Hemos visto que la floreciente cadena hotelera de cinco estrellas que administraba la joya arquitectónica colonial, antiguo monasterio, bajó su marca de la fachada. Se va por falta de acuerdo contractual con su propietario, la Gobernación del Cauca. Después de 28 años, se marcha, pero otra cadena hotelera llegará a ocupar ese espacio. Entonces, este emblemático inmueble del Centro Histórico de Popayán no cerrará sus puertas.
Existe, sin embargo, una natural preocupación por
las estrellas, esas que indican el nivel de calidad, los servicios, los
espacios y las comodidades que ofrece un hotel a sus huéspedes, mientras la
ciudad sucumbe silenciosamente ante el deterioro de buena parte de su patrimonio.
Ojalá los lamentos, incluso esos que se pronuncian
en tonos lastimeros y con algún aderezo del dialecto local, fueran también en
defensa de aquellas estructuras de estilo colonial español, típicamente de dos
plantas, que caracterizan nuestro Centro Histórico. Construcciones que combinan
una apariencia sobria con detalles cuidadosamente elaborados —molduras,
cornisas y otros elementos ornamentales— que resaltan la riqueza artesanal de
una época, pero que hoy, en no pocos casos, se vienen abajo a pedazos.
El patrimonio no es solamente aquello que admiramos
en las fotografías antiguas. Son también las construcciones que han logrado
sobrevivir al paso del tiempo como valiosos testimonios de nuestra historia,
nuestro arte y nuestra cultura.
La edificación monástica es uno de los
establecimientos más exclusivos de la urbe y, al mismo tiempo, una de las joyas
coloniales más importantes que posee la Ciudad Blanca. En su época de esplendor
llegó a constituir uno de los conjuntos conventuales más extensos de la región.
La defensa de lo público y de nuestro patrimonio no
debería convertirse en una discusión innecesaria entre ciudadanos. Sería mucho
más provechoso que, en lugar de enfrascarnos en polémicas, nos ocupáramos de
defender integralmente la ciudad y derramáramos lágrimas sinceras por el
deterioro de un patrimonio histórico y arqueológico que constituye parte
esencial de la identidad cultural, del turismo y de la memoria colectiva de los
payaneses.
Como si fuera poco, la falta de mantenimiento de
muchas de esas viejas casonas del Centro Histórico representa un riesgo para
los peatones. No basta con contemplarlas, fotografiarlas o presumir de ellas:
también hay que cuidarlas.
Hasta hace pocos días contábamos la historia de
aquella “ira de Dios”, de esa torre símbolo de la ciudad, para explicar las
ruinas que todavía marcaban el suelo y recordar que el patrimonio también puede
desaparecer cuando la indiferencia se vuelve costumbre.
¿Y qué decir de aquel otro patrimonio patojo que
fue derribado el 16 de septiembre de 2020 por integrantes de la comunidad
Misak? Han transcurrido ya seis años desde que la estatua del fundador de
Popayán terminó en el suelo. Seis años esperando saber si volverá a ser
instalada en algún lugar.
No se han escuchado con la misma intensidad los
lamentos de quienes hoy defienden a ultranza las estrellas de moda en Popayán,
mientras el fundador de la ciudad parece dormir el sueño de los justos.
Y, como ya parece ser costumbre, la ciudad de
paredes blancas no arranca, no avanza, ni siquiera lentamente, hacia el
cumplimiento de sus 500 años de fundación.
Popayán ya no puede vivir únicamente de su pasado
colonial. Tiene que enfrentar los retos urbanos del presente, sin renunciar a
su cultura, su gastronomía, su memoria y esa vida cotidiana que todavía le
concede un carácter propio.
La ciudad despierta cada mañana con la misma
pregunta, todavía sin respuesta: ¿en qué momento de nuestra historia dejamos
que la indiferencia dejara de ser una metáfora para convertirse en costumbre?
¡El conformismo social también mata!
Tal vez la verdadera locura de esta ciudad no esté
en sus apodos ni en su historia, sino en nuestra incapacidad para convivir,
para conservar lo propio y, sobre todo, para proteger lo que heredamos.
Porque mientras no recuperemos el respeto por el criterio
del otro y por nuestra propia ciudad, el reloj de la torre seguirá detenido y
Popayán continuará atrapada en su propio delirio.
Civilidad según HDG: Si
alguna vez Popayán fue el mejor vividero del mundo, no fue solamente por lo que
tenía, sino por la manera como sus habitantes sabían cuidarla.
