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sábado, 31 de octubre de 2026

Pan nuestro de cada día: el caos

 

 

Por hoy, dejemos atrás la antigua ciudad y escribamos, pero no con el hígado, sino con la verdad de todos los días en Popayán. Sin llegar a viejos o locos para lamentarnos de lo que no reclamamos cuando todavía estábamos en nuestro sano juicio. Tampoco nos quedemos sentados esperando que el nuevo invento del automóvil volador venga a salvarnos del caos, mientras el “Plan de Movilidad” aterriza y los agentes de tránsito florecen, como por arte de magia, donde más se necesitan.

No se trata de delirar ni de vivir de ilusiones. Pero, si todavía no aparece Sebastián de Belalcázar para poner orden en su ciudad, mucho menos brotarán las soluciones retardadas. Entretanto, la congestión vehicular se agrava, la malla vial se deteriora y los trancones se multiplican por protestas, bloqueos y toda suerte de dificultades. ¡Y nosotros, a paso de procesión!

Vamos por partes, con estas perlas que, por lo costosas, deberían ser de oro.

¡Una ciudad bloqueada!

Los bloqueos y taponamientos ya no son exclusivos de la carretera Panamericana. Ahora, los embotellamientos dejaron de ser un fenómeno de las horas pico: aparecen a todas horas y cualquier día de la semana, incluidos sábados y domingos. Aumentan los carros y las motos, mientras las vías resultan insuficientes y el control oficial nunca aparece donde más se necesita. Entre otras, la red semafórica obsoleta, con equipos antiguos y controladores que ya cumplieron su vida útil y no permiten una programación adaptada al flujo vehicular actual.

En medio de semejante desbarajuste, algunos ciudadanos, provistos de trapos rojos, intentan regular el tránsito por unas pocas monedas. Otros se las ingenian para reparar los baches y las troneras que adornan nuestras calles, como si la malla vial hubiera sido bombardeada en la guerra entre Rusia y Ucrania. En ambos casos, los remedios   provisionales son cuento, de nunca acabar.

Quejarse no está prohibido. Lo preocupante es que tengamos tantas razones para hacerlo y tan pocas soluciones definitivas. Buena parte del problema obedece a una planificación urbana insuficiente y a decisiones aplazadas durante años. Ahí están, como monumentos a la “aguante patojo”, el llamado “puente de la eternidad”, cuya terminación tuvo que esperar durante años que el ingeniero payanés Tomás Castrillón Muñoz, ocupara el ministerio de Obras Públicas durante el gobierno del presidente Guillermo León Valencia; el “Plan de Movilidad”, cuyos antecedentes se remontan a 2009, arrastrando todavía asuntos pendientes, y la avenida de los Próceres, proyecto, de solo 3.2 km, concebido años atrás prolongándose en dificultades administrativas, técnicas y ambientales.

¡Es que, en Popayán, hasta las obras aprenden a caminar a paso de procesión!

Conviene precisar que los antecedentes del sistema de transporte estratégico de Popayán se remontan a 2009, mientras que el Plan Maestro de Movilidad fue adoptado formalmente en 2016. Dos hitos distintos de una historia que merece seguimiento, evaluación y resultados concretos. No basta con anunciar proyectos: la ciudadanía tiene derecho a conocer sus avances, sus obstáculos y los plazos para concluirlos.

En un principio, se llegó a pensar que las obras de infraestructura ocasionarían una parálisis temporal, pero que, una vez terminadas, el tránsito recuperaría su fluidez. Entonces, conviene decirlo sin rodeos: las obras, por sí solas, no resuelven el problema de fondo. Se necesitan vías adecuadas, planificación, autoridad y, especialmente, un cambio de conducta de quienes compartimos el espacio público.

De poco sirven las grandes inversiones si seguimos parqueando donde nos da la gana, ignorando las señales, invadiendo los andenes o tratando cada semáforo como una invitación a competir en una carrera de Fórmula Uno. Tampoco podemos exigir una movilidad eficiente si no hacemos un uso racional del ´eficiente´ transporte público, respetamos la señalización de zonas de circulación y procuramos organizar nuestros desplazamientos.

Estas son verdades de a puño. Y, otro gallo cantaría si a las obras se sumara algo tan necesario y urgente como la cultura ciudadana en las vías. Otra sería, sin duda, la suerte de nuestra ciudad.

La cultura vial no se improvisa

Las calles de la hidalga Popayán no pueden convertirse en campos de batalla. Son espacios compartidos por conductores, motociclistas, ciclistas y peatones, todos con derechos, pero también con obligaciones. La movilidad no consiste en llegar primero a cualquier precio, sino en alcanzar el destino sin poner en peligro la vida propia ni la de los demás.

