con proyectos rimbombantes, carriles mal pensados y estaciones que hoy son elefantes blancos tapizados de maleza. Mucho anuncio, mucha valla y poco resultado. El ciudadano opina, pero nadie escucha. Mucho ruido y pocas nueces, como decimos por acá.

Y si algo resume este caos, son los famosos semáforos inteligentes, que de inteligentes tienen lo que Popayán de puerto. No coordinan, no responden, no ayudan. Son brutos de nacimiento y tercos de funcionamiento. Aquí la tecnología quedó en promesa, y la inteligencia artificial ni se asomó.

Civilidad: Popayán no puede seguir siendo una ciudad donde el carro manda y el peatón estorba. Una ciudad que expulsa a su gente de las calles, pierde el alma.

sábado, 25 de abril de 2026

A todo señor, todo honor



Es una vieja expresión que invita a reconocer, sin mezquindades, a las personas e instituciones por sus actuaciones en beneficio de otros. Bajo ese espíritu, quiero rendir un explícito homenaje al antiguo Hospital Universitario San José, que hay que decirlo sin ambages ha experimentado un cambio fundamental en la prestación de sus servicios.

Es necesario destacar que, desde el personal de aseo quienes mantienen las instalaciones en condiciones de limpieza absoluta y con plena conciencia de su responsabilidad hasta el equipo médico-científico, con la gran variedad de especialistas, enfermeras, auxiliares, camilleros, administrativos y trabajadores oficiales en general, todos conforman un verdadero ejército de prestadores de servicio. Un ejército que actúa con humanismo, calidad, inteligencia y sabiduría.

Día tras día atienden a miles de pacientes. Muchos ingresan con incertidumbre o dolor, algunos deben someterse a intervenciones quirúrgicas, y salen aunque adoloridos con renovado entusiasmo, tras haber recibido atención integral en este hospital de tercer nivel.

Ojalá las autoridades locales, departamentales y nacionales dieran el paso de elevarlo a cuarto nivel, evitando así el traslado de pacientes a la ciudad de Cali, con los riesgos que implica recorrer la vía Panamericana desde Popayán.

Es justo reconocer, además, que este hospital ha recibido la certificación del Icontec como institución de excelente calidad, hecho que respalda lo aquí afirmado. Se espera, por supuesto, que esta condición se mantenga en beneficio de la comunidad payanesa, caucana y de las regiones aledañas.

También es importante resaltar que la administración, en cabeza del doctor Juan Carlos Arteaga Cifuentes, han hecho posible este reconocimiento, fruto de un manejo responsable y de la prestación de un servicio de alta calidad.

A quienes critican sin conocimiento, cabría invitarlos no necesariamente como pacientes, porque a nadie se le desea enfermedad alguna a visitar el hospital, a informarse de primera mano y a formarse un criterio basado en la realidad. Es fácil destruir desde la distancia; más difícil es reconocer cuando las cosas se hacen bien.

He observado, con preocupación, algunas críticas en redes sociales dirigidas a una institución que moviliza un vasto equipo humano y que, pese a sus evidentes logros, enfrenta enormes dificultades financieras. Porque no se puede ignorar una realidad inquietante: diversas entidades le adeudan sumas millonarias. Solo la Nueva EPS le debe cerca de 117 mil millones de pesos, y otras entidades responsables de pago acumulan deudas que ascienden a más de 350 mil millones.

Cabe entonces una pregunta inevitable: ¿qué institución puede sostener eficiencia, calidad y humanismo cuando le adeudan cifras cercanas al medio billón de pesos? ¿Y que entidad con semejante deuda acumulada puede dar cumplimiento a las obligaciones laborales, contractuales, pago de servicios, adquisición de insumos, mantenimiento de equipos para una presentación de servicios eficiente y eficaz?. 

Por último, desde el luminoso y eficiente hospital universitario San José donde se preparan los mejores médicos y se atiende a los enfermos sin condición social, de razas o ideológica, la comunidad debería agradecer al Todo Poderoso, tener este hospicio que garantiza la salud y el bienestar de toda la comunidad caucana. 

