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sábado, 9 de mayo de 2026

Otra vez, lo mismo, pero en este tiempo

Cada vez que se aproxima un ciclo electoral en Colombia reaparece, con renovado entusiasmo retórico, una promesa conocida repetidamente: acabar con la corrupción. Vuelve y juega la cantaleta. Casi una centena de precandidatos encaramados al bus de las aspiraciones presidenciales convencidos —o al menos así lo proclaman— de que poseen la fórmula para erradicar uno de los males más persistentes del país. Sin embargo, pasada la contienda, la experiencia nos enseña que esas consignas se disuelven con la misma rapidez con la que fueron pronunciadas. El primer síntoma de esta penosa enfermedad, es que vamos, en cual frágil navecilla entre revueltas olas y, la corrupción está enquistada en todos los niveles y ningún partido puede tirar la primera piedra. 

Conviene entonces hacer una pausa de conciencia y pedagógica para mirar el problema con mayor profundidad. La corrupción no es un fenómeno nuevo ni exclusivo de una administración o de un sector político. Es una realidad compleja, cambiante y profundamente arraigada en la vida cotidiana del país. No se limita a los grandes escándalos que copan titulares; también se expresa en prácticas pequeñas, repetidas y normalizadas, que afectan silenciosamente la confianza social y el funcionamiento del Estado. 

Las cifras ayudan a dimensionar el problema. La Contraloría General de la Nación ha advertido que la corrupción le cuesta al país cerca de 50 billones de pesos al año. Suma que permitiría financiar reformas estructurales largamente aplazadas. No se trata, pues, de una “bicoca”, sino de un drenaje permanente de recursos que pertenecen a todos los colombianos. 

Pero reducir el debate a la denuncia de funcionarios corruptos sería incompleto. Como bien lo han señalado distintos analistas, la corrupción no es solo un vicio del político posando de impoluto con quien se va a transformar esta nación; es un reflejo de prácticas sociales toleradas y, en ocasiones, justificadas. Por ejemplo: el llamado “pago facilitador”, el atajo para agilizar un trámite, la evasión y elusión “menor” de una norma, que terminan conformando un engranaje que encarece los procesos y debilita la ética colectiva. 

Colombia es, paradójicamente, un país con abundante legislación anticorrupción, pero con escasa aplicación efectiva. La consigna popular lo resume con crudeza: “norma dictada, trampa inventada”. Sin una ciudadanía comprometida y consciente, las leyes por sí solas resultan insuficientes. 

Por eso, cuando se habla de barrer la corrupción “de arriba hacia abajo”, es necesario aclarar que la limpieza también debe empezar por casa. La formación en valores no es un discurso abstracto; es un proceso que inicia en la familia, se refuerza en la escuela y se consolida en la vida laboral, social y comunitaria. La honestidad se aprende, así como también se aprenden las malas prácticas cuando se normalizan. 

Saltarse la fila, parquear donde no se debe, pedir que no facturen, sacar la basura fuera de horario o evadir impuestos son ejemplos cotidianos de una corrupción actitudinal que, aunque parezca menor, erosiona la civilidad y la convivencia. En democracias frágiles, estas conductas se multiplican y terminan extendiéndose a redes más grandes de ilegalidad. 

De cara al nuevo debate electoral, más que preguntar quién promete castigar a los corruptos, quizá deberíamos preguntarnos quién está dispuesto a liderar un proceso serio de reconstrucción ética y cívica. Pero, combatir la corrupción no es solo una tarea del próximo gobierno: es un desafío colectivo que exige coherencia entre lo que se dice, lo que se vota y lo que se hace cada día. Solo así la corrupción galopante dejará de marcar el rumbo del país. 

Pero, una cosa muy importante que debemos tener en cuenta, es que, hay que votar para integrar el Congreso para que haga control. Así que el Ejecutivo puede presentar reformas tributarias, pero es el Congreso el que decide. Igual ocurre cuando presenta el presupuesto nacional, también es el Congreso el que resuelve cómo se reparten esos dineros. Recordemos que todos los temas sociales como salud, educación o seguridad ciudadana pasan por decisiones que se toman en el Congreso. 

Civilidad: Atacar la corrupción, es una condición indispensable, aunque no suficiente para reducir la pobreza, liberando recursos públicos desviados para inversión social infraestructura y servicios básicos. 

domingo, 3 de mayo de 2026

El automotor y el destierro del peatón

En esta ciudad blanca, culta y de paso lento —al menos así la evocamos— algo se nos salió de las manos. Popayán, que fue pensada para caminarla despacio, conversarla en las esquinas y vivirla a pie, hoy parece diseñada para el rugido del motor y el pito ensordecedor. El peatón, ese ciudadano de toda la vida, fue empujado sin ceremonia a las orillas, arrinconado en aceras flacas, rotas e invadidas, entre tanto, el centro de la calle convertido en territorio sagrado del automóvil.

Las calles, plazas y andenes están tomadas, colonizadas y bien parqueadas por carros, motos, busetas y vehículos oficiales —estos últimos, con patente de corso— en movimiento o en reposo eterno. Popayán ya no es la ciudad de los caminantes; la volvieron un mega-parqueadero patrimonial, con barreras invisibles y visibles donde manda el que tenga llaves y pito. Aquí se parquea sobre el andén, en la esquina, frente al garaje ajeno o donde dé la gana, porque total: multa no hay y vergüenza menos.

