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domingo, 17 de mayo de 2026

Democracia, bendita seas

En la historia política de Colombia hay frases que sobreviven al paso del tiempo porque encierran una verdad profunda. Una de ellas es, aquella sentencia pronunciada por el poeta caucano Guillermo Valencia durante las honras fúnebres del general liberal Rafael Uribe Uribe, asesinado en Bogotá en 1914: «Democracia, bendita seas, aunque así nos mates». Estas palabras, surgidas en medio del duelo nacional, condensaron en una sola frase la paradoja de la vida democrática: sistema lleno de tensiones, pasiones y conflictos, pero que sigue siendo capaz de garantizar la libertad. 

El asesinato de Uribe Uribe estremeció al país que todavía llevaba abiertas las heridas de la Guerra de los Mil Días. Colombia era entonces una nación profundamente dividida por rivalidades políticas donde el debate con frecuencia degeneraba en odio y la confrontación ideológica terminaba en violencia. En ese contexto, las palabras de Valencia no fueron un gesto de resignación ni un lamento fatalista. Fueron, más bien, una declaración de principios. Un recordatorio de que, aun cuando la democracia duela, aun cuando sacuda a la sociedad con crisis y enfrentamientos, sigue siendo preferible a cualquier forma de autocracia. 

La democracia, por naturaleza, es ruidosa e imperfecta. En ella caben las pasiones, los desacuerdos y las palabras encendidas. No es el reino del silencio obediente ni de la unanimidad forzada. Es, por el contrario, el escenario donde las diferencias se expresan, se confronta y —con suerte— encuentran caminos de convivencia. Nuestra democracia puede ser imperfecta y hasta trágica, pero sigue siendo el camino legítimo para la vida política de Colombia. 

Por eso, cuando el debate político se vuelve áspero o cuando el ambiente público parece saturado de confrontaciones, conviene recordar que esas tensiones también forman parte del precio de vivir en libertad. El verdadero peligro no está en el ruido democrático, sino en el silencio impuesto. Las sociedades donde nadie discute, donde nadie contradice al poder y donde las voces se apagan en nombre del orden, terminan pagando un precio mucho más alto: la pérdida de la libertad. 

Más de un siglo después, la frase de Guillermo Valencia sigue resonando con inquietante actualidad. Nos recuerda que la democracia no es un jardín perfecto, sino un terreno donde crecen tanto las flores como las espinas. Pero también nos enseña que, aun con sus heridas y contradicciones, sigue siendo el único camino que permite a los pueblos decidir su destino. 

Frente a los desencantos de la política y a las frustraciones del presente, conviene volver a aquella reflexión nacida en medio del duelo nacional. Porque, al final, incluso en sus momentos más difíciles, la democracia sigue siendo la mejor garantía de nuestra libertad. 

Civilidad: Como lo expresó Valencia con dolor y lucidez, vale repetirlo una vez más: democracia, bendita seas… aun cuando a veces parezca que nos hieres. 


 

sábado, 9 de mayo de 2026

Otra vez, lo mismo, pero en este tiempo

Cada vez que se aproxima un ciclo electoral en Colombia reaparece, con renovado entusiasmo retórico, una promesa conocida repetidamente: acabar con la corrupción. Vuelve y juega la cantaleta. Casi una centena de precandidatos encaramados al bus de las aspiraciones presidenciales convencidos —o al menos así lo proclaman— de que poseen la fórmula para erradicar uno de los males más persistentes del país. Sin embargo, pasada la contienda, la experiencia nos enseña que esas consignas se disuelven con la misma rapidez con la que fueron pronunciadas. El primer síntoma de esta penosa enfermedad, es que vamos, en cual frágil navecilla entre revueltas olas y, la corrupción está enquistada en todos los niveles y ningún partido puede tirar la primera piedra. 

Conviene entonces hacer una pausa de conciencia y pedagógica para mirar el problema con mayor profundidad. La corrupción no es un fenómeno nuevo ni exclusivo de una administración o de un sector político. Es una realidad compleja, cambiante y profundamente arraigada en la vida cotidiana del país. No se limita a los grandes escándalos que copan titulares; también se expresa en prácticas pequeñas, repetidas y normalizadas, que afectan silenciosamente la confianza social y el funcionamiento del Estado. 

Las cifras ayudan a dimensionar el problema. La Contraloría General de la Nación ha advertido que la corrupción le cuesta al país cerca de 50 billones de pesos al año. Suma que permitiría financiar reformas estructurales largamente aplazadas. No se trata, pues, de una “bicoca”, sino de un drenaje permanente de recursos que pertenecen a todos los colombianos. 

Pero reducir el debate a la denuncia de funcionarios corruptos sería incompleto. Como bien lo han señalado distintos analistas, la corrupción no es solo un vicio del político posando de impoluto con quien se va a transformar esta nación; es un reflejo de prácticas sociales toleradas y, en ocasiones, justificadas. Por ejemplo: el llamado “pago facilitador”, el atajo para agilizar un trámite, la evasión y elusión “menor” de una norma, que terminan conformando un engranaje que encarece los procesos y debilita la ética colectiva. 

