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sábado, 12 de septiembre de 2026

El Patrimonio Patojo

 


Hemos visto que la floreciente cadena hotelera de cinco estrellas que administraba la joya arquitectónica colonial, antiguo monasterio, bajó su marca de la fachada. Se va por falta de acuerdo contractual con su propietario, la Gobernación del Cauca. Después de 28 años, se marcha, pero otra cadena hotelera llegará a ocupar ese espacio. Entonces, este emblemático inmueble del Centro Histórico de Popayán no cerrará sus puertas.

Existe, sin embargo, una natural preocupación por las estrellas, esas que indican el nivel de calidad, los servicios, los espacios y las comodidades que ofrece un hotel a sus huéspedes, mientras la ciudad sucumbe silenciosamente ante el deterioro de buena parte de su patrimonio.

Ojalá los lamentos, incluso esos que se pronuncian en tonos lastimeros y con algún aderezo del dialecto local, fueran también en defensa de aquellas estructuras de estilo colonial español, típicamente de dos plantas, que caracterizan nuestro Centro Histórico. Construcciones que combinan una apariencia sobria con detalles cuidadosamente elaborados —molduras, cornisas y otros elementos ornamentales— que resaltan la riqueza artesanal de una época, pero que hoy, en no pocos casos, se vienen abajo a pedazos.

El patrimonio no es solamente aquello que admiramos en las fotografías antiguas. Son también las construcciones que han logrado sobrevivir al paso del tiempo como valiosos testimonios de nuestra historia, nuestro arte y nuestra cultura.

La edificación monástica es uno de los establecimientos más exclusivos de la urbe y, al mismo tiempo, una de las joyas coloniales más importantes que posee la Ciudad Blanca. En su época de esplendor llegó a constituir uno de los conjuntos conventuales más extensos de la región.

La defensa de lo público y de nuestro patrimonio no debería convertirse en una discusión innecesaria entre ciudadanos. Sería mucho más provechoso que, en lugar de enfrascarnos en polémicas, nos ocupáramos de defender integralmente la ciudad y derramáramos lágrimas sinceras por el deterioro de un patrimonio histórico y arqueológico que constituye parte esencial de la identidad cultural, del turismo y de la memoria colectiva de los payaneses.

Como si fuera poco, la falta de mantenimiento de muchas de esas viejas casonas del Centro Histórico representa un riesgo para los peatones. No basta con contemplarlas, fotografiarlas o presumir de ellas: también hay que cuidarlas.

Hasta hace pocos días contábamos la historia de aquella “ira de Dios”, de esa torre símbolo de la ciudad, para explicar las ruinas que todavía marcaban el suelo y recordar que el patrimonio también puede desaparecer cuando la indiferencia se vuelve costumbre.

¿Y qué decir de aquel otro patrimonio patojo que fue derribado el 16 de septiembre de 2020 por integrantes de la comunidad Misak? Han transcurrido ya seis años desde que la estatua del fundador de Popayán terminó en el suelo. Seis años esperando saber si volverá a ser instalada en algún lugar.

No se han escuchado con la misma intensidad los lamentos de quienes hoy defienden a ultranza las estrellas de moda en Popayán, mientras el fundador de la ciudad parece dormir el sueño de los justos.

Y, como ya parece ser costumbre, la ciudad de paredes blancas no arranca, no avanza, ni siquiera lentamente, hacia el cumplimiento de sus 500 años de fundación.

Popayán ya no puede vivir únicamente de su pasado colonial. Tiene que enfrentar los retos urbanos del presente, sin renunciar a su cultura, su gastronomía, su memoria y esa vida cotidiana que todavía le concede un carácter propio.

La ciudad despierta cada mañana con la misma pregunta, todavía sin respuesta: ¿en qué momento de nuestra historia dejamos que la indiferencia dejara de ser una metáfora para convertirse en costumbre?

¡El conformismo social también mata!

Tal vez la verdadera locura de esta ciudad no esté en sus apodos ni en su historia, sino en nuestra incapacidad para convivir, para conservar lo propio y, sobre todo, para proteger lo que heredamos.

Porque mientras no recuperemos el respeto por el criterio del otro y por nuestra propia ciudad, el reloj de la torre seguirá detenido y Popayán continuará atrapada en su propio delirio.

Civilidad según HDG: Si alguna vez Popayán fue el mejor vividero del mundo, no fue solamente por lo que tenía, sino por la manera como sus habitantes sabían cuidarla.

sábado, 5 de septiembre de 2026

Llegó la hora de caminar Popayán

 


Llegó la hora de caminar Popayán


Hay momentos en la vida de las ciudades en que no basta con mirar hacia atrás: hay que atreverse a mirar hacia adelante. Popayán está precisamente en uno de ellos.

