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domingo, 2 de agosto de 2026

7 de agosto, lección de democracia

 


Esta fecha ocupa un lugar privilegiado en la memoria nacional. Ese día conmemoramos la Batalla de Boyacá, librada en 1819, considerada uno de los acontecimientos militares más trascendentales del proceso de independencia de Colombia y el punto de partida de la consolidación de la República.

Aunque la Constitución Política vigente no establece expresamente que el 7 de agosto sea la fecha de posesión presidencial, esta tradición quedó institucionalizada desde la Constitución de 1886 y ha permanecido inalterada hasta nuestros días. Antes de ello, la Constitución de la Nueva Granada de 1832 fijaba el 1.º de abril como el día en que el presidente y el vicepresidente electos debían asumir el ejercicio de sus funciones. Con las reformas constitucionales posteriores se adoptó definitivamente el 7 de agosto, vinculando el inicio de cada gobierno con la fecha más emblemática de nuestra independencia.

Cada cuatro años, el presidente elegido presta juramento ante el Congreso de la República, siguiendo un protocolo que simboliza la continuidad institucional del Estado. Durante décadas, la tradición indicaba que el mandatario saliera del Palacio de San Carlos, antigua sede presidencial, y caminara hasta el Capitolio Nacional para cumplir el acto solemne de posesión. Más recientemente, la ceremonia se ha desarrollado en la Plaza de Bolívar, escenario que concentra buena parte de la historia política del país y donde convergen el Capitolio Nacional, el Palacio de Justicia y el Palacio Liévano.

Sin embargo, la ley no convierte ese lugar en una obligación inmodificable. El artículo 192 de la Constitución dispone que el presidente electo debe posesionarse ante el Congreso de la República, pero no señala un edificio ni una ciudad específicos para la ceremonia. Si el Congreso autoriza sesionar en otro lugar, la posesión puede realizarse allí, siempre dentro del marco constitucional.

Precisamente alrededor del acto de posesión del presidente Abelardo de la Espriella han surgido opiniones encontradas. Nada más natural en una democracia.

Como afirma un antiguo proverbio chino: "Cuando soplan los vientos del cambio, unos construyen muros y otros construyen molinos de viento." La frase retrata dos maneras de afrontar los cambios políticos: unos prefieren la confrontación permanente; otros optan por adaptarse sin renunciar a sus convicciones.

En una democracia, la unanimidad absoluta es imposible. Colombia arrastra décadas de violencia que han fracturado el tejido social y profundizado las diferencias entre el campo y la ciudad, así como entre regiones que, legítimamente, poseen prioridades y necesidades distintas.

El verdadero desafío de una nación plural no consiste en pensar igual, sino en aprender a convivir respetando las diferencias. Disentir es un derecho; descalificar al adversario o desconocer las instituciones, no. La paz no nace de la uniformidad de las ideas, sino de la capacidad de resolver los desacuerdos mediante el diálogo, la tolerancia y el respeto por las reglas democráticas.

Colombia, reconocida por la belleza de sus paisajes y la riqueza de su diversidad cultural, debe demostrar que también es una nación capaz de fortalecer su cultura democrática. La civilidad comienza por respetar las instituciones y aceptar el veredicto de las urnas, sin que ello implique renunciar al derecho de ejercer una oposición seria, responsable y pacífica.

Elegido legítimamente por la mayoría de los colombianos, el presidente Dr. Abelardo de la Espriella está llamado a cumplir las promesas que motivaron el respaldo de sus electores. Quienes no votaron por él conservan intacto el derecho —y el deber— de vigilar, criticar y controvertir sus decisiones por los caminos que ofrece el Estado de derecho. Esa es la esencia de una democracia madura.

Sin embargo, la siguiente frase lapidaria plasma el por qué no se podrá realizar la posesión en la ciudad: Ayer, "Popayán, Altar de la Patria"; hoy, entre cenizas.

La alternancia en el poder constituye una de las mayores fortalezas del sistema democrático. Respetar al presidente legítimamente elegido no significa compartir todas sus decisiones; significa reconocer la voluntad popular y preservar las reglas que permitirán una nueva alternancia. Solo así las diferencias dejarán de ser motivo de confrontación para convertirse en una oportunidad de construir un mejor país.

Civilidad (según HDG): Las democracias no se fortalecen cuando todos piensan igual, sino cuando quienes piensan distinto aceptan convivir bajo las mismas reglas.

 

domingo, 26 de julio de 2026

El reloj no tiene la culpa (crónica del segundero)


 

"Los años vuelan", "la vida se escapa" y, "el tiempo huye".  Son frases que repetimos con solemne convicción en los funerales o cuando apagamos las velas de un pastel de cumpleaños que, a cierta edad, que más parece una pista de aterrizaje que un postre.

La realidad, sin embargo, es menos poética y bastante más incómoda: el tiempo no corre más deprisa. Mi arcaica Popayán sigue procesionando, parsimoniosa, por el eterno túnel del tiempo. Lo que cambia somos nosotros. Cuando llegamos al otoño de la vida, nos invade ese discreto pánico existencial que, por fin, nos obliga a mirar el reloj. Algo parecido ocurrió con los semáforos de mi venerada ciudad: llegaron tarde y, para colmo de males, repotenciados.

Tenemos la admirable costumbre de desperdiciar nuestro tiempo y, de paso, pisotear el ajeno. Pero, cuando las canas terminan conquistando la cabellera, inventamos la romántica excusa de que "los días pasan volando". “No hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista”. No, los días siguen teniendo las mismas veinticuatro horas que cuando, a los quince años, las clases de matemáticas parecían eternas. La diferencia es que ahora el reloj ya no nos acompaña: nos observa de frente.

Y qué decir de la célebre “agenda llena”. Resulta fascinante escuchar el berrinche universal del "no tengo tiempo". Nos encanta sentirnos mártires de una agenda invisible. Los gobernantes suelen justificar sus incumplimientos diciendo: "Es que el tiempo no me alcanzó", como si algunos recibieran del universo un generoso bono de horas extras.

No se devanen los sesos. Los husos horarios únicamente dividen el planeta en veinticuatro franjas; no reparten privilegios. La Tierra gira para todos con idéntica puntualidad, entregándonos la misma cantidad de segundos sin hacer distingos entre ricos, pobres, poderosos o jubilados.