Civilidad: Reconocer lo que funciona no es un acto de complacencia; es un acto de justicia. Y en este caso, a todo señor, todo honor.

domingo, 19 de abril de 2026

Yo viví el 9 de abril


No menciono la hora porque en mi temprana infancia, vivía en el presente, sin las restricciones del reloj, sin horarios o la planificación futura. Por eso, solo se transmitir un momento de mi infancia. Seguro estoy que ocupaba un lugar central para mi madre, siempre hacia mis cuidados, su atención y las comidas a mi gusto. Remitiéndome al diccionario de la Real Academia Española encuentro que se considera infancia al primer período de la niñez, que comprende desde el nacimiento hasta los siete años. Para el fatídico día del 9 de abril de 1948, yo contaba con cinco años considerándola como la que media entre la primera infancia. A partir de entonces, tuve un mensaje. Entonces, puedo decir que, para definir el tiempo, es que en principio no existe el tiempo, pero existen los sucesos, los acontecimientos. Así que lo experimentado en mi temprana infancia fue un proceso evolutivo. Fue un momento en el que como niño me encontré ante un estado de indefensión, situación que tenía la indeseable consecuencia de hacerle poner por encima de todos los peligros de no ser por ese ángel protector ante todas las situaciones de desamparo: mi adorable madre. Es interesante que subraye que la indefensión y ante la ignorancia de lo que acontecía en ese momento y, que hoy narro con una mayor autonomía y un conocimiento propio dentro de la corriente filosófica, política y económica situada en la libertad individual, la igualdad ante la ley y la limitación del poder del Estado.

Ese trágico día, había ido a acompañar a mi madre a la plaza de mercado, la galería central y única en ese tiempo, de la ciudad. Tomándome de la mano de mi madre y abrazándome me hacía sentir seguridad, protección y confianza incondicional. Y viene a mi memoria como si fuese hoy, esa turba enfurecida incendiando y saqueando la edificación de 2 pisos. El edificio “Masordoñez” -lo más alto de la ciudad- frente al portalón de la galería por la calle 6ª entre carreras 5ª y 6ª. Mi evocación fotográfica me recuerda como desde allí, tiraban mesas escritorios, caja fuerte de donde salían billetes y monedas. Alboroto o revuelta que nos permitía ver, pero no, que pudiéramos salir de la plaza de mercado. Cuando pudimos hacerlo, aún conservo los gestos de angustia de mi adorable madre que actuaba como un ancla emocional para ofrecerme estabilidad, ayuda a reducir el miedo, fomentando el vínculo afectivo, siendo un puente hacia la autonomía y la confianza para caminar las calles de gentes enardecidas, unos huyendo, otros persiguiendo al grito de –“mataron a Gaitán”. La gente reaccionaba con rabia y dolor. Habían matado al líder más querido en ese momento. Fue una muerte que se multiplicó en trescientas mil muertes y causó el desplazamiento forzoso de más de dos millones de personas, una quinta parte de la población, que por ese entonces se calculaba en once millones de habitantes y, que además produjo la destrucción de buena parte de la capital. Presencié y leí los acontecimientos que través de escritos que con el transcurrir de los años denominaron: “El Bogotazo”. Fueron intensas y sangrientas las horas que duró la revuelta en la capital colombiana en que “disparaban a todo lo que se movía” y que marcó el inicio de una época conocida como la violencia, que ha perdurado siete o más décadas, afectando a todo el país, desarrollada principalmente en el campo.

Es un capítulo que, aún falta por esclarecer las raíces de más de seis décadas de violencia bipartidista iniciada en 1948. Todavía se entablan numerosas controversias, motivando la escritura de decenas o cientos de libros y cuyas consecuencias: el narcotráfico que ha permeado a la sociedad y la economía; la lucha por tierras a falta de una reforma agraria integral y, la incapacidad de cerrar la brecha de la pobreza, que se viven todavía en Colombia, temas explicados por numerosos estudiosos. Ciertamente, del bogotazo surgió todo: las FARC, las disidencias y el ELN. Pero, la cruda realidad, 78 años después, a pesar de todo: aún no acuerdan el desarme, la violencia continúa viva y la sociedad fragmentada.

