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sábado, 26 de septiembre de 2026

Ahora si...nos jodimos

 

Hacía algunos meses que no visitaba el corazón de mi amada ciudad. Me había “encerrado” también, por razones de mi palpitante corazón, pero pudo más el entrañable amor por Popayán y me arrimé a la sala de recibo para saludar a Don Francisco José de Caldas. A ese inanimado personaje de bronce que no posee lengua hablada, pero que permanece pensativo desde el día en que lo colocaron sobre su pedestal.

Como pude, llegué ávido de «patojear». Me senté en la «banca de las palomas caídas», espacio donde los desocupados de la sociedad económica inactiva, solíamos entablar largas tertulias hasta que el sol crepuscular se ocultaba, sin importar que el reloj de la Torre marcara las horas, y mucho menos los minutos. En Popayán, poco  interesa el paso del tiempo, que camina sin hacer ruido.

Entre trancones pude estacionar el vehículo en ese inmenso y arenoso parqueadero público, de la tradicional Manzana 99, conocida así porque allí funcionó lo que fuera el primer Centro Comercial del país: el Anarcos. Espacio, sin un uso definido después de su demolición hace años, que ha sido adecuado como parqueadero provisional, abierto las veinticuatro horas del día. A varios emprendedores  le «corre la baba» soñando con levantar un parqueadero subterráneo de tres pisos hacia abajo y siete pisos hacia arriba, proyecto que, según sus promotores, contribuiría a solucionar definitivamente, la congestión vehicular dentro del marco histórico.

Pero, como dice el refrán, «hay cosas que colgando parecen granadillas y, mirándolas al revés, granadillas otra vez».

Y como cada loco tiene su tema, aquí voy con el mío.

Caminando pausadamente, aunque frenético cuando escribo, emprendí el recorrido en busca de amparo para el patrimonio colectivo y con la intención de opinar sobre un asunto que ha regado mucha tinta durante varios años.

Porque nadie ama a Popayán porque sea grande, sino porque es nuestra. Hermoso es servirla con hechos, pero no es absurdo servirla también con palabras.

El centro histórico: una caminata de obstáculos.

Caminar hoy por la ciudad es prácticamente imposible. De oídas me dijeron: «Popayán está desbaratada y atrasada».

¡Cálmese, ventarrón, que llegó la brisa!

A quienes así opinan les dije: cójanle dobladillo a la lengua, porque cada vez que amanece, la ciudad crece. Aunque, después de mi recorrido, no sé si la brisa terminó llevándose la razón.

Empecé, desde luego, por las aceras, porque estas parecen haberse convertido en cosa del pasado. Tenía razón mi servicio secreto del chisme: por doquiera, ventorrillos comerciales sin vidrieras, por aquí, venta de medias, por allá, calzoncillos en la esquina, sombrillas, gafas, hamacas y cuanto producto pueda ofrecerse al transeúnte.

Los andenes, ese bien de uso público destinado al tránsito seguro de los peatones, se han convertido en extensiones del comercio, mientras las arcas municipales parecen no encontrar la manera de resolver su propio problema económico que lleva años creciendo.

No se trata de desconocer el derecho al trabajo de quienes dependen de las ventas informales para llevar el sustento a sus hogares. Se trata de encontrar un equilibrio entre ese derecho y el derecho colectivo al espacio público, la movilidad y la seguridad de los peatones.

Cuando los andenes y las calles se saturan, el peatón termina bajándose a la calzada vehicular, con el riesgo que ello representa para su integridad física.

Y, para completar el cuadro, aparecen los olores del chanchullo, salchipapas, empanadas, con cilindros de gas al piso; los bonais, los helados, los algodones de azúcar, parasoles, toldos y toldas alrededor del palacete municipal.

¡Tal parece que la ciudad hubiese regresado a la época en que la Plaza Mayor, en los años de 1930, funcionaba como plaza de mercado, con caballejos incluidos!

La moda de la indignación

Esta problemática, que debería generar un debate permanente entre la ciudadanía, el comercio formal y la administración local, parece haber perdido vigencia…nos acostumbramos a ver la ciudad como un pueblucho.

Ahora la atención se concentra en la pérdida de las cinco estrellas del Hotel Monasterio, una de las reliquias arquitectónicas de Popayán.

Esa es la moda de hoy.