Proclamar que no tenemos tiempo suele ser el mejor escondite para disimular un temor mucho más profundo: el miedo a envejecer. Convertimos el reloj en escudo para no aceptar que el cuerpo cambia, que el mundo avanza y que nosotros ya no caminamos al mismo paso de la juventud.

También nos fascina atribuirle poderes sobrenaturales al tiempo. Repetimos, casi como rezos de bolsillo, frases tales como: "el tiempo todo lo cura" o "es cuestión de tiempo". Son expresiones reconfortantes que duran apenas unos segundos en los labios, pero rara vez solucionan un solo problema. El tiempo, por sí mismo, no cura, no perdona ni repara. Simplemente transcurre mientras nosotros envejecemos.

Nuestra relación con el reloj de la Torre —“La Nariz de Popayán”, como lo bautizó con ingenio el poeta Guillermo Valencia— resulta casi patética. Basta quedarse observando su vetusto péndulo para sentir que los segundos se estiran por pura malicia. En el pareciera que el tiempo no camina. Seguramente porque al patojo nunca le preocuparon demasiado los segundos; siempre le bastaron las horas.

Así permanecen muchos jubilados, sentados en las bancas de “las palomas caídas” del parque de Caldas donde, dejando que las horas desaparezcan en un simple parpadeo. Quizá tengan razón. Después de haber sido esclavos del trabajo durante décadas, ahora prefieren ser súbditos de ese reloj con manecillas, olvidando que el reloj fue inventado para orientarnos, no para convertirse en nuestro amo y señor.

Bien lo afirma Alan Burdick: "El tiempo es intangible." No puede morderse, guardado en un frasco ni reclamarse mediante derecho de petición. Es un fenómeno desconcertante que nos obliga a madurar —o, cuando menos, a envejecer— mientras va dejando atrás personas, lugares y recuerdos. Sin embargo, muchos le temen a la vejez. Cabe entonces una pregunta inevitable: ¿Cuál sería la alternativa? ¿Morir jóvenes? Pues, saber envejecer con dignidad continúa siendo una de las formas más refinadas de la inteligencia.

Albert Einstein ya nos había advertido que la diferencia entre pasado, presente y futuro no deja de ser una ilusión obstinadamente persistente. La física lo explica y la experiencia lo confirma. Vivimos entre recuerdos, realidades y proyectos. División del tiempo que apenas nos sirve para conservar un poco de orden mental para recordar dónde dejamos las llaves de la casa, porque el tiempo, en realidad, solo conoce una dirección: hacia adelante. No existe botón para rebobinarlo.

Por eso conviene despertar cada mañana con saludable dosis de realidad. No somos infinitos. Entonces, digamos: "Gracias, Dios mío"; aplazando las disculpas; administrando los afectos como si tuviéramos asegurada una segunda eternidad. Y es que, al finalizar el día, solemos acostarnos con el corazón lleno de intenciones y la agenda vacía de acciones. El mañana podría no llegar, pero seguimos esperando ese esquivo "momento perfecto" para decir: "Ayúdame, Dios mío". Y para terminar con una sensatez que todavía rescate nuestra dignidad, vale recordar a Jorge Bucay: "El tiempo que se disfruta es el verdadero tiempo vivido."

Civilidad: (al estilo de HDG) Dejemos de perseguir al segundero con rostro de angustia. Asumamos los años con gratitud, no con vergüenza, y aprendamos a invertir los minutos en aquello que realmente vale la pena, antes de que el reloj, silencioso e implacable, termine tomando las decisiones por nosotros.

sábado, 18 de julio de 2026

Santander o Bolívar

 


Mañana conmemoramos los 216 años del Grito de Independencia de Colombia, aquella jornada del 20 de julio de 1810 que, a partir del célebre episodio del Florero de Llorente, encendió la chispa del largo proceso emancipador que conduciría a la ruptura definitiva con el dominio español.

Años después, el 30 de agosto de 1821, al promulgarse la Constitución de Cúcuta, el prócer Francisco de Paula Santander pronunció una de las sentencias más memorables de nuestra historia: "Las armas os han dado la independencia; las leyes os darán la libertad." Aquellas palabras trascendieron el momento político para convertirse en un principio rector de la República y quedaron inmortalizadas en el Capitolio Nacional como recordatorio de que la libertad solo perdura cuando está protegida por el imperio de la ley.

Sin embargo, dos siglos después, pareciera que los colombianos seguimos debatiéndonos entre el poder de las armas y la fuerza de las instituciones.

La polarización política que hoy agobia al país es, sobre todo, afectiva. No se alimenta únicamente de diferencias ideológicas, sino de emociones como el miedo, el resentimiento y el rechazo hacia quien piensa distinto. Durante las campañas electorales y las crisis sociales, esa fractura se profundiza hasta convertir al contradictor en enemigo y no en un simple adversario democrático.

Pero esta división no nació en nuestros días.

Sus raíces se hunden en los primeros años de la República, cuando dos gigantes de la Independencia, Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, dejaron de caminar por la misma senda para representar dos visiones distintas sobre la organización del nuevo Estado.

Bolívar concebía una nación fuerte, centralizada y dirigida por un gobierno con amplias facultades para preservar la unidad de la Gran Colombia. Estaba convencido de que los pueblos recién emancipados necesitaban un liderazgo vigoroso que evitara la anarquía y garantizara la estabilidad. Esa concepción lo llevó, tras el fracaso de la Convención de Ocaña en 1828, a asumir poderes dictatoriales y a proponer una presidencia de carácter vitalicio como fórmula para consolidar la República.

Santander, por el contrario, encarnó el ideal civilista. No en vano pasó a la historia como el Hombre de las Leyes. Defendía la supremacía de la Constitución, la división de poderes, el fortalecimiento de las instituciones civiles y la convicción de que ningún gobernante debía situarse por encima de la ley. Para él, la libertad no podía depender del prestigio de un caudillo, sino de la solidez del Estado de derecho.

Aquellas diferencias políticas terminaron agravándose por conflictos administrativos, discrepancias sobre el rumbo de la República y profundas desconfianzas personales. El punto de ruptura llegó con la Conspiración Septembrina de 1828, el atentado fallido contra Bolívar. Santander fue señalado como responsable intelectual, condenado inicialmente a muerte y, posteriormente, enviado al destierro.

