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domingo, 19 de abril de 2026

Yo viví el 9 de abril


No menciono la hora porque en mi temprana infancia, vivía en el presente, sin las restricciones del reloj, sin horarios o la planificación futura. Por eso, solo se transmitir un momento de mi infancia. Seguro estoy que ocupaba un lugar central para mi madre, siempre hacia mis cuidados, su atención y las comidas a mi gusto. Remitiéndome al diccionario de la Real Academia Española encuentro que se considera infancia al primer período de la niñez, que comprende desde el nacimiento hasta los siete años. Para el fatídico día del 9 de abril de 1948, yo contaba con cinco años considerándola como la que media entre la primera infancia. A partir de entonces, tuve un mensaje. Entonces, puedo decir que, para definir el tiempo, es que en principio no existe el tiempo, pero existen los sucesos, los acontecimientos. Así que lo experimentado en mi temprana infancia fue un proceso evolutivo. Fue un momento en el que como niño me encontré ante un estado de indefensión, situación que tenía la indeseable consecuencia de hacerle poner por encima de todos los peligros de no ser por ese ángel protector ante todas las situaciones de desamparo: mi adorable madre. Es interesante que subraye que la indefensión y ante la ignorancia de lo que acontecía en ese momento y, que hoy narro con una mayor autonomía y un conocimiento propio dentro de la corriente filosófica, política y económica situada en la libertad individual, la igualdad ante la ley y la limitación del poder del Estado.

Ese trágico día, había ido a acompañar a mi madre a la plaza de mercado, la galería central y única en ese tiempo, de la ciudad. Tomándome de la mano de mi madre y abrazándome me hacía sentir seguridad, protección y confianza incondicional. Y viene a mi memoria como si fuese hoy, esa turba enfurecida incendiando y saqueando la edificación de 2 pisos. El edificio “Masordoñez” -lo más alto de la ciudad- frente al portalón de la galería por la calle 6ª entre carreras 5ª y 6ª. Mi evocación fotográfica me recuerda como desde allí, tiraban mesas escritorios, caja fuerte de donde salían billetes y monedas. Alboroto o revuelta que nos permitía ver, pero no, que pudiéramos salir de la plaza de mercado. Cuando pudimos hacerlo, aún conservo los gestos de angustia de mi adorable madre que actuaba como un ancla emocional para ofrecerme estabilidad, ayuda a reducir el miedo, fomentando el vínculo afectivo, siendo un puente hacia la autonomía y la confianza para caminar las calles de gentes enardecidas, unos huyendo, otros persiguiendo al grito de –“mataron a Gaitán”. La gente reaccionaba con rabia y dolor. Habían matado al líder más querido en ese momento. Fue una muerte que se multiplicó en trescientas mil muertes y causó el desplazamiento forzoso de más de dos millones de personas, una quinta parte de la población, que por ese entonces se calculaba en once millones de habitantes y, que además produjo la destrucción de buena parte de la capital. Presencié y leí los acontecimientos que través de escritos que con el transcurrir de los años denominaron: “El Bogotazo”. Fueron intensas y sangrientas las horas que duró la revuelta en la capital colombiana en que “disparaban a todo lo que se movía” y que marcó el inicio de una época conocida como la violencia, que ha perdurado siete o más décadas, afectando a todo el país, desarrollada principalmente en el campo.

Es un capítulo que, aún falta por esclarecer las raíces de más de seis décadas de violencia bipartidista iniciada en 1948. Todavía se entablan numerosas controversias, motivando la escritura de decenas o cientos de libros y cuyas consecuencias: el narcotráfico que ha permeado a la sociedad y la economía; la lucha por tierras a falta de una reforma agraria integral y, la incapacidad de cerrar la brecha de la pobreza, que se viven todavía en Colombia, temas explicados por numerosos estudiosos. Ciertamente, del bogotazo surgió todo: las FARC, las disidencias y el ELN. Pero, la cruda realidad, 78 años después, a pesar de todo: aún no acuerdan el desarme, la violencia continúa viva y la sociedad fragmentada.

Civilidad: Colombia, país con larga historia de violencia, sin que todavía encuentre una respuesta.

43 años del derrumbe de Popayán (crónica)


En Popayán la mañana del 31 de marzo de 1983 amaneció como tantas otras: lenta, solemne, envuelta en el recogimiento de la Semana Santa más ceremonial del país. A las ocho pasadas, cuando el incienso aún parecía flotar en el aire de las iglesias y los pasos de los fieles se acomodaban al ritmo de la tradición, la tierra decidió interrumpir la historia.

Fueron apenas 18 segundos. Suficientes.

El suelo rugió con una fuerza que nadie había escuchado antes. Un sonido profundo, casi animal, que hizo temblar las paredes de tapia y ladrillo del sector histórico. Las campanas, que minutos antes llamaban a misa, se mezclaron con el estruendo de los muros al caer. En ese instante, la ciudad blanca dejó de serlo: el polvo cubrió calles, plazas y recuerdos.

El sismo, con epicentro a 46 kilómetros al suroeste y a escasa profundidad, no dio tregua. Más de 300 personas murieron, y más de diez mil quedaron sin hogar. La cúpula de la Catedral se vino abajo sin previo aviso; debajo de sus escombros quedaron 90 personas que aguardaban el inicio de los oficios religiosos. La fe, ese día, no alcanzó a sostener el techo.

En el cementerio, las bóvedas se abrieron como heridas antiguas. Los restos humanos, arrancados de la quietud, volvieron a ver la luz en medio del caos. Era como si la ciudad entera, viva y muerta, hubiera sido sacudida al mismo tiempo.