Da mucho que pensar que nuestra bella ciudad se aproxima a sus cinco siglos y todavía tengamos que insistir en asuntos elementales de convivencia. Urge poner el dedo en la llaga y, como suele decirse, ir al grano. No podemos prolongar indefinidamente la cura mientras el mal se agrava.

Popayán aún conserva algo valioso: la cordialidad de muchos de sus habitantes y una identidad ciudadana que merece fortalecerse. Esa cordialidad también debe trasladarse al volante, al manubrio y al paso peatonal. No basta con ser amables en el saludo y perder los estribos cuando cambia la luz del semáforo (sin mantenimiento preventivo y correctivo) La educación y los buenos modales también deben viajar sobre ruedas.

Para los deschavetados que creen que las normas son cosa de otros, conviene recordarles que las reglas de tránsito no son simples imposiciones legales: son acuerdos destinados a proteger la vida. No hay que devanarse los sesos para reconocer que se han normalizado conductas que jamás debieron aceptarse.

Ahí están los giros indebidos, el exceso de velocidad en zonas residenciales, la impaciencia ante los trancones por doña luz en el semáforo, la omisión de las señales de pare, el ocultamiento de placas, la circulación de motocicletas por los andenes y el incumplimiento de las medidas de protección. Súmenle el mal parqueo, que reduce el espacio de circulación y obliga a los peatones a sortear obstáculos que nadie debería imponerles.

Algunos parecen creer que las normas son optativas, que el andén es una extensión de su garaje y que las señales de tránsito (¿?) se instalaron para adornar las calles. Después nos sorprendemos del desorden, como si cada quien no le pusiera su granito de arena al caos.

Cada infracción parece normal cuando se comete por cuenta propia; pero, multiplicada por cientos o miles de personas, se convierte en un problema colectivo. La indisciplina vial genera riesgos innecesarios, alimenta los conflictos y debilita la confianza entre los ciudadanos.

Menos discursos, más civilidad

¿Qué hacer, entonces? La respuesta no requiere inventar el automóvil volador ni descubrir el agua tibia.

Primero, fortalecer la educación vial desde las escuelas y los hogares. Segundo, desarrollar campañas permanentes de cultura ciudadana, no simples jornadas pasajeras que se olvidan al día siguiente. Tercero, ejercer un control efectivo, constante y equitativo, sin privilegios ni excepciones. Y cuarto, optimizar la señalización, la infraestructura y el transporte público mediante una planificación seria, continuidad administrativa y rendición de cuentas.

La responsabilidad es compartida, aunque no idéntica. A las autoridades les corresponde planificar, invertir, señalizar y hacer cumplir las normas; a los ciudadanos, respetarlas. Ni las obras sustituyen la educación ni las campañas reemplazan la autoridad. Se necesitan ambas cosas, acompañadas de voluntad política y compromiso ciudadano.

Popayán merece llegar a sus cinco siglos con algo más que discursos conmemorativos y fachadas blancas. Merece calles despejadas, peatones respetados, conductores comprometidos y una movilidad que no convierta cada desplazamiento en una prueba de paciencia.

No se trata de añorar la ciudad de enantes ni de renegar de la moderna. Se trata de conseguir que el ´progreso´ no nos atropelle, literalmente, y que la convivencia no se quede atrapada en medio de la anarquía.

Porque el pan nuestro de cada día no puede seguir siendo el caos. Y si queremos una ciudad a la altura de su historia, empecemos por lo elemental: respetar las normas, compartir las calles y entender que la cultura vial no es un favor que le hacemos a los demás, sino una obligación con la vida.

Civilidad, según HDG: La cultura vial y el sentido de pertenencia no solo salva vidas.  Urge en Popayán el orden para que sea una ciudad más segura, organizada y digna de sus habitantes y visitantes.

sábado, 24 de octubre de 2026

El 31 de octubre y sus curiosidades

 


Ya llega el 31 de octubre, fecha que debe recibirse con auténtica felicidad, especialmente por los niños, protagonistas de una jornada de disfraces, golosinas, juegos y sorpresas. Pero también es una oportunidad para preguntarnos cómo podemos celebrar esta fecha sin olvidar nuestras raíces y el valor de la identidad colombiana.

En Colombia, el llamado Día de los Niños se ha convertido en una celebración popular que combina la alegría infantil con costumbres conocidas internacionalmente como Halloween. Aunque esta tradición tiene antecedentes históricos europeos y ha evolucionado de distintas maneras, su expansión en nuestro país se debe al impulso considerable de los medios de comunicación, la publicidad y la globalización.