Desde entonces, la historia colombiana ha oscilado, una y otra vez, entre la tentación del caudillismo y la defensa del orden institucional. Más allá de las simpatías que cada ciudadano pueda profesar por uno u otro prócer, lo cierto es que aquella confrontación dejó una huella profunda en nuestra cultura política.

Hoy, esa herencia continúa manifestándose en una sociedad dividida, donde abundan las rupturas familiares, las amistades perdidas y la incapacidad para sostener diálogos serenos sobre el destino nacional. Cuando desaparece la confianza entre los ciudadanos, también se debilita la democracia. Se dificulta la construcción de consensos, se paralizan las reformas necesarias, se erosiona la legitimidad de las instituciones y resurge la tentación de entregar el poder a quienes prometen imponer el orden mediante la fuerza.

La historia demuestra que Bolívar y Santander no fueron simplemente dos hombres enfrentados por ambiciones personales. Representaron dos concepciones distintas del ejercicio del poder: una privilegiaba la autoridad como garantía de unidad; la otra confiaba en las leyes como fundamento permanente de la libertad.

Doscientos dieciséis años después del Grito de Independencia, Colombia sigue debatiéndose entre esas dos visiones. Nuestra polarización ya no enfrenta únicamente ideas de izquierda o de derecha; enfrenta emociones, resentimientos y prejuicios que convierten al diferente en adversario irreconciliable.

Quizá haya llegado el momento de escuchar nuevamente la voz de Santander. La independencia nos la dieron los héroes; la libertad, en cambio, solo podrá conservarla una sociedad que respete las leyes, fortalezca sus instituciones y aprenda a debatir sin odio.

Civilidad: Las naciones no se construyen sobre la venganza ni sobre la intolerancia. Se edifican sobre la justicia, el respeto y la capacidad de reconocer que, antes que seguidores de Bolívar o de Santander, todos somos colombianos.

domingo, 12 de julio de 2026

Popayán tiene su cuento

 


Cada ciudad tiene una historia. Popayán, en cambio, tiene suficientes cuentos como para llenar una biblioteca completa y dejar material para una segunda edición corregida y aumentada. Así que voy con mis viejos cuentos.

Quienes conocieron la ciudad hacia 1940 aseguran que era tan bella que parecía diseñada por arquitectos, ingenieros y poetas trabajando de común acuerdo, algo que hoy sería considerado un fenómeno paranormal. Sus calles estaban completamente empedradas y construidas con tal maestría que las inundaciones eran tan raras como encontrar un político que renuncie voluntariamente a sus privilegios.

Por aquella época ni siquiera existía el Cuerpo de Bomberos. No hacía falta. Los sumideros cumplían su función y el agua corría obedientemente hacia donde debía correr, sin necesidad de comités, diagnósticos, consultorías ni contratos adicionales.

Los andenes eran amplios. Tan amplios que la gente podía caminar por ellos, una extravagancia urbanística que las nuevas generaciones apenas pueden imaginar. Hoy los andenes han evolucionado. Ya no son para andar, sino para alojar tapas, tapitas, tapotas, registros, cajas de servicios públicos y toda clase de obstáculos que convierten cada recorrido en una competencia de supervivencia.

La modernidad llegó con entusiasmo. Los” expertos” en movilidad decidieron que las calles anchas eran un concepto anticuado y procedieron a reducirlas. Como resultado: los vehículos se estacionan a ambos lados, dejando un reducido espacio central que sirve para que los conductores practiquen maniobras dignas de un circo internacional.

Los andenes también recibieron innovaciones. Se instalaron adoquines para personas con discapacidad visual, aunque el verdadero reto consiste en esquivar vendedores, parasoles, motocicletas, mercancías, avisos publicitarios y cualquier otro elemento que aparezca espontáneamente sobre el espacio público. Caminar por Popayán se ha convertido en una actividad de alto rendimiento físico.

La locomotora del progreso - a carbón y vapor- siguió avanzando. Llegaron los buses y las busetas, que hoy desarrollan una habilidad extraordinaria: detenerse exactamente en el punto donde más atascos pueden generar. Recogen pasajeros, dejan pasajeros y, de paso, ofrecen a todos los ciudadanos la oportunidad de practicar la paciencia.

No faltan quienes afirman que Popayán pasó de ser la “Ciudad Blanca” a convertirse en el parqueadero más grande del suroccidente colombiano. La afirmación parece exagerada, pero basta intentar encontrar un espacio libre para comprender que quizá no lo sea tanto.

La antigua aristocracia también se modernizó. Donde antes había caballeros de sombrero, chaleco y modales refinados, hoy abundan personajes más notorios montados en vehículos de alta gama. En el pasado los señores se quitaban el sombrero para saludar; ahora algunos prefieren expresarse mediante el claxon, un lenguaje más acorde con los tiempos.

Las damas de entonces lucían elegantes trajes y caminaban pausadamente por calles tranquilas. Los hombres del pueblo vestían de manera sencilla, pero hablaban con respeto. Curioso que, teniendo menos educación formal, parecían practicar más la cortesía.

Aquella Popayán tenía poetas, escritores, artesanos, artistas y personajes pintorescos que enriquecían la vida cotidiana. Existían diferencias sociales, como en todas partes, pero la convivencia parecía menos complicada, pero con sentido de pertenencia, tan sólido, como las viejas paredes de bahareque.

Todavía sobreviven algunas fachadas, portalones, alerones y aldabones que recuerdan la grandeza de la ciudad. Últimos testigos de una época que se resiste a desaparecer. Por eso surge una pregunta inquietante: cuando terminen de modificar, reemplazar o dejar caer aquello que hace única a Popayán, ¿qué vendrán a conocer los turistas? ¿Los trancones patrimoniales? ¿La falta de cultura ciudadana?

Mientras tanto, los ciudadanos observan con paciencia caucana cómo las obras avanzan al ritmo de los calendarios eternos. Año y medio para reparar un techo puede parecer mucho tiempo, pero quizá se trate de una nueva modalidad de turismo: contemplar la restauración de las ruinas.

Así las cosas, Popayán sigue teniendo su cuento. Lo preocupante es que, si no se cuida su patrimonio, algún día, el cuento podría terminar convirtiéndose en leyenda, y la leyenda en simple recuerdo. Y entonces sí habrá que hacer el interrogante crítico:

¿La civilidad en la ciudad, para cuándo Dios mío?

