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sábado, 18 de julio de 2026

Santander o Bolívar

 


Mañana conmemoramos los 216 años del Grito de Independencia de Colombia, aquella jornada del 20 de julio de 1810 que, a partir del célebre episodio del Florero de Llorente, encendió la chispa del largo proceso emancipador que conduciría a la ruptura definitiva con el dominio español.

Años después, el 30 de agosto de 1821, al promulgarse la Constitución de Cúcuta, el prócer Francisco de Paula Santander pronunció una de las sentencias más memorables de nuestra historia: "Las armas os han dado la independencia; las leyes os darán la libertad." Aquellas palabras trascendieron el momento político para convertirse en un principio rector de la República y quedaron inmortalizadas en el Capitolio Nacional como recordatorio de que la libertad solo perdura cuando está protegida por el imperio de la ley.

Sin embargo, dos siglos después, pareciera que los colombianos seguimos debatiéndonos entre el poder de las armas y la fuerza de las instituciones.

La polarización política que hoy agobia al país es, sobre todo, afectiva. No se alimenta únicamente de diferencias ideológicas, sino de emociones como el miedo, el resentimiento y el rechazo hacia quien piensa distinto. Durante las campañas electorales y las crisis sociales, esa fractura se profundiza hasta convertir al contradictor en enemigo y no en un simple adversario democrático.

Pero esta división no nació en nuestros días.

Sus raíces se hunden en los primeros años de la República, cuando dos gigantes de la Independencia, Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, dejaron de caminar por la misma senda para representar dos visiones distintas sobre la organización del nuevo Estado.

Bolívar concebía una nación fuerte, centralizada y dirigida por un gobierno con amplias facultades para preservar la unidad de la Gran Colombia. Estaba convencido de que los pueblos recién emancipados necesitaban un liderazgo vigoroso que evitara la anarquía y garantizara la estabilidad. Esa concepción lo llevó, tras el fracaso de la Convención de Ocaña en 1828, a asumir poderes dictatoriales y a proponer una presidencia de carácter vitalicio como fórmula para consolidar la República.

Santander, por el contrario, encarnó el ideal civilista. No en vano pasó a la historia como el Hombre de las Leyes. Defendía la supremacía de la Constitución, la división de poderes, el fortalecimiento de las instituciones civiles y la convicción de que ningún gobernante debía situarse por encima de la ley. Para él, la libertad no podía depender del prestigio de un caudillo, sino de la solidez del Estado de derecho.

Aquellas diferencias políticas terminaron agravándose por conflictos administrativos, discrepancias sobre el rumbo de la República y profundas desconfianzas personales. El punto de ruptura llegó con la Conspiración Septembrina de 1828, el atentado fallido contra Bolívar. Santander fue señalado como responsable intelectual, condenado inicialmente a muerte y, posteriormente, enviado al destierro.

Desde entonces, la historia colombiana ha oscilado, una y otra vez, entre la tentación del caudillismo y la defensa del orden institucional. Más allá de las simpatías que cada ciudadano pueda profesar por uno u otro prócer, lo cierto es que aquella confrontación dejó una huella profunda en nuestra cultura política.

Hoy, esa herencia continúa manifestándose en una sociedad dividida, donde abundan las rupturas familiares, las amistades perdidas y la incapacidad para sostener diálogos serenos sobre el destino nacional. Cuando desaparece la confianza entre los ciudadanos, también se debilita la democracia. Se dificulta la construcción de consensos, se paralizan las reformas necesarias, se erosiona la legitimidad de las instituciones y resurge la tentación de entregar el poder a quienes prometen imponer el orden mediante la fuerza.

La historia demuestra que Bolívar y Santander no fueron simplemente dos hombres enfrentados por ambiciones personales. Representaron dos concepciones distintas del ejercicio del poder: una privilegiaba la autoridad como garantía de unidad; la otra confiaba en las leyes como fundamento permanente de la libertad.

Doscientos dieciséis años después del Grito de Independencia, Colombia sigue debatiéndose entre esas dos visiones. Nuestra polarización ya no enfrenta únicamente ideas de izquierda o de derecha; enfrenta emociones, resentimientos y prejuicios que convierten al diferente en adversario irreconciliable.

Quizá haya llegado el momento de escuchar nuevamente la voz de Santander. La independencia nos la dieron los héroes; la libertad, en cambio, solo podrá conservarla una sociedad que respete las leyes, fortalezca sus instituciones y aprenda a debatir sin odio.

