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domingo, 26 de julio de 2026

El reloj no tiene la culpa (crónica del segundero)


 

"Los años vuelan", "la vida se escapa" y, "el tiempo huye".  Son frases que repetimos con solemne convicción en los funerales o cuando apagamos las velas de un pastel de cumpleaños que, a cierta edad, que más parece una pista de aterrizaje que un postre.

La realidad, sin embargo, es menos poética y bastante más incómoda: el tiempo no corre más deprisa. Mi arcaica Popayán sigue procesionando, parsimoniosa, por el eterno túnel del tiempo. Lo que cambia somos nosotros. Cuando llegamos al otoño de la vida, nos invade ese discreto pánico existencial que, por fin, nos obliga a mirar el reloj. Algo parecido ocurrió con los semáforos de mi venerada ciudad: llegaron tarde y, para colmo de males, repotenciados.

Tenemos la admirable costumbre de desperdiciar nuestro tiempo y, de paso, pisotear el ajeno. Pero, cuando las canas terminan conquistando la cabellera, inventamos la romántica excusa de que "los días pasan volando". “No hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista”. No, los días siguen teniendo las mismas veinticuatro horas que cuando, a los quince años, las clases de matemáticas parecían eternas. La diferencia es que ahora el reloj ya no nos acompaña: nos observa de frente.

Y qué decir de la célebre “agenda llena”. Resulta fascinante escuchar el berrinche universal del "no tengo tiempo". Nos encanta sentirnos mártires de una agenda invisible. Los gobernantes suelen justificar sus incumplimientos diciendo: "Es que el tiempo no me alcanzó", como si algunos recibieran del universo un generoso bono de horas extras.

No se devanen los sesos. Los husos horarios únicamente dividen el planeta en veinticuatro franjas; no reparten privilegios. La Tierra gira para todos con idéntica puntualidad, entregándonos la misma cantidad de segundos sin hacer distingos entre ricos, pobres, poderosos o jubilados.

Proclamar que no tenemos tiempo suele ser el mejor escondite para disimular un temor mucho más profundo: el miedo a envejecer. Convertimos el reloj en escudo para no aceptar que el cuerpo cambia, que el mundo avanza y que nosotros ya no caminamos al mismo paso de la juventud.

También nos fascina atribuirle poderes sobrenaturales al tiempo. Repetimos, casi como rezos de bolsillo, frases tales como: "el tiempo todo lo cura" o "es cuestión de tiempo". Son expresiones reconfortantes que duran apenas unos segundos en los labios, pero rara vez solucionan un solo problema. El tiempo, por sí mismo, no cura, no perdona ni repara. Simplemente transcurre mientras nosotros envejecemos.

Nuestra relación con el reloj de la Torre —“La Nariz de Popayán”, como lo bautizó con ingenio el poeta Guillermo Valencia— resulta casi patética. Basta quedarse observando su vetusto péndulo para sentir que los segundos se estiran por pura malicia. En el pareciera que el tiempo no camina. Seguramente porque al patojo nunca le preocuparon demasiado los segundos; siempre le bastaron las horas.

Así permanecen muchos jubilados, sentados en las bancas de “las palomas caídas” del parque de Caldas donde, dejando que las horas desaparezcan en un simple parpadeo. Quizá tengan razón. Después de haber sido esclavos del trabajo durante décadas, ahora prefieren ser súbditos de ese reloj con manecillas, olvidando que el reloj fue inventado para orientarnos, no para convertirse en nuestro amo y señor.

Bien lo afirma Alan Burdick: "El tiempo es intangible." No puede morderse, guardado en un frasco ni reclamarse mediante derecho de petición. Es un fenómeno desconcertante que nos obliga a madurar —o, cuando menos, a envejecer— mientras va dejando atrás personas, lugares y recuerdos. Sin embargo, muchos le temen a la vejez. Cabe entonces una pregunta inevitable: ¿Cuál sería la alternativa? ¿Morir jóvenes? Pues, saber envejecer con dignidad continúa siendo una de las formas más refinadas de la inteligencia.

Albert Einstein ya nos había advertido que la diferencia entre pasado, presente y futuro no deja de ser una ilusión obstinadamente persistente. La física lo explica y la experiencia lo confirma. Vivimos entre recuerdos, realidades y proyectos. División del tiempo que apenas nos sirve para conservar un poco de orden mental para recordar dónde dejamos las llaves de la casa, porque el tiempo, en realidad, solo conoce una dirección: hacia adelante. No existe botón para rebobinarlo.

Por eso conviene despertar cada mañana con saludable dosis de realidad. No somos infinitos. Entonces, digamos: "Gracias, Dios mío"; aplazando las disculpas; administrando los afectos como si tuviéramos asegurada una segunda eternidad. Y es que, al finalizar el día, solemos acostarnos con el corazón lleno de intenciones y la agenda vacía de acciones. El mañana podría no llegar, pero seguimos esperando ese esquivo "momento perfecto" para decir: "Ayúdame, Dios mío". Y para terminar con una sensatez que todavía rescate nuestra dignidad, vale recordar a Jorge Bucay: "El tiempo que se disfruta es el verdadero tiempo vivido."

Civilidad: (al estilo de HDG) Dejemos de perseguir al segundero con rostro de angustia. Asumamos los años con gratitud, no con vergüenza, y aprendamos a invertir los minutos en aquello que realmente vale la pena, antes de que el reloj, silencioso e implacable, termine tomando las decisiones por nosotros.

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