El mundo contemporáneo, y también Colombia, ha entendido que recuperar el espacio público para el peatón no es un capricho urbanístico, sino una manera de devolverle vida a las ciudades. Cali, por ejemplo, avanzó en la recuperación de espacios del Centro Histórico y su entorno con ocasión de la COP16, demostrando que cuando existe voluntad política, las calles pueden dejar de ser simples corredores para vehículos y convertirse nuevamente en lugares para encontrarse, caminar y vivir.

Popayán tiene ante sí una oportunidad todavía mayor.

La propuesta de peatonalizar el Centro Histórico, el rostro más lucido de la Ciudad Blanca, no es nueva ni pertenece al reino de las utopías. Mucha tinta ha corrido reclamándoles a los sucesivos alcaldes que se decidan de una vez por todas a conjugar el verbo peatonalizar y a convertir en realidad los propósitos de protección y recuperación contenidos en el Plan Especial de Manejo y Protección, PEMP, del Centro Histórico.

Pero seguimos esperando.

Y mientras esperamos, los automóviles y las motocicletas continúan ganándole terreno al peatón en unas calles que fueron concebidas mucho antes de que alguien imaginara que algún día tendríamos que disputárnoslas entre carros, motos, vendedores, estacionamientos y transeúntes.

Ahora tenemos una fecha que debería servirnos de despertador: el 13 de enero de 2037, Popayán llegará a sus 500 años. La reciente Ley 2623 de 2026 asocia oficialmente a la Nación a esta celebración y, entre otras disposiciones, contempla acciones de conservación, mejoramiento y embellecimiento del centro histórico.

Tenemos, entonces, once años.

Once años parecen mucho tiempo para quien mira el calendario; para una ciudad, son apenas un suspiro.

Por eso, si las dos próximas administraciones municipales se ponen las pilas, como dice la muchachada, Popayán podría llegar a sus cinco siglos convertida en una ciudad donde caminar por el Centro Histórico no sea una aventura entre carros y motos, sino una experiencia segura, agradable y práctica.

No se trata simplemente de cerrar unas cuantas calles y poner unas señales de tránsito. Se trata de concebir una nueva manera de habitar el corazón de la ciudad.

Y no tendríamos que inventar demasiado.

Cada año, durante nuestras tradicionales procesiones de Semana Santa, algunas de las principales calles del Centro Histórico se cierran temporalmente al tráfico vehicular. ¿Y qué sucede? Nada extraordinario: la ciudad camina. La gente sale, se encuentra, observa, conversa y disfruta. El peatón se convierte, durante unas horas, en el verdadero dueño de la calle.

Y nadie se muere por eso.

Por el contrario, se respira mejor y todos felices.

Además, las procesiones de Popayán son un ejemplo de que una ciudad histórica puede organizarse alrededor de una actividad peatonal masiva cuando existe voluntad, planificación y respeto por unas reglas colectivamente aceptadas. Esa tradición, arraigada durante siglos en el sentimiento de los payaneses, demuestra que la ciudad tiene capacidad para hacerlo.

Lo que falta es convertir la excepción en una política urbana.

La celebración de los 500 años no debería reducirse a actos protocolarios, discursos, placas conmemorativas y fotografías para la posteridad. Sería una lástima que llegáramos a 2037 con la misma ciudad que hoy padecemos, simplemente adornada para la ocasión.

Los 500 años deberían ser la oportunidad para preguntarnos qué Popayán queremos entregarles a quienes vienen detrás.

Y aquí aparece una palabra que me gusta especialmente: Civilidad.

No la propongo como una palabra nueva, sino como una interpretación deliberadamente reforzada de dos conceptos que conocemos bien: civismo y urbanidad. Civilidad es, para este propósito, aprender a compartir la ciudad, respetar al otro, cuidar el espacio público y entender que la calle no pertenece exclusivamente a quien conduce un vehículo.

Porque rescatar la antigua condición de “ciudad culta” exige algo más que recordar a nuestros poetas, presidentes, próceres, científicos y personajes ilustres. Una ciudad culta también debe demostrar cultura en la manera como utiliza y respeta sus espacios.

De ahí que la civilidad y el ornato deban convertirse en protagonistas de la celebración.

Hay antecedentes que deberían inspirarnos. En el Archivo Histórico de la Universidad del Cauca reposa, según se ha documentado, una disposición relacionada con el enlucimiento de la ciudad y el blanqueamiento de las fachadas por donde pasaban las procesiones. Si nuestros antepasados entendieron que una ciudad debía prepararse y engalanarse para sus grandes acontecimientos, ¿por qué nosotros no podemos hacer lo mismo?

Pero esta vez no se trata solamente de pintar fachadas.

Se trata de recuperar calles.

De devolverlas a la gente.