 

sábado, 4 de julio de 2026

Amo a mi ciudad, pero tengo que decir que…

 



Hay amores que no admiten mentiras. Y el que uno siente por su ciudad es uno de ellos. Precisamente porque amo a Popayán, me veo en la obligación de decir lo que muchos comentan en voz baja y otros prefieren callar.

A propósito del reciente desastre natural ocurrido en la hermana República de Venezuela, recordé que hace 43 años la tierra decidió sacudir a Popayán con una fuerza que todavía resuena en la memoria de quienes lo vivimos ¿Estamos preparados para una emergencia?

Fue el 31 de marzo de 1983, a las 8:12 de la mañana. Mientras cientos de feligreses se preparaban para las celebraciones del Jueves Santo, un sismo de magnitud 5,6 y apenas 15 kilómetros de profundidad cambió para siempre la historia de la ciudad. En pocos segundos cayeron iglesias, casonas y edificios que habían permanecido en pie durante siglos.

La ciudad fue reconstruida en gran parte. Eso nadie lo discute. Lo curioso es que, cuatro décadas después, todavía abundan en el centro histórico y sus alrededores los lotes vacíos, como si el terremoto hubiera dejado una licencia de construcción... pero para el abandono.

Muchos de esos terrenos permanecen convertidos en auténticos "lotes de engorde". Sus propietarios esperan que el tiempo haga el trabajo que ellos no hacen: valorizarlos. Al parecer, descubrieron que el mejor arquitecto es el calendario.

Otros predios permanecen atrapados entre sucesiones interminables, embargos, litigios y expedientes judiciales que parecen escritos para la eternidad. Mientras tanto, las edificaciones envejecen con admirable disciplina hasta derrumbarse por cuenta propia, ahorrándole el trabajo a las autoridades.

Y cuando se trata de inmuebles patrimoniales, el panorama resulta todavía más pintoresco. Existen rigurosísimas normas para proteger las casonas históricas; tan rigurosas que, en muchos casos, terminan protegiendo únicamente las peligrosas ruinas. Restaurarlas cuesta una fortuna y dejarlas caer, aparentemente, sale mucho más barato.

Paradójicamente, mientras el centro histórico bosteza esperando inversiones, Popayán continúa expandiéndose hacia todos los puntos cardinales, aunque no siempre con orden ni planificación. La ciudad crece hacia afuera mientras por dentro parece quedarse mirando fotografías antiguas.

Popayán posee riqueza arquitectónica y cultural que despierta admiración. Sin embargo, exhibe una preocupante pachorra para reconstruir la “Nariz de Popayán” y las techumbres que se caen a pedazos; reasentar a Sebastián de Belalcázar, etc., etc. Mientras otras capitales consolidaban desarrollo industrial, comercial y vial, aquí seguimos esperando convencidos de que el futuro lo podemos esperar sentados.

Basta recorrer algunos sectores para encontrar obras inconclusas, andenes que terminan en ninguna parte, vías intervenidas durante meses y proyectos convertidos en verdaderos monumentos a la paciencia ciudadana. Los llamados "elefantes blancos" aquí no necesitan zoológico: caminan libremente por toda la ciudad.

Ejemplo emblemático es la prolongación de la Avenida Los Próceres, un corredor de apenas 3,2 kilómetros que conectará la carrera Novena con la variante de Popayán. Incluye doble calzada, dos carriles por sentido y separador central. Sobre el papel luce magnífico; pero en la realidad, el proyecto está próximo a cumplir una década de espera. Si continúa a este ritmo, es posible que la inauguración coincida con el tricentenario de la obra.

Así, Popayán termina viviendo en un verdadero "túnel del tiempo". Ya no como la romántica metáfora de una ciudad colonial que conserva su historia, sino como una forma de describir esa extraña capacidad de convertir cualquier obra pública en un viaje sin fecha de llegada.

No se trata de negar los esfuerzos realizados ni de desconocer el enorme valor patrimonial de la ciudad. Todo lo contrario. Precisamente  Popayán merece mucho más y, resulta indispensable exigir planificación, eficiencia y continuidad administrativa.

Amo profundamente esta ciudad. La admiro por su historia, por su gente y por su patrimonio. Pero el amor verdadero también corrige, reclama y exige. Porque quien ama de verdad no se conforma con contemplar las glorias del pasado; trabaja para que las generaciones futuras tengan motivos para sentirse igualmente orgullosas.

Civilidad: Popayán vive únicamente de sus recuerdos. Es hora de comenzar a construir sus próximos capítulos.

 

sábado, 27 de junio de 2026

La ciudad inconclusa (y afortunadamente eterna)

 


Si algo distingue a las ciudades —todas, sin excepción— es su terquedad para no terminarse nunca. Son como esas obras literarias que el autor corrige hasta el último suspiro o como esas promesas de campaña que, por fortuna, también parecen no agotarse. Popayán, desde luego, no podía ser menos: aún está en obra. Y qué alivio. Imagínese amable lector el desastre de una ciudad “terminada”, petrificada en su propia perfección, sin vías averiadas, sin alerones deteriorados, sin trancones, sin excusas…

Aquí, en cambio, no avanzamos. Pero estamos bien —o al menos esa es la consigna—. Hay que reconocer, con la solemnidad que amerita el caso, que el mandante de turno, hace el esfuerzo por las pequeñas obras: placa huellas, pintura, casi como una disciplina olímpica: inspecciona, camina, impulsa. Persevera. En este país donde tantas veces se contribuye primero y se construye después —si es que se construye—, resulta casi revolucionario que las obras no solo se ejecuten, sino que además aspiren a terminarse.

Claro, tampoco es cuestión de olvidar el pasado, ese archivo generoso de retrasos y planeaciones creativas. El Sistema Estratégico de Transporte, por ejemplo, tuvo la cortesía de tomarse más de tres lustros - 17 años- para madurar desde 2009. Una gestación larga, como las grandes epopeyas… o las grandes excusas. Solo ahora parece haber descubierto su vocación de morir.

