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sábado, 15 de agosto de 2026

De nuevo otra catástrofe (Crónica)

 


El reloj marcaba las 7:34 de la mañana del 11 de agosto cuando, en cuestión de segundos, la tierra volvió a pegarnos tremendo sacudón. Fueron segundos que parecieron una eternidad. Colombia se estremeció de un lado a otro y el epicentro quedó localizado en inmediaciones de San José del Palmar, en el Chocó. La magnitud, 7,4. Una cifra que, dicha así no más, parece fría; pero cuando las paredes comienzan a bailar, los vidrios a repicar y el piso a moverse debajo de los pies, deja de ser estadística para convertirse en miedo.

Pereira, Manizales, Cali, el Chocó y otras regiones sintieron con particular fuerza el remezón. A medida que avanzaban las horas aparecían nuevas noticias de muertos, heridos, edificios afectados y familias que, de un momento a otro, se quedaron mirando lo que ayer era su casa y hoy son ruinas.

Fue uno de esos sustos que le recuerdan a uno, sin pedir permiso, que la vida pende de un hilo. En esos largos segundos, cuando la tierra se mueve y el corazón se acelera, poco importan las cuentas pendientes, los afanes, los orgullos, las discusiones y hasta las pequeñas miserias con las que nos amargamos la vida. Todo queda reducido a una sola pregunta: ¿y ahora qué?

Y ahí aparece Dios.

Pues, también es cierto y, que me perdonen los teólogos, porque muchos nos acordamos del Todopoderoso cuando la cosa se pone fea. Cuando tiembla la tierra, cuando llega la enfermedad, cuando se nos viene encima una desgracia o cuando el susto nos deja sin palabras, hasta el más descreído busca hacia arriba. En cambio, cuando todo está tranquilo, volvemos a nuestras ocupaciones como si nada hubiera pasado ¡Así somos!

Ese sacudón del 11 de agosto inevitablemente nos devuelve la memoria a aquella triste mañana del 31 de marzo de 1983, cuando Popayán amanecía como tantas veces: con su lentitud solemne, sus calles blancas, sus iglesias, sus campanas y, ese recogimiento particular de la Semana Santa.

A las ocho y tantos minutos de la mañana, cuando el incienso todavía parecía suspendido en el aire y los pasos de los fieles seguían el ritmo de una tradición que venía de siglos, la tierra decidió interrumpir la historia.

Fueron apenas unos segundos.

Pero, vaya ¡qué segundos!

El suelo rugió con una fuerza que nadie esperaba. Las paredes de tapia y ladrillo comenzaron a venirse abajo. Las campanas se mezclaron con el estruendo de los muros al caer. El polvo se apoderó de las calles, de las plazas y de los recuerdos. La Ciudad Blanca, nuestra Ciudad Blanca, quedó cubierta de un gris que todavía hoy parece vivir en la memoria de quienes padecieron aquella tragedia.

¡Popayán quedó herida!

Y profundamente herida.

Han pasado 43 años y todavía hay familias que recuerdan dónde estaban, qué hacían y a quién buscaban cuando la tierra decidió sacudirles la vida. El terremoto de 1983 no fue solamente la caída de casas, iglesias y edificios. También se llevó seguridades, ilusiones y una parte de aquella Popayán que parecía eterna.

Por eso el temblor de ahora no es un asunto lejano para los payaneses. Aquí sabemos que la tierra no avisa. No manda carta, no pide permiso y tampoco respeta calendario.

¡Colombia tiembla!

Colombia vive sobre un territorio con una importante amenaza sísmica. No es una novedad ni una sorpresa. El Servicio Geológico Colombiano ha desarrollado modelos de amenaza precisamente para conocer las zonas expuestas y orientar las decisiones de prevención y reducción del riesgo.

Y aquí aparece el asunto que debería preocuparnos tanto como el movimiento de la tierra: ¿estamos realmente preparados para cuando vuelva a ocurrir?

Porque una cosa es que tiemble la tierra y otra, muy distinta, que se nos caigan las construcciones encima.

Colombia cuenta desde hace años con normas de construcción sismorresistente. La Ley 400 de 1997 estableció disposiciones en esta materia y el Decreto 33 de 1998 adoptó el Reglamento de Construcciones Sismorresistentes NSR-98. Posteriormente, estas disposiciones han sido actualizadas, hasta llegar al reglamento actualmente vigente y sus modificaciones.

Entonces la pregunta ya no es solamente si existen normas.

La pregunta es otra, y bastante más incómoda:

¿Se cumplen?

Porque de nada sirve tener reglamentos muy bien escritos, archivados en oficinas impecables, si a la hora de levantar una edificación alguien decide ahorrar en hierro, cemento, diseño, supervisión o control.

Un terremoto no distingue entre una obra bien construida y una hecha a la carrera. Pero sí deja en evidencia las diferencias.