Civilidad: Colombia, país con larga historia de violencia, sin que todavía encuentre una respuesta.

43 años del derrumbe de Popayán (crónica)


En Popayán la mañana del 31 de marzo de 1983 amaneció como tantas otras: lenta, solemne, envuelta en el recogimiento de la Semana Santa más ceremonial del país. A las ocho pasadas, cuando el incienso aún parecía flotar en el aire de las iglesias y los pasos de los fieles se acomodaban al ritmo de la tradición, la tierra decidió interrumpir la historia.

Fueron apenas 18 segundos. Suficientes.

El suelo rugió con una fuerza que nadie había escuchado antes. Un sonido profundo, casi animal, que hizo temblar las paredes de tapia y ladrillo del sector histórico. Las campanas, que minutos antes llamaban a misa, se mezclaron con el estruendo de los muros al caer. En ese instante, la ciudad blanca dejó de serlo: el polvo cubrió calles, plazas y recuerdos.

El sismo, con epicentro a 46 kilómetros al suroeste y a escasa profundidad, no dio tregua. Más de 300 personas murieron, y más de diez mil quedaron sin hogar. La cúpula de la Catedral se vino abajo sin previo aviso; debajo de sus escombros quedaron 90 personas que aguardaban el inicio de los oficios religiosos. La fe, ese día, no alcanzó a sostener el techo.

En el cementerio, las bóvedas se abrieron como heridas antiguas. Los restos humanos, arrancados de la quietud, volvieron a ver la luz en medio del caos. Era como si la ciudad entera, viva y muerta, hubiera sido sacudida al mismo tiempo.

El aeropuerto de Machángara —hoy Aeropuerto Guillermo León Valencia— quedó inutilizable. Las vías se fracturaron. La comunicación con el país se volvió incierta. Y mientras tanto, en los barrios populares, el desastre adquiría su rostro más crudo. El Cadillal, Pandiguando, La Esmeralda y Pubenza fueron nombres que empezaron a pronunciarse con dolor. En los Bloques de Pubenza, un conjunto de edificios que albergaba a unas 150 familias, la estructura cedió sin resistencia. Doce bloques, cuatro pisos cada uno, se desplomaron como fichas de dominó. Allí, la tragedia tuvo nombre propio, rostro, historias truncadas.

En total, cerca de 6.800 viviendas quedaron reducidas a escombros, la mayoría pertenecientes a familias de bajos ingresos. Otras 6.680 quedaron seriamente afectadas. Como suele ocurrir, la tragedia no golpeó a todos por igual.

El impacto no se limitó a la capital caucana. Timbío, a pocos kilómetros, también sintió el golpe. Casas caídas, familias a la intemperie, un silencio pesado después del estruendo.

Y, sin embargo, entre los escombros, empezó a levantarse algo más que paredes.

Con el paso de los días, cuando el polvo se asentó y el miedo comenzó a transformarse en rutina, emergió una ciudad distinta. La reconstrucción no solo levantó casas; rediseñó la manera de habitar el centro histórico. Las viviendas crecieron hacia arriba, los primeros pisos se abrieron al comercio y los segundos guardaron la vida familiar. El desastre, paradójicamente, impulsó una nueva dinámica urbana.

También dejó lecciones. El país empezó a mirar con otros ojos la construcción en zonas sísmicas, la prevención, la gestión del riesgo. Lo que ocurrió en Popayán no podía repetirse.

Pero la historia no se detuvo ahí.

La ciudad que antes del terremoto crecía con cierta calma comenzó a expandirse sin control hacia la periferia. Llegaron las invasiones, la informalidad, el desempleo. A la tragedia natural se sumaron otras más silenciosas: el desplazamiento forzado por el conflicto armado —con actores como las FARC, el ELN y sus disidencias— y las migraciones que fueron poblando una ciudad que no estaba preparada para recibir tanto dolor junto.