De transformar determinados sectores del Centro Histórico en espacios donde puedan convivir el patrimonio, el comercio, la cultura, el turismo y la vida cotidiana, con prioridad para el peatón.

La peatonalización bien planeada puede contribuir a mejorar la movilidad, reducir el ruido y la contaminación, fortalecer la actividad comercial y turística y, sobre todo, recuperar el espacio público como lugar de encuentro.

El visitante que llega a Popayán no viene a admirar nuestros monumentos desde el interior de un automóvil. Viene a caminarla.

Quiere conocer el Parque Caldas, la Torre del Reloj, las iglesias, los museos, las casonas, el Puente del Humilladero y esas calles blancas que constituyen buena parte de nuestra memoria urbana. Quiere sentarse, mirar, conversar, tomar fotografías, entrar a una tienda, comer algo, comprar un recuerdo y seguir caminando.

En otras palabras, quiere vivir la ciudad.

Y para eso hay que recuperar el corazón de Popayán como punto de encuentro de residentes y visitantes, de hoteles, restaurantes, comerciantes, tiendas, museos y espacios culturales.

No se trata de expulsar al automóvil de toda la ciudad. Nadie está proponiendo semejante disparate. Se trata de establecer prioridades razonables en determinados sectores del Centro Histórico: primero el peatón, luego el transporte necesario y, donde sea posible, los demás modos de movilidad.

También habrá que pensar en quienes tienen dificultades para desplazarse, en las personas mayores, en los niños y en las personas con discapacidad. Una ciudad amable no es aquella que simplemente permite caminar; es aquella que permite hacerlo con seguridad, accesibilidad y dignidad.

Para conseguirlo se necesita planificación: estudios de movilidad, rutas alternativas, zonas de cargue y descargue, estacionamientos periféricos, señalización apropiada, mantenimiento permanente del espacio público, arborización, cuidado del Parque Caldas y una estrategia clara para comerciantes y residentes.

Y, por supuesto, participación ciudadana.

Porque ninguna transformación urbana puede hacerse contra la ciudad. Hay que hacerla con la ciudad.

La nueva ley de los 500 años nos acaba de poner una fecha sobre la mesa y, además, contempla expresamente acciones de conservación, mejoramiento y embellecimiento del centro histórico.

Entonces, ¿Qué estamos esperando?

Popayán tiene once años para prepararse.

Once años para planificar.

Once años para invertir.

Once años para recuperar sus calles.

Once años para demostrar que una ciudad puede conservar orgullosamente su pasado sin quedarse atrapada en él.

Once años parecen mucho tiempo para quien mira el calendario; para una ciudad, son apenas un suspiro.

Porque Popayán no tiene que escoger entre su historia y su futuro. Precisamente porque tiene una historia extraordinaria, está obligada a construir un futuro a la altura de ella.

Y quizá el primer paso sea tan sencillo como este:

devolverle sus calles a quien siempre debió ser su protagonista: el peatón.

jueves, 20 de agosto de 2026

El chismorreo actualizado

 

El chismorreo actualizado

Sigo con mis cuentos. Aunque, para ser justos, estos no son inventos de quien hoy empuña la pluma, sino de la ventolera que, de cuando en cuando, se empeña en sacar de las entrañas de la vetusta Popayán historias que muchos ignoran y otros prefieren echarles tierra. Al fin y al cabo, esta ciudad camina —o mejor, procesiona— rumbo a sus quinientos años, desafiando al tiempo, al sentido común y hasta al mismísimo don Sebastián de Belalcázar.

El conquistador, que, dicho sea de paso, también lleva buen tiempo escondido. No por humildad, que nunca fue su virtud, sino para evitar el bochorno de volver a terminar en el suelo. Hay monumentos que duran menos que las discusiones sobre la historia. Y en Popayán, donde abundan las campanas y escasean los consensos, cualquier estatua corre más riesgos que un político en campaña.

Desenterrar los mitos, las leyendas y las costumbres de nuestros mayores resulta tan apasionante como peligroso. Son recuerdos que escuché siendo muchacho, al calor de una vela de sebo o bajo la luz amarillenta de un mechón de queroseno, cuando la electricidad todavía no competía con la imaginación, ni el celular había convertido el chisme en patrimonio universal.

Por eso recurro, sin sonrojo alguno, al lenguaje coloquial. Son los famosos cuentos de los viejos: relatos donde la memoria se da la mano con la exageración, la picardía hace sociedad con la superstición y la realidad termina pareciéndose sospechosamente a la ficción. Muchos los despachan como simples chismes de corredores o conversaciones de mecedora. Sin embargo, el tiempo, que nunca pierde un pleito, termina absolviéndolos. Entonces dejan de ser cuentos para convertirse en verdades del tamaño del Morro