Civilidad: Las naciones no se construyen sobre la venganza ni sobre la intolerancia. Se edifican sobre la justicia, el respeto y la capacidad de reconocer que, antes que seguidores de Bolívar o de Santander, todos somos colombianos.

domingo, 12 de julio de 2026

Popayán tiene su cuento

 


Cada ciudad tiene una historia. Popayán, en cambio, tiene suficientes cuentos como para llenar una biblioteca completa y dejar material para una segunda edición corregida y aumentada. Así que voy con mis viejos cuentos.

Quienes conocieron la ciudad hacia 1940 aseguran que era tan bella que parecía diseñada por arquitectos, ingenieros y poetas trabajando de común acuerdo, algo que hoy sería considerado un fenómeno paranormal. Sus calles estaban completamente empedradas y construidas con tal maestría que las inundaciones eran tan raras como encontrar un político que renuncie voluntariamente a sus privilegios.

Por aquella época ni siquiera existía el Cuerpo de Bomberos. No hacía falta. Los sumideros cumplían su función y el agua corría obedientemente hacia donde debía correr, sin necesidad de comités, diagnósticos, consultorías ni contratos adicionales.

Los andenes eran amplios. Tan amplios que la gente podía caminar por ellos, una extravagancia urbanística que las nuevas generaciones apenas pueden imaginar. Hoy los andenes han evolucionado. Ya no son para andar, sino para alojar tapas, tapitas, tapotas, registros, cajas de servicios públicos y toda clase de obstáculos que convierten cada recorrido en una competencia de supervivencia.

La modernidad llegó con entusiasmo. Los” expertos” en movilidad decidieron que las calles anchas eran un concepto anticuado y procedieron a reducirlas. Como resultado: los vehículos se estacionan a ambos lados, dejando un reducido espacio central que sirve para que los conductores practiquen maniobras dignas de un circo internacional.

Los andenes también recibieron innovaciones. Se instalaron adoquines para personas con discapacidad visual, aunque el verdadero reto consiste en esquivar vendedores, parasoles, motocicletas, mercancías, avisos publicitarios y cualquier otro elemento que aparezca espontáneamente sobre el espacio público. Caminar por Popayán se ha convertido en una actividad de alto rendimiento físico.

La locomotora del progreso - a carbón y vapor- siguió avanzando. Llegaron los buses y las busetas, que hoy desarrollan una habilidad extraordinaria: detenerse exactamente en el punto donde más atascos pueden generar. Recogen pasajeros, dejan pasajeros y, de paso, ofrecen a todos los ciudadanos la oportunidad de practicar la paciencia.

No faltan quienes afirman que Popayán pasó de ser la “Ciudad Blanca” a convertirse en el parqueadero más grande del suroccidente colombiano. La afirmación parece exagerada, pero basta intentar encontrar un espacio libre para comprender que quizá no lo sea tanto.

La antigua aristocracia también se modernizó. Donde antes había caballeros de sombrero, chaleco y modales refinados, hoy abundan personajes más notorios montados en vehículos de alta gama. En el pasado los señores se quitaban el sombrero para saludar; ahora algunos prefieren expresarse mediante el claxon, un lenguaje más acorde con los tiempos.

Las damas de entonces lucían elegantes trajes y caminaban pausadamente por calles tranquilas. Los hombres del pueblo vestían de manera sencilla, pero hablaban con respeto. Curioso que, teniendo menos educación formal, parecían practicar más la cortesía.

Aquella Popayán tenía poetas, escritores, artesanos, artistas y personajes pintorescos que enriquecían la vida cotidiana. Existían diferencias sociales, como en todas partes, pero la convivencia parecía menos complicada, pero con sentido de pertenencia, tan sólido, como las viejas paredes de bahareque.

Todavía sobreviven algunas fachadas, portalones, alerones y aldabones que recuerdan la grandeza de la ciudad. Últimos testigos de una época que se resiste a desaparecer. Por eso surge una pregunta inquietante: cuando terminen de modificar, reemplazar o dejar caer aquello que hace única a Popayán, ¿qué vendrán a conocer los turistas? ¿Los trancones patrimoniales? ¿La falta de cultura ciudadana?

Mientras tanto, los ciudadanos observan con paciencia caucana cómo las obras avanzan al ritmo de los calendarios eternos. Año y medio para reparar un techo puede parecer mucho tiempo, pero quizá se trate de una nueva modalidad de turismo: contemplar la restauración de las ruinas.

Así las cosas, Popayán sigue teniendo su cuento. Lo preocupante es que, si no se cuida su patrimonio, algún día, el cuento podría terminar convirtiéndose en leyenda, y la leyenda en simple recuerdo. Y entonces sí habrá que hacer el interrogante crítico:

¿La civilidad en la ciudad, para cuándo Dios mío?

