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sábado, 19 de septiembre de 2026

El Ciro López y la Francisco Villamil

 






Aquí de nuevo, escribiendo mi columna dominical. En esta ocasión, honrando la memoria del generoso, don Ciro López, quien donó el terreno para el escenario deportivo que lleva su nombre. Tuve el privilegio de conocerlo, de profesión constructor, utilizando andamios de guadua; pero nunca se le cayó un andén. Andenes los de hoy con arremuescos donde se cae la gente. Don. Ciro, cuando de reprochar tenía, lo decía: “en tono bajito, casi como para no molestar: esa cuadrilla de obreros no va a rendir lo que dice esa hoja”.

La donación del terreno tenía el fin exclusivo para la construcción de un campo deportivo con graderías para los espectadores, destinado a competencias de diferentes disciplinas, entre ellas el fútbol, inaugurado el 8 de julio de 1951.

Lastimosamente hoy, el estadio Ciro López hace parte de una larga historia de abandono, disputas jurídicas, reclamos ciudadanos y deterioro físico. Un escenario que alguna vez representó progreso y encuentro deportivo, terminó convertido, como tantos otros bienes de nuestra ciudad, en un dolor de cabeza para quienes tienen la responsabilidad de conservarlo.

He aquí comienza otra historia, mucho más antigua, que tiene que ver con la famosa leyenda popular de Popayán: la maldición de la cruz de Belén.

Cuenta la tradición, que el obispo Carlos Bermúdez fue sacado por la fuerza del palacio arzobispal por hombres armados. Ante semejante agravio, el prelado habría proferido una severa imprecación contra la ciudad, advirtiendo que, si la cruz de la iglesia de Belén llegaba a caer, los muertos saldrían de sus tumbas y Popayán perecería.

La leyenda quedó prendida de la memoria colectiva y adquirió una fuerza particular después del terremoto de 1983, cuando la cruz sufrió graves daños, pero no cayó completamente. Para muchos, aquello fue suficiente para confirmar que la maldición seguía vigente.

Y si de maldiciones hablamos, pareciera que Popayán continúa pagando alguna factura que nadie sabe quién dejó pendiente.

Fundada en 1537, esta ilustre ciudad ha sido llamada cuna de dieciséis presidentes de Colombia. Sin embargo, a veces da la impresión de que ninguno hubiera pasado por aquí después de ocupar el solio presidencial. Tenemos historia, patrimonio, títulos, pergaminos y hasta presidentes para repartir; lo que seguimos buscando es, la manera de convertir tanta gloria acumulada en progreso visible.

Hasta el antiguo reloj de la Torre del Reloj parece haberse confabulado con nosotros: sin la manecilla para los minutos, permanece detenido en el tiempo, como si a los payaneses no nos interesara demasiado saber qué hora es ni, mucho menos, hacia dónde va la ciudad.

La supuesta imprecación también parece haberse extendido a otros bienes de Popayán y del Cauca. Pues, allí está la Plaza de Toros Francisco Villamil Londoño, patrimonio cultural de la ciudad, durante años escenario de corridas y espectáculos,  hoy convertida en una dolorosa muestra del deterioro que puede producir el abandono. La Alcaldía y la Gobernación han reconocido su delicada situación y han anunciado acciones para recuperar el inmueble. Pero entre anuncios, trámites, problemas jurídicos y tiempo transcurrido, el patrimonio continúa esperando.

Y qué decir de aquellas historias que rodean la plaza.

Se cuenta que la primera corrida realizada en Popayán prácticamente resultó gratuita para el público, porque la asistencia no fue la esperada y los toreros, traídos del cartel taurino de Cali, actuaron más por gusto que por negocio, atraídos por la belleza y las comodidades del pequeño albero, aunque reducido frente a la plaza de Cañaveralejo. Al propietario de los toros, según cuenta la tradición oral, hubo que pagarle con dos letras de cambio, documento legal que respaldaba la deuda (vaya a saber si las hicieron efectivas).

En 1972 también actuó allí el cantante español Raphael, acompañado por Los Brujos de Venus, pero tampoco se llenaron las graderías. De ahí nació aquella ocurrencia o chispa patoja de llamar al coso taurino: “la plaza más grande del mundo”, porque nunca se llenaba.

Humor aparte, hay algo más serio detrás de todo esto.

La responsabilidad sobre el patrimonio público —o sobre aquellos bienes que hacen parte de la memoria colectiva de la ciudad— no puede diluirse entre oficinas, administraciones, entidades, juntas, procesos jurídicos y buenos propósitos. El patrimonio no se conserva con discursos. Se conserva con decisiones, recursos, mantenimiento, transparencia y voluntad política.

Y aquí aparece otra de nuestras particulares costumbres: la maledicencia.

A nuestros alcaldes, con independencia de sus aciertos o equivocaciones, muchas veces los rajamos como si fuera deporte local. Una obra no termina y ya tiene culpable; una obra se termina y siempre aparece quien encuentra la falla; un proyecto se anuncia y se critica; otro se demora y también se critica. Y así vamos construyendo una cadena interminable de improperios que muy poco ayuda a solucionar los problemas de la ciudad.

Por supuesto, la crítica ciudadana es necesaria. La vigilancia sobre lo público es indispensable. Pero una cosa es exigir cuentas y otra muy diferente convertir la descalificación en costumbre.

Aquí, mucha gente habla de lo que no entiende, de lo que cree entender y de lo que entiende apenas a medias.

Y, aun así, Popayán encanta.

Es bella, lenta, anacrónica y, en ocasiones, refractaria al progreso. Parece detenida en el tiempo impreciso entre el siglo XIX y mediados del XX, con ese persistente olor a calicanto que se desprende de sus muros, sus faroles, sus balcones y el aliento ceniciento de sus viejas techumbres.

Tal vez por eso seguimos amándola.

Y aterra pensar que, en alguna esquina de Popayán, el espectro del viejo arzobispo todavía deambula buscando a quién culpar. Quizá las fuerzas sobrenaturales del inframundo, en vez de desaparecer, simplemente se han modernizado y ahora reaparecen de vez en cuando en algunos candidatos de bajo perfil non sanctus.

Pero no exageremos.

Cuando se acerque el día de las brujas, quizá no sea mala idea organizar un exorcismo colectivo. No para sacar a los muertos de sus tumbas, sino para sacar de nosotros algunas viejas mañas: el conformismo, la desidia, la maledicencia, la indiferencia y esa inexplicable capacidad de acostumbrarnos al deterioro.

A lo mejor así rompemos la maldición.

Civilidad, según HDG: Popayán no necesita exorcistas. Necesita ciudadanos que quieran a su ciudad lo suficiente como para no dejarla morir de abandono.

sábado, 12 de septiembre de 2026

El Patrimonio Patojo

 


Hemos visto que la floreciente cadena hotelera de cinco estrellas que administraba la joya arquitectónica colonial, antiguo monasterio, bajó su marca de la fachada. Se va por falta de acuerdo contractual con su propietario, la Gobernación del Cauca. Después de 28 años, se marcha, pero otra cadena hotelera llegará a ocupar ese espacio. Entonces, este emblemático inmueble del Centro Histórico de Popayán no cerrará sus puertas.