Y como dirían las abuelas: ¡Ahora sí… nos jodimos!

Comamos de nuestro propio cocinado. Porque, con exceso de razón, no faltan ciudadanos que se preocupan por el patrimonio arquitectónico; pero son menos visibles quienes levantan la voz por el deterioro del espacio público y la falta de mantenimiento de nuestros parques.

No es que una preocupación deba excluir a la otra. Popayán merece que se defienda su arquitectura; pero también sus árboles, sus andenes, sus plazas y el derecho de sus habitantes a disfrutarlos.

El Parque de Caldas: entre el olvido y las buenas intenciones

Con sobrada razón, ciudadanos y organizaciones han acudido a instancias judiciales para solicitar la protección del Parque de Caldas, ese espacio que durante generaciones fue considerado el pulmón de la ciudad. Aunque en Popayán, todo pasa sin que pase nada.

Pasa los años sin que se advierta una inversión suficiente y sostenida para su recuperación y mantenimiento. Otro año más y cada vez peor.

Aunque, como reza el dicho, de buenas intenciones está empedrado el infierno.

Después del gusto viene el disgusto. Recorrí el marco central de la linda Popayán; pero al contemplar lo que encontré, casi me hace brotar lágrimas.

Parado al pie de la Torre del Reloj, ya bien reparada, el tiempo no es nuestro y, me pregunté:

¿Qué pasa con nuestra ciudad?

Si quienes tenemos voz no la alzamos para reclamar por el trato que recibe Popayán, mañana no tendremos derecho a lamentarnos cuando el deterioro sea mayor.

Lo que dejamos pasar

Nos estamos  lamentando; pero hace años no fuimos capaces de protestar con suficiente fuerza cuando las calles aledañas a la Plaza recibieron el primer baño de pavimento asfáltico. Tampoco rezongamos cuando se instalaron los adoquines y se amplió el área peatonal del Parque de Caldas, obras entregadas oficialmente en 2010, tras un proyecto de remodelación y embellecimiento financiado por FONADE y la Alcaldía de Popayán.

Así que, en nombre de ese «progresista» desarrollo del suelo, se intervinieron las raíces de los árboles del parque. Al podar las raíces, le quitaron fuerza a los pies de las cinco araucarias que formaban una corona en homenaje al sabio Francisco José de Caldas. Sufrieron las consecuencias de la debilidad y raquitismo, al igual que el madroño, el caucho, el magnolio y otros árboles que daban sombra, oxígeno y belleza al Centro Histórico.

Aquí no se trata de oponerse al desarrollo ni de convertir la ciudad en una pieza de museo. Se trata de preguntar si las obras de embellecimiento y renovación urbana se planearon con suficiente consideración por el patrimonio natural que acompañaba al patrimonio arquitectónico.

Una ciudad histórica como la nuestra, no se conserva únicamente con fachadas blancas, balcones coloniales y calles empedradas. También se conserva protegiendo la vida que crece en sus plazas.

Las fuentes y la memoria

Recuérdese que, hacia 1935, la colonia sirio-hebrea y libanesa obsequió, como gesto de solidaridad y recordación, cuatro fuentes de agua revestidas con abigarrados y multicolores azulejos.

Durante algún tiempo fueron objeto de controversia como elementos decorativos, hasta que los payaneses terminamos acostumbrándonos a aceptarlas como parte integral de la ornamentación del parque. Pero, tampoco podemos olvidar la función que el agua y el mantenimiento adecuado cumplen en la conservación de la vegetación. Pues, si las fuentes dejaron de cumplir su función como el sistema de riego por no recibir la atención necesaria, los árboles terminaron pagando la factura del abandono.

En sus postrimerías los árboles con las heridas abiertas, son un fantasma de la seca arboleda, cuyas raíces buscan con angustia humana a los seres que amo.

Tardíamente, se dieron cuenta, que un elemento o árbol del parque «representa un riesgo latente de colapso» y, la preocupación deja de ser únicamente estética. Se convierte en un asunto de seguridad, mantenimiento y responsabilidad institucional, que debe ser evaluado y documentado por las autoridades competentes. Por ello:

Ahora si…nos jodimos

La gran sala de recibo de los payaneses, ya encerrada con cinta amarilla, como precaución de peligro por los árboles moribundos, acompañados por un ejército de hormigas en hilera va trepando por ellos.   