Y no es que este fenómeno sea nuevo, no señor. Pero crece como maleza en lote abandonado. Andenes invadidos por motos, carros y vendedores; cruces imposibles; semáforos que privilegian al vehículo con ciclos eternos y le dan al peatón unos segunditos de fe. “- Cruce rápido, abuelita, que el carro ya viene”- Caminar en línea recta es un lujo; toca ir en zigzag, como toreando la suerte, esquivando espejos y aceleradores.

Claro, no seamos injustos: el vehículo privado, visto desde la comodidad individual, es una maravilla. Lleva, trae, carga, protege de la lluvia y da cierto estatus, como decía aquella frase célebre que algunos aún se toman muy en serio. Pero una cosa es el invento y otra el desorden. Porque mientras el mundo habla de ciudades humanas, aquí seguimos atrapados en trancones dignos de metrópoli… sin serlo.

La movilidad en Popayán es un problema serio, grave y conocido. Todos lo saben, todos lo dicen, todos lo sufren. Pero soluciones, pocas; resultados, menos. Más accidentes, más ruido, más contaminación y más muertos. Las históricas calles de la ciudad, pensadas para la vida y no para la carrera, hoy parecen pistas de supervivencia.

Se intentó con proyectos rimbombantes, carriles mal pensados y estaciones que hoy son elefantes blancos tapizados de maleza. Mucho anuncio, mucha valla y poco resultado. El ciudadano opina, pero nadie escucha. Mucho ruido y pocas nueces, como decimos por acá.

Y si algo resume este caos, son los famosos semáforos inteligentes, que de inteligentes tienen lo que Popayán de puerto. No coordinan, no responden, no ayudan. Son brutos de nacimiento y tercos de funcionamiento. Aquí la tecnología quedó en promesa, y la inteligencia artificial ni se asomó.

Civilidad: Popayán no puede seguir siendo una ciudad donde el carro manda y el peatón estorba. Una ciudad que expulsa a su gente de las calles, pierde el alma.

sábado, 25 de abril de 2026

A todo señor, todo honor



Es una vieja expresión que invita a reconocer, sin mezquindades, a las personas e instituciones por sus actuaciones en beneficio de otros. Bajo ese espíritu, quiero rendir un explícito homenaje al antiguo Hospital Universitario San José, que hay que decirlo sin ambages ha experimentado un cambio fundamental en la prestación de sus servicios.

Es necesario destacar que, desde el personal de aseo quienes mantienen las instalaciones en condiciones de limpieza absoluta y con plena conciencia de su responsabilidad hasta el equipo médico-científico, con la gran variedad de especialistas, enfermeras, auxiliares, camilleros, administrativos y trabajadores oficiales en general, todos conforman un verdadero ejército de prestadores de servicio. Un ejército que actúa con humanismo, calidad, inteligencia y sabiduría.

Día tras día atienden a miles de pacientes. Muchos ingresan con incertidumbre o dolor, algunos deben someterse a intervenciones quirúrgicas, y salen aunque adoloridos con renovado entusiasmo, tras haber recibido atención integral en este hospital de tercer nivel.

Ojalá las autoridades locales, departamentales y nacionales dieran el paso de elevarlo a cuarto nivel, evitando así el traslado de pacientes a la ciudad de Cali, con los riesgos que implica recorrer la vía Panamericana desde Popayán.

Es justo reconocer, además, que este hospital ha recibido la certificación del Icontec como institución de excelente calidad, hecho que respalda lo aquí afirmado. Se espera, por supuesto, que esta condición se mantenga en beneficio de la comunidad payanesa, caucana y de las regiones aledañas.

También es importante resaltar que la administración, en cabeza del doctor Juan Carlos Arteaga Cifuentes, han hecho posible este reconocimiento, fruto de un manejo responsable y de la prestación de un servicio de alta calidad.

A quienes critican sin conocimiento, cabría invitarlos no necesariamente como pacientes, porque a nadie se le desea enfermedad alguna a visitar el hospital, a informarse de primera mano y a formarse un criterio basado en la realidad. Es fácil destruir desde la distancia; más difícil es reconocer cuando las cosas se hacen bien.

He observado, con preocupación, algunas críticas en redes sociales dirigidas a una institución que moviliza un vasto equipo humano y que, pese a sus evidentes logros, enfrenta enormes dificultades financieras. Porque no se puede ignorar una realidad inquietante: diversas entidades le adeudan sumas millonarias. Solo la Nueva EPS le debe cerca de 117 mil millones de pesos, y otras entidades responsables de pago acumulan deudas que ascienden a más de 350 mil millones.

Cabe entonces una pregunta inevitable: ¿qué institución puede sostener eficiencia, calidad y humanismo cuando le adeudan cifras cercanas al medio billón de pesos? ¿Y que entidad con semejante deuda acumulada puede dar cumplimiento a las obligaciones laborales, contractuales, pago de servicios, adquisición de insumos, mantenimiento de equipos para una presentación de servicios eficiente y eficaz?. 

Por último, desde el luminoso y eficiente hospital universitario San José donde se preparan los mejores médicos y se atiende a los enfermos sin condición social, de razas o ideológica, la comunidad debería agradecer al Todo Poderoso, tener este hospicio que garantiza la salud y el bienestar de toda la comunidad caucana. 

Civilidad: Reconocer lo que funciona no es un acto de complacencia; es un acto de justicia. Y en este caso, a todo señor, todo honor.