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sábado, 14 de marzo de 2026

Las cabañuelas de marzo

 



Las cabañuelas, son fruto de la sabiduría campesina constituyendo un método tradicional para pronosticar el comportamiento del clima. Hoy hago un símil con las “cabañuelas políticas” para intentar anticipar lo que vendrá en medio de la resaca poselectoral.

El Cauca votó. Y en muchos casos, lo hizo desde el enojo, el malestar o el miedo. Más de 450.914 votos para Cámara los caucanos acudieron a las urnas; sin embargo, de nuevo, la abstención de más del 50% terminó siendo la gran vencedora, castigando por igual a todos los partidos políticos. La lista de derrotados así lo demuestra. Incluso quienes lograron resistir el descalabro lo hicieron con evidentes señales de debilitamiento.

El ciclón electoral del pasado 8 de marzo dejó a la democracia caucana algo más magullada. Hoy el departamento muestra un descenso en su desempeño político y representativo, superando con creces a los pocos avances alcanzados. Según los resultados, el Cauca queda en una situación más precaria que antes: apenas contará con un senador, Ferney Silva del Pacto Histórico que superó las expectativas y resultó como la fuerza política ganadora de las elecciones en el Cauca.

La nueva etapa congresional se sostiene en apenas cuatro apoyos parlamentarios, históricamente débiles. Se trata de Jorge Hernán Bastidas, Luz Miryan Moncayo, Edgar Gómez y Víctor Armero, legisladores con limitada capacidad de influencia nacional, escaso margen de fiscalización y, en muchos casos, sujetos a una fuerte disciplina partidaria, al Ejecutivo o a distintos grupos de interés. Todo ello genera desequilibrios democráticos, fragilidad en las coaliciones y un control insuficiente sobre la gestión gubernamental, debilitando la función representativa y de contrapeso que debe ejercer el Congreso.

Así que, la nueva composición del Legislativo arranca con más preguntas que respuestas. Con los escrutinios electorales en la mano, ahora corresponde observar qué políticas se impulsarán, qué impacto tendrán las agendas de quienes resultaron vencedores y hasta dónde llegará la imprevisibilidad del actual gobierno. Sobre todo, si realmente estamos ante un nuevo liderazgo de cambio o simplemente frente a una nueva temporada de aspavientos y fuegos de artificio políticos.

Bien sabido es que, en toda democracia existe una necesaria supervisión mutua entre los poderes públicos. El control sobre el gobierno es fundamentalmente político: el Ejecutivo debe mantener la confianza del Congreso tanto en su orientación política como en su gestión concreta. Cuando esa confianza se pierde, el Legislativo dispone de mecanismos como la moción de censura para exigir responsabilidades. Además, el control parlamentario también se ejerce mediante interpelaciones, debates, solicitudes de información, citaciones a ministros, etc., así como a través del debate público amplificado por medios de comunicación.

Teniendo en cuenta que, Colombia tiene una cultura política demasiado débil con una larga tradición presidencialista y, que, además, es una nación aún en desarrollo institucional, surge una pregunta: ¿sería factible —y saludable— considerar un sistema de gobierno distinto, como el parlamentarismo o el semi presidencialismo?

Hoy cobra relevancia el sistema presidencialista. Con base histórica se ha demostrado una conflictividad entre presidentes y vicepresidentes. La figura de vicemandatario, designado o vicepresidente, en medio de su melancólico aburrimiento, ha deambulado como alma en pena por la Casa de Nariño, recibiendo el mismo sueldo, pero sin oficio alguno. En tal condición, la compañía de fórmula, ha sido incómoda y ha generado momentos conflictivos. Siendo un cargo de suma importancia porque nadie tiene la vida comprada. En el entendido de que, el vicegobernante debe tener las mismas calidades del presidente, pues, en caso de falta absoluta del titular, es el encargado de ejercer con idoneidad el poder.

Lo único positivo de las crisis políticas, es que obligan a revisar las fallas del diseño institucional. En tiempos de normalidad, rara vez existe el interés de cuestionar las debilidades del sistema. El presidencialismo, por ejemplo, concentra un enorme poder en el jefe del Estado, quien al mismo tiempo es jefe de gobierno y suprema autoridad administrativa. Acumulación de funciones que suele inclinar la balanza en favor del Ejecutivo, debilitando el equilibrio entre los poderes públicos, afectando el sistema de frenos y contrapesos que sostiene a toda democracia.

Así las cosas, el nuevo Congreso colombiano para el período 2026–2030, su escenario será de fuerte polarización. Tanto el Pacto Histórico, en la izquierda, como el Centro Democrático, en la derecha, se fortalecieron, pero ninguno alcanzará mayorías absolutas. El equilibrio de poder dependerá entonces de los partidos tradicionales y de las fuerzas menores, que serán decisivos para aprobar o bloquear las reformas.

Ahora, en este capítulo político, la figura vicepresidencial como método sucesoral al poder ejecutivo, empieza a mostrar con mayor claridad sus contornos, sus fracturas y sus apuestas de fondo. Y, como en las viejas cabañuelas de nuestros campesinos, los primeros días del año político suelen anticipar —aunque nunca con certeza absoluta— el clima que nos espera en los meses por venir.

Civilidad: Las cartas están echadas, ahora el horizonte se centra en la formación de bloques definidos que competirán por la presidencia.

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