La ciudad despierta cada mañana con la misma
pregunta sin respuesta: ¿en qué momento la locura dejó de ser una metáfora y
pasó a convertirse en costumbre?
No se trata del municipio de Sibaté ni de su historia
hospitalaria. Esta “ciudad de los locos” es otra: una urbe de riqueza
histórica, pasión antigua y habitantes resilientes, a la que alguien, en un
arrebato de ingenio mal entendido, decidió resignificarle el apodo hasta
convertirlo en estigma. Con el paso de los siglos, la locura dejó de ser un
relato pintoresco para convertirse en identidad negativa, casi en destino
colectivo.
La historia ofrece señales tempranas. A un
visionario de otra época se le ocurrió dinamitar la hermosa estación del
ferrocarril —símbolo de progreso y memoria— para darle paso a las chivas,
camiones escalera adaptados artesanalmente al transporte rural, hoy convertidos
en emblema cultural, pero nacidos de una decisión irreversible. A otro
monumento de la ciudad le taparon la boca, como si el silencio impuesto pudiera
domesticar la palabra de un arzobispo de intelecto excepcional, carácter
magnético y audacia suficiente para incomodar a su tiempo.
Desde entonces, las campanas dejaron de tañer.
Algunos explican su ausencia como una pausa pastoral: callar para actuar con
mayor sabiduría, dejar que los hechos hablen. Pero el reloj detenido cuenta
otra historia. Un tiempo comunitario suspendido, una ciudad que se queda
mirando el pasado mientras el presente se atasca. Cuando el reloj se para, no
solo se detienen las horas: se estanca la energía, la tradición se descuida y
la evolución se vuelve imposible.
En este manicomio urbano, la plaga más visible no
es el olvido, sino el volante. Los locos al volante gobiernan las calles:
insultos, broncas, gestos obscenos. Incluso los más serenos mutan en
conductores belicosos. El aumento del parque automotor ha convertido el
desplazamiento diario en una prueba de resistencia, donde más vehículos
significan más confrontaciones y menos paciencia.
Las calles extenuadas son testigos del caos: exceso
de velocidad, cambios bruscos de carril, semáforos ignorados, cebras
invisibles, distancias de seguridad inexistentes. Los insultos brotan con la
misma facilidad que la ira, y no son pocos los casos en que una discusión de
tráfico termina en machete o puñal. La violencia, como la locura, encuentra en
la vía pública su escenario cotidiano; no falta el fleteo como modalidad de
hurto.
La insatisfacción se cuela por cada esquina. Un
conductor habla por celular mientras conduce; otro acelera con sus hijos a
bordo, confundiendo la necesidad económica con una temeridad criminal. La
adrenalina gobierna, el sentido común abdica.
Y como si no bastara, el ruido. Escapes de motos
que rugen como declaración de inmadurez, frenos de motor que revientan el
silencio del centro histórico, pitos que desatan furias ajenas. El ruido se
convierte en lenguaje, y el lenguaje, en agresión.
Al final, todos somos parte del tráfico. Sin
excepción. Peatones, motociclistas, conductores, pasajeros. Pero la civilidad
parece haberse extraviado entre bocinas y semáforos en rojo. Respetar las
normas no es un acto de cortesía: es una urgencia colectiva.
Civilidad: Tal vez la locura de esta ciudad no esté en sus
apodos ni en su historia, sino en la incapacidad de convivir. Y mientras no
recuperemos el respeto por el otro, el reloj seguirá detenido y la ciudad,
atrapada en su propio delirio.