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sábado, 20 de junio de 2026

A elegir el mejor

 


Por fin los colombianos llegan al punto al que querían llegar: el de decidir, en las urnas, el rumbo de la democracia. Colombia es un paraíso, con dos mares y una riqueza natural excepcional, es considerada una potencia hídrica mundial, al albergar aproximadamente el 4.1 % de los recursos de agua dulce del planeta. Paradójicamente, en el mismo país millones de personas aún carecen de acceso a este recurso vital. Ocupa el primer lugar en especies de aves y orquídeas, y es una de las naciones más biodiversas del mundo. A ello se suma su inmensa riqueza minera, con más de 300 tipos de minerales identificados, además de su condición de productor y exportador de café, caña de azúcar, aguacate y muchos otros bienes que fortalecen su economía.

Así también, a lo largo de más de dos siglos de vida republicana, la nación ha enfrentado desafíos significativos. En la búsqueda de una mayor equidad social, el desarrollo de infraestructura y el permanente esfuerzo por consolidar la paz han marcado buena parte de su historia. Ese es, precisamente, el país que hoy está llamado a tomar una decisión trascendental.

Lo que ocurre en la actualidad llega después de que decenas de precandidatos, muchos de ellos con escasa conexión con las clases populares, aspiraba a conquistar el poder prometiendo reducir la pobreza monetaria, combatir el hambre, disminuir el desempleo y ampliar los programas sociales en uno de los países más desiguales del mundo, todo ello en medio de una compleja situación fiscal. Lo mismo de siempre, pronunciado por quienes han detentado el poder durante largo tiempo, entre la eternidad y el olvido.

Hoy Colombia parece debatirse entre dos grandes corrientes ideológicas: la izquierda y la derecha. Los partidos tradicionales —el Liberal y el Conservador— ya no dominan el escenario electoral como lo hicieron durante buena parte de la historia republicana y han perdido su condición de fuerzas hegemónicas frente a nuevos movimientos y liderazgos. Aunque, como suele decirse, no hay muertos políticos, sino mal enterrados.

De un lado está Iván Cepeda, filósofo, defensor de los derechos humanos y figura política identificada con las causas de las víctimas del conflicto, los pueblos indígenas y los campesinos. Hijo de un líder de izquierda asesinado, por lo que vivió en el exilio desde temprana edad y formándose ideológicamente en países como Checoslovaquia, Bulgaria y Cuba. Ha manifestado su intención de dar continuidad a varias de las políticas impulsadas por el actual gobierno.

Del otro lado aparece Abelardo de la Espriella, abogado, empresario y figura pública reconocida por sus posturas de derecha y su estilo confrontacional. Su propuesta de país, gira alrededor de la seguridad, la libertad económica y la defensa de los valores tradicionales. Se presenta bajo la imagen de “El Tigre”, adopta el saludo militar como símbolo y promete mano dura contra la delincuencia organizada. Asimismo, ha reiterado públicamente que no acepta el respaldo de los partidos políticos tradicionales, incluido el Partido Liberal.

La verdad es que Colombia arrastra un conflicto armado entre hermanos, de varias décadas y enfrenta crisis que para muchos ciudadanos se ha convertido en el pan de cada día. La inseguridad, la incertidumbre económica y la persistencia de estructuras criminales continúan afectando extensas regiones del país, especialmente en zonas donde la presencia de grupos armados ilegales y organizaciones del narcotráfico sigue imponiendo la violencia sobre la institucionalidad.

En este contexto, los colombianos deberán decidir cuál consideran el mejor camino para la nación. Más allá de simpatías, ideologías o emociones, el voto exige reflexión y responsabilidad. El voto en blanco, aunque constituye una expresión legítima de inconformidad, no define por sí mismo el rumbo del país.

Civilidad: Señor elector, Colombia está en sus manos.

 

domingo, 14 de junio de 2026

No hay nuevos símbolos

 


Quien escribe esta columna recuerda a los amables lectores que, desde que tiene uso de razón, no ha existido en Colombia la adopción oficial de nuevos símbolos patrios distintos de aquellos que históricamente nos representan. La bandera tricolor, el escudo nacional y el himno de la República constituyen los emblemas oficiales de la Nación, reconocidos y protegidos por la ley.