Después de cada tragedia aparecen las mismas preguntas: ¿Quién controló? ¿Quién autorizó? ¿Quién supervisó? ¿Se cumplieron las normas? ¿Las edificaciones tenían las condiciones necesarias para soportar un movimiento de semejante magnitud? ¿Están preparadas nuestras ciudades para responder con rapidez cuando ocurra otra emergencia?

Y hay una pregunta todavía más de fondo:

¿Tenemos instituciones capaces de prevenir la tragedia antes de que ocurra y no solamente de contar los muertos después de que ocurre?

Porque aquí está el meollo del asunto.

No podemos impedir que la tierra tiemble. Eso no está en nuestras manos. Pero sí podemos reducir el número de víctimas, revisar las construcciones, exigir el cumplimiento de las normas, fortalecer los organismos de socorro, preparar a las comunidades y dejar de mirar la prevención como un asunto para cuando haya plata, tiempo o ganas.

La tierra seguirá haciendo lo suyo, ¿habrá una gran réplica?

Nos corresponde a nosotros hacer lo nuestro.

Y después del tremendo sacudón del 11 de agosto, quizá convenga mirar al cielo, agradecer que estamos vivos y hacer una oración. Pero, acto seguido, sería bueno mirar también hacia abajo, revisar los cimientos y preguntarnos, como buenos patojos: Será que, para la próxima vez, ¿sí estamos preparados?

 

Civilidad, (según HDG) Dios puede ayudarnos en la emergencia. Pero los cimientos, señores constructores, toca hacerlos bien desde antes.

viernes, 7 de agosto de 2026

La oportunidad que perdió Popayán

 


Es un sentimiento compartido por millones de colombianos que sueñan con un país próspero, seguro y en armonía. ¿Cómo no anhelar la paz y la convivencia, si representan la posibilidad de superar los conflictos, reconstruir el tejido social y abrir caminos de desarrollo desde las regiones?

La verdadera fortaleza de Colombia radica en permanecer unidos, más allá de las diferencias políticas o ideológicas, para impulsar una economía vigorosa, una educación con oportunidades para todos y un desarrollo sostenible que beneficie por igual a las ciudades y al campo. Hoy, mañana y siempre, debemos permanecer unidos por Colombia. No porque pensemos igual, sino porque compartimos el mismo territorio, la misma historia y la responsabilidad de legar a las futuras generaciones un país más fuerte, más libre y más digno.

Cuando este artículo vea la luz, el domingo 9 de agosto, el doctor Abelardo de la Espriella habrá iniciado su mandato como el presidente número 43 de la historia de Colombia. Su llegada a la Casa de Nariño representa una oportunidad para renovar el compromiso nacional con la seguridad, la reactivación económica, la estabilidad institucional y, la descentralización. La atención a las regiones y la construcción de un Estado más cercano a los ciudadanos constituyen propósitos que, de materializarse, podrían fortalecer la confianza en las instituciones. Será igualmente indispensable que este nuevo ciclo gubernamental promueva los consensos necesarios para disminuir la polarización y consolidar el bienestar social. Que el éxito de su administración se traduzca en paz, prosperidad y un fortalecimiento efectivo de la democracia colombiana.

El hoy presidente de la República había proyectado realizar su ceremonia de posesión en “La Fecunda Ciudad de Popayán”; sin embargo, finalmente la trasladó a Cali, en lo que constituyó la primera investidura presidencial celebrada fuera de Bogotá. La modificación obedeció a la actividad registrada por el volcán Puracé.

Habría sido un gesto de profundo significado simbólico trasladar la posesión a la guarnición militar de Popayán, la “Ciudad de los Muros Recios”, para expresar respaldo a las Fuerzas Militares en un departamento que, durante décadas, ha soportado el peso del conflicto armado y de la violencia. La decisión habría estado en consonancia con su anunciada política de "mano dura" frente al crimen organizado.

De haberse concretado ese propósito, Popayán se habría convertido, aunque fuera por un solo día, en el epicentro político del país y en un punto de atención para la prensa internacional y diversos líderes políticos del continente.

Fue una oportunidad que la ciudad dejó escapar por circunstancias ajenas a su voluntad. Además del valor histórico y simbólico de albergar una posesión presidencial, el acontecimiento habría significado un importante impulso temporal para la economía local. Es razonable pensar que la ocupación hotelera habría alcanzado su máxima capacidad y que restaurantes, comercios, transporte, operadores logísticos y numerosos prestadores de servicios habrían experimentado un notable incremento en su actividad.

Desde la perspectiva de la seguridad, también se habría producido un amplio despliegue de la Fuerza Pública para garantizar la protección de jefes de Estado, altas autoridades e invitados especiales.  Esa presencia institucional habría representado, al menos de manera transitoria, un mensaje de respaldo a una región que continúa padeciendo el accionar de las organizaciones criminales y que reclama, desde hace muchos años, una respuesta firme y permanente del Estado.

El Cauca sigue siendo uno de los territorios donde la paz aún es una tarea pendiente. Sus habitantes merecen vivir sin el temor cotidiano que imponen la violencia, los bloqueos, las extorsiones y el accionar del crimen organizado. La recuperación de la seguridad constituye un requisito indispensable para alcanzar el desarrollo económico y la convivencia.