El aeropuerto de Machángara —hoy Aeropuerto Guillermo León Valencia— quedó inutilizable. Las vías se fracturaron. La comunicación con el país se volvió incierta. Y mientras tanto, en los barrios populares, el desastre adquiría su rostro más crudo. El Cadillal, Pandiguando, La Esmeralda y Pubenza fueron nombres que empezaron a pronunciarse con dolor. En los Bloques de Pubenza, un conjunto de edificios que albergaba a unas 150 familias, la estructura cedió sin resistencia. Doce bloques, cuatro pisos cada uno, se desplomaron como fichas de dominó. Allí, la tragedia tuvo nombre propio, rostro, historias truncadas.

En total, cerca de 6.800 viviendas quedaron reducidas a escombros, la mayoría pertenecientes a familias de bajos ingresos. Otras 6.680 quedaron seriamente afectadas. Como suele ocurrir, la tragedia no golpeó a todos por igual.

El impacto no se limitó a la capital caucana. Timbío, a pocos kilómetros, también sintió el golpe. Casas caídas, familias a la intemperie, un silencio pesado después del estruendo.

Y, sin embargo, entre los escombros, empezó a levantarse algo más que paredes.

Con el paso de los días, cuando el polvo se asentó y el miedo comenzó a transformarse en rutina, emergió una ciudad distinta. La reconstrucción no solo levantó casas; rediseñó la manera de habitar el centro histórico. Las viviendas crecieron hacia arriba, los primeros pisos se abrieron al comercio y los segundos guardaron la vida familiar. El desastre, paradójicamente, impulsó una nueva dinámica urbana.

También dejó lecciones. El país empezó a mirar con otros ojos la construcción en zonas sísmicas, la prevención, la gestión del riesgo. Lo que ocurrió en Popayán no podía repetirse.

Pero la historia no se detuvo ahí.

La ciudad que antes del terremoto crecía con cierta calma comenzó a expandirse sin control hacia la periferia. Llegaron las invasiones, la informalidad, el desempleo. A la tragedia natural se sumaron otras más silenciosas: el desplazamiento forzado por el conflicto armado —con actores como las FARC, el ELN y sus disidencias— y las migraciones que fueron poblando una ciudad que no estaba preparada para recibir tanto dolor junto.

Hoy, 43 años después, Popayán sigue en pie. Más “moderna”, más extensa, pero también más compleja. El terremoto no solo fracturó sus muros; partió su historia en dos. Hay un antes y un después que todavía se siente en las calles, en la memoria de quienes sobrevivieron y en el relato que se transmite a quienes no lo vivieron.

Porque si algo quedó claro aquella mañana de 1983 es que la furia de la tierra no fue el único golpe. Desde entonces, la ciudad blanca ha tenido que aprender a resistir muchas otras sacudidas.

Civilidad: Y, aun así, sigue aquí. De pie. Recordando. Todavía reconstruyéndose.


470 años paso a paso en Popayán

 


Popayán entra en vigilia mucho antes de que suene el primer tambor. La espera, casi ansiosa, se siente en las angostas calles por donde transitan los pasos, como si la ciudad entera llevara meses ensayando el silencio. Durante todo el año, en las cofradías de cargueros no se habla de otra cosa que de la próxima Semana Mayor. Es la versión local de la gabinetología: quién carga, quién repite, quién asciende al barrote, quién queda en promesa.

Mucho ruido hay en las vísperas, antes de que la primavera traiga el redoble de los tambores y los ritos arcaicos que sobreviven en una sociedad cada vez más laica, donde el único dogma que no pierde fieles es el del dinero. Porque también llega la temporada alta de divisas nacionales y extranjeras que entran a porrones a la Ciudad Blanca, anunciadas entre pregones de “maní fresquito y tostadito”, mientras detrás avanza el barrendero recogiendo no solo la basura que cae al suelo, sino la que también se habla caminando las calles.

Con la cruz latina se inicia el recorrido sagrado por las principales iglesias del centro histórico, ese mismo territorio donde la religión pasó a ser materia optativa en colegios y escuelas. Así se cumple, año tras año, la función más antigua de esta Jerusalén de América: representar la Pasión. Crujen las andas y, por cooptación más que por vocación, los nazarenos elegidos toman los barrotes y cargan a cuestas el peso simbólico de la fe y la tradición.

Rechinan los maderos centenarios, balanceándose sobre alpargatas de cabuya que dejan huella en hombros curtidos por los años. Así se inscribe el sacrificio visible, recompensado con la alcayata de oro que algún día colgará en la solapa como medalla de fe, estatus y memoria, incluso más allá de la vida.

El pueblo acompaña, conmemora la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo entre desfiles solemnes, apóstoles dormilones de rostro bonachón en el Monte de los Olivos y, el infaltable chiste patojo sobre el beso de Judas, que aligera el peso del incienso y recuerda que, aun en el rito más serio, Popayán no renuncia del todo a la sonrisa.

Todo ocurre en un paisaje único, donde la luz se mezcla con el blanco recién lavado de las paredes y el centro histórico se convierte en escenario mayor. Es entonces, cuando la Ciudad Ilustre recibe al mayor número de visitantes, atraídos por el valor artístico e iconográfico de unas imágenes que no solo se procesionan: se posesionan en la memoria colectiva.

Así, paso a paso, Popayán vuelve a cargar su Pasión. No solo la de Cristo, sino la de una ciudad que debate entre la fe y el turismo, entre el rito y el negocio, entre el silencio devoto y el ruido del mundo moderno. Y, aun así, cada año, cuando se apagan las luces y avanza el primer paso, la ciudad vuelve a creer, aunque sea por una semana.

Civilidad: La Semana Santa en Popayán se lleva a cabo desde 1556. Sus Procesiones sacras son la celebración religiosa más importante del país. ¡Conservémoslas!