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domingo, 12 de julio de 2026

Popayán tiene su cuento

 


Cada ciudad tiene una historia. Popayán, en cambio, tiene suficientes cuentos como para llenar una biblioteca completa y dejar material para una segunda edición corregida y aumentada. Así que voy con mis viejos cuentos.

Quienes conocieron la ciudad hacia 1940 aseguran que era tan bella que parecía diseñada por arquitectos, ingenieros y poetas trabajando de común acuerdo, algo que hoy sería considerado un fenómeno paranormal. Sus calles estaban completamente empedradas y construidas con tal maestría que las inundaciones eran tan raras como encontrar un político que renuncie voluntariamente a sus privilegios.

Por aquella época ni siquiera existía el Cuerpo de Bomberos. No hacía falta. Los sumideros cumplían su función y el agua corría obedientemente hacia donde debía correr, sin necesidad de comités, diagnósticos, consultorías ni contratos adicionales.

Los andenes eran amplios. Tan amplios que la gente podía caminar por ellos, una extravagancia urbanística que las nuevas generaciones apenas pueden imaginar. Hoy los andenes han evolucionado. Ya no son para andar, sino para alojar tapas, tapitas, tapotas, registros, cajas de servicios públicos y toda clase de obstáculos que convierten cada recorrido en una competencia de supervivencia.

La modernidad llegó con entusiasmo. Los” expertos” en movilidad decidieron que las calles anchas eran un concepto anticuado y procedieron a reducirlas. Como resultado: los vehículos se estacionan a ambos lados, dejando un reducido espacio central que sirve para que los conductores practiquen maniobras dignas de un circo internacional.

Los andenes también recibieron innovaciones. Se instalaron adoquines para personas con discapacidad visual, aunque el verdadero reto consiste en esquivar vendedores, parasoles, motocicletas, mercancías, avisos publicitarios y cualquier otro elemento que aparezca espontáneamente sobre el espacio público. Caminar por Popayán se ha convertido en una actividad de alto rendimiento físico.

La locomotora del progreso - a carbón y vapor- siguió avanzando. Llegaron los buses y las busetas, que hoy desarrollan una habilidad extraordinaria: detenerse exactamente en el punto donde más atascos pueden generar. Recogen pasajeros, dejan pasajeros y, de paso, ofrecen a todos los ciudadanos la oportunidad de practicar la paciencia.

No faltan quienes afirman que Popayán pasó de ser la “Ciudad Blanca” a convertirse en el parqueadero más grande del suroccidente colombiano. La afirmación parece exagerada, pero basta intentar encontrar un espacio libre para comprender que quizá no lo sea tanto.

La antigua aristocracia también se modernizó. Donde antes había caballeros de sombrero, chaleco y modales refinados, hoy abundan personajes más notorios montados en vehículos de alta gama. En el pasado los señores se quitaban el sombrero para saludar; ahora algunos prefieren expresarse mediante el claxon, un lenguaje más acorde con los tiempos.

Las damas de entonces lucían elegantes trajes y caminaban pausadamente por calles tranquilas. Los hombres del pueblo vestían de manera sencilla, pero hablaban con respeto. Curioso que, teniendo menos educación formal, parecían practicar más la cortesía.

Aquella Popayán tenía poetas, escritores, artesanos, artistas y personajes pintorescos que enriquecían la vida cotidiana. Existían diferencias sociales, como en todas partes, pero la convivencia parecía menos complicada, pero con sentido de pertenencia, tan sólido, como las viejas paredes de bahareque.

Todavía sobreviven algunas fachadas, portalones, alerones y aldabones que recuerdan la grandeza de la ciudad. Últimos testigos de una época que se resiste a desaparecer. Por eso surge una pregunta inquietante: cuando terminen de modificar, reemplazar o dejar caer aquello que hace única a Popayán, ¿qué vendrán a conocer los turistas? ¿Los trancones patrimoniales? ¿La falta de cultura ciudadana?

Mientras tanto, los ciudadanos observan con paciencia caucana cómo las obras avanzan al ritmo de los calendarios eternos. Año y medio para reparar un techo puede parecer mucho tiempo, pero quizá se trate de una nueva modalidad de turismo: contemplar la restauración de las ruinas.

Así las cosas, Popayán sigue teniendo su cuento. Lo preocupante es que, si no se cuida su patrimonio, algún día, el cuento podría terminar convirtiéndose en leyenda, y la leyenda en simple recuerdo. Y entonces sí habrá que hacer el interrogante crítico:

¿La civilidad en la ciudad, para cuándo Dios mío?

 

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