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viernes, 7 de agosto de 2026

La oportunidad que perdió Popayán

 


Es un sentimiento compartido por millones de colombianos que sueñan con un país próspero, seguro y en armonía. ¿Cómo no anhelar la paz y la convivencia, si representan la posibilidad de superar los conflictos, reconstruir el tejido social y abrir caminos de desarrollo desde las regiones?

La verdadera fortaleza de Colombia radica en permanecer unidos, más allá de las diferencias políticas o ideológicas, para impulsar una economía vigorosa, una educación con oportunidades para todos y un desarrollo sostenible que beneficie por igual a las ciudades y al campo. Hoy, mañana y siempre, debemos permanecer unidos por Colombia. No porque pensemos igual, sino porque compartimos el mismo territorio, la misma historia y la responsabilidad de legar a las futuras generaciones un país más fuerte, más libre y más digno.

Cuando este artículo vea la luz, el domingo 9 de agosto, el doctor Abelardo de la Espriella habrá iniciado su mandato como el presidente número 43 de la historia de Colombia. Su llegada a la Casa de Nariño representa una oportunidad para renovar el compromiso nacional con la seguridad, la reactivación económica, la estabilidad institucional y, la descentralización. La atención a las regiones y la construcción de un Estado más cercano a los ciudadanos constituyen propósitos que, de materializarse, podrían fortalecer la confianza en las instituciones. Será igualmente indispensable que este nuevo ciclo gubernamental promueva los consensos necesarios para disminuir la polarización y consolidar el bienestar social. Que el éxito de su administración se traduzca en paz, prosperidad y un fortalecimiento efectivo de la democracia colombiana.

El hoy presidente de la República había proyectado realizar su ceremonia de posesión en “La Fecunda Ciudad de Popayán”; sin embargo, finalmente la trasladó a Cali, en lo que constituyó la primera investidura presidencial celebrada fuera de Bogotá. La modificación obedeció a la actividad registrada por el volcán Puracé.

Habría sido un gesto de profundo significado simbólico trasladar la posesión a la guarnición militar de Popayán, la “Ciudad de los Muros Recios”, para expresar respaldo a las Fuerzas Militares en un departamento que, durante décadas, ha soportado el peso del conflicto armado y de la violencia. La decisión habría estado en consonancia con su anunciada política de "mano dura" frente al crimen organizado.

De haberse concretado ese propósito, Popayán se habría convertido, aunque fuera por un solo día, en el epicentro político del país y en un punto de atención para la prensa internacional y diversos líderes políticos del continente.

Fue una oportunidad que la ciudad dejó escapar por circunstancias ajenas a su voluntad. Además del valor histórico y simbólico de albergar una posesión presidencial, el acontecimiento habría significado un importante impulso temporal para la economía local. Es razonable pensar que la ocupación hotelera habría alcanzado su máxima capacidad y que restaurantes, comercios, transporte, operadores logísticos y numerosos prestadores de servicios habrían experimentado un notable incremento en su actividad.

Desde la perspectiva de la seguridad, también se habría producido un amplio despliegue de la Fuerza Pública para garantizar la protección de jefes de Estado, altas autoridades e invitados especiales.  Esa presencia institucional habría representado, al menos de manera transitoria, un mensaje de respaldo a una región que continúa padeciendo el accionar de las organizaciones criminales y que reclama, desde hace muchos años, una respuesta firme y permanente del Estado.

El Cauca sigue siendo uno de los territorios donde la paz aún es una tarea pendiente. Sus habitantes merecen vivir sin el temor cotidiano que imponen la violencia, los bloqueos, las extorsiones y el accionar del crimen organizado. La recuperación de la seguridad constituye un requisito indispensable para alcanzar el desarrollo económico y la convivencia.

 

 

En fin, hoy, mañana y siempre, permanezcamos unidos por Colombia. Unidos por una historia que nos identifica, por un presente que nos desafía y por un futuro que nos corresponde construir con trabajo, respeto y esperanza.

 

Civilidad (según HDG): Colombia, el Cauca y Popayán, “La Hidalga Ciudad ”, volverán a ser verdaderamente libres en la medida en que sus hijos comprendan que el auténtico patriotismo consiste en servirlas, protegerlas y engrandecerlas con el ejemplo.

 

 

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domingo, 2 de agosto de 2026

7 de agosto, lección de democracia

 


Esta fecha ocupa un lugar privilegiado en la memoria nacional. Ese día conmemoramos la Batalla de Boyacá, librada en 1819, considerada uno de los acontecimientos militares más trascendentales del proceso de independencia de Colombia y el punto de partida de la consolidación de la República.