Existe, sin embargo, una natural preocupación por las estrellas, esas que indican el nivel de calidad, los servicios, los espacios y las comodidades que ofrece un hotel a sus huéspedes, mientras la ciudad sucumbe silenciosamente ante el deterioro de buena parte de su patrimonio.

Ojalá los lamentos, incluso esos que se pronuncian en tonos lastimeros y con algún aderezo del dialecto local, fueran también en defensa de aquellas estructuras de estilo colonial español, típicamente de dos plantas, que caracterizan nuestro Centro Histórico. Construcciones que combinan una apariencia sobria con detalles cuidadosamente elaborados —molduras, cornisas y otros elementos ornamentales— que resaltan la riqueza artesanal de una época, pero que hoy, en no pocos casos, se vienen abajo a pedazos.

El patrimonio no es solamente aquello que admiramos en las fotografías antiguas. Son también las construcciones que han logrado sobrevivir al paso del tiempo como valiosos testimonios de nuestra historia, nuestro arte y nuestra cultura.

La edificación monástica es uno de los establecimientos más exclusivos de la urbe y, al mismo tiempo, una de las joyas coloniales más importantes que posee la Ciudad Blanca. En su época de esplendor llegó a constituir uno de los conjuntos conventuales más extensos de la región.

La defensa de lo público y de nuestro patrimonio no debería convertirse en una discusión innecesaria entre ciudadanos. Sería mucho más provechoso que, en lugar de enfrascarnos en polémicas, nos ocupáramos de defender integralmente la ciudad y derramáramos lágrimas sinceras por el deterioro de un patrimonio histórico y arqueológico que constituye parte esencial de la identidad cultural, del turismo y de la memoria colectiva de los payaneses.

Como si fuera poco, la falta de mantenimiento de muchas de esas viejas casonas del Centro Histórico representa un riesgo para los peatones. No basta con contemplarlas, fotografiarlas o presumir de ellas: también hay que cuidarlas.

Hasta hace pocos días contábamos la historia de aquella “ira de Dios”, de esa torre símbolo de la ciudad, para explicar las ruinas que todavía marcaban el suelo y recordar que el patrimonio también puede desaparecer cuando la indiferencia se vuelve costumbre.

¿Y qué decir de aquel otro patrimonio patojo que fue derribado el 16 de septiembre de 2020 por integrantes de la comunidad Misak? Han transcurrido ya seis años desde que la estatua del fundador de Popayán terminó en el suelo. Seis años esperando saber si volverá a ser instalada en algún lugar.

No se han escuchado con la misma intensidad los lamentos de quienes hoy defienden a ultranza las estrellas de moda en Popayán, mientras el fundador de la ciudad parece dormir el sueño de los justos.

Y, como ya parece ser costumbre, la ciudad de paredes blancas no arranca, no avanza, ni siquiera lentamente, hacia el cumplimiento de sus 500 años de fundación.

Popayán ya no puede vivir únicamente de su pasado colonial. Tiene que enfrentar los retos urbanos del presente, sin renunciar a su cultura, su gastronomía, su memoria y esa vida cotidiana que todavía le concede un carácter propio.

La ciudad despierta cada mañana con la misma pregunta, todavía sin respuesta: ¿en qué momento de nuestra historia dejamos que la indiferencia dejara de ser una metáfora para convertirse en costumbre?

¡El conformismo social también mata!

Tal vez la verdadera locura de esta ciudad no esté en sus apodos ni en su historia, sino en nuestra incapacidad para convivir, para conservar lo propio y, sobre todo, para proteger lo que heredamos.

Porque mientras no recuperemos el respeto por el criterio del otro y por nuestra propia ciudad, el reloj de la torre seguirá detenido y Popayán continuará atrapada en su propio delirio.

Civilidad según HDG: Si alguna vez Popayán fue el mejor vividero del mundo, no fue solamente por lo que tenía, sino por la manera como sus habitantes sabían cuidarla.

sábado, 5 de septiembre de 2026

Llegó la hora de caminar Popayán

 


Llegó la hora de caminar Popayán


Hay momentos en la vida de las ciudades en que no basta con mirar hacia atrás: hay que atreverse a mirar hacia adelante. Popayán está precisamente en uno de ellos.

El mundo contemporáneo, y también Colombia, ha entendido que recuperar el espacio público para el peatón no es un capricho urbanístico, sino una manera de devolverle vida a las ciudades. Cali, por ejemplo, avanzó en la recuperación de espacios del Centro Histórico y su entorno con ocasión de la COP16, demostrando que cuando existe voluntad política, las calles pueden dejar de ser simples corredores para vehículos y convertirse nuevamente en lugares para encontrarse, caminar y vivir.

Popayán tiene ante sí una oportunidad todavía mayor.

La propuesta de peatonalizar el Centro Histórico, el rostro más lucido de la Ciudad Blanca, no es nueva ni pertenece al reino de las utopías. Mucha tinta ha corrido reclamándoles a los sucesivos alcaldes que se decidan de una vez por todas a conjugar el verbo peatonalizar y a convertir en realidad los propósitos de protección y recuperación contenidos en el Plan Especial de Manejo y Protección, PEMP, del Centro Histórico.

Pero seguimos esperando.

Y mientras esperamos, los automóviles y las motocicletas continúan ganándole terreno al peatón en unas calles que fueron concebidas mucho antes de que alguien imaginara que algún día tendríamos que disputárnoslas entre carros, motos, vendedores, estacionamientos y transeúntes.

Ahora tenemos una fecha que debería servirnos de despertador: el 13 de enero de 2037, Popayán llegará a sus 500 años. La reciente Ley 2623 de 2026 asocia oficialmente a la Nación a esta celebración y, entre otras disposiciones, contempla acciones de conservación, mejoramiento y embellecimiento del centro histórico.

Tenemos, entonces, once años.

Once años parecen mucho tiempo para quien mira el calendario; para una ciudad, son apenas un suspiro.

Por eso, si las dos próximas administraciones municipales se ponen las pilas, como dice la muchachada, Popayán podría llegar a sus cinco siglos convertida en una ciudad donde caminar por el Centro Histórico no sea una aventura entre carros y motos, sino una experiencia segura, agradable y práctica.

No se trata simplemente de cerrar unas cuantas calles y poner unas señales de tránsito. Se trata de concebir una nueva manera de habitar el corazón de la ciudad.

Y no tendríamos que inventar demasiado.