“Aserrín, aserrán, los maderos de San Juan” los árboles tumbarán, es la triste realidad, del parque de Caldas desaparecerán.

¡Vaya que lástima!  perder árboles de tantos años, como las araucarias, especies que pueden vivir un siglo o más en condiciones favorables. Su longevidad hace todavía más importante el cuidado que se les dispense.

La melancolía implícita en la mirada del sabio Caldas parece reflejar el trágico final de la corona de árboles que lo acompañó durante tantos años.

Y para quienes conocimos aquellas araucarias, su desaparición no es un simple cambio de paisaje. Es la pérdida de una parte de la memoria viva de la ciudad.

Civilidad, según HDG

Amantes de Popayán, no podemos sellar nuestros labios ante el deterioro de los espacios que pertenecen a todos.

La defensa del patrimonio no puede aparecer únicamente cuando se anuncia el cambio de una marca hotelera, se modifica una fachada o se pierde una estrella. Debe manifestarse también cuando se invade un andén, se abandona un parque, se deteriora un árbol y se pierde en el bosque del descuido un bien de uso público.

El Consejo de Estado ha emitido decisiones relacionadas con la protección del espacio público y los derechos colectivos. Corresponde revisar cada sentencia y su alcance concreto para que las autoridades cumplan las obligaciones que les corresponden.

Popayán no necesita solamente ciudadanos que la recuerden con nostalgia. Necesita ciudadanos que la defiendan con civismo, urbanidad y hechos.

Porque si seguimos dejando pasar todo, algún día, al mirar nuestra ciudad, tendremos que repetir aquello que decían las abuelas:

¡Ahora si…nos jodimos!

 

 

 

 

sábado, 19 de septiembre de 2026

El Ciro López y la Francisco Villamil

 






Aquí de nuevo, escribiendo mi columna dominical. En esta ocasión, honrando la memoria del generoso, don Ciro López, quien donó el terreno para el escenario deportivo que lleva su nombre. Tuve el privilegio de conocerlo, de profesión constructor, utilizando andamios de guadua; pero nunca se le cayó un andén. Andenes los de hoy con arremuescos donde se cae la gente. Don. Ciro, cuando de reprochar tenía, lo decía: “en tono bajito, casi como para no molestar: esa cuadrilla de obreros no va a rendir lo que dice esa hoja”.

La donación del terreno tenía el fin exclusivo para la construcción de un campo deportivo con graderías para los espectadores, destinado a competencias de diferentes disciplinas, entre ellas el fútbol, inaugurado el 8 de julio de 1951.

Lastimosamente hoy, el estadio Ciro López hace parte de una larga historia de abandono, disputas jurídicas, reclamos ciudadanos y deterioro físico. Un escenario que alguna vez representó progreso y encuentro deportivo, terminó convertido, como tantos otros bienes de nuestra ciudad, en un dolor de cabeza para quienes tienen la responsabilidad de conservarlo.

He aquí comienza otra historia, mucho más antigua, que tiene que ver con la famosa leyenda popular de Popayán: la maldición de la cruz de Belén.

Cuenta la tradición, que el obispo Carlos Bermúdez fue sacado por la fuerza del palacio arzobispal por hombres armados. Ante semejante agravio, el prelado habría proferido una severa imprecación contra la ciudad, advirtiendo que, si la cruz de la iglesia de Belén llegaba a caer, los muertos saldrían de sus tumbas y Popayán perecería.

La leyenda quedó prendida de la memoria colectiva y adquirió una fuerza particular después del terremoto de 1983, cuando la cruz sufrió graves daños, pero no cayó completamente. Para muchos, aquello fue suficiente para confirmar que la maldición seguía vigente.

Y si de maldiciones hablamos, pareciera que Popayán continúa pagando alguna factura que nadie sabe quién dejó pendiente.

Fundada en 1537, esta ilustre ciudad ha sido llamada cuna de dieciséis presidentes de Colombia. Sin embargo, a veces da la impresión de que ninguno hubiera pasado por aquí después de ocupar el solio presidencial. Tenemos historia, patrimonio, títulos, pergaminos y hasta presidentes para repartir; lo que seguimos buscando es, la manera de convertir tanta gloria acumulada en progreso visible.