Colombia es, paradójicamente, un país con abundante legislación anticorrupción, pero con escasa aplicación efectiva. La consigna popular lo resume con crudeza: “norma dictada, trampa inventada”. Sin una ciudadanía comprometida y consciente, las leyes por sí solas resultan insuficientes. 

Por eso, cuando se habla de barrer la corrupción “de arriba hacia abajo”, es necesario aclarar que la limpieza también debe empezar por casa. La formación en valores no es un discurso abstracto; es un proceso que inicia en la familia, se refuerza en la escuela y se consolida en la vida laboral, social y comunitaria. La honestidad se aprende, así como también se aprenden las malas prácticas cuando se normalizan. 

Saltarse la fila, parquear donde no se debe, pedir que no facturen, sacar la basura fuera de horario o evadir impuestos son ejemplos cotidianos de una corrupción actitudinal que, aunque parezca menor, erosiona la civilidad y la convivencia. En democracias frágiles, estas conductas se multiplican y terminan extendiéndose a redes más grandes de ilegalidad. 

De cara al nuevo debate electoral, más que preguntar quién promete castigar a los corruptos, quizá deberíamos preguntarnos quién está dispuesto a liderar un proceso serio de reconstrucción ética y cívica. Pero, combatir la corrupción no es solo una tarea del próximo gobierno: es un desafío colectivo que exige coherencia entre lo que se dice, lo que se vota y lo que se hace cada día. Solo así la corrupción galopante dejará de marcar el rumbo del país. 

Pero, una cosa muy importante que debemos tener en cuenta, es que, hay que votar para integrar el Congreso para que haga control. Así que el Ejecutivo puede presentar reformas tributarias, pero es el Congreso el que decide. Igual ocurre cuando presenta el presupuesto nacional, también es el Congreso el que resuelve cómo se reparten esos dineros. Recordemos que todos los temas sociales como salud, educación o seguridad ciudadana pasan por decisiones que se toman en el Congreso. 

Civilidad: Atacar la corrupción, es una condición indispensable, aunque no suficiente para reducir la pobreza, liberando recursos públicos desviados para inversión social infraestructura y servicios básicos. 

domingo, 3 de mayo de 2026

El automotor y el destierro del peatón

En esta ciudad blanca, culta y de paso lento —al menos así la evocamos— algo se nos salió de las manos. Popayán, que fue pensada para caminarla despacio, conversarla en las esquinas y vivirla a pie, hoy parece diseñada para el rugido del motor y el pito ensordecedor. El peatón, ese ciudadano de toda la vida, fue empujado sin ceremonia a las orillas, arrinconado en aceras flacas, rotas e invadidas, entre tanto, el centro de la calle convertido en territorio sagrado del automóvil.

Las calles, plazas y andenes están tomadas, colonizadas y bien parqueadas por carros, motos, busetas y vehículos oficiales —estos últimos, con patente de corso— en movimiento o en reposo eterno. Popayán ya no es la ciudad de los caminantes; la volvieron un mega-parqueadero patrimonial, con barreras invisibles y visibles donde manda el que tenga llaves y pito. Aquí se parquea sobre el andén, en la esquina, frente al garaje ajeno o donde dé la gana, porque total: multa no hay y vergüenza menos.

Y no es que este fenómeno sea nuevo, no señor. Pero crece como maleza en lote abandonado. Andenes invadidos por motos, carros y vendedores; cruces imposibles; semáforos que privilegian al vehículo con ciclos eternos y le dan al peatón unos segunditos de fe. “- Cruce rápido, abuelita, que el carro ya viene”- Caminar en línea recta es un lujo; toca ir en zigzag, como toreando la suerte, esquivando espejos y aceleradores.

Claro, no seamos injustos: el vehículo privado, visto desde la comodidad individual, es una maravilla. Lleva, trae, carga, protege de la lluvia y da cierto estatus, como decía aquella frase célebre que algunos aún se toman muy en serio. Pero una cosa es el invento y otra el desorden. Porque mientras el mundo habla de ciudades humanas, aquí seguimos atrapados en trancones dignos de metrópoli… sin serlo.

La movilidad en Popayán es un problema serio, grave y conocido. Todos lo saben, todos lo dicen, todos lo sufren. Pero soluciones, pocas; resultados, menos. Más accidentes, más ruido, más contaminación y más muertos. Las históricas calles de la ciudad, pensadas para la vida y no para la carrera, hoy parecen pistas de supervivencia.

Se intentó con proyectos rimbombantes, carriles mal pensados y estaciones que hoy son elefantes blancos tapizados de maleza. Mucho anuncio, mucha valla y poco resultado. El ciudadano opina, pero nadie escucha. Mucho ruido y pocas nueces, como decimos por acá.

Y si algo resume este caos, son los famosos semáforos inteligentes, que de inteligentes tienen lo que Popayán de puerto. No coordinan, no responden, no ayudan. Son brutos de nacimiento y tercos de funcionamiento. Aquí la tecnología quedó en promesa, y la inteligencia artificial ni se asomó.

Civilidad: Popayán no puede seguir siendo una ciudad donde el carro manda y el peatón estorba. Una ciudad que expulsa a su gente de las calles, pierde el alma.