Cada año, durante nuestras tradicionales procesiones de Semana Santa, algunas de las principales calles del Centro Histórico se cierran temporalmente al tráfico vehicular. ¿Y qué sucede? Nada extraordinario: la ciudad camina. La gente sale, se encuentra, observa, conversa y disfruta. El peatón se convierte, durante unas horas, en el verdadero dueño de la calle.

Y nadie se muere por eso.

Por el contrario, se respira mejor y todos felices.

Además, las procesiones de Popayán son un ejemplo de que una ciudad histórica puede organizarse alrededor de una actividad peatonal masiva cuando existe voluntad, planificación y respeto por unas reglas colectivamente aceptadas. Esa tradición, arraigada durante siglos en el sentimiento de los payaneses, demuestra que la ciudad tiene capacidad para hacerlo.

Lo que falta es convertir la excepción en una política urbana.

La celebración de los 500 años no debería reducirse a actos protocolarios, discursos, placas conmemorativas y fotografías para la posteridad. Sería una lástima que llegáramos a 2037 con la misma ciudad que hoy padecemos, simplemente adornada para la ocasión.

Los 500 años deberían ser la oportunidad para preguntarnos qué Popayán queremos entregarles a quienes vienen detrás.

Y aquí aparece una palabra que me gusta especialmente: Civilidad.

No la propongo como una palabra nueva, sino como una interpretación deliberadamente reforzada de dos conceptos que conocemos bien: civismo y urbanidad. Civilidad es, para este propósito, aprender a compartir la ciudad, respetar al otro, cuidar el espacio público y entender que la calle no pertenece exclusivamente a quien conduce un vehículo.

Porque rescatar la antigua condición de “ciudad culta” exige algo más que recordar a nuestros poetas, presidentes, próceres, científicos y personajes ilustres. Una ciudad culta también debe demostrar cultura en la manera como utiliza y respeta sus espacios.

De ahí que la civilidad y el ornato deban convertirse en protagonistas de la celebración.

Hay antecedentes que deberían inspirarnos. En el Archivo Histórico de la Universidad del Cauca reposa, según se ha documentado, una disposición relacionada con el enlucimiento de la ciudad y el blanqueamiento de las fachadas por donde pasaban las procesiones. Si nuestros antepasados entendieron que una ciudad debía prepararse y engalanarse para sus grandes acontecimientos, ¿por qué nosotros no podemos hacer lo mismo?

Pero esta vez no se trata solamente de pintar fachadas.

Se trata de recuperar calles.

De devolverlas a la gente.

De transformar determinados sectores del Centro Histórico en espacios donde puedan convivir el patrimonio, el comercio, la cultura, el turismo y la vida cotidiana, con prioridad para el peatón.

La peatonalización bien planeada puede contribuir a mejorar la movilidad, reducir el ruido y la contaminación, fortalecer la actividad comercial y turística y, sobre todo, recuperar el espacio público como lugar de encuentro.

El visitante que llega a Popayán no viene a admirar nuestros monumentos desde el interior de un automóvil. Viene a caminarla.

Quiere conocer el Parque Caldas, la Torre del Reloj, las iglesias, los museos, las casonas, el Puente del Humilladero y esas calles blancas que constituyen buena parte de nuestra memoria urbana. Quiere sentarse, mirar, conversar, tomar fotografías, entrar a una tienda, comer algo, comprar un recuerdo y seguir caminando.

En otras palabras, quiere vivir la ciudad.

Y para eso hay que recuperar el corazón de Popayán como punto de encuentro de residentes y visitantes, de hoteles, restaurantes, comerciantes, tiendas, museos y espacios culturales.

No se trata de expulsar al automóvil de toda la ciudad. Nadie está proponiendo semejante disparate. Se trata de establecer prioridades razonables en determinados sectores del Centro Histórico: primero el peatón, luego el transporte necesario y, donde sea posible, los demás modos de movilidad.

También habrá que pensar en quienes tienen dificultades para desplazarse, en las personas mayores, en los niños y en las personas con discapacidad. Una ciudad amable no es aquella que simplemente permite caminar; es aquella que permite hacerlo con seguridad, accesibilidad y dignidad.

Para conseguirlo se necesita planificación: estudios de movilidad, rutas alternativas, zonas de cargue y descargue, estacionamientos periféricos, señalización apropiada, mantenimiento permanente del espacio público, arborización, cuidado del Parque Caldas y una estrategia clara para comerciantes y residentes.

Y, por supuesto, participación ciudadana.

Porque ninguna transformación urbana puede hacerse contra la ciudad. Hay que hacerla con la ciudad.

La nueva ley de los 500 años nos acaba de poner una fecha sobre la mesa y, además, contempla expresamente acciones de conservación, mejoramiento y embellecimiento del centro histórico.

Entonces, ¿Qué estamos esperando?

Popayán tiene once años para prepararse.

Once años para planificar.

Once años para invertir.

Once años para recuperar sus calles.

Once años para demostrar que una ciudad puede conservar orgullosamente su pasado sin quedarse atrapada en él.

Once años parecen mucho tiempo para quien mira el calendario; para una ciudad, son apenas un suspiro.

Porque Popayán no tiene que escoger entre su historia y su futuro. Precisamente porque tiene una historia extraordinaria, está obligada a construir un futuro a la altura de ella.

Y quizá el primer paso sea tan sencillo como este:

devolverle sus calles a quien siempre debió ser su protagonista: el peatón.

jueves, 20 de agosto de 2026

El chismorreo actualizado

 

El chismorreo actualizado

Sigo con mis cuentos. Aunque, para ser justos, estos no son inventos de quien hoy empuña la pluma, sino de la ventolera que, de cuando en cuando, se empeña en sacar de las entrañas de la vetusta Popayán historias que muchos ignoran y otros prefieren echarles tierra. Al fin y al cabo, esta ciudad camina —o mejor, procesiona— rumbo a sus quinientos años, desafiando al tiempo, al sentido común y hasta al mismísimo don Sebastián de Belalcázar.

El conquistador, que, dicho sea de paso, también lleva buen tiempo escondido. No por humildad, que nunca fue su virtud, sino para evitar el bochorno de volver a terminar en el suelo. Hay monumentos que duran menos que las discusiones sobre la historia. Y en Popayán, donde abundan las campanas y escasean los consensos, cualquier estatua corre más riesgos que un político en campaña.

Desenterrar los mitos, las leyendas y las costumbres de nuestros mayores resulta tan apasionante como peligroso. Son recuerdos que escuché siendo muchacho, al calor de una vela de sebo o bajo la luz amarillenta de un mechón de queroseno, cuando la electricidad todavía no competía con la imaginación, ni el celular había convertido el chisme en patrimonio universal.

Por eso recurro, sin sonrojo alguno, al lenguaje coloquial. Son los famosos cuentos de los viejos: relatos donde la memoria se da la mano con la exageración, la picardía hace sociedad con la superstición y la realidad termina pareciéndose sospechosamente a la ficción. Muchos los despachan como simples chismes de corredores o conversaciones de mecedora. Sin embargo, el tiempo, que nunca pierde un pleito, termina absolviéndolos. Entonces dejan de ser cuentos para convertirse en verdades del tamaño del Morro de Tulcán.