Hasta el antiguo reloj de la Torre del Reloj parece haberse confabulado con nosotros: sin la manecilla para los minutos, permanece detenido en el tiempo, como si a los payaneses no nos interesara demasiado saber qué hora es ni, mucho menos, hacia dónde va la ciudad.

La supuesta imprecación también parece haberse extendido a otros bienes de Popayán y del Cauca. Pues, allí está la Plaza de Toros Francisco Villamil Londoño, patrimonio cultural de la ciudad, durante años escenario de corridas y espectáculos,  hoy convertida en una dolorosa muestra del deterioro que puede producir el abandono. La Alcaldía y la Gobernación han reconocido su delicada situación y han anunciado acciones para recuperar el inmueble. Pero entre anuncios, trámites, problemas jurídicos y tiempo transcurrido, el patrimonio continúa esperando.

Y qué decir de aquellas historias que rodean la plaza.

Se cuenta que la primera corrida realizada en Popayán prácticamente resultó gratuita para el público, porque la asistencia no fue la esperada y los toreros, traídos del cartel taurino de Cali, actuaron más por gusto que por negocio, atraídos por la belleza y las comodidades del pequeño albero, aunque reducido frente a la plaza de Cañaveralejo. Al propietario de los toros, según cuenta la tradición oral, hubo que pagarle con dos letras de cambio, documento legal que respaldaba la deuda (vaya a saber si las hicieron efectivas).

En 1972 también actuó allí el cantante español Raphael, acompañado por Los Brujos de Venus, pero tampoco se llenaron las graderías. De ahí nació aquella ocurrencia o chispa patoja de llamar al coso taurino: “la plaza más grande del mundo”, porque nunca se llenaba.

Humor aparte, hay algo más serio detrás de todo esto.

La responsabilidad sobre el patrimonio público —o sobre aquellos bienes que hacen parte de la memoria colectiva de la ciudad— no puede diluirse entre oficinas, administraciones, entidades, juntas, procesos jurídicos y buenos propósitos. El patrimonio no se conserva con discursos. Se conserva con decisiones, recursos, mantenimiento, transparencia y voluntad política.

Y aquí aparece otra de nuestras particulares costumbres: la maledicencia.

A nuestros alcaldes, con independencia de sus aciertos o equivocaciones, muchas veces los rajamos como si fuera deporte local. Una obra no termina y ya tiene culpable; una obra se termina y siempre aparece quien encuentra la falla; un proyecto se anuncia y se critica; otro se demora y también se critica. Y así vamos construyendo una cadena interminable de improperios que muy poco ayuda a solucionar los problemas de la ciudad.

Por supuesto, la crítica ciudadana es necesaria. La vigilancia sobre lo público es indispensable. Pero una cosa es exigir cuentas y otra muy diferente convertir la descalificación en costumbre.

Aquí, mucha gente habla de lo que no entiende, de lo que cree entender y de lo que entiende apenas a medias.

Y, aun así, Popayán encanta.

Es bella, lenta, anacrónica y, en ocasiones, refractaria al progreso. Parece detenida en el tiempo impreciso entre el siglo XIX y mediados del XX, con ese persistente olor a calicanto que se desprende de sus muros, sus faroles, sus balcones y el aliento ceniciento de sus viejas techumbres.

Tal vez por eso seguimos amándola.

Y aterra pensar que, en alguna esquina de Popayán, el espectro del viejo arzobispo todavía deambula buscando a quién culpar. Quizá las fuerzas sobrenaturales del inframundo, en vez de desaparecer, simplemente se han modernizado y ahora reaparecen de vez en cuando en algunos candidatos de bajo perfil non sanctus.

Pero no exageremos.

Cuando se acerque el día de las brujas, quizá no sea mala idea organizar un exorcismo colectivo. No para sacar a los muertos de sus tumbas, sino para sacar de nosotros algunas viejas mañas: el conformismo, la desidia, la maledicencia, la indiferencia y esa inexplicable capacidad de acostumbrarnos al deterioro.

A lo mejor así rompemos la maldición.

