Mañana conmemoramos los 216 años del Grito de
Independencia de Colombia, aquella jornada del 20 de julio de 1810 que, a
partir del célebre episodio del Florero de Llorente, encendió la chispa del largo
proceso emancipador que conduciría a la ruptura definitiva con el dominio
español.
Años después, el 30 de agosto de 1821, al
promulgarse la Constitución de Cúcuta, el prócer Francisco de Paula Santander
pronunció una de las sentencias más memorables de nuestra historia: "Las
armas os han dado la independencia; las leyes os darán la libertad."
Aquellas palabras trascendieron el momento político para convertirse en un
principio rector de la República y quedaron inmortalizadas en el Capitolio
Nacional como recordatorio de que la libertad solo perdura cuando está
protegida por el imperio de la ley.
Sin embargo, dos siglos después, pareciera que los
colombianos seguimos debatiéndonos entre el poder de las armas y la fuerza de
las instituciones.
La polarización política que hoy agobia al país es,
sobre todo, afectiva. No se alimenta únicamente de diferencias ideológicas,
sino de emociones como el miedo, el resentimiento y el rechazo hacia quien
piensa distinto. Durante las campañas electorales y las crisis sociales, esa
fractura se profundiza hasta convertir al contradictor en enemigo y no en un
simple adversario democrático.
Pero esta división no nació en nuestros días.
Sus raíces se hunden en los primeros años de la
República, cuando dos gigantes de la Independencia, Simón Bolívar y Francisco
de Paula Santander, dejaron de caminar por la misma senda para representar dos
visiones distintas sobre la organización del nuevo Estado.
Bolívar concebía una nación fuerte, centralizada y
dirigida por un gobierno con amplias facultades para preservar la unidad de la
Gran Colombia. Estaba convencido de que los pueblos recién emancipados
necesitaban un liderazgo vigoroso que evitara la anarquía y garantizara la
estabilidad. Esa concepción lo llevó, tras el fracaso de la Convención de Ocaña
en 1828, a asumir poderes dictatoriales y a proponer una presidencia de
carácter vitalicio como fórmula para consolidar la República.
Santander, por el contrario, encarnó el ideal
civilista. No en vano pasó a la historia como el Hombre de las Leyes.
Defendía la supremacía de la Constitución, la división de poderes, el
fortalecimiento de las instituciones civiles y la convicción de que ningún
gobernante debía situarse por encima de la ley. Para él, la libertad no podía
depender del prestigio de un caudillo, sino de la solidez del Estado de
derecho.
Aquellas diferencias políticas terminaron
agravándose por conflictos administrativos, discrepancias sobre el rumbo de la
República y profundas desconfianzas personales. El punto de ruptura llegó con
la Conspiración Septembrina de 1828, el atentado fallido contra Bolívar.
Santander fue señalado como responsable intelectual, condenado inicialmente a
muerte y, posteriormente, enviado al destierro.
Desde entonces, la historia colombiana ha oscilado,
una y otra vez, entre la tentación del caudillismo y la defensa del orden
institucional. Más allá de las simpatías que cada ciudadano pueda profesar por
uno u otro prócer, lo cierto es que aquella confrontación dejó una huella
profunda en nuestra cultura política.
Hoy, esa herencia continúa manifestándose en una
sociedad dividida, donde abundan las rupturas familiares, las amistades
perdidas y la incapacidad para sostener diálogos serenos sobre el destino
nacional. Cuando desaparece la confianza entre los ciudadanos, también se
debilita la democracia. Se dificulta la construcción de consensos, se paralizan
las reformas necesarias, se erosiona la legitimidad de las instituciones y
resurge la tentación de entregar el poder a quienes prometen imponer el orden mediante
la fuerza.
La historia demuestra que Bolívar y Santander no
fueron simplemente dos hombres enfrentados por ambiciones personales.
Representaron dos concepciones distintas del ejercicio del poder: una
privilegiaba la autoridad como garantía de unidad; la otra confiaba en las
leyes como fundamento permanente de la libertad.
Doscientos dieciséis años después del Grito de
Independencia, Colombia sigue debatiéndose entre esas dos visiones. Nuestra
polarización ya no enfrenta únicamente ideas de izquierda o de derecha;
enfrenta emociones, resentimientos y prejuicios que convierten al diferente en
adversario irreconciliable.
Quizá haya llegado el momento de escuchar
nuevamente la voz de Santander. La independencia nos la dieron los héroes; la
libertad, en cambio, solo podrá conservarla una sociedad que respete las leyes,
fortalezca sus instituciones y aprenda a debatir sin odio.
Civilidad: Las naciones no se construyen sobre la venganza ni
sobre la intolerancia. Se edifican sobre la justicia, el respeto y la capacidad
de reconocer que, antes que seguidores de Bolívar o de Santander, todos somos
colombianos.