En fin, vamos al grano, como dijo el dermatólogo.

Porque Popayán no solo fabrica obispos, procesiones y abogados. También produce leyendas con denominación de origen. Y entre todas sobresale una que todavía pone a persignarse a más de un patojo: la célebre maldición de la Cruz de Belén.

La historia de la Cruz de Belén se remonta a 1681, cuando el obispo Cristóbal Bernardo de Quiroz bendijo la primera piedra de la ermita. Más de un siglo después, en 1789, se levantó la monumental cruz de piedra que todavía vigila la ciudad desde lo alto del cerro, como si fuera el más antiguo sistema de vigilancia de Popayán.

En uno de sus costados quedó grabada una frase que parece escrita para cualquier gobierno, sin importar el color político:

“Una Ave María a la Madre de Misericordia para que no sea total la ruina de Popayán.”

Hasta aquí, la piedra habla por sí sola. Lo que viene después pertenece, en buena medida, al territorio de la memoria, la tradición oral y la leyenda.

No sobra recordar que, décadas más tarde, durante los gobiernos liberales de José Hilario López y Tomás Cipriano de Mosquera, el país vivió profundas reformas que sacudieron las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Se expulsó a los jesuitas, se nacionalizaron bienes eclesiásticos y se abrió una de las confrontaciones políticas y religiosas más intensas de nuestra historia.

En Colombia nunca hemos necesitado mucho para dividirnos; basta una idea nueva... o una vieja contada de otra manera.

En semejante ambiente apareció el obispo Carlos Bermúdez Pinzón, hombre de convicciones tan firmes como el granito de nuestras montañas. Enemigo declarado de la masonería y feroz contradictor de las reformas liberales, jamás aprendió el arte de las medias tintas.

Cuando desapareció la custodia de la Catedral, lanzó una excomunión que todavía hace estremecer a los aficionados de la historia. Según la tradición recogida en relatos posteriores, sentenció que los responsables jamás volverían a conocer la paz y que un gusano les devoraría eternamente las entrañas. Hoy semejante declaración no llegaría al púlpito; primero sería tendencia en las redes sociales y, seguramente, terminaría convertida en meme.

La tensión política ya hervía más que una olla de sancocho. Se cuenta que, en marzo de 1875, después de una reunión liberal, algunos entusiastas —más inspirados por el aguardiente caucano que por Montesquieu— recorrieron las calles lanzando vivas al liberalismo y no pocas pullas contra el obispo y la religión. La confrontación entre liberales y conservadores ya no cabía en los periódicos; necesitaba las calles, las plazas y, por supuesto, el inevitable chismorreo de esquina.

La respuesta oficial llegó con la rapidez que rara vez conocen nuestros gobiernos. El presidente del Estado Soberano del Cauca, César Conto, decretó el estado de sitio y ordenó la expulsión del obispo.

Pero el mejor capítulo todavía estaba por escribirse.

Según la tradición, una noche de febrero, tropas comandadas por el coronel Aníbal Micolta irrumpieron en el palacio arzobispal para capturar a Bermúdez. Lo sacaron por la fuerza mientras varias damas payanesas protestaban con la misma indignación con la que hoy reclamarían por WhatsApp.

Entonces ocurrió lo inesperado.

Con el rostro encendido por la ira y la dignidad herida, el prelado lanzó, según cuenta la tradición popular, la que terminaría siendo una de las maldiciones más famosas del folclor payanés:

“Maldigo a esta ciudad, cuna de masones y enemigos de Dios... El día que la Cruz de Belén caiga, los muertos saldrán de sus tumbas y Popayán se acabará.”

¿Ocurrió exactamente así? Esa es otra historia.

Lo cierto es que la leyenda quedó prendida a la memoria de Popayán. Desde entonces, cada temblor hace mirar de reojo hacia el cerro de Belén. No porque los payaneses seamos supersticiosos. ¡Qué va! Lo hacemos por simple precaución... que, en esta ciudad donde el chisme suele llegar primero que la noticia, nunca sobra.

Y la Cruz de Belén, como buena guardiana de la ciudad, continúa allá arriba, soportando soles, lluvias, temblores, leyendas y hasta nuestras discusiones históricas.

Tal vez esa sea la verdadera fuerza de estos cuentos de viejos: nadie puede demostrar del todo que sucedieron como los contamos, pero tampoco consigue borrarlos de la memoria.

Civilidad: Popayán podrá cambiar de alcaldes, de obispos, de partidos, de modas y hasta de semáforos. Pero jamás debería renunciar a su mayor patrimonio inmaterial: el cuento bien contado. Porque una ciudad que pierde sus historias termina perdiendo también una parte de sí misma.

Y, como suele ocurrir por estas tierras, todo chisme tiene dos versiones... y ambas aseguran ser la verdadera.



sábado, 15 de agosto de 2026

De nuevo otra catástrofe (Crónica)

 


El reloj marcaba las 7:34 de la mañana del 11 de agosto cuando, en cuestión de segundos, la tierra volvió a pegarnos tremendo sacudón. Fueron segundos que parecieron una eternidad. Colombia se estremeció de un lado a otro y el epicentro quedó localizado en inmediaciones de San José del Palmar, en el Chocó. La magnitud, 7,4. Una cifra que, dicha así no más, parece fría; pero cuando las paredes comienzan a bailar, los vidrios a repicar y el piso a moverse debajo de los pies, deja de ser estadística para convertirse en miedo.

Pereira, Manizales, Cali, el Chocó y otras regiones sintieron con particular fuerza el remezón. A medida que avanzaban las horas aparecían nuevas noticias de muertos, heridos, edificios afectados y familias que, de un momento a otro, se quedaron mirando lo que ayer era su casa y hoy son ruinas.

Fue uno de esos sustos que le recuerdan a uno, sin pedir permiso, que la vida pende de un hilo. En esos largos segundos, cuando la tierra se mueve y el corazón se acelera, poco importan las cuentas pendientes, los afanes, los orgullos, las discusiones y hasta las pequeñas miserias con las que nos amargamos la vida. Todo queda reducido a una sola pregunta: ¿y ahora qué?

Y ahí aparece Dios.

Pues, también es cierto y, que me perdonen los teólogos, porque muchos nos acordamos del Todopoderoso cuando la cosa se pone fea. Cuando tiembla la tierra, cuando llega la enfermedad, cuando se nos viene encima una desgracia o cuando el susto nos deja sin palabras, hasta el más descreído busca hacia arriba. En cambio, cuando todo está tranquilo, volvemos a nuestras ocupaciones como si nada hubiera pasado ¡Así somos!

