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sábado, 4 de julio de 2026

Amo a mi ciudad, pero tengo que decir que…

 



Hay amores que no admiten mentiras. Y el que uno siente por su ciudad es uno de ellos. Precisamente porque amo a Popayán, me veo en la obligación de decir lo que muchos comentan en voz baja y otros prefieren callar.

A propósito del reciente desastre natural ocurrido en la hermana República de Venezuela, recordé que hace 43 años la tierra decidió sacudir a Popayán con una fuerza que todavía resuena en la memoria de quienes lo vivimos ¿Estamos preparados para una emergencia?

Fue el 31 de marzo de 1983, a las 8:12 de la mañana. Mientras cientos de feligreses se preparaban para las celebraciones del Jueves Santo, un sismo de magnitud 5,6 y apenas 15 kilómetros de profundidad cambió para siempre la historia de la ciudad. En pocos segundos cayeron iglesias, casonas y edificios que habían permanecido en pie durante siglos.

La ciudad fue reconstruida en gran parte. Eso nadie lo discute. Lo curioso es que, cuatro décadas después, todavía abundan en el centro histórico y sus alrededores los lotes vacíos, como si el terremoto hubiera dejado una licencia de construcción... pero para el abandono.

Muchos de esos terrenos permanecen convertidos en auténticos "lotes de engorde". Sus propietarios esperan que el tiempo haga el trabajo que ellos no hacen: valorizarlos. Al parecer, descubrieron que el mejor arquitecto es el calendario.

Otros predios permanecen atrapados entre sucesiones interminables, embargos, litigios y expedientes judiciales que parecen escritos para la eternidad. Mientras tanto, las edificaciones envejecen con admirable disciplina hasta derrumbarse por cuenta propia, ahorrándole el trabajo a las autoridades.

Y cuando se trata de inmuebles patrimoniales, el panorama resulta todavía más pintoresco. Existen rigurosísimas normas para proteger las casonas históricas; tan rigurosas que, en muchos casos, terminan protegiendo únicamente las peligrosas ruinas. Restaurarlas cuesta una fortuna y dejarlas caer, aparentemente, sale mucho más barato.

Paradójicamente, mientras el centro histórico bosteza esperando inversiones, Popayán continúa expandiéndose hacia todos los puntos cardinales, aunque no siempre con orden ni planificación. La ciudad crece hacia afuera mientras por dentro parece quedarse mirando fotografías antiguas.

Popayán posee riqueza arquitectónica y cultural que despierta admiración. Sin embargo, exhibe una preocupante pachorra para reconstruir la “Nariz de Popayán” y las techumbres que se caen a pedazos; reasentar a Sebastián de Belalcázar, etc., etc. Mientras otras capitales consolidaban desarrollo industrial, comercial y vial, aquí seguimos esperando convencidos de que el futuro lo podemos esperar sentados.

Basta recorrer algunos sectores para encontrar obras inconclusas, andenes que terminan en ninguna parte, vías intervenidas durante meses y proyectos convertidos en verdaderos monumentos a la paciencia ciudadana. Los llamados "elefantes blancos" aquí no necesitan zoológico: caminan libremente por toda la ciudad.

Ejemplo emblemático es la prolongación de la Avenida Los Próceres, un corredor de apenas 3,2 kilómetros que conectará la carrera Novena con la variante de Popayán. Incluye doble calzada, dos carriles por sentido y separador central. Sobre el papel luce magnífico; pero en la realidad, el proyecto está próximo a cumplir una década de espera. Si continúa a este ritmo, es posible que la inauguración coincida con el tricentenario de la obra.

Así, Popayán termina viviendo en un verdadero "túnel del tiempo". Ya no como la romántica metáfora de una ciudad colonial que conserva su historia, sino como una forma de describir esa extraña capacidad de convertir cualquier obra pública en un viaje sin fecha de llegada.

No se trata de negar los esfuerzos realizados ni de desconocer el enorme valor patrimonial de la ciudad. Todo lo contrario. Precisamente  Popayán merece mucho más y, resulta indispensable exigir planificación, eficiencia y continuidad administrativa.

Amo profundamente esta ciudad. La admiro por su historia, por su gente y por su patrimonio. Pero el amor verdadero también corrige, reclama y exige. Porque quien ama de verdad no se conforma con contemplar las glorias del pasado; trabaja para que las generaciones futuras tengan motivos para sentirse igualmente orgullosas.

Civilidad: Popayán vive únicamente de sus recuerdos. Es hora de comenzar a construir sus próximos capítulos.

 

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