Cada ciudad tiene una historia. Popayán, en cambio, tiene suficientes cuentos como para llenar una biblioteca completa y dejar material para una segunda edición corregida y aumentada. Así que voy con mis viejos cuentos.
Quienes conocieron la ciudad hacia 1940 aseguran
que era tan bella que parecía diseñada por arquitectos, ingenieros y poetas
trabajando de común acuerdo, algo que hoy sería considerado un fenómeno
paranormal. Sus calles estaban completamente empedradas y construidas con tal
maestría que las inundaciones eran tan raras como encontrar un político que
renuncie voluntariamente a sus privilegios.
Por aquella época ni siquiera existía el Cuerpo de
Bomberos. No hacía falta. Los sumideros cumplían su función y el agua corría
obedientemente hacia donde debía correr, sin necesidad de comités,
diagnósticos, consultorías ni contratos adicionales.
Los andenes eran amplios. Tan amplios que la gente
podía caminar por ellos, una extravagancia urbanística que las nuevas
generaciones apenas pueden imaginar. Hoy los andenes han evolucionado. Ya no
son para andar, sino para alojar tapas, tapitas, tapotas, registros, cajas de
servicios públicos y toda clase de obstáculos que convierten cada recorrido en
una competencia de supervivencia.
La modernidad llegó con entusiasmo. Los” expertos”
en movilidad decidieron que las calles anchas eran un concepto anticuado y
procedieron a reducirlas. Como resultado: los vehículos se estacionan a ambos
lados, dejando un reducido espacio central que sirve para que los conductores
practiquen maniobras dignas de un circo internacional.
Los andenes también recibieron innovaciones. Se
instalaron adoquines para personas con discapacidad visual, aunque el verdadero
reto consiste en esquivar vendedores, parasoles, motocicletas, mercancías,
avisos publicitarios y cualquier otro elemento que aparezca espontáneamente
sobre el espacio público. Caminar por Popayán se ha convertido en una actividad
de alto rendimiento físico.
La locomotora del progreso - a carbón y vapor-
siguió avanzando. Llegaron los buses y las busetas, que hoy desarrollan una
habilidad extraordinaria: detenerse exactamente en el punto donde más atascos pueden
generar. Recogen pasajeros, dejan pasajeros y, de paso, ofrecen a todos los
ciudadanos la oportunidad de practicar la paciencia.
No faltan quienes afirman que Popayán pasó de ser
la “Ciudad Blanca” a convertirse en el parqueadero más grande del suroccidente
colombiano. La afirmación parece exagerada, pero basta intentar encontrar un
espacio libre para comprender que quizá no lo sea tanto.
La antigua aristocracia también se modernizó. Donde
antes había caballeros de sombrero, chaleco y modales refinados, hoy abundan
personajes más notorios montados en vehículos de alta gama. En el pasado los
señores se quitaban el sombrero para saludar; ahora algunos prefieren
expresarse mediante el claxon, un lenguaje más acorde con los tiempos.
Las damas de entonces lucían elegantes trajes y
caminaban pausadamente por calles tranquilas. Los hombres del pueblo vestían de
manera sencilla, pero hablaban con respeto. Curioso que, teniendo menos
educación formal, parecían practicar más la cortesía.
Aquella Popayán tenía poetas, escritores,
artesanos, artistas y personajes pintorescos que enriquecían la vida cotidiana.
Existían diferencias sociales, como en todas partes, pero la convivencia
parecía menos complicada, pero con sentido de pertenencia, tan sólido, como las
viejas paredes de bahareque.
Todavía sobreviven algunas fachadas, portalones,
alerones y aldabones que recuerdan la grandeza de la ciudad. Últimos testigos
de una época que se resiste a desaparecer. Por eso surge una pregunta
inquietante: cuando terminen de modificar, reemplazar o dejar caer aquello que
hace única a Popayán, ¿qué vendrán a conocer los turistas? ¿Los trancones
patrimoniales? ¿La falta de cultura ciudadana?
Mientras tanto, los ciudadanos observan con
paciencia caucana cómo las obras avanzan al ritmo de los calendarios eternos.
Año y medio para reparar un techo puede parecer mucho tiempo, pero quizá se
trate de una nueva modalidad de turismo: contemplar la restauración de las
ruinas.
Así las cosas, Popayán sigue teniendo su cuento. Lo
preocupante es que, si no se cuida su patrimonio, algún día, el cuento podría
terminar convirtiéndose en leyenda, y la leyenda en simple recuerdo. Y entonces
sí habrá que hacer el interrogante crítico:
¿La civilidad en la ciudad, para cuándo Dios mío?
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