"Los años vuelan", "la vida se escapa"
y, "el tiempo huye". Son
frases que repetimos con solemne convicción en los funerales o cuando apagamos las
velas de un pastel de cumpleaños que, a cierta edad, que más parece una pista
de aterrizaje que un postre.
La realidad, sin embargo, es menos poética y bastante más
incómoda: el tiempo no corre más deprisa. Mi arcaica Popayán sigue
procesionando, parsimoniosa, por el eterno túnel del tiempo. Lo que cambia
somos nosotros. Cuando llegamos al otoño de la vida, nos invade ese discreto
pánico existencial que, por fin, nos obliga a mirar el reloj. Algo parecido
ocurrió con los semáforos de mi venerada ciudad: llegaron tarde y, para colmo
de males, repotenciados.
Tenemos la admirable costumbre de desperdiciar nuestro
tiempo y, de paso, pisotear el ajeno. Pero, cuando las canas terminan
conquistando la cabellera, inventamos la romántica excusa de que "los días
pasan volando". “No hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista”.
No, los días siguen teniendo las mismas veinticuatro horas que cuando, a los
quince años, las clases de matemáticas parecían eternas. La diferencia es que
ahora el reloj ya no nos acompaña: nos observa de frente.
Y qué decir de la célebre “agenda llena”. Resulta
fascinante escuchar el berrinche universal del "no tengo tiempo". Nos
encanta sentirnos mártires de una agenda invisible. Los gobernantes suelen
justificar sus incumplimientos diciendo: "Es que el tiempo no me
alcanzó", como si algunos recibieran del universo un generoso bono de
horas extras.
No se devanen los sesos. Los husos horarios únicamente dividen
el planeta en veinticuatro franjas; no reparten privilegios. La Tierra gira
para todos con idéntica puntualidad, entregándonos la misma cantidad de
segundos sin hacer distingos entre ricos, pobres, poderosos o jubilados.
Proclamar que no tenemos tiempo suele ser el mejor
escondite para disimular un temor mucho más profundo: el miedo a envejecer.
Convertimos el reloj en escudo para no aceptar que el cuerpo cambia, que el
mundo avanza y que nosotros ya no caminamos al mismo paso de la juventud.
También nos fascina atribuirle poderes sobrenaturales al
tiempo. Repetimos, casi como rezos de bolsillo, frases tales como: "el
tiempo todo lo cura" o "es cuestión de tiempo". Son expresiones
reconfortantes que duran apenas unos segundos en los labios, pero rara vez
solucionan un solo problema. El tiempo, por sí mismo, no cura, no perdona ni
repara. Simplemente transcurre mientras nosotros envejecemos.
Nuestra relación con el reloj de la Torre —“La Nariz de
Popayán”, como lo bautizó con ingenio el poeta Guillermo Valencia— resulta casi
patética. Basta quedarse observando su vetusto péndulo para sentir que los
segundos se estiran por pura malicia. En el pareciera que el tiempo no camina. Seguramente
porque al patojo nunca le preocuparon demasiado los segundos; siempre le
bastaron las horas.
Así permanecen muchos jubilados, sentados en las bancas de
“las palomas caídas” del parque de Caldas donde, dejando que las horas
desaparezcan en un simple parpadeo. Quizá tengan razón. Después de haber sido
esclavos del trabajo durante décadas, ahora prefieren ser súbditos de ese reloj
con manecillas, olvidando que el reloj fue inventado para orientarnos, no para
convertirse en nuestro amo y señor.
Bien lo afirma Alan Burdick: "El tiempo es intangible." No puede
morderse, guardado en un frasco ni reclamarse mediante derecho de petición. Es
un fenómeno desconcertante que nos obliga a madurar —o, cuando menos, a
envejecer— mientras va dejando atrás personas, lugares y recuerdos. Sin embargo,
muchos le temen a la vejez. Cabe entonces una pregunta inevitable: ¿Cuál sería
la alternativa? ¿Morir jóvenes? Pues, saber envejecer con dignidad continúa
siendo una de las formas más refinadas de la inteligencia.
Albert Einstein ya nos había advertido que la diferencia
entre pasado, presente y futuro no deja de ser una ilusión obstinadamente
persistente. La física lo explica y la experiencia lo confirma. Vivimos entre
recuerdos, realidades y proyectos. División del tiempo que apenas nos sirve
para conservar un poco de orden mental para recordar dónde dejamos las llaves
de la casa, porque el tiempo, en realidad, solo conoce una dirección: hacia
adelante. No existe botón para rebobinarlo.
Por eso conviene despertar cada mañana con saludable dosis
de realidad. No somos infinitos. Entonces, digamos: "Gracias, Dios
mío"; aplazando las disculpas; administrando los afectos como si
tuviéramos asegurada una segunda eternidad. Y es que, al finalizar el día,
solemos acostarnos con el corazón lleno de intenciones y la agenda vacía de
acciones. El mañana podría no llegar, pero seguimos esperando ese esquivo
"momento perfecto" para decir: "Ayúdame, Dios mío". Y para
terminar con una sensatez que todavía rescate nuestra dignidad, vale recordar a
Jorge Bucay: "El tiempo
que se disfruta es el verdadero tiempo vivido."
Civilidad: (al estilo de HDG) Dejemos de perseguir al segundero con
rostro de angustia. Asumamos los años con gratitud, no con vergüenza, y
aprendamos a invertir los minutos en aquello que realmente vale la pena, antes
de que el reloj, silencioso e implacable, termine tomando las decisiones por
nosotros.
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