Pero no todo es concreto y buena voluntad. También hay un ingrediente esencial en esta receta de ciudad inconclusa: la oposición. Esa figura casi mitológica que, según se dice, marca el paso, retrasa, interpone, conspira. Nada más eficaz para explicar por qué lo urgente se vuelve aplazable. Porque, en efecto, nada alegra más a unos habitantes de la ciudad que hablar mal del alcalde o pedir la revocatoria de su mandato… salvo, claro, el aplazamiento indefinido que eso conlleva. Una paradoja digna de estudio: se inflige al gobernante, pero el castigo lo cumple la ciudad.

Y mientras tanto, el centro histórico sigue resistiendo, como buen veterano de guerras urbanísticas. Allí están los “adefesios” —que no edificios— acechando la armonía colonial, recordándonos que el progreso mal entendido suele tener muy buen presupuesto y pésimo gusto. Por fortuna, aún hay quienes consideran que derribar una casona para levantar una caja de vidrio no es exactamente desarrollo, sino más bien un atentado estético con pretensiones de modernidad.

Porque si de ver rascacielos se trata, el país ofrece varios destinos especializados. Popayán, en cambio, ha tenido la osadía de perder su identidad: sus portalones, sus aldabones, sus iglesias que hablan en el lenguaje silencioso de las casonas y los campanarios. Defender eso, en estos tiempos, es casi un acto de rebeldía cultural. Y sí, hay que decirlo: cuando la administración aprieta a los infractores urbanísticos, inevitablemente pisa callos. Pero, visto lo visto, algunos callos merecen ser pisados.

Ahora bien, la ciudad inconclusa también se vive —y se sufre— en el tráfico vehicular. Porque moverse en Popayán ha dejado de ser un paseo apacible para convertirse en una prueba de paciencia casi espiritual. Hay más carros que certezas, más trancones que soluciones estructurales. Durante décadas, el crecimiento le ganó la carrera a la planificación, y hoy la factura llega puntual.

Se han tomado medidas, sí. Se han hecho esfuerzos, también a medias tintas. Pero el problema, como buen habitante de ciudad inconclusa, no se resuelve con una sola decisión ni con un presupuesto tímido. Exige simultaneidad, visión, y quizá algo más escaso: continuidad.

Así las cosas, Popayán sigue siendo lo que siempre ha sido: una obra en proceso, un proyecto a medio escribir, promesas avanzando entre escombros, aciertos, tropiezos y debates.  Tal vez ahí radique la verdadera esencia ante la fragilidad humana, el paso implacable del tiempo y la melancolía del descuido.

En fin, una ciudad terminada no sería más que un elegante cementerio urbano. Popayán, en cambio, decidió vivir peligrosamente: aquí todo coquetea con el olvido, imponiéndose la memoria de sus retrasos, el eco inagotable de la polémica y la entrañable vocación por eternizar las obras. Así, entre andamios que parecen patrimonio inmaterial y promesas en obra gris, la ciudad —para bien o para una ironía que ya es costumbre— late con tal vitalidad que otras ciudades, terminadas, jamás podrían darse el lujo de exhibir con orgullo. Principio del formulario

Civilidad: A pesar de todo, aquí se vive feliz.

 

sábado, 20 de junio de 2026

A elegir el mejor

 


Por fin los colombianos llegan al punto al que querían llegar: el de decidir, en las urnas, el rumbo de la democracia. Colombia es un paraíso, con dos mares y una riqueza natural excepcional, es considerada una potencia hídrica mundial, al albergar aproximadamente el 4.1 % de los recursos de agua dulce del planeta. Paradójicamente, en el mismo país millones de personas aún carecen de acceso a este recurso vital. Ocupa el primer lugar en especies de aves y orquídeas, y es una de las naciones más biodiversas del mundo. A ello se suma su inmensa riqueza minera, con más de 300 tipos de minerales identificados, además de su condición de productor y exportador de café, caña de azúcar, aguacate y muchos otros bienes que fortalecen su economía.

Así también, a lo largo de más de dos siglos de vida republicana, la nación ha enfrentado desafíos significativos. En la búsqueda de una mayor equidad social, el desarrollo de infraestructura y el permanente esfuerzo por consolidar la paz han marcado buena parte de su historia. Ese es, precisamente, el país que hoy está llamado a tomar una decisión trascendental.

Lo que ocurre en la actualidad llega después de que decenas de precandidatos, muchos de ellos con escasa conexión con las clases populares, aspiraba a conquistar el poder prometiendo reducir la pobreza monetaria, combatir el hambre, disminuir el desempleo y ampliar los programas sociales en uno de los países más desiguales del mundo, todo ello en medio de una compleja situación fiscal. Lo mismo de siempre, pronunciado por quienes han detentado el poder durante largo tiempo, entre la eternidad y el olvido.

Hoy Colombia parece debatirse entre dos grandes corrientes ideológicas: la izquierda y la derecha. Los partidos tradicionales —el Liberal y el Conservador— ya no dominan el escenario electoral como lo hicieron durante buena parte de la historia republicana y han perdido su condición de fuerzas hegemónicas frente a nuevos movimientos y liderazgos. Aunque, como suele decirse, no hay muertos políticos, sino mal enterrados.

De un lado está Iván Cepeda, filósofo, defensor de los derechos humanos y figura política identificada con las causas de las víctimas del conflicto, los pueblos indígenas y los campesinos. Hijo de un líder de izquierda asesinado, por lo que vivió en el exilio desde temprana edad y formándose ideológicamente en países como Checoslovaquia, Bulgaria y Cuba. Ha manifestado su intención de dar continuidad a varias de las políticas impulsadas por el actual gobierno.

Del otro lado aparece Abelardo de la Espriella, abogado, empresario y figura pública reconocida por sus posturas de derecha y su estilo confrontacional. Su propuesta de país, gira alrededor de la seguridad, la libertad económica y la defensa de los valores tradicionales. Se presenta bajo la imagen de “El Tigre”, adopta el saludo militar como símbolo y promete mano dura contra la delincuencia organizada. Asimismo, ha reiterado públicamente que no acepta el respaldo de los partidos políticos tradicionales, incluido el Partido Liberal.

La verdad es que Colombia arrastra un conflicto armado entre hermanos, de varias décadas y enfrenta crisis que para muchos ciudadanos se ha convertido en el pan de cada día. La inseguridad, la incertidumbre económica y la persistencia de estructuras criminales continúan afectando extensas regiones del país, especialmente en zonas donde la presencia de grupos armados ilegales y organizaciones del narcotráfico sigue imponiendo la violencia sobre la institucionalidad.