Ese sacudón del 11 de agosto inevitablemente nos devuelve la memoria a aquella triste mañana del 31 de marzo de 1983, cuando Popayán amanecía como tantas veces: con su lentitud solemne, sus calles blancas, sus iglesias, sus campanas y, ese recogimiento particular de la Semana Santa.

A las ocho y tantos minutos de la mañana, cuando el incienso todavía parecía suspendido en el aire y los pasos de los fieles seguían el ritmo de una tradición que venía de siglos, la tierra decidió interrumpir la historia.

Fueron apenas unos segundos.

Pero, vaya ¡qué segundos!

El suelo rugió con una fuerza que nadie esperaba. Las paredes de tapia y ladrillo comenzaron a venirse abajo. Las campanas se mezclaron con el estruendo de los muros al caer. El polvo se apoderó de las calles, de las plazas y de los recuerdos. La Ciudad Blanca, nuestra Ciudad Blanca, quedó cubierta de un gris que todavía hoy parece vivir en la memoria de quienes padecieron aquella tragedia.

¡Popayán quedó herida!

Y profundamente herida.

Han pasado 43 años y todavía hay familias que recuerdan dónde estaban, qué hacían y a quién buscaban cuando la tierra decidió sacudirles la vida. El terremoto de 1983 no fue solamente la caída de casas, iglesias y edificios. También se llevó seguridades, ilusiones y una parte de aquella Popayán que parecía eterna.

Por eso el temblor de ahora no es un asunto lejano para los payaneses. Aquí sabemos que la tierra no avisa. No manda carta, no pide permiso y tampoco respeta calendario.

¡Colombia tiembla!

Colombia vive sobre un territorio con una importante amenaza sísmica. No es una novedad ni una sorpresa. El Servicio Geológico Colombiano ha desarrollado modelos de amenaza precisamente para conocer las zonas expuestas y orientar las decisiones de prevención y reducción del riesgo.

Y aquí aparece el asunto que debería preocuparnos tanto como el movimiento de la tierra: ¿estamos realmente preparados para cuando vuelva a ocurrir?

Porque una cosa es que tiemble la tierra y otra, muy distinta, que se nos caigan las construcciones encima.

Colombia cuenta desde hace años con normas de construcción sismorresistente. La Ley 400 de 1997 estableció disposiciones en esta materia y el Decreto 33 de 1998 adoptó el Reglamento de Construcciones Sismorresistentes NSR-98. Posteriormente, estas disposiciones han sido actualizadas, hasta llegar al reglamento actualmente vigente y sus modificaciones.

Entonces la pregunta ya no es solamente si existen normas.

La pregunta es otra, y bastante más incómoda:

¿Se cumplen?

Porque de nada sirve tener reglamentos muy bien escritos, archivados en oficinas impecables, si a la hora de levantar una edificación alguien decide ahorrar en hierro, cemento, diseño, supervisión o control.

Un terremoto no distingue entre una obra bien construida y una hecha a la carrera. Pero sí deja en evidencia las diferencias.

Después de cada tragedia aparecen las mismas preguntas: ¿Quién controló? ¿Quién autorizó? ¿Quién supervisó? ¿Se cumplieron las normas? ¿Las edificaciones tenían las condiciones necesarias para soportar un movimiento de semejante magnitud? ¿Están preparadas nuestras ciudades para responder con rapidez cuando ocurra otra emergencia?

Y hay una pregunta todavía más de fondo:

¿Tenemos instituciones capaces de prevenir la tragedia antes de que ocurra y no solamente de contar los muertos después de que ocurre?

Porque aquí está el meollo del asunto.

No podemos impedir que la tierra tiemble. Eso no está en nuestras manos. Pero sí podemos reducir el número de víctimas, revisar las construcciones, exigir el cumplimiento de las normas, fortalecer los organismos de socorro, preparar a las comunidades y dejar de mirar la prevención como un asunto para cuando haya plata, tiempo o ganas.

La tierra seguirá haciendo lo suyo, ¿habrá una gran réplica?

Nos corresponde a nosotros hacer lo nuestro.

Y después del tremendo sacudón del 11 de agosto, quizá convenga mirar al cielo, agradecer que estamos vivos y hacer una oración. Pero, acto seguido, sería bueno mirar también hacia abajo, revisar los cimientos y preguntarnos, como buenos patojos: Será que, para la próxima vez, ¿sí estamos preparados?

 

Civilidad, (según HDG) Dios puede ayudarnos en la emergencia. Pero los cimientos, señores constructores, toca hacerlos bien desde antes.

viernes, 7 de agosto de 2026

La oportunidad que perdió Popayán

 


Es un sentimiento compartido por millones de colombianos que sueñan con un país próspero, seguro y en armonía. ¿Cómo no anhelar la paz y la convivencia, si representan la posibilidad de superar los conflictos, reconstruir el tejido social y abrir caminos de desarrollo desde las regiones?

La verdadera fortaleza de Colombia radica en permanecer unidos, más allá de las diferencias políticas o ideológicas, para impulsar una economía vigorosa, una educación con oportunidades para todos y un desarrollo sostenible que beneficie por igual a las ciudades y al campo. Hoy, mañana y siempre, debemos permanecer unidos por Colombia. No porque pensemos igual, sino porque compartimos el mismo territorio, la misma historia y la responsabilidad de legar a las futuras generaciones un país más fuerte, más libre y más digno.

Cuando este artículo vea la luz, el domingo 9 de agosto, el doctor Abelardo de la Espriella habrá iniciado su mandato como el presidente número 43 de la historia de Colombia. Su llegada a la Casa de Nariño representa una oportunidad para renovar el compromiso nacional con la seguridad, la reactivación económica, la estabilidad institucional y, la descentralización. La atención a las regiones y la construcción de un Estado más cercano a los ciudadanos constituyen propósitos que, de materializarse, podrían fortalecer la confianza en las instituciones. Será igualmente indispensable que este nuevo ciclo gubernamental promueva los consensos necesarios para disminuir la polarización y consolidar el bienestar social. Que el éxito de su administración se traduzca en paz, prosperidad y un fortalecimiento efectivo de la democracia colombiana.

El hoy presidente de la República había proyectado realizar su ceremonia de posesión en “La Fecunda Ciudad de Popayán”; sin embargo, finalmente la trasladó a Cali, en lo que constituyó la primera investidura presidencial celebrada fuera de Bogotá. La modificación obedeció a la actividad registrada por el volcán Puracé.

Habría sido un gesto de profundo significado simbólico trasladar la posesión a la guarnición militar de Popayán, la “Ciudad de los Muros Recios”, para expresar respaldo a las Fuerzas Militares en un departamento que, durante décadas, ha soportado el peso del conflicto armado y de la violencia. La decisión habría estado en consonancia con su anunciada política de "mano dura" frente al crimen organizado.

De haberse concretado ese propósito, Popayán se habría convertido, aunque fuera por un solo día, en el epicentro político del país y en un punto de atención para la prensa internacional y diversos líderes políticos del continente.