Por lo tanto, no existe ningún otro símbolo al que deba rendírsele el mismo honor y respeto institucional. Sin embargo, en los últimos años ha cobrado una fuerza extraordinaria la camiseta de la Selección Colombia, que, si bien no es un símbolo patrio en el sentido jurídico de la palabra, sí se ha convertido en una poderosa expresión de identidad nacional.

La camiseta amarilla ha trascendido los escenarios deportivos. Hoy está presente en estadios, plazas públicas, reuniones familiares, celebraciones populares y en cada rincón donde un colombiano quiera expresar su amor por la patria. Portarla es, para millones de compatriotas, una manera de manifestar orgullo nacional, esperanza y sentido de pertenencia. Es una prenda que une a los colombianos más allá de las diferencias políticas, sociales o regionales.

Por ello, resulta difícil comprender que, existiendo tantos problemas urgentes que afectan al país, se destinen esfuerzos judiciales a determinar en qué circunstancias puede o no utilizarse esta indumentaria deportiva. Colombia enfrenta desafíos de seguridad, justicia, corrupción, pobreza y violencia que demandan la atención prioritaria de las instituciones. En ese contexto, genera inquietud que se pretenda restringir el uso de una prenda que representa entusiasmo, unión y respaldo a nuestros deportistas.

Desde esta tribuna de opinión considero que la camiseta de la Selección Colombia debe poder llegar a cualquier rincón de la patria y acompañar a los colombianos donde quieran expresar su afecto por el país. No puede convertirse en objeto de prohibiciones que limiten una manifestación espontánea de identidad nacional.

A lo largo de los años, la camiseta ha experimentado cambios de diseño, tonalidades y estilos, de acuerdo con las decisiones de la Federación Colombiana de Fútbol. Sin embargo, permanece inalterable la esencia de sus colores: amarillo, azul y rojo, los mismos que ondean en nuestra bandera y que evocan el sentimiento de pertenecer a esta tierra privilegiada.

Más aún cuando se aproxima una nueva temporada mundialista, en la que todos los colombianos depositamos nuestras ilusiones en nuestros deportistas. El fútbol tiene la capacidad de unir al país, de despertar emociones colectivas y de proyectar una imagen positiva de Colombia ante el mundo. Nuestros jugadores, con talento, disciplina y sacrificio, se convierten en auténticos embajadores de la nación cada vez que saltan al terreno de juego.

Es importante reiterar que la camiseta de la Selección Colombia no constituye un símbolo patrio oficial, pues no ha sido reconocida como tal mediante disposición legal alguna. Los símbolos nacionales continúan siendo la bandera, el escudo y el himno, los cuales merecen nuestro máximo respeto y veneración.

La bandera representa la soberanía y la historia nacional; el escudo recoge los elementos que identifican nuestra República; y el himno nacional, con su hermosa letra y solemne música, exalta las luchas, los valores y las esperanzas que han forjado el carácter del pueblo colombiano.

Esos tres símbolos son los que deben permanecer vivos en la memoria de esta generación y de las venideras. Son el legado que nos une como nación y la expresión más auténtica de nuestra identidad.

Y, mientras tanto, que la camiseta de la Selección Colombia continúe siendo lo que siempre ha sido: un símbolo de pasión deportiva, de unidad nacional y de amor por nuestra querida Colombia.

Civilidad: ¡Viva Colombia!

domingo, 7 de junio de 2026

Chiflados de atar


Quienes nacimos a mediados del siglo XX hemos sido testigos de profundas transformaciones sociales, políticas y culturales. Sin embargo, pocas veces como ahora se percibe un ambiente de desconcierto colectivo tan marcado, donde el desorden institucional, la corrupción persistente y la pérdida de referentes éticos parecen haberse normalizado. La sensación, dolorosamente extendida, es que vivimos en un país que ha perdido el sentido de la cordura.

La corrupción, convertida en hábito y no en excepción, ha erosionado la confianza pública. No se trata únicamente de los grandes escándalos que ocupan titulares, sino de una cultura permisiva que tolera lo incorrecto y castiga la rectitud. En ese contexto, el ciudadano común termina atrapado entre la resignación y la impotencia, mientras la esperanza de una transformación profunda parece aplazada indefinidamente.