En este contexto, los colombianos deberán decidir cuál consideran el mejor camino para la nación. Más allá de simpatías, ideologías o emociones, el voto exige reflexión y responsabilidad. El voto en blanco, aunque constituye una expresión legítima de inconformidad, no define por sí mismo el rumbo del país.

Civilidad: Señor elector, Colombia está en sus manos.

 

domingo, 14 de junio de 2026

No hay nuevos símbolos

 


Quien escribe esta columna recuerda a los amables lectores que, desde que tiene uso de razón, no ha existido en Colombia la adopción oficial de nuevos símbolos patrios distintos de aquellos que históricamente nos representan. La bandera tricolor, el escudo nacional y el himno de la República constituyen los emblemas oficiales de la Nación, reconocidos y protegidos por la ley.

Por lo tanto, no existe ningún otro símbolo al que deba rendírsele el mismo honor y respeto institucional. Sin embargo, en los últimos años ha cobrado una fuerza extraordinaria la camiseta de la Selección Colombia, que, si bien no es un símbolo patrio en el sentido jurídico de la palabra, sí se ha convertido en una poderosa expresión de identidad nacional.

La camiseta amarilla ha trascendido los escenarios deportivos. Hoy está presente en estadios, plazas públicas, reuniones familiares, celebraciones populares y en cada rincón donde un colombiano quiera expresar su amor por la patria. Portarla es, para millones de compatriotas, una manera de manifestar orgullo nacional, esperanza y sentido de pertenencia. Es una prenda que une a los colombianos más allá de las diferencias políticas, sociales o regionales.

Por ello, resulta difícil comprender que, existiendo tantos problemas urgentes que afectan al país, se destinen esfuerzos judiciales a determinar en qué circunstancias puede o no utilizarse esta indumentaria deportiva. Colombia enfrenta desafíos de seguridad, justicia, corrupción, pobreza y violencia que demandan la atención prioritaria de las instituciones. En ese contexto, genera inquietud que se pretenda restringir el uso de una prenda que representa entusiasmo, unión y respaldo a nuestros deportistas.

Desde esta tribuna de opinión considero que la camiseta de la Selección Colombia debe poder llegar a cualquier rincón de la patria y acompañar a los colombianos donde quieran expresar su afecto por el país. No puede convertirse en objeto de prohibiciones que limiten una manifestación espontánea de identidad nacional.

A lo largo de los años, la camiseta ha experimentado cambios de diseño, tonalidades y estilos, de acuerdo con las decisiones de la Federación Colombiana de Fútbol. Sin embargo, permanece inalterable la esencia de sus colores: amarillo, azul y rojo, los mismos que ondean en nuestra bandera y que evocan el sentimiento de pertenecer a esta tierra privilegiada.

Más aún cuando se aproxima una nueva temporada mundialista, en la que todos los colombianos depositamos nuestras ilusiones en nuestros deportistas. El fútbol tiene la capacidad de unir al país, de despertar emociones colectivas y de proyectar una imagen positiva de Colombia ante el mundo. Nuestros jugadores, con talento, disciplina y sacrificio, se convierten en auténticos embajadores de la nación cada vez que saltan al terreno de juego.

Es importante reiterar que la camiseta de la Selección Colombia no constituye un símbolo patrio oficial, pues no ha sido reconocida como tal mediante disposición legal alguna. Los símbolos nacionales continúan siendo la bandera, el escudo y el himno, los cuales merecen nuestro máximo respeto y veneración.

La bandera representa la soberanía y la historia nacional; el escudo recoge los elementos que identifican nuestra República; y el himno nacional, con su hermosa letra y solemne música, exalta las luchas, los valores y las esperanzas que han forjado el carácter del pueblo colombiano.

Esos tres símbolos son los que deben permanecer vivos en la memoria de esta generación y de las venideras. Son el legado que nos une como nación y la expresión más auténtica de nuestra identidad.

Y, mientras tanto, que la camiseta de la Selección Colombia continúe siendo lo que siempre ha sido: un símbolo de pasión deportiva, de unidad nacional y de amor por nuestra querida Colombia.

Civilidad: ¡Viva Colombia!

domingo, 7 de junio de 2026

Chiflados de atar


Quienes nacimos a mediados del siglo XX hemos sido testigos de profundas transformaciones sociales, políticas y culturales. Sin embargo, pocas veces como ahora se percibe un ambiente de desconcierto colectivo tan marcado, donde el desorden institucional, la corrupción persistente y la pérdida de referentes éticos parecen haberse normalizado. La sensación, dolorosamente extendida, es que vivimos en un país que ha perdido el sentido de la cordura.

La corrupción, convertida en hábito y no en excepción, ha erosionado la confianza pública. No se trata únicamente de los grandes escándalos que ocupan titulares, sino de una cultura permisiva que tolera lo incorrecto y castiga la rectitud. En ese contexto, el ciudadano común termina atrapado entre la resignación y la impotencia, mientras la esperanza de una transformación profunda parece aplazada indefinidamente.

A esta crisis moral se suma el papel de los medios de comunicación, que, guiados muchas veces por la lógica del mercado, priorizan el impacto sobre el análisis. La violencia, el escándalo y el amarillismo ocupan el centro del debate público, desplazando las iniciativas constructivas, las soluciones innovadoras y los ejemplos de integridad. Así se configura un círculo vicioso: una sociedad que consume desesperanza y, al mismo tiempo, la reproduce.

Y, sin embargo, esta realidad contrasta con la grandeza innegable de Colombia. Pocos países en el mundo poseen una riqueza natural comparable: dos océanos, tres cordilleras, una biodiversidad privilegiada y una diversidad cultural excepcional. Este territorio, que inspiró la obra de Gabriel García Márquez, es la encarnación viva del realismo mágico: un lugar donde lo extraordinario convive con lo cotidiano, donde la belleza y la contradicción se entrelazan permanentemente.

La paradoja es evidente. Un país con todas las condiciones para prosperar enfrenta dificultades estructurales que limitan su desarrollo. La debilidad institucional, la polarización política, la desigualdad social y la precariedad educativa han impedido consolidar un proyecto nacional sólido y coherente.