 

 

En fin, hoy, mañana y siempre, permanezcamos unidos por Colombia. Unidos por una historia que nos identifica, por un presente que nos desafía y por un futuro que nos corresponde construir con trabajo, respeto y esperanza.

 

Civilidad (según HDG): Colombia, el Cauca y Popayán, “La Hidalga Ciudad ”, volverán a ser verdaderamente libres en la medida en que sus hijos comprendan que el auténtico patriotismo consiste en servirlas, protegerlas y engrandecerlas con el ejemplo.

 

 

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domingo, 2 de agosto de 2026

7 de agosto, lección de democracia

 


Esta fecha ocupa un lugar privilegiado en la memoria nacional. Ese día conmemoramos la Batalla de Boyacá, librada en 1819, considerada uno de los acontecimientos militares más trascendentales del proceso de independencia de Colombia y el punto de partida de la consolidación de la República.

Aunque la Constitución Política vigente no establece expresamente que el 7 de agosto sea la fecha de posesión presidencial, esta tradición quedó institucionalizada desde la Constitución de 1886 y ha permanecido inalterada hasta nuestros días. Antes de ello, la Constitución de la Nueva Granada de 1832 fijaba el 1.º de abril como el día en que el presidente y el vicepresidente electos debían asumir el ejercicio de sus funciones. Con las reformas constitucionales posteriores se adoptó definitivamente el 7 de agosto, vinculando el inicio de cada gobierno con la fecha más emblemática de nuestra independencia.

Cada cuatro años, el presidente elegido presta juramento ante el Congreso de la República, siguiendo un protocolo que simboliza la continuidad institucional del Estado. Durante décadas, la tradición indicaba que el mandatario saliera del Palacio de San Carlos, antigua sede presidencial, y caminara hasta el Capitolio Nacional para cumplir el acto solemne de posesión. Más recientemente, la ceremonia se ha desarrollado en la Plaza de Bolívar, escenario que concentra buena parte de la historia política del país y donde convergen el Capitolio Nacional, el Palacio de Justicia y el Palacio Liévano.

Sin embargo, la ley no convierte ese lugar en una obligación inmodificable. El artículo 192 de la Constitución dispone que el presidente electo debe posesionarse ante el Congreso de la República, pero no señala un edificio ni una ciudad específicos para la ceremonia. Si el Congreso autoriza sesionar en otro lugar, la posesión puede realizarse allí, siempre dentro del marco constitucional.

Precisamente alrededor del acto de posesión del presidente Abelardo de la Espriella han surgido opiniones encontradas. Nada más natural en una democracia.

Como afirma un antiguo proverbio chino: "Cuando soplan los vientos del cambio, unos construyen muros y otros construyen molinos de viento." La frase retrata dos maneras de afrontar los cambios políticos: unos prefieren la confrontación permanente; otros optan por adaptarse sin renunciar a sus convicciones.

En una democracia, la unanimidad absoluta es imposible. Colombia arrastra décadas de violencia que han fracturado el tejido social y profundizado las diferencias entre el campo y la ciudad, así como entre regiones que, legítimamente, poseen prioridades y necesidades distintas.

El verdadero desafío de una nación plural no consiste en pensar igual, sino en aprender a convivir respetando las diferencias. Disentir es un derecho; descalificar al adversario o desconocer las instituciones, no. La paz no nace de la uniformidad de las ideas, sino de la capacidad de resolver los desacuerdos mediante el diálogo, la tolerancia y el respeto por las reglas democráticas.

Colombia, reconocida por la belleza de sus paisajes y la riqueza de su diversidad cultural, debe demostrar que también es una nación capaz de fortalecer su cultura democrática. La civilidad comienza por respetar las instituciones y aceptar el veredicto de las urnas, sin que ello implique renunciar al derecho de ejercer una oposición seria, responsable y pacífica.

Elegido legítimamente por la mayoría de los colombianos, el presidente Dr. Abelardo de la Espriella está llamado a cumplir las promesas que motivaron el respaldo de sus electores. Quienes no votaron por él conservan intacto el derecho —y el deber— de vigilar, criticar y controvertir sus decisiones por los caminos que ofrece el Estado de derecho. Esa es la esencia de una democracia madura.

Sin embargo, la siguiente frase lapidaria plasma el por qué no se podrá realizar la posesión en la ciudad: Ayer, "Popayán, Altar de la Patria"; hoy, entre cenizas.

La alternancia en el poder constituye una de las mayores fortalezas del sistema democrático. Respetar al presidente legítimamente elegido no significa compartir todas sus decisiones; significa reconocer la voluntad popular y preservar las reglas que permitirán una nueva alternancia. Solo así las diferencias dejarán de ser motivo de confrontación para convertirse en una oportunidad de construir un mejor país.

Civilidad (según HDG): Las democracias no se fortalecen cuando todos piensan igual, sino cuando quienes piensan distinto aceptan convivir bajo las mismas reglas.