No hay necesidad de renunciar a lo propio para disfrutar de lo que viene de afuera. Colombia posee una extraordinaria riqueza cultural, resultado del encuentro de tradiciones indígenas, africanas, españolas y de muchas otras influencias que han contribuido a formar nuestra identidad. Entonces, ¿por qué no aprovechar esa diversidad para darle a la celebración un sabor auténticamente colombiano?

La invitación es sencilla con dos temas: que los niños disfruten, se disfracen, compartan golosinas dando rienda suelta a su imaginación, en tanto que, los adultos les enseñamos a valorar nuestras costumbres, nuestros personajes, nuestras leyendas y la riqueza de las tradiciones que tenemos en las regiones. La diversión no tiene por qué reñir con la identidad cultural.

La influencia de los medios de comunicación

La publicidad, la televisión y las redes sociales han contribuido a popularizar imágenes, personajes y costumbres de Halloween. No obstante, corresponde a las familias y a las instituciones educativas orientar a los más pequeños para que comprendan que celebrar también puede ser una oportunidad para aprender, crear y compartir.

Lo esencial es que esta jornada promueva la alegría, la unión familiar, la creatividad y el respeto por la diversidad cultural. Que los recuerdos de cada celebración permanezcan en la memoria y en el corazón, no por el temor o el misterio, sino por la felicidad de haber compartido.

Valorar lo nuestro no significa aislarnos del mundo. Significa dialogar con otras culturas sin perder de vista aquello que nos identifica como colombianos. Nuestra biodiversidad, nuestras expresiones artísticas, nuestra gastronomía y nuestras tradiciones son un patrimonio que merece y debe transmitirse de generación en generación.

¡Que comience la fiesta, que sonrían los niños y que viva la tradición colombiana!

De los disfraces a la solemnidad religiosa

Nuestro almanaque nos lleva, además, a otras fechas de significado especial. El 1.º de noviembre que, la Iglesia católica celebra el Día de Todos los Santos, es una festividad dedicada a honrar a todos los santos, tanto a aquellos reconocidos oficialmente por la Iglesia como a los que no tienen una celebración particular en el calendario litúrgico.

Al día siguiente, el 2 de noviembre, se conmemora el Día de los Fieles Difuntos, una jornada dedicada a la oración por quienes han fallecido. En la tradición católica, es la ocasión para recordar a nuestros seres queridos y orar por ellos.

En Colombia, muchas personas visitan los cementerios, llevan flores y evocan con afecto a familiares y amigos que ya partieron. Son expresiones de una memoria familiar que permanece viva y de un vínculo afectivo que trasciende la ausencia.

Así, que entre la alegría infantil del 31 de octubre y el recogimiento de los primeros días de noviembre, encontramos distintas maneras de celebrar, recordar y expresar nuestros sentimientos. Cada fecha tiene su significado y merece ser comprendida y vivida con respeto.

Civilidad, según HDG: Las tradiciones en esta bella Colombia forman parte de nuestra identidad cultural; conservarlas y transmitirlas a las nuevas generaciones es responsabilidad de todos.

 

sábado, 17 de octubre de 2026

Antojos Patojos

 


Se me hace agua la boca con solo recordar aquellos amasijos, mezclas y revoltijos que circulaban por las hidalgas calles payanesas. La dinámica de las ciudades cambia a pasos agigantados; sin embargo, aquel grito a pulmón herido, conocido como pregón, que durante décadas fue uno de los principales medios del comercio callejero, todavía se resiste a desaparecer. Aunque muchos vendedores han cambiado la voz por los altavoces, aquellos sonidos siguen vivos en la memoria de quienes tuvimos el privilegio de escucharlos. ¡Recuerdos inolvidables!

A mí no me lo contaron: ¡yo viví esa época! Por eso, cómo no evocar aquellos tiempos en los que cada pregón anunciaba una delicia y despertaba el apetito de los transeúntes. Mi memoria, dispuesta a desempolvar vivencias, me transporta a ese universo de aromas, olores y sazones que formaron parte de la vida cotidiana de mi amada Popayán. Son recuerdos propios, experiencias que hoy comparto con mis lectores para saborear, siquiera por unos instantes, aquel mundo de comidas, fogones y tradiciones populares.

Aún retumba en mis castos oídos aquel grito inconfundible: «¡Mazamorra!», acompañado, en ocasiones, por el sonido de una bocina de caucho instalada en la bicicleta del vendedor. Hoy, buena parte de esos pregones ha sido reemplazada por grabaciones reproducidas a través de altavoces adaptados en triciclos y vehículos. Cambian los medios, pero persiste la intención de anunciar el producto y conquistar al comprador. ¡La tecnología también se metió en la cocina callejera!

Sí, amables lectores: en este que muchos consideramos el mejor vividero, Popayán contaba con 44.808 habitantes, según el censo de población de 1951. La ciudad conservaba una fisonomía apacible y su trazado semejaba un tablero de ajedrez, con calles que se cruzaban entre caserones de amplios solares y huertas, donde crecían cafetos, chirimoyos, naranjos, mandarinos y toda suerte de verduras. En las mañanas, el canto del gallo anunciaba el despertar de la vida doméstica, mientras los primeros rayos del sol iluminaban patios, tejados y jardines.

Y es que, en las calles de aquel Popayán que se nos fue, cada oficio tenía sus propios cantos, tonos y horarios de recorrido. Los vendedores, expuestos al sol y al polvo, aportaban una particular banda sonora a la ciudad. Sus voces anunciaban productos y, de paso, mantenían viva una costumbre que hoy sobrevive, principalmente, en la memoria de quienes conocimos aquella ciudad de otros tiempos.

En este recorrido gastronómico aparecen las arepas de maíz y de choclo, las empanadas recién preparadas, acompañadas de su infaltable ají de maní, los tamales y los envueltos, protegidos en hojas de plátano para conservar el calor y el sabor. Y qué decir de los dulces y las colaciones: cocadas, manjar blanco y frutas caladas, ofrecidos en las tardes para deleite de grandes y chicos. Detrás de muchas de estas delicias estaban las manos laboriosas de familias que, con ingredientes sencillos y recetas heredadas, convertían la cocina en un verdadero arte popular.

Antes de que la publicidad moderna se apoderara de tantos espacios, la voz del vendedor era su mejor anuncio. El pregón, el sonido de una bocina y la exhibición directa del producto constituían formas sencillas y eficaces de atraer a la clientela. Hasta la leche sin bautizar, despachada por jarros en los andenes, tenía su lugar en aquel comercio cotidiano. ¡Y cuidado con que el comprador sospechara que le estaban dando gato por liebre! Cada vendedor tenía su manera de hacerse escuchar y cada comprador reconocía, muchas veces desde la distancia, aquello que venían a ofrecerle.

Como los antojos no eran únicamente para calmar el hambre, también había delicias para refrescarse y endulzar la vida. En los días calurosos aparecía el famoso raspado, preparado con hielo desprendido de un bloque y convertido en granizado sobre una carreta de madera. A su lado desfilaban la caucharina, el ponche, la melcocha batida, el algodón de azúcar, las solteritas, los chupis y las cremas servidas en cono. ¡Quién pudiera devolverles el tiempo a aquellos sabores y a quienes los ofrecían! Más de uno de mis contemporáneos estará salivando con solo leer estas líneas.

Hablar de estas comidas es contar una historia hecha de muchas historias: las de las familias que conservaron sus recetas, las de los vendedores que recorrieron nuestras calles y las de quienes aprendimos a reconocer Popayán también por el gusto y el olfato. Son saberes y sabores que identifican una región y que, generación tras generación, han contribuido a construir nuestra identidad. Porque una ciudad no se conoce solamente por sus monumentos, sus templos y sus casonas; también se descubre en sus cocinas, sus mercados y sus sabores populares.

Pero esta tradición no significa que la gastronomía deba quedarse detenida en el pasado. Al contrario, puede dialogar con la innovación y encontrar nuevas formas de proyectarse sin perder sus raíces. Para la muestra, el XXIV Congreso Gastronómico de Popayán, programado del 22 al 25 de octubre, reunirá a representantes de Arequipa, Perú; Manizales y El Tambo, con el arroz como producto central. Una cita que vuelve a poner sobre la mesa la riqueza de nuestras cocinas y la posibilidad de encontrarnos con otras culturas a través de sus preparaciones.

Porque la cocina también cuenta historias. En una salsa, un guiso, un hogo, un sancocho o un ajiaco se encuentran ingredientes, técnicas, herencias familiares y maneras de entender la vida. Cada plato puede ser un puente entre generaciones y territorios; cada receta, una memoria que se transmite sin necesidad de escribirla. Y si de comer como chinos se trata, que no falte el buen apetito, porque en materia de sabores siempre habrá espacio para repetir.

Por eso, cuando vuelvo a escuchar un pregón o recuerdo aquellos sabores de mi infancia, comprendo que los antojos patojos son mucho más que una invitación a comer. Son parte de nuestra historia cotidiana, de esa Popayán que cambia, pero que todavía conserva aromas, voces y recuerdos capaces de reunirnos alrededor de una misma mesa. Y, como último pregón, uno que todavía nos convoca: «¡A comer!». ¡Que no se pierdan nuestras tradiciones ni se nos acabe el apetito por recordarlas!

Civilidad, según HDG: Contar estas historias y evocar las distintas épocas de mi amada Popayán es reconocer que el pasado no se repite, pero sus enseñanzas y tradiciones pueden acompañarnos hasta el siglo XXI.