Uno
levanta la mirada al cielo —no por misticismo sino para esquivar un motorizado—
y para agradecer el haber nacido en este terruño de amores y dolores: Popayán,
ciudad bella por decreto divino y por terquedad humana. Bella, sí. Disfrutable…
bueno, eso depende de la hora, del tráfico y del humor del peatón.
Tuve
el privilegio de caminar por sus calles empedradas y de conocer también a su
prima moderna: la aplanadora. Esa máquina de carbón que vino a decirnos que el
progreso no pide permiso. Cerca del centro histórico, donde lo colonial convive
con lo improvisado, se alzaba orgullosa la estación del ferrocarril, inaugurada
en 1924 y despedida en 1967. El tren se fue, pero el recuerdo quedó… y también
el terreno, esperando a ver qué será cuando sea grande.
Siete
cuadras más abajo encontramos la plaza de toros Francisco Villamil Londoño,
auténticamente española, con aforo para 6.500 personas y hoy con capacidad
ilimitada para el abandono. Lleva años en proceso liquidatorio, demostrando que
en Popayán hasta las ruinas saben hacer fila.
No
falta quien diga —con tono visionario y ceño fruncido— que ya es hora de que
Popayán deje de vivir de su historia y empiece a evolucionar. ¡Tranquilos!: sus
plegarias han sido escuchadas. La ciudad cambia todos los días. Donde hubo
teja, ahora hay Eternit. Donde hubo silencio, ahora hay anuncios rodantes con
parlantes capaces de despertar difuntos (ironías del destino). Enantes era solo
el grito de -¡mazamorra! Donde había carteles pegados con engrudo anunciando
cine o funerales, hoy tenemos pendones, vallas, y publicidad política móvil que
comunica de todo… menos orden.
La
modernidad también trajo racimos de niños pidiendo limosna; malabares, limpia parabrisas, desplazados
pidiendo ayudas y, motociclistas que consideran las esquinas como
propiedad privada. También, vendedores que, junto a habitantes de calle, han
decidido que el andén es una sugerencia, no una obligación. Los peatones, por
supuesto, hemos evolucionado: ahora caminamos por la calle, que es más
emocionante.
La
autoridad tampoco se quedó atrás, jóvenes policías, expertos en esquivar el
oficio mientras perfeccionan la técnica milenaria de mirar el celular con
expresión profunda. Seguridad ciudadana en línea.
Cómo
quisiera volver a recorrer las calles de antaño, cuando caminar por Popayán era
una clase de historia y no una prueba de obstáculos. Eran tiempos, cuando no
existían internet ni celulares, pero sí el tiempo para mirar fachadas y
aprender sin Wi-Fi.
Esta
ciudad fue pensada como lugar de descanso para viajeros rumbo a la corona
española. Prosperó durante más de un siglo gracias a grandes terratenientes y
manos esclavas, hasta que el 21 de mayo de 1851 la historia —y la ley— decidió
liberar a todos los esclavos. Desde entonces, Popayán vive en una eterna
promesa de prosperidad que se evapora con admirable puntualidad, mientras sus
habitantes aprendemos el arte de ser esclavos modernos: con título
universitario y salario mínimo vital móvil. Aunque en la ciudad, universidades
hay por cada esquina, igual que iglesias por cada cuadra y su casco central lleno
de historia patria… bueno, eso sigue en oración. Las casas ya no miran a la
calle sino hacia adentro, como si a la ciudad le diera un poco de pena. Ya no
somos aquel pueblo colonial de caserones con grandes aldabones y, más allá las casitas
bajas y pajizas, distribuidas por la concentración de recursos en élites criollas o tradicionales a lo largo
del tiempo. Ahora somos internacionales:
pizza, hot dog, sushi y lo que falta…la inteligencia artificial (IA) y el
aprendizaje automático (AA) que ya no son solo palabras de moda. El
celular nos acercó al mundo, aunque nos alejó del andén.
Civilidad:
Popayán ha cambiado. Seguimos pisando sus calles… y, de vez en cuando, callos
también.