Aunque la Constitución Política vigente no establece expresamente que el 7 de agosto sea la fecha de posesión presidencial, esta tradición quedó institucionalizada desde la Constitución de 1886 y ha permanecido inalterada hasta nuestros días. Antes de ello, la Constitución de la Nueva Granada de 1832 fijaba el 1.º de abril como el día en que el presidente y el vicepresidente electos debían asumir el ejercicio de sus funciones. Con las reformas constitucionales posteriores se adoptó definitivamente el 7 de agosto, vinculando el inicio de cada gobierno con la fecha más emblemática de nuestra independencia.

Cada cuatro años, el presidente elegido presta juramento ante el Congreso de la República, siguiendo un protocolo que simboliza la continuidad institucional del Estado. Durante décadas, la tradición indicaba que el mandatario saliera del Palacio de San Carlos, antigua sede presidencial, y caminara hasta el Capitolio Nacional para cumplir el acto solemne de posesión. Más recientemente, la ceremonia se ha desarrollado en la Plaza de Bolívar, escenario que concentra buena parte de la historia política del país y donde convergen el Capitolio Nacional, el Palacio de Justicia y el Palacio Liévano.

Sin embargo, la ley no convierte ese lugar en una obligación inmodificable. El artículo 192 de la Constitución dispone que el presidente electo debe posesionarse ante el Congreso de la República, pero no señala un edificio ni una ciudad específicos para la ceremonia. Si el Congreso autoriza sesionar en otro lugar, la posesión puede realizarse allí, siempre dentro del marco constitucional.

Precisamente alrededor del acto de posesión del presidente Abelardo de la Espriella han surgido opiniones encontradas. Nada más natural en una democracia.

Como afirma un antiguo proverbio chino: "Cuando soplan los vientos del cambio, unos construyen muros y otros construyen molinos de viento." La frase retrata dos maneras de afrontar los cambios políticos: unos prefieren la confrontación permanente; otros optan por adaptarse sin renunciar a sus convicciones.

En una democracia, la unanimidad absoluta es imposible. Colombia arrastra décadas de violencia que han fracturado el tejido social y profundizado las diferencias entre el campo y la ciudad, así como entre regiones que, legítimamente, poseen prioridades y necesidades distintas.

El verdadero desafío de una nación plural no consiste en pensar igual, sino en aprender a convivir respetando las diferencias. Disentir es un derecho; descalificar al adversario o desconocer las instituciones, no. La paz no nace de la uniformidad de las ideas, sino de la capacidad de resolver los desacuerdos mediante el diálogo, la tolerancia y el respeto por las reglas democráticas.

Colombia, reconocida por la belleza de sus paisajes y la riqueza de su diversidad cultural, debe demostrar que también es una nación capaz de fortalecer su cultura democrática. La civilidad comienza por respetar las instituciones y aceptar el veredicto de las urnas, sin que ello implique renunciar al derecho de ejercer una oposición seria, responsable y pacífica.

Elegido legítimamente por la mayoría de los colombianos, el presidente Dr. Abelardo de la Espriella está llamado a cumplir las promesas que motivaron el respaldo de sus electores. Quienes no votaron por él conservan intacto el derecho —y el deber— de vigilar, criticar y controvertir sus decisiones por los caminos que ofrece el Estado de derecho. Esa es la esencia de una democracia madura.

Sin embargo, la siguiente frase lapidaria plasma el por qué no se podrá realizar la posesión en la ciudad: Ayer, "Popayán, Altar de la Patria"; hoy, entre cenizas.

La alternancia en el poder constituye una de las mayores fortalezas del sistema democrático. Respetar al presidente legítimamente elegido no significa compartir todas sus decisiones; significa reconocer la voluntad popular y preservar las reglas que permitirán una nueva alternancia. Solo así las diferencias dejarán de ser motivo de confrontación para convertirse en una oportunidad de construir un mejor país.

Civilidad (según HDG): Las democracias no se fortalecen cuando todos piensan igual, sino cuando quienes piensan distinto aceptan convivir bajo las mismas reglas.

 

domingo, 26 de julio de 2026

El reloj no tiene la culpa (crónica del segundero)


 

"Los años vuelan", "la vida se escapa" y, "el tiempo huye".  Son frases que repetimos con solemne convicción en los funerales o cuando apagamos las velas de un pastel de cumpleaños que, a cierta edad, que más parece una pista de aterrizaje que un postre.

La realidad, sin embargo, es menos poética y bastante más incómoda: el tiempo no corre más deprisa. Mi arcaica Popayán sigue procesionando, parsimoniosa, por el eterno túnel del tiempo. Lo que cambia somos nosotros. Cuando llegamos al otoño de la vida, nos invade ese discreto pánico existencial que, por fin, nos obliga a mirar el reloj. Algo parecido ocurrió con los semáforos de mi venerada ciudad: llegaron tarde y, para colmo de males, repotenciados.