Fue una oportunidad que la ciudad dejó escapar por circunstancias ajenas a su voluntad. Además del valor histórico y simbólico de albergar una posesión presidencial, el acontecimiento habría significado un importante impulso temporal para la economía local. Es razonable pensar que la ocupación hotelera habría alcanzado su máxima capacidad y que restaurantes, comercios, transporte, operadores logísticos y numerosos prestadores de servicios habrían experimentado un notable incremento en su actividad.

Desde la perspectiva de la seguridad, también se habría producido un amplio despliegue de la Fuerza Pública para garantizar la protección de jefes de Estado, altas autoridades e invitados especiales.  Esa presencia institucional habría representado, al menos de manera transitoria, un mensaje de respaldo a una región que continúa padeciendo el accionar de las organizaciones criminales y que reclama, desde hace muchos años, una respuesta firme y permanente del Estado.

El Cauca sigue siendo uno de los territorios donde la paz aún es una tarea pendiente. Sus habitantes merecen vivir sin el temor cotidiano que imponen la violencia, los bloqueos, las extorsiones y el accionar del crimen organizado. La recuperación de la seguridad constituye un requisito indispensable para alcanzar el desarrollo económico y la convivencia.

 

 

En fin, hoy, mañana y siempre, permanezcamos unidos por Colombia. Unidos por una historia que nos identifica, por un presente que nos desafía y por un futuro que nos corresponde construir con trabajo, respeto y esperanza.

 

Civilidad (según HDG): Colombia, el Cauca y Popayán, “La Hidalga Ciudad ”, volverán a ser verdaderamente libres en la medida en que sus hijos comprendan que el auténtico patriotismo consiste en servirlas, protegerlas y engrandecerlas con el ejemplo.

 

 

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domingo, 2 de agosto de 2026

7 de agosto, lección de democracia

 


Esta fecha ocupa un lugar privilegiado en la memoria nacional. Ese día conmemoramos la Batalla de Boyacá, librada en 1819, considerada uno de los acontecimientos militares más trascendentales del proceso de independencia de Colombia y el punto de partida de la consolidación de la República.

Aunque la Constitución Política vigente no establece expresamente que el 7 de agosto sea la fecha de posesión presidencial, esta tradición quedó institucionalizada desde la Constitución de 1886 y ha permanecido inalterada hasta nuestros días. Antes de ello, la Constitución de la Nueva Granada de 1832 fijaba el 1.º de abril como el día en que el presidente y el vicepresidente electos debían asumir el ejercicio de sus funciones. Con las reformas constitucionales posteriores se adoptó definitivamente el 7 de agosto, vinculando el inicio de cada gobierno con la fecha más emblemática de nuestra independencia.

Cada cuatro años, el presidente elegido presta juramento ante el Congreso de la República, siguiendo un protocolo que simboliza la continuidad institucional del Estado. Durante décadas, la tradición indicaba que el mandatario saliera del Palacio de San Carlos, antigua sede presidencial, y caminara hasta el Capitolio Nacional para cumplir el acto solemne de posesión. Más recientemente, la ceremonia se ha desarrollado en la Plaza de Bolívar, escenario que concentra buena parte de la historia política del país y donde convergen el Capitolio Nacional, el Palacio de Justicia y el Palacio Liévano.

Sin embargo, la ley no convierte ese lugar en una obligación inmodificable. El artículo 192 de la Constitución dispone que el presidente electo debe posesionarse ante el Congreso de la República, pero no señala un edificio ni una ciudad específicos para la ceremonia. Si el Congreso autoriza sesionar en otro lugar, la posesión puede realizarse allí, siempre dentro del marco constitucional.

Precisamente alrededor del acto de posesión del presidente Abelardo de la Espriella han surgido opiniones encontradas. Nada más natural en una democracia.

Como afirma un antiguo proverbio chino: "Cuando soplan los vientos del cambio, unos construyen muros y otros construyen molinos de viento." La frase retrata dos maneras de afrontar los cambios políticos: unos prefieren la confrontación permanente; otros optan por adaptarse sin renunciar a sus convicciones.

En una democracia, la unanimidad absoluta es imposible. Colombia arrastra décadas de violencia que han fracturado el tejido social y profundizado las diferencias entre el campo y la ciudad, así como entre regiones que, legítimamente, poseen prioridades y necesidades distintas.

El verdadero desafío de una nación plural no consiste en pensar igual, sino en aprender a convivir respetando las diferencias. Disentir es un derecho; descalificar al adversario o desconocer las instituciones, no. La paz no nace de la uniformidad de las ideas, sino de la capacidad de resolver los desacuerdos mediante el diálogo, la tolerancia y el respeto por las reglas democráticas.

Colombia, reconocida por la belleza de sus paisajes y la riqueza de su diversidad cultural, debe demostrar que también es una nación capaz de fortalecer su cultura democrática. La civilidad comienza por respetar las instituciones y aceptar el veredicto de las urnas, sin que ello implique renunciar al derecho de ejercer una oposición seria, responsable y pacífica.

Elegido legítimamente por la mayoría de los colombianos, el presidente Dr. Abelardo de la Espriella está llamado a cumplir las promesas que motivaron el respaldo de sus electores. Quienes no votaron por él conservan intacto el derecho —y el deber— de vigilar, criticar y controvertir sus decisiones por los caminos que ofrece el Estado de derecho. Esa es la esencia de una democracia madura.

Sin embargo, la siguiente frase lapidaria plasma el por qué no se podrá realizar la posesión en la ciudad: Ayer, "Popayán, Altar de la Patria"; hoy, entre cenizas.

La alternancia en el poder constituye una de las mayores fortalezas del sistema democrático. Respetar al presidente legítimamente elegido no significa compartir todas sus decisiones; significa reconocer la voluntad popular y preservar las reglas que permitirán una nueva alternancia. Solo así las diferencias dejarán de ser motivo de confrontación para convertirse en una oportunidad de construir un mejor país.

Civilidad (según HDG): Las democracias no se fortalecen cuando todos piensan igual, sino cuando quienes piensan distinto aceptan convivir bajo las mismas reglas.

 

domingo, 26 de julio de 2026

El reloj no tiene la culpa (crónica del segundero)


 

"Los años vuelan", "la vida se escapa" y, "el tiempo huye".  Son frases que repetimos con solemne convicción en los funerales o cuando apagamos las velas de un pastel de cumpleaños que, a cierta edad, que más parece una pista de aterrizaje que un postre.

La realidad, sin embargo, es menos poética y bastante más incómoda: el tiempo no corre más deprisa. Mi arcaica Popayán sigue procesionando, parsimoniosa, por el eterno túnel del tiempo. Lo que cambia somos nosotros. Cuando llegamos al otoño de la vida, nos invade ese discreto pánico existencial que, por fin, nos obliga a mirar el reloj. Algo parecido ocurrió con los semáforos de mi venerada ciudad: llegaron tarde y, para colmo de males, repotenciados.