Hoy, 43 años después, Popayán sigue en pie. Más “moderna”, más extensa, pero también más compleja. El terremoto no solo fracturó sus muros; partió su historia en dos. Hay un antes y un después que todavía se siente en las calles, en la memoria de quienes sobrevivieron y en el relato que se transmite a quienes no lo vivieron.

Porque si algo quedó claro aquella mañana de 1983 es que la furia de la tierra no fue el único golpe. Desde entonces, la ciudad blanca ha tenido que aprender a resistir muchas otras sacudidas.

Civilidad: Y, aun así, sigue aquí. De pie. Recordando. Todavía reconstruyéndose.


470 años paso a paso en Popayán

 


Popayán entra en vigilia mucho antes de que suene el primer tambor. La espera, casi ansiosa, se siente en las angostas calles por donde transitan los pasos, como si la ciudad entera llevara meses ensayando el silencio. Durante todo el año, en las cofradías de cargueros no se habla de otra cosa que de la próxima Semana Mayor. Es la versión local de la gabinetología: quién carga, quién repite, quién asciende al barrote, quién queda en promesa.

Mucho ruido hay en las vísperas, antes de que la primavera traiga el redoble de los tambores y los ritos arcaicos que sobreviven en una sociedad cada vez más laica, donde el único dogma que no pierde fieles es el del dinero. Porque también llega la temporada alta de divisas nacionales y extranjeras que entran a porrones a la Ciudad Blanca, anunciadas entre pregones de “maní fresquito y tostadito”, mientras detrás avanza el barrendero recogiendo no solo la basura que cae al suelo, sino la que también se habla caminando las calles.

Con la cruz latina se inicia el recorrido sagrado por las principales iglesias del centro histórico, ese mismo territorio donde la religión pasó a ser materia optativa en colegios y escuelas. Así se cumple, año tras año, la función más antigua de esta Jerusalén de América: representar la Pasión. Crujen las andas y, por cooptación más que por vocación, los nazarenos elegidos toman los barrotes y cargan a cuestas el peso simbólico de la fe y la tradición.

Rechinan los maderos centenarios, balanceándose sobre alpargatas de cabuya que dejan huella en hombros curtidos por los años. Así se inscribe el sacrificio visible, recompensado con la alcayata de oro que algún día colgará en la solapa como medalla de fe, estatus y memoria, incluso más allá de la vida.

El pueblo acompaña, conmemora la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo entre desfiles solemnes, apóstoles dormilones de rostro bonachón en el Monte de los Olivos y, el infaltable chiste patojo sobre el beso de Judas, que aligera el peso del incienso y recuerda que, aun en el rito más serio, Popayán no renuncia del todo a la sonrisa.

Todo ocurre en un paisaje único, donde la luz se mezcla con el blanco recién lavado de las paredes y el centro histórico se convierte en escenario mayor. Es entonces, cuando la Ciudad Ilustre recibe al mayor número de visitantes, atraídos por el valor artístico e iconográfico de unas imágenes que no solo se procesionan: se posesionan en la memoria colectiva.

Así, paso a paso, Popayán vuelve a cargar su Pasión. No solo la de Cristo, sino la de una ciudad que debate entre la fe y el turismo, entre el rito y el negocio, entre el silencio devoto y el ruido del mundo moderno. Y, aun así, cada año, cuando se apagan las luces y avanza el primer paso, la ciudad vuelve a creer, aunque sea por una semana.

Civilidad: La Semana Santa en Popayán se lleva a cabo desde 1556. Sus Procesiones sacras son la celebración religiosa más importante del país. ¡Conservémoslas!


domingo, 22 de marzo de 2026

"Hasta que la muerte los separe"

 


En una época como la nuestra, donde casi todo se mide con el metro frío de la eficiencia, la productividad o la lógica inmediata, surge una pregunta que puede parecer extraña, incluso incómoda: ¿Qué hacemos con el amor cuando la persona amada ya no está? ¿Dónde queda ese sentimiento cuando la vida nos enfrenta a la ausencia definitiva?