Tenemos la admirable costumbre de desperdiciar nuestro tiempo y, de paso, pisotear el ajeno. Pero, cuando las canas terminan conquistando la cabellera, inventamos la romántica excusa de que "los días pasan volando". “No hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista”. No, los días siguen teniendo las mismas veinticuatro horas que cuando, a los quince años, las clases de matemáticas parecían eternas. La diferencia es que ahora el reloj ya no nos acompaña: nos observa de frente.

Y qué decir de la célebre “agenda llena”. Resulta fascinante escuchar el berrinche universal del "no tengo tiempo". Nos encanta sentirnos mártires de una agenda invisible. Los gobernantes suelen justificar sus incumplimientos diciendo: "Es que el tiempo no me alcanzó", como si algunos recibieran del universo un generoso bono de horas extras.

No se devanen los sesos. Los husos horarios únicamente dividen el planeta en veinticuatro franjas; no reparten privilegios. La Tierra gira para todos con idéntica puntualidad, entregándonos la misma cantidad de segundos sin hacer distingos entre ricos, pobres, poderosos o jubilados.

Proclamar que no tenemos tiempo suele ser el mejor escondite para disimular un temor mucho más profundo: el miedo a envejecer. Convertimos el reloj en escudo para no aceptar que el cuerpo cambia, que el mundo avanza y que nosotros ya no caminamos al mismo paso de la juventud.

También nos fascina atribuirle poderes sobrenaturales al tiempo. Repetimos, casi como rezos de bolsillo, frases tales como: "el tiempo todo lo cura" o "es cuestión de tiempo". Son expresiones reconfortantes que duran apenas unos segundos en los labios, pero rara vez solucionan un solo problema. El tiempo, por sí mismo, no cura, no perdona ni repara. Simplemente transcurre mientras nosotros envejecemos.

Nuestra relación con el reloj de la Torre —“La Nariz de Popayán”, como lo bautizó con ingenio el poeta Guillermo Valencia— resulta casi patética. Basta quedarse observando su vetusto péndulo para sentir que los segundos se estiran por pura malicia. En el pareciera que el tiempo no camina. Seguramente porque al patojo nunca le preocuparon demasiado los segundos; siempre le bastaron las horas.

Así permanecen muchos jubilados, sentados en las bancas de “las palomas caídas” del parque de Caldas donde, dejando que las horas desaparezcan en un simple parpadeo. Quizá tengan razón. Después de haber sido esclavos del trabajo durante décadas, ahora prefieren ser súbditos de ese reloj con manecillas, olvidando que el reloj fue inventado para orientarnos, no para convertirse en nuestro amo y señor.

Bien lo afirma Alan Burdick: "El tiempo es intangible." No puede morderse, guardado en un frasco ni reclamarse mediante derecho de petición. Es un fenómeno desconcertante que nos obliga a madurar —o, cuando menos, a envejecer— mientras va dejando atrás personas, lugares y recuerdos. Sin embargo, muchos le temen a la vejez. Cabe entonces una pregunta inevitable: ¿Cuál sería la alternativa? ¿Morir jóvenes? Pues, saber envejecer con dignidad continúa siendo una de las formas más refinadas de la inteligencia.

Albert Einstein ya nos había advertido que la diferencia entre pasado, presente y futuro no deja de ser una ilusión obstinadamente persistente. La física lo explica y la experiencia lo confirma. Vivimos entre recuerdos, realidades y proyectos. División del tiempo que apenas nos sirve para conservar un poco de orden mental para recordar dónde dejamos las llaves de la casa, porque el tiempo, en realidad, solo conoce una dirección: hacia adelante. No existe botón para rebobinarlo.

Por eso conviene despertar cada mañana con saludable dosis de realidad. No somos infinitos. Entonces, digamos: "Gracias, Dios mío"; aplazando las disculpas; administrando los afectos como si tuviéramos asegurada una segunda eternidad. Y es que, al finalizar el día, solemos acostarnos con el corazón lleno de intenciones y la agenda vacía de acciones. El mañana podría no llegar, pero seguimos esperando ese esquivo "momento perfecto" para decir: "Ayúdame, Dios mío". Y para terminar con una sensatez que todavía rescate nuestra dignidad, vale recordar a Jorge Bucay: "El tiempo que se disfruta es el verdadero tiempo vivido."

Civilidad: (al estilo de HDG) Dejemos de perseguir al segundero con rostro de angustia. Asumamos los años con gratitud, no con vergüenza, y aprendamos a invertir los minutos en aquello que realmente vale la pena, antes de que el reloj, silencioso e implacable, termine tomando las decisiones por nosotros.