Tenemos la admirable costumbre de desperdiciar nuestro tiempo y, de paso, pisotear el ajeno. Pero, cuando las canas terminan conquistando la cabellera, inventamos la romántica excusa de que "los días pasan volando". “No hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista”. No, los días siguen teniendo las mismas veinticuatro horas que cuando, a los quince años, las clases de matemáticas parecían eternas. La diferencia es que ahora el reloj ya no nos acompaña: nos observa de frente.

Y qué decir de la célebre “agenda llena”. Resulta fascinante escuchar el berrinche universal del "no tengo tiempo". Nos encanta sentirnos mártires de una agenda invisible. Los gobernantes suelen justificar sus incumplimientos diciendo: "Es que el tiempo no me alcanzó", como si algunos recibieran del universo un generoso bono de horas extras.

No se devanen los sesos. Los husos horarios únicamente dividen el planeta en veinticuatro franjas; no reparten privilegios. La Tierra gira para todos con idéntica puntualidad, entregándonos la misma cantidad de segundos sin hacer distingos entre ricos, pobres, poderosos o jubilados.

Proclamar que no tenemos tiempo suele ser el mejor escondite para disimular un temor mucho más profundo: el miedo a envejecer. Convertimos el reloj en escudo para no aceptar que el cuerpo cambia, que el mundo avanza y que nosotros ya no caminamos al mismo paso de la juventud.

También nos fascina atribuirle poderes sobrenaturales al tiempo. Repetimos, casi como rezos de bolsillo, frases tales como: "el tiempo todo lo cura" o "es cuestión de tiempo". Son expresiones reconfortantes que duran apenas unos segundos en los labios, pero rara vez solucionan un solo problema. El tiempo, por sí mismo, no cura, no perdona ni repara. Simplemente transcurre mientras nosotros envejecemos.

Nuestra relación con el reloj de la Torre —“La Nariz de Popayán”, como lo bautizó con ingenio el poeta Guillermo Valencia— resulta casi patética. Basta quedarse observando su vetusto péndulo para sentir que los segundos se estiran por pura malicia. En el pareciera que el tiempo no camina. Seguramente porque al patojo nunca le preocuparon demasiado los segundos; siempre le bastaron las horas.

Así permanecen muchos jubilados, sentados en las bancas de “las palomas caídas” del parque de Caldas donde, dejando que las horas desaparezcan en un simple parpadeo. Quizá tengan razón. Después de haber sido esclavos del trabajo durante décadas, ahora prefieren ser súbditos de ese reloj con manecillas, olvidando que el reloj fue inventado para orientarnos, no para convertirse en nuestro amo y señor.

Bien lo afirma Alan Burdick: "El tiempo es intangible." No puede morderse, guardado en un frasco ni reclamarse mediante derecho de petición. Es un fenómeno desconcertante que nos obliga a madurar —o, cuando menos, a envejecer— mientras va dejando atrás personas, lugares y recuerdos. Sin embargo, muchos le temen a la vejez. Cabe entonces una pregunta inevitable: ¿Cuál sería la alternativa? ¿Morir jóvenes? Pues, saber envejecer con dignidad continúa siendo una de las formas más refinadas de la inteligencia.

Albert Einstein ya nos había advertido que la diferencia entre pasado, presente y futuro no deja de ser una ilusión obstinadamente persistente. La física lo explica y la experiencia lo confirma. Vivimos entre recuerdos, realidades y proyectos. División del tiempo que apenas nos sirve para conservar un poco de orden mental para recordar dónde dejamos las llaves de la casa, porque el tiempo, en realidad, solo conoce una dirección: hacia adelante. No existe botón para rebobinarlo.

Por eso conviene despertar cada mañana con saludable dosis de realidad. No somos infinitos. Entonces, digamos: "Gracias, Dios mío"; aplazando las disculpas; administrando los afectos como si tuviéramos asegurada una segunda eternidad. Y es que, al finalizar el día, solemos acostarnos con el corazón lleno de intenciones y la agenda vacía de acciones. El mañana podría no llegar, pero seguimos esperando ese esquivo "momento perfecto" para decir: "Ayúdame, Dios mío". Y para terminar con una sensatez que todavía rescate nuestra dignidad, vale recordar a Jorge Bucay: "El tiempo que se disfruta es el verdadero tiempo vivido."

Civilidad: (al estilo de HDG) Dejemos de perseguir al segundero con rostro de angustia. Asumamos los años con gratitud, no con vergüenza, y aprendamos a invertir los minutos en aquello que realmente vale la pena, antes de que el reloj, silencioso e implacable, termine tomando las decisiones por nosotros.

sábado, 18 de julio de 2026

Santander o Bolívar

 


Mañana conmemoramos los 216 años del Grito de Independencia de Colombia, aquella jornada del 20 de julio de 1810 que, a partir del célebre episodio del Florero de Llorente, encendió la chispa del largo proceso emancipador que conduciría a la ruptura definitiva con el dominio español.

Años después, el 30 de agosto de 1821, al promulgarse la Constitución de Cúcuta, el prócer Francisco de Paula Santander pronunció una de las sentencias más memorables de nuestra historia: "Las armas os han dado la independencia; las leyes os darán la libertad." Aquellas palabras trascendieron el momento político para convertirse en un principio rector de la República y quedaron inmortalizadas en el Capitolio Nacional como recordatorio de que la libertad solo perdura cuando está protegida por el imperio de la ley.

Sin embargo, dos siglos después, pareciera que los colombianos seguimos debatiéndonos entre el poder de las armas y la fuerza de las instituciones.

La polarización política que hoy agobia al país es, sobre todo, afectiva. No se alimenta únicamente de diferencias ideológicas, sino de emociones como el miedo, el resentimiento y el rechazo hacia quien piensa distinto. Durante las campañas electorales y las crisis sociales, esa fractura se profundiza hasta convertir al contradictor en enemigo y no en un simple adversario democrático.

Pero esta división no nació en nuestros días.

Sus raíces se hunden en los primeros años de la República, cuando dos gigantes de la Independencia, Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, dejaron de caminar por la misma senda para representar dos visiones distintas sobre la organización del nuevo Estado.

Bolívar concebía una nación fuerte, centralizada y dirigida por un gobierno con amplias facultades para preservar la unidad de la Gran Colombia. Estaba convencido de que los pueblos recién emancipados necesitaban un liderazgo vigoroso que evitara la anarquía y garantizara la estabilidad. Esa concepción lo llevó, tras el fracaso de la Convención de Ocaña en 1828, a asumir poderes dictatoriales y a proponer una presidencia de carácter vitalicio como fórmula para consolidar la República.

Santander, por el contrario, encarnó el ideal civilista. No en vano pasó a la historia como el Hombre de las Leyes. Defendía la supremacía de la Constitución, la división de poderes, el fortalecimiento de las instituciones civiles y la convicción de que ningún gobernante debía situarse por encima de la ley. Para él, la libertad no podía depender del prestigio de un caudillo, sino de la solidez del Estado de derecho.