Civilidad, según HDG: Popayán no necesita exorcistas. Necesita ciudadanos que quieran a su ciudad lo suficiente como para no dejarla morir de abandono.

sábado, 12 de septiembre de 2026

El Patrimonio Patojo

 


Hemos visto que la floreciente cadena hotelera de cinco estrellas que administraba la joya arquitectónica colonial, antiguo monasterio, bajó su marca de la fachada. Se va por falta de acuerdo contractual con su propietario, la Gobernación del Cauca. Después de 28 años, se marcha, pero otra cadena hotelera llegará a ocupar ese espacio. Entonces, este emblemático inmueble del Centro Histórico de Popayán no cerrará sus puertas.

Existe, sin embargo, una natural preocupación por las estrellas, esas que indican el nivel de calidad, los servicios, los espacios y las comodidades que ofrece un hotel a sus huéspedes, mientras la ciudad sucumbe silenciosamente ante el deterioro de buena parte de su patrimonio.

Ojalá los lamentos, incluso esos que se pronuncian en tonos lastimeros y con algún aderezo del dialecto local, fueran también en defensa de aquellas estructuras de estilo colonial español, típicamente de dos plantas, que caracterizan nuestro Centro Histórico. Construcciones que combinan una apariencia sobria con detalles cuidadosamente elaborados —molduras, cornisas y otros elementos ornamentales— que resaltan la riqueza artesanal de una época, pero que hoy, en no pocos casos, se vienen abajo a pedazos.

El patrimonio no es solamente aquello que admiramos en las fotografías antiguas. Son también las construcciones que han logrado sobrevivir al paso del tiempo como valiosos testimonios de nuestra historia, nuestro arte y nuestra cultura.

La edificación monástica es uno de los establecimientos más exclusivos de la urbe y, al mismo tiempo, una de las joyas coloniales más importantes que posee la Ciudad Blanca. En su época de esplendor llegó a constituir uno de los conjuntos conventuales más extensos de la región.

La defensa de lo público y de nuestro patrimonio no debería convertirse en una discusión innecesaria entre ciudadanos. Sería mucho más provechoso que, en lugar de enfrascarnos en polémicas, nos ocupáramos de defender integralmente la ciudad y derramáramos lágrimas sinceras por el deterioro de un patrimonio histórico y arqueológico que constituye parte esencial de la identidad cultural, del turismo y de la memoria colectiva de los payaneses.

Como si fuera poco, la falta de mantenimiento de muchas de esas viejas casonas del Centro Histórico representa un riesgo para los peatones. No basta con contemplarlas, fotografiarlas o presumir de ellas: también hay que cuidarlas.

Hasta hace pocos días contábamos la historia de aquella “ira de Dios”, de esa torre símbolo de la ciudad, para explicar las ruinas que todavía marcaban el suelo y recordar que el patrimonio también puede desaparecer cuando la indiferencia se vuelve costumbre.

¿Y qué decir de aquel otro patrimonio patojo que fue derribado el 16 de septiembre de 2020 por integrantes de la comunidad Misak? Han transcurrido ya seis años desde que la estatua del fundador de Popayán terminó en el suelo. Seis años esperando saber si volverá a ser instalada en algún lugar.

No se han escuchado con la misma intensidad los lamentos de quienes hoy defienden a ultranza las estrellas de moda en Popayán, mientras el fundador de la ciudad parece dormir el sueño de los justos.

Y, como ya parece ser costumbre, la ciudad de paredes blancas no arranca, no avanza, ni siquiera lentamente, hacia el cumplimiento de sus 500 años de fundación.

Popayán ya no puede vivir únicamente de su pasado colonial. Tiene que enfrentar los retos urbanos del presente, sin renunciar a su cultura, su gastronomía, su memoria y esa vida cotidiana que todavía le concede un carácter propio.

La ciudad despierta cada mañana con la misma pregunta, todavía sin respuesta: ¿en qué momento de nuestra historia dejamos que la indiferencia dejara de ser una metáfora para convertirse en costumbre?

¡El conformismo social también mata!

Tal vez la verdadera locura de esta ciudad no esté en sus apodos ni en su historia, sino en nuestra incapacidad para convivir, para conservar lo propio y, sobre todo, para proteger lo que heredamos.

Porque mientras no recuperemos el respeto por el criterio del otro y por nuestra propia ciudad, el reloj de la torre seguirá detenido y Popayán continuará atrapada en su propio delirio.

Civilidad según HDG: Si alguna vez Popayán fue el mejor vividero del mundo, no fue solamente por lo que tenía, sino por la manera como sus habitantes sabían cuidarla.