Por hoy, dejemos atrás la antigua ciudad y
escribamos, pero no con el hígado, sino con la verdad de todos los días en
Popayán. Sin llegar a viejos o locos para lamentarnos de lo que no reclamamos cuando
todavía estábamos en nuestro sano juicio. Tampoco nos quedemos sentados esperando
que el nuevo invento del automóvil volador venga a salvarnos del caos, mientras
el “Plan de Movilidad” aterriza y los agentes de tránsito florecen, como por
arte de magia, donde más se necesitan.
No se trata de delirar ni de vivir de ilusiones. Pero,
si todavía no aparece Sebastián de Belalcázar para poner orden en su ciudad,
mucho menos brotarán las soluciones retardadas. Entretanto, la congestión
vehicular se agrava, la malla vial se deteriora y los trancones se multiplican
por protestas, bloqueos y toda suerte de dificultades. ¡Y nosotros, a paso de
procesión!
Vamos por partes, con estas perlas que, por lo
costosas, deberían ser de oro.
¡Una ciudad bloqueada!
Los bloqueos y taponamientos ya no son exclusivos
de la carretera Panamericana. Ahora, los embotellamientos dejaron de ser un
fenómeno de las horas pico: aparecen a todas horas y cualquier día de la
semana, incluidos sábados y domingos. Aumentan los carros y las motos, mientras
las vías resultan insuficientes y el control oficial nunca aparece donde más se
necesita. Entre otras, la red semafórica obsoleta, con equipos antiguos y
controladores que ya cumplieron su vida útil y no permiten una programación adaptada
al flujo vehicular actual.
En medio de semejante desbarajuste, algunos
ciudadanos, provistos de trapos rojos, intentan regular el tránsito por unas
pocas monedas. Otros se las ingenian para reparar los baches y las troneras que
adornan nuestras calles, como si la malla vial hubiera sido bombardeada en la
guerra entre Rusia y Ucrania. En ambos casos, los remedios provisionales son cuento, de nunca acabar.
Quejarse no está prohibido. Lo preocupante es que
tengamos tantas razones para hacerlo y tan pocas soluciones definitivas. Buena
parte del problema obedece a una planificación urbana insuficiente y a decisiones
aplazadas durante años. Ahí están, como monumentos a la “aguante patojo”, el
llamado “puente de la eternidad”, cuya terminación tuvo que esperar durante
años que el ingeniero payanés Tomás Castrillón Muñoz, ocupara el ministerio de
Obras Públicas durante el gobierno del presidente Guillermo León Valencia; el “Plan
de Movilidad”, cuyos antecedentes se remontan a 2009, arrastrando todavía
asuntos pendientes, y la avenida de los Próceres, proyecto, de solo 3.2 km, concebido
años atrás prolongándose en dificultades administrativas, técnicas y
ambientales.
¡Es que, en Popayán, hasta las obras aprenden a
caminar a paso de procesión!
Conviene precisar que los antecedentes del sistema
de transporte estratégico de Popayán se remontan a 2009, mientras que el Plan
Maestro de Movilidad fue adoptado formalmente en 2016. Dos hitos distintos de
una historia que merece seguimiento, evaluación y resultados concretos. No
basta con anunciar proyectos: la ciudadanía tiene derecho a conocer sus
avances, sus obstáculos y los plazos para concluirlos.
En un principio, se llegó a pensar que las obras de
infraestructura ocasionarían una parálisis temporal, pero que, una vez
terminadas, el tránsito recuperaría su fluidez. Entonces, conviene decirlo sin
rodeos: las obras, por sí solas, no resuelven el problema de fondo. Se
necesitan vías adecuadas, planificación, autoridad y, especialmente, un cambio
de conducta de quienes compartimos el espacio público.
De poco sirven las grandes inversiones si seguimos
parqueando donde nos da la gana, ignorando las señales, invadiendo los andenes
o tratando cada semáforo como una invitación a competir en una carrera de
Fórmula Uno. Tampoco podemos exigir una movilidad eficiente si no hacemos un
uso racional del ´eficiente´ transporte público, respetamos la señalización de
zonas de circulación y procuramos organizar nuestros desplazamientos.
Estas son verdades de a puño. Y, otro gallo
cantaría si a las obras se sumara algo tan necesario y urgente como la cultura
ciudadana en las vías. Otra sería, sin duda, la suerte de nuestra ciudad.