Tal vez por eso la antigua fórmula de los votos matrimoniales conserva todavía una fuerza simbólica extraordinaria. En la ceremonia católica, cuando el sacerdote une a los esposos, pronuncia una frase que todos hemos escuchado alguna vez: “hasta que la muerte los separe”. En apariencia, la sentencia delimita el final del vínculo: la unión dura mientras ambos vivan.

Pero la experiencia humana suele desmentir la literalidad de esas palabras. Porque hay amores que no se extinguen con la muerte. Cambian de forma, se transforman, se vuelven memoria, presencia silenciosa, compañía invisible. El vínculo físico desaparece, pero el sentimiento encuentra otros caminos para seguir existiendo.

Lo atestiguo desde la experiencia personal. El duelo es un proceso íntimo y distinto para cada quien. Sin embargo, con el paso del tiempo uno comprende que el amor verdadero no desaparece; simplemente se transforma. La soledad enseña mucho: la tristeza puede convertirse en gratitud, el silencio en recuerdo, y la ausencia en una forma distinta de presencia. Pues, el amor que sobrevive a la muerte ya no espera nada a cambio. No discute, no compite, no se defiende. Se vuelve memoria viva. Habita en los pequeños rituales cotidianos del que se queda: en una canción que se recuerda, en una palabra, pronunciada en voz baja, en los gestos sencillos con los que se honra a quien partió.

Hoy hace seis años murió mi esposa. Desde entonces, domingo tras domingo la visito. Pocas veces he faltado. Allí, frente a su tumba, le hablo en voz baja: le cuento de los hijos, del trabajo, de lo que me alegra o me preocupa. A veces parece un diálogo conmigo mismo; otras veces siento que está a mi lado, y que, en el silencio, también me responde. Hay días en que le escribo como hoy. En otros, le canto las canciones que le gustaban, hasta que inevitablemente se me escapa una lágrima. Algunos dirán que es una locura. No me incomoda. Si es locura, es una locura de amor. Es mi manera de seguir compartiendo con ella, de prolongar una conversación que la muerte no logró interrumpir del todo; en la soledad sus recuerdos me hacen compañía.

Vivimos en una sociedad que insiste en que el duelo debe superarse, que hay que “pasar la página”, que el recuerdo debe ceder paso al olvido para seguir adelante. Pero la vida me ha enseñado algo distinto: hay cosas que no se superan. Se llevan consigo. Se llevan con dignidad, con memoria, con gratitud. Porque el amor, en su misteriosa capacidad de transformación, encuentra siempre la manera de permanecer. Ya no en la presencia física, sino en la huella profunda que deja en el alma. Y quizás esa sea la forma más pura del amor: aquella que, incluso después de la muerte, sigue viviendo en quien la recuerda. Con el paso del tiempo el recuerdo no desaparece; a veces se vuelve más intenso. Tal vez por eso el duelo no termina: simplemente se aprende a convivir con la vida. Final del formulario

Civilidad: Con el tiempo, la persistencia del recuerdo se vuelve más agudo, indicando que el duelo no termina.

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 21 de marzo de 2026

Amor Eterno

 

 Amor Eterno
                                                          
                                                            Amor Eterno


Te amo,
todavía te amo,
como si el tiempo no supiera
cómo arrancarte de mí.
Te amo
en todos los días de Dios,
en cada hora que insiste
en recordarme tu nombre.
Sé dónde habitas:
en ese rincón callado
donde la soledad se vuelve diálogo
y tu voz, mi consuelo.
Te busco
en el silencio que dejas,
y allí hablamos,
como si nunca te hubieras ido.
Sin ti
no sería yo,
sería apenas un eco
de lo que fuimos.
Pero sé
que un día de Dios,
cuando el tiempo se rinda,
volveremos a abrazarnos.
Y entonces,
para siempre,
será mi amor.

  •                                              21 de marzo de 2026