Hay amores que no admiten mentiras. Y el que uno
siente por su ciudad es uno de ellos. Precisamente porque amo a Popayán, me veo
en la obligación de decir lo que muchos comentan en voz baja y otros prefieren
callar.
A propósito del reciente desastre natural ocurrido
en la hermana República de Venezuela, recordé que hace 43 años la tierra
decidió sacudir a Popayán con una fuerza que todavía resuena en la memoria de
quienes lo vivimos ¿Estamos preparados para una emergencia?
Fue el 31 de marzo de 1983, a las 8:12 de la
mañana. Mientras cientos de feligreses se preparaban para las celebraciones del
Jueves Santo, un sismo de magnitud 5,6 y apenas 15 kilómetros de profundidad cambió
para siempre la historia de la ciudad. En pocos segundos cayeron iglesias,
casonas y edificios que habían permanecido en pie durante siglos.
La ciudad fue reconstruida en gran parte. Eso nadie
lo discute. Lo curioso es que, cuatro décadas después, todavía abundan en el
centro histórico y sus alrededores los lotes vacíos, como si el terremoto
hubiera dejado una licencia de construcción... pero para el abandono.
Muchos de esos terrenos permanecen convertidos en
auténticos "lotes de engorde". Sus propietarios esperan que el tiempo
haga el trabajo que ellos no hacen: valorizarlos. Al parecer, descubrieron que
el mejor arquitecto es el calendario.
Otros predios permanecen atrapados entre sucesiones
interminables, embargos, litigios y expedientes judiciales que parecen escritos
para la eternidad. Mientras tanto, las edificaciones envejecen con admirable
disciplina hasta derrumbarse por cuenta propia, ahorrándole el trabajo a las
autoridades.
Y cuando se trata de inmuebles patrimoniales, el
panorama resulta todavía más pintoresco. Existen rigurosísimas normas para
proteger las casonas históricas; tan rigurosas que, en muchos casos, terminan
protegiendo únicamente las peligrosas ruinas. Restaurarlas cuesta una fortuna y
dejarlas caer, aparentemente, sale mucho más barato.
Paradójicamente, mientras el centro histórico
bosteza esperando inversiones, Popayán continúa expandiéndose hacia todos los
puntos cardinales, aunque no siempre con orden ni planificación. La ciudad
crece hacia afuera mientras por dentro parece quedarse mirando fotografías
antiguas.
Popayán posee riqueza arquitectónica y cultural que
despierta admiración. Sin embargo, exhibe una preocupante pachorra para reconstruir
la “Nariz de Popayán” y las techumbres que se caen a pedazos; reasentar a
Sebastián de Belalcázar, etc., etc. Mientras otras capitales consolidaban
desarrollo industrial, comercial y vial, aquí seguimos esperando convencidos de
que el futuro lo podemos esperar sentados.
Basta recorrer algunos sectores para encontrar
obras inconclusas, andenes que terminan en ninguna parte, vías intervenidas
durante meses y proyectos convertidos en verdaderos monumentos a la paciencia
ciudadana. Los llamados "elefantes blancos" aquí no necesitan
zoológico: caminan libremente por toda la ciudad.
Ejemplo emblemático es la prolongación de la
Avenida Los Próceres, un corredor de apenas 3,2 kilómetros que conectará la
carrera Novena con la variante de Popayán. Incluye doble calzada, dos carriles
por sentido y separador central. Sobre el papel luce magnífico; pero en la
realidad, el proyecto está próximo a cumplir una década de espera. Si continúa
a este ritmo, es posible que la inauguración coincida con el tricentenario de
la obra.
Así, Popayán termina viviendo en un verdadero
"túnel del tiempo". Ya no como la romántica metáfora de una ciudad
colonial que conserva su historia, sino como una forma de describir esa extraña
capacidad de convertir cualquier obra pública en un viaje sin fecha de llegada.
No se trata de negar los esfuerzos realizados ni de
desconocer el enorme valor patrimonial de la ciudad. Todo lo contrario.
Precisamente Popayán merece mucho más y,
resulta indispensable exigir planificación, eficiencia y continuidad
administrativa.
Amo profundamente esta ciudad. La admiro por su
historia, por su gente y por su patrimonio. Pero el amor verdadero también
corrige, reclama y exige. Porque quien ama de verdad no se conforma con
contemplar las glorias del pasado; trabaja para que las generaciones futuras
tengan motivos para sentirse igualmente orgullosas.
Civilidad: Popayán vive únicamente de sus recuerdos. Es hora
de comenzar a construir sus próximos capítulos.