A esta crisis moral se suma el papel de los medios de comunicación, que, guiados muchas veces por la lógica del mercado, priorizan el impacto sobre el análisis. La violencia, el escándalo y el amarillismo ocupan el centro del debate público, desplazando las iniciativas constructivas, las soluciones innovadoras y los ejemplos de integridad. Así se configura un círculo vicioso: una sociedad que consume desesperanza y, al mismo tiempo, la reproduce.

Y, sin embargo, esta realidad contrasta con la grandeza innegable de Colombia. Pocos países en el mundo poseen una riqueza natural comparable: dos océanos, tres cordilleras, una biodiversidad privilegiada y una diversidad cultural excepcional. Este territorio, que inspiró la obra de Gabriel García Márquez, es la encarnación viva del realismo mágico: un lugar donde lo extraordinario convive con lo cotidiano, donde la belleza y la contradicción se entrelazan permanentemente.

La paradoja es evidente. Un país con todas las condiciones para prosperar enfrenta dificultades estructurales que limitan su desarrollo. La debilidad institucional, la polarización política, la desigualdad social y la precariedad educativa han impedido consolidar un proyecto nacional sólido y coherente.

La educación, en particular, constituye uno de los pilares más frágiles. No puede aspirarse al progreso cuando la formación carece de rigor, cuando los títulos universitarios pierden valor y cuando el conocimiento es reemplazado por la superficialidad. Sin una educación de calidad, no hay ciudadanía crítica; sin ciudadanía crítica, no hay democracia sólida.

Otro factor determinante es la pérdida de disciplina social. El desarrollo no depende exclusivamente de los recursos naturales, sino de la capacidad de una sociedad para organizarse, planificar y actuar con responsabilidad. Países como Japón y Suiza, con limitaciones geográficas y escasos recursos naturales, han alcanzado niveles extraordinarios de prosperidad gracias a la disciplina, la educación y el sentido colectivo del deber. No es la riqueza material la que define el destino de una nación, sino la mentalidad de su gente.

Incluso en la región, ejemplos como Brasil han demostrado que el liderazgo económico es posible cuando existe visión estratégica y voluntad política. Colombia, con condiciones comparables o superiores en muchos aspectos, no debería resignarse a un papel secundario.

A esta situación se suma un fenómeno contemporáneo que profundiza la fragmentación: las redes sociales. Estas plataformas, lejos de promover el diálogo, con frecuencia refuerzan el aislamiento ideológico. Cada grupo escucha únicamente aquello que confirma sus creencias, mientras el desacuerdo se convierte en enemistad. La política, en lugar de ser un espacio de construcción colectiva, se transforma en un espectáculo donde prevalece la confrontación sobre las soluciones.

El resultado es una sociedad polarizada, vulnerable a la manipulación y cada vez más desconectada de sus intereses comunes. Los liderazgos oportunistas prosperan en este ambiente, alimentando emociones primarias en lugar de ofrecer propuestas serias y sostenibles.

Pero, sería injusto atribuir toda la responsabilidad a las instituciones o a los dirigentes. La crisis también refleja una falla colectiva. La indiferencia ciudadana, la tolerancia frente a la corrupción cotidiana y la falta de compromiso con el bien común contribuyen a perpetuar el problema. Una democracia no es únicamente el resultado de sus elecciones, sino el reflejo de sus ciudadanos.

Colombia no es un país condenado al fracaso. Por el contrario, posee las condiciones humanas, naturales y culturales para convertirse en una nación ejemplar. Lo que falta no es capacidad, sino voluntad; no es talento, sino disciplina; no es potencial, sino coherencia.

El cambio comienza con una transformación cultural profunda. Implica recuperar el valor de la honestidad, fortalecer la educación, exigir responsabilidad a los dirigentes y asumir, como ciudadanos, un papel activo en la construcción del futuro. Significa abandonar la resignación, reemplazada por el compromiso.

No se trata de negar los problemas, sino de enfrentarlos con madurez. No se trata de idealizar la realidad, sino de transformarla. Colombia no puede seguir siendo un país que oscila entre la grandeza y el caos, entre la esperanza y la frustración.

La historia demuestra que las naciones no están determinadas por su pasado, sino por sus decisiones. Colombia aún está a tiempo de elegir el camino de la cordura, la disciplina y el progreso.

Civilidad: El destino no está escrito. Depende de nosotros.