La educación, en particular, constituye uno de los pilares más frágiles. No puede aspirarse al progreso cuando la formación carece de rigor, cuando los títulos universitarios pierden valor y cuando el conocimiento es reemplazado por la superficialidad. Sin una educación de calidad, no hay ciudadanía crítica; sin ciudadanía crítica, no hay democracia sólida.

Otro factor determinante es la pérdida de disciplina social. El desarrollo no depende exclusivamente de los recursos naturales, sino de la capacidad de una sociedad para organizarse, planificar y actuar con responsabilidad. Países como Japón y Suiza, con limitaciones geográficas y escasos recursos naturales, han alcanzado niveles extraordinarios de prosperidad gracias a la disciplina, la educación y el sentido colectivo del deber. No es la riqueza material la que define el destino de una nación, sino la mentalidad de su gente.

Incluso en la región, ejemplos como Brasil han demostrado que el liderazgo económico es posible cuando existe visión estratégica y voluntad política. Colombia, con condiciones comparables o superiores en muchos aspectos, no debería resignarse a un papel secundario.

A esta situación se suma un fenómeno contemporáneo que profundiza la fragmentación: las redes sociales. Estas plataformas, lejos de promover el diálogo, con frecuencia refuerzan el aislamiento ideológico. Cada grupo escucha únicamente aquello que confirma sus creencias, mientras el desacuerdo se convierte en enemistad. La política, en lugar de ser un espacio de construcción colectiva, se transforma en un espectáculo donde prevalece la confrontación sobre las soluciones.

El resultado es una sociedad polarizada, vulnerable a la manipulación y cada vez más desconectada de sus intereses comunes. Los liderazgos oportunistas prosperan en este ambiente, alimentando emociones primarias en lugar de ofrecer propuestas serias y sostenibles.

Pero, sería injusto atribuir toda la responsabilidad a las instituciones o a los dirigentes. La crisis también refleja una falla colectiva. La indiferencia ciudadana, la tolerancia frente a la corrupción cotidiana y la falta de compromiso con el bien común contribuyen a perpetuar el problema. Una democracia no es únicamente el resultado de sus elecciones, sino el reflejo de sus ciudadanos.

Colombia no es un país condenado al fracaso. Por el contrario, posee las condiciones humanas, naturales y culturales para convertirse en una nación ejemplar. Lo que falta no es capacidad, sino voluntad; no es talento, sino disciplina; no es potencial, sino coherencia.

El cambio comienza con una transformación cultural profunda. Implica recuperar el valor de la honestidad, fortalecer la educación, exigir responsabilidad a los dirigentes y asumir, como ciudadanos, un papel activo en la construcción del futuro. Significa abandonar la resignación, reemplazada por el compromiso.

No se trata de negar los problemas, sino de enfrentarlos con madurez. No se trata de idealizar la realidad, sino de transformarla. Colombia no puede seguir siendo un país que oscila entre la grandeza y el caos, entre la esperanza y la frustración.

La historia demuestra que las naciones no están determinadas por su pasado, sino por sus decisiones. Colombia aún está a tiempo de elegir el camino de la cordura, la disciplina y el progreso.

Civilidad: El destino no está escrito. Depende de nosotros.


domingo, 31 de mayo de 2026

Colombia vuelve a las urnas


Hoy domingo 31 de mayo, Colombia vuelve a acudir a las urnas en una de las jornadas democráticas más trascendentales de los últimos años. La elección presidencial no solo definirá quién ocupará la Casa de Nariño durante el próximo cuatrienio, sino también el rumbo político, social y económico de un país que atraviesa profundas divisiones ideológicas y un evidente clima de polarización.

En medio de discursos cada vez más radicales, confrontaciones permanentes en redes sociales y una ciudadanía marcada por la incertidumbre, la Registraduría Nacional del Estado Civil vuelve a asumir un papel determinante para garantizar la legitimidad del proceso democrático. La entidad tendrá la responsabilidad de conducir esta jornada electoral bajo los principios de transparencia, legalidad y confianza ciudadana que exige la Constitución Política de 1991.

La Registraduría enfrenta el enorme desafío operativo de organizar una elección presidencial en un contexto de alta tensión política y expectativa nacional. Desde la logística electoral, la organización hasta el preconteo y los escrutinios, cada actuación institucional será observada con atención por millones de colombianos que esperan garantías plenas para ejercer su derecho al voto y confiar en los resultados que definirán el futuro político del país.

La democracia colombiana atraviesa un momento decisivo. El debate político, que debería centrarse en propuestas y soluciones a los problemas estructurales del país, muchas veces termina atrapado en escenarios de descalificación, odio y desinformación. La polarización ha convertido las diferencias ideológicas en barreras difíciles de superar, debilitando la capacidad de diálogo y afectando la confianza entre sectores de la sociedad.

Sin embargo, precisamente en tiempos de tensión es cuando la democracia debe fortalecerse. La diferencia de pensamiento no puede asumirse como una amenaza, sino como una expresión legítima del pluralismo político que sustenta el Estado Social de Derecho. Ningún proyecto político puede construirse sobre la eliminación simbólica del contradictor ni sobre el desconocimiento de quienes piensan distinto. 

La jornada electoral de este domingo representa una oportunidad para que los ciudadanos demuestren que la participación democrática sigue siendo el camino más legítimo para resolver las diferencias políticas. Más allá de las preferencias ideológicas, el país necesita que este proceso electoral transcurra en un ambiente de respeto, civilidad y garantías para todos los sectores.

El próximo presidente o presidenta de Colombia asumirá el reto de gobernar un país dividido, con enormes desafíos en materia de seguridad, economía, empleo, salud y reconciliación social. Pero también tendrá la responsabilidad de contribuir a disminuir la fractura política que hoy distancia a millones de colombianos. Gobernar en democracia implica escuchar incluso a quienes no votaron por el proyecto ganador.

En momentos de desconfianza institucional y confrontación política, acudir a las urnas continúa siendo el mecanismo más legítimo para defender la democracia ¡No hay otro!. Por eso, al momento de votar, resulta indispensable reflexionar con serenidad y analizar las capacidades de los candidatos, pensar en el país que se quiere construir durante los próximos años.