 

sábado, 4 de julio de 2026

Amo a mi ciudad, pero tengo que decir que…

 



Hay amores que no admiten mentiras. Y el que uno siente por su ciudad es uno de ellos. Precisamente porque amo a Popayán, me veo en la obligación de decir lo que muchos comentan en voz baja y otros prefieren callar.

A propósito del reciente desastre natural ocurrido en la hermana República de Venezuela, recordé que hace 43 años la tierra decidió sacudir a Popayán con una fuerza que todavía resuena en la memoria de quienes lo vivimos ¿Estamos preparados para una emergencia?

Fue el 31 de marzo de 1983, a las 8:12 de la mañana. Mientras cientos de feligreses se preparaban para las celebraciones del Jueves Santo, un sismo de magnitud 5,6 y apenas 15 kilómetros de profundidad cambió para siempre la historia de la ciudad. En pocos segundos cayeron iglesias, casonas y edificios que habían permanecido en pie durante siglos.

La ciudad fue reconstruida en gran parte. Eso nadie lo discute. Lo curioso es que, cuatro décadas después, todavía abundan en el centro histórico y sus alrededores los lotes vacíos, como si el terremoto hubiera dejado una licencia de construcción... pero para el abandono.

Muchos de esos terrenos permanecen convertidos en auténticos "lotes de engorde". Sus propietarios esperan que el tiempo haga el trabajo que ellos no hacen: valorizarlos. Al parecer, descubrieron que el mejor arquitecto es el calendario.

Otros predios permanecen atrapados entre sucesiones interminables, embargos, litigios y expedientes judiciales que parecen escritos para la eternidad. Mientras tanto, las edificaciones envejecen con admirable disciplina hasta derrumbarse por cuenta propia, ahorrándole el trabajo a las autoridades.

Y cuando se trata de inmuebles patrimoniales, el panorama resulta todavía más pintoresco. Existen rigurosísimas normas para proteger las casonas históricas; tan rigurosas que, en muchos casos, terminan protegiendo únicamente las peligrosas ruinas. Restaurarlas cuesta una fortuna y dejarlas caer, aparentemente, sale mucho más barato.

Paradójicamente, mientras el centro histórico bosteza esperando inversiones, Popayán continúa expandiéndose hacia todos los puntos cardinales, aunque no siempre con orden ni planificación. La ciudad crece hacia afuera mientras por dentro parece quedarse mirando fotografías antiguas.

Popayán posee riqueza arquitectónica y cultural que despierta admiración. Sin embargo, exhibe una preocupante pachorra para reconstruir la “Nariz de Popayán” y las techumbres que se caen a pedazos; reasentar a Sebastián de Belalcázar, etc., etc. Mientras otras capitales consolidaban desarrollo industrial, comercial y vial, aquí seguimos esperando convencidos de que el futuro lo podemos esperar sentados.

Basta recorrer algunos sectores para encontrar obras inconclusas, andenes que terminan en ninguna parte, vías intervenidas durante meses y proyectos convertidos en verdaderos monumentos a la paciencia ciudadana. Los llamados "elefantes blancos" aquí no necesitan zoológico: caminan libremente por toda la ciudad.

Ejemplo emblemático es la prolongación de la Avenida Los Próceres, un corredor de apenas 3,2 kilómetros que conectará la carrera Novena con la variante de Popayán. Incluye doble calzada, dos carriles por sentido y separador central. Sobre el papel luce magnífico; pero en la realidad, el proyecto está próximo a cumplir una década de espera. Si continúa a este ritmo, es posible que la inauguración coincida con el tricentenario de la obra.

Así, Popayán termina viviendo en un verdadero "túnel del tiempo". Ya no como la romántica metáfora de una ciudad colonial que conserva su historia, sino como una forma de describir esa extraña capacidad de convertir cualquier obra pública en un viaje sin fecha de llegada.

No se trata de negar los esfuerzos realizados ni de desconocer el enorme valor patrimonial de la ciudad. Todo lo contrario. Precisamente  Popayán merece mucho más y, resulta indispensable exigir planificación, eficiencia y continuidad administrativa.

Amo profundamente esta ciudad. La admiro por su historia, por su gente y por su patrimonio. Pero el amor verdadero también corrige, reclama y exige. Porque quien ama de verdad no se conforma con contemplar las glorias del pasado; trabaja para que las generaciones futuras tengan motivos para sentirse igualmente orgullosas.

Civilidad: Popayán vive únicamente de sus recuerdos. Es hora de comenzar a construir sus próximos capítulos.