La cultura vial no se improvisa
Las calles de la hidalga Popayán no pueden
convertirse en campos de batalla. Son espacios compartidos por conductores,
motociclistas, ciclistas y peatones, todos con derechos, pero también con
obligaciones. La movilidad no consiste en llegar primero a cualquier precio, sino
en alcanzar el destino sin poner en peligro la vida propia ni la de los demás.
Da mucho que pensar que nuestra bella ciudad se
aproxima a sus cinco siglos y todavía tengamos que insistir en asuntos
elementales de convivencia. Urge poner el dedo en la llaga y, como suele
decirse, ir al grano. No podemos prolongar indefinidamente la cura mientras el
mal se agrava.
Popayán aún conserva algo valioso: la cordialidad
de muchos de sus habitantes y una identidad ciudadana que merece fortalecerse.
Esa cordialidad también debe trasladarse al volante, al manubrio y al paso
peatonal. No basta con ser amables en el saludo y perder los estribos cuando cambia
la luz del semáforo (sin mantenimiento preventivo y correctivo) La educación y
los buenos modales también deben viajar sobre ruedas.
Para los deschavetados que creen que las normas son
cosa de otros, conviene recordarles que las reglas de tránsito no son simples
imposiciones legales: son acuerdos destinados a proteger la vida. No hay que
devanarse los sesos para reconocer que se han normalizado conductas que jamás
debieron aceptarse.
Ahí están los giros indebidos, el exceso de
velocidad en zonas residenciales, la impaciencia ante los trancones por doña
luz en el semáforo, la omisión de las señales de pare, el ocultamiento de
placas, la circulación de motocicletas por los andenes y el incumplimiento de
las medidas de protección. Súmenle el mal parqueo, que reduce el espacio de
circulación y obliga a los peatones a sortear obstáculos que nadie debería
imponerles.
Algunos parecen creer que las normas son optativas,
que el andén es una extensión de su garaje y que las señales de tránsito (¿?)
se instalaron para adornar las calles. Después nos sorprendemos del desorden,
como si cada quien no le pusiera su granito de arena al caos.
Cada infracción parece normal cuando se comete por
cuenta propia; pero, multiplicada por cientos o miles de personas, se convierte
en un problema colectivo. La indisciplina vial genera riesgos innecesarios,
alimenta los conflictos y debilita la confianza entre los ciudadanos.
Menos discursos, más civilidad
¿Qué hacer, entonces? La respuesta no requiere
inventar el automóvil volador ni descubrir el agua tibia.
Primero, fortalecer la educación vial desde las
escuelas y los hogares. Segundo, desarrollar campañas permanentes de cultura
ciudadana, no simples jornadas pasajeras que se olvidan al día siguiente.
Tercero, ejercer un control efectivo, constante y equitativo, sin privilegios
ni excepciones. Y cuarto, optimizar la señalización, la infraestructura y el
transporte público mediante una planificación seria, continuidad administrativa
y rendición de cuentas.
La responsabilidad es compartida, aunque no
idéntica. A las autoridades les corresponde planificar, invertir, señalizar y
hacer cumplir las normas; a los ciudadanos, respetarlas. Ni las obras
sustituyen la educación ni las campañas reemplazan la autoridad. Se necesitan
ambas cosas, acompañadas de voluntad política y compromiso ciudadano.
Popayán merece llegar a sus cinco siglos con algo
más que discursos conmemorativos y fachadas blancas. Merece calles despejadas,
peatones respetados, conductores comprometidos y una movilidad que no convierta
cada desplazamiento en una prueba de paciencia.
No se trata de añorar la ciudad de enantes ni de
renegar de la moderna. Se trata de conseguir que el ´progreso´ no nos
atropelle, literalmente, y que la convivencia no se quede atrapada en medio de
la anarquía.
Porque el pan nuestro de cada día no puede seguir
siendo el caos. Y si queremos una ciudad a la altura de su historia, empecemos
por lo elemental: respetar las normas, compartir las calles y entender que la
cultura vial no es un favor que le hacemos a los demás, sino una obligación con
la vida.
Civilidad, según HDG: La cultura vial y el sentido de
pertenencia no solo salva vidas. Urge en
Popayán el orden para que sea una ciudad más segura, organizada y digna de sus habitantes
y visitantes.