Aquellas diferencias políticas terminaron agravándose por conflictos administrativos, discrepancias sobre el rumbo de la República y profundas desconfianzas personales. El punto de ruptura llegó con la Conspiración Septembrina de 1828, el atentado fallido contra Bolívar. Santander fue señalado como responsable intelectual, condenado inicialmente a muerte y, posteriormente, enviado al destierro.

Desde entonces, la historia colombiana ha oscilado, una y otra vez, entre la tentación del caudillismo y la defensa del orden institucional. Más allá de las simpatías que cada ciudadano pueda profesar por uno u otro prócer, lo cierto es que aquella confrontación dejó una huella profunda en nuestra cultura política.

Hoy, esa herencia continúa manifestándose en una sociedad dividida, donde abundan las rupturas familiares, las amistades perdidas y la incapacidad para sostener diálogos serenos sobre el destino nacional. Cuando desaparece la confianza entre los ciudadanos, también se debilita la democracia. Se dificulta la construcción de consensos, se paralizan las reformas necesarias, se erosiona la legitimidad de las instituciones y resurge la tentación de entregar el poder a quienes prometen imponer el orden mediante la fuerza.

La historia demuestra que Bolívar y Santander no fueron simplemente dos hombres enfrentados por ambiciones personales. Representaron dos concepciones distintas del ejercicio del poder: una privilegiaba la autoridad como garantía de unidad; la otra confiaba en las leyes como fundamento permanente de la libertad.

Doscientos dieciséis años después del Grito de Independencia, Colombia sigue debatiéndose entre esas dos visiones. Nuestra polarización ya no enfrenta únicamente ideas de izquierda o de derecha; enfrenta emociones, resentimientos y prejuicios que convierten al diferente en adversario irreconciliable.

Quizá haya llegado el momento de escuchar nuevamente la voz de Santander. La independencia nos la dieron los héroes; la libertad, en cambio, solo podrá conservarla una sociedad que respete las leyes, fortalezca sus instituciones y aprenda a debatir sin odio.

Civilidad: Las naciones no se construyen sobre la venganza ni sobre la intolerancia. Se edifican sobre la justicia, el respeto y la capacidad de reconocer que, antes que seguidores de Bolívar o de Santander, todos somos colombianos.

domingo, 12 de julio de 2026

Popayán tiene su cuento

 


Cada ciudad tiene una historia. Popayán, en cambio, tiene suficientes cuentos como para llenar una biblioteca completa y dejar material para una segunda edición corregida y aumentada. Así que voy con mis viejos cuentos.

Quienes conocieron la ciudad hacia 1940 aseguran que era tan bella que parecía diseñada por arquitectos, ingenieros y poetas trabajando de común acuerdo, algo que hoy sería considerado un fenómeno paranormal. Sus calles estaban completamente empedradas y construidas con tal maestría que las inundaciones eran tan raras como encontrar un político que renuncie voluntariamente a sus privilegios.

Por aquella época ni siquiera existía el Cuerpo de Bomberos. No hacía falta. Los sumideros cumplían su función y el agua corría obedientemente hacia donde debía correr, sin necesidad de comités, diagnósticos, consultorías ni contratos adicionales.

Los andenes eran amplios. Tan amplios que la gente podía caminar por ellos, una extravagancia urbanística que las nuevas generaciones apenas pueden imaginar. Hoy los andenes han evolucionado. Ya no son para andar, sino para alojar tapas, tapitas, tapotas, registros, cajas de servicios públicos y toda clase de obstáculos que convierten cada recorrido en una competencia de supervivencia.

La modernidad llegó con entusiasmo. Los” expertos” en movilidad decidieron que las calles anchas eran un concepto anticuado y procedieron a reducirlas. Como resultado: los vehículos se estacionan a ambos lados, dejando un reducido espacio central que sirve para que los conductores practiquen maniobras dignas de un circo internacional.

Los andenes también recibieron innovaciones. Se instalaron adoquines para personas con discapacidad visual, aunque el verdadero reto consiste en esquivar vendedores, parasoles, motocicletas, mercancías, avisos publicitarios y cualquier otro elemento que aparezca espontáneamente sobre el espacio público. Caminar por Popayán se ha convertido en una actividad de alto rendimiento físico.

La locomotora del progreso - a carbón y vapor- siguió avanzando. Llegaron los buses y las busetas, que hoy desarrollan una habilidad extraordinaria: detenerse exactamente en el punto donde más atascos pueden generar. Recogen pasajeros, dejan pasajeros y, de paso, ofrecen a todos los ciudadanos la oportunidad de practicar la paciencia.

No faltan quienes afirman que Popayán pasó de ser la “Ciudad Blanca” a convertirse en el parqueadero más grande del suroccidente colombiano. La afirmación parece exagerada, pero basta intentar encontrar un espacio libre para comprender que quizá no lo sea tanto.

La antigua aristocracia también se modernizó. Donde antes había caballeros de sombrero, chaleco y modales refinados, hoy abundan personajes más notorios montados en vehículos de alta gama. En el pasado los señores se quitaban el sombrero para saludar; ahora algunos prefieren expresarse mediante el claxon, un lenguaje más acorde con los tiempos.

Las damas de entonces lucían elegantes trajes y caminaban pausadamente por calles tranquilas. Los hombres del pueblo vestían de manera sencilla, pero hablaban con respeto. Curioso que, teniendo menos educación formal, parecían practicar más la cortesía.

Aquella Popayán tenía poetas, escritores, artesanos, artistas y personajes pintorescos que enriquecían la vida cotidiana. Existían diferencias sociales, como en todas partes, pero la convivencia parecía menos complicada, pero con sentido de pertenencia, tan sólido, como las viejas paredes de bahareque.

Todavía sobreviven algunas fachadas, portalones, alerones y aldabones que recuerdan la grandeza de la ciudad. Últimos testigos de una época que se resiste a desaparecer. Por eso surge una pregunta inquietante: cuando terminen de modificar, reemplazar o dejar caer aquello que hace única a Popayán, ¿qué vendrán a conocer los turistas? ¿Los trancones patrimoniales? ¿La falta de cultura ciudadana?

Mientras tanto, los ciudadanos observan con paciencia caucana cómo las obras avanzan al ritmo de los calendarios eternos. Año y medio para reparar un techo puede parecer mucho tiempo, pero quizá se trate de una nueva modalidad de turismo: contemplar la restauración de las ruinas.

Así las cosas, Popayán sigue teniendo su cuento. Lo preocupante es que, si no se cuida su patrimonio, algún día, el cuento podría terminar convirtiéndose en leyenda, y la leyenda en simple recuerdo. Y entonces sí habrá que hacer el interrogante crítico:

¿La civilidad en la ciudad, para cuándo Dios mío?