La democracia no se fortalece desde el odio ni desde la división permanente. Se fortalece cuando los ciudadanos participan con conciencia, respetan las diferencias y entienden que el futuro de Colombia depende también de la capacidad colectiva para convivir en medio de la diversidad política.

Civilidad: Porque votar no solo define un gobierno; también refleja el nivel de civilidad de una nación.

lunes, 25 de mayo de 2026

Vivir y morir en Popayán


En Popayán, ciudad de historia, tradiciones y silencios largos, hablar de la muerte no debería resultarnos extraño. Durante siglos, esta ciudad ha aprendido a convivir con la idea del tiempo, del rito y de la trascendencia. Sin embargo, en la vida cotidiana contemporánea, la muerte se ha convertido en un tema incómodo, negado o reducido a una noticia fugaz, cuando en realidad es la única certeza que acompaña al ser humano desde su nacimiento. 

La negación del fin de la vida no nos hace más fuertes. Por el contrario, suele generar angustia, ansiedad y una relación superficial con el presente. En una ciudad que se precia de su tradición espiritual y cultural, resulta pertinente recordar que aceptar la finitud no es un acto de derrota, sino una forma madura de comprender la existencia. Vivir con la conciencia del límite nos permite valorar lo esencial y actuar con mayor responsabilidad frente a nosotros mismos y frente a los demás. 

Popayán, marcada por su herencia religiosa y su memoria colectiva, ha entendido históricamente la muerte como parte de un tránsito y no como un final absoluto. No se trata de imponer creencias, sino de reconocer que distintas tradiciones —religiosas, filosóficas y culturales— coinciden en un punto esencial: la muerte forma parte del orden natural de la vida. Desconocerlo solo alimenta miedos que terminan afectando la salud emocional y la convivencia social. 

En los últimos años, el temor excesivo a la enfermedad, al accidente y a la incertidumbre ha generado una sociedad más ansiosa y menos reflexiva. El miedo patológico a morir, conocido como tanatofobia, deteriora la calidad de vida y nos aleja de una vivencia plena del presente. Frente a ello, resulta necesario promover una conversación pública más serena, que permita comprender la muerte no como obsesión, sino como un recordatorio de la responsabilidad que implica estar vivos. 

Desde que nacemos, comenzamos a perder la vida lentamente. Esta verdad, lejos de ser trágica, debería invitarnos a agradecer lo cotidiano: la salud, la familia, el trabajo, el conocimiento, la posibilidad de expresar ideas y de participar en la vida social de la ciudad. Popayán, con su ritmo pausado y su profunda vocación cultural, ofrece el escenario propicio para recuperar esa mirada reflexiva que hoy parece extraviada. 

Hablar de la muerte también es hablar del duelo. Una sociedad que comprende la finitud acompaña mejor a quienes sufren una pérdida y evita caer en extremos que paralizan. Aprender a despedirnos con serenidad es tan importante como aprender a vivir con sentido. 

Este editorial no busca una exhortación religiosa ni ideológica. Es un llamado ciudadano. Reconocer nuestra fragilidad nos hace más humanos, más solidarios y más respetuosos. No somos un accidente de la naturaleza, sino parte de una historia que nos precede y que continuará cuando ya no estemos. 

Civilidad: Tal vez Popayán, fiel a su tradición y a su vocación reflexiva, pueda dar ejemplo promoviendo una cultura de la vida que no le tema a la muerte. Porque solo quien entiende su finitud es capaz de vivir con dignidad, responsabilidad y auténtico respeto por la existencia. 

domingo, 17 de mayo de 2026

Democracia, bendita seas


En la historia política de Colombia hay frases que sobreviven al paso del tiempo porque encierran una verdad profunda. Una de ellas es, aquella sentencia pronunciada por el poeta caucano Guillermo Valencia durante las honras fúnebres del general liberal Rafael Uribe Uribe, asesinado en Bogotá en 1914: «Democracia, bendita seas, aunque así nos mates». Estas palabras, surgidas en medio del duelo nacional, condensaron en una sola frase la paradoja de la vida democrática: sistema lleno de tensiones, pasiones y conflictos, pero que sigue siendo capaz de garantizar la libertad. 

El asesinato de Uribe Uribe estremeció al país que todavía llevaba abiertas las heridas de la Guerra de los Mil Días. Colombia era entonces una nación profundamente dividida por rivalidades políticas donde el debate con frecuencia degeneraba en odio y la confrontación ideológica terminaba en violencia. En ese contexto, las palabras de Valencia no fueron un gesto de resignación ni un lamento fatalista. Fueron, más bien, una declaración de principios. Un recordatorio de que, aun cuando la democracia duela, aun cuando sacuda a la sociedad con crisis y enfrentamientos, sigue siendo preferible a cualquier forma de autocracia. 

La democracia, por naturaleza, es ruidosa e imperfecta. En ella caben las pasiones, los desacuerdos y las palabras encendidas. No es el reino del silencio obediente ni de la unanimidad forzada. Es, por el contrario, el escenario donde las diferencias se expresan, se confronta y —con suerte— encuentran caminos de convivencia. Nuestra democracia puede ser imperfecta y hasta trágica, pero sigue siendo el camino legítimo para la vida política de Colombia. 

Por eso, cuando el debate político se vuelve áspero o cuando el ambiente público parece saturado de confrontaciones, conviene recordar que esas tensiones también forman parte del precio de vivir en libertad. El verdadero peligro no está en el ruido democrático, sino en el silencio impuesto. Las sociedades donde nadie discute, donde nadie contradice al poder y donde las voces se apagan en nombre del orden, terminan pagando un precio mucho más alto: la pérdida de la libertad. 

Más de un siglo después, la frase de Guillermo Valencia sigue resonando con inquietante actualidad. Nos recuerda que la democracia no es un jardín perfecto, sino un terreno donde crecen tanto las flores como las espinas. Pero también nos enseña que, aun con sus heridas y contradicciones, sigue siendo el único camino que permite a los pueblos decidir su destino. 

Frente a los desencantos de la política y a las frustraciones del presente, conviene volver a aquella reflexión nacida en medio del duelo nacional. Porque, al final, incluso en sus momentos más difíciles, la democracia sigue siendo la mejor garantía de nuestra libertad. 

Civilidad: Como lo expresó Valencia con dolor y lucidez, vale repetirlo una vez más: democracia, bendita seas… aun cuando a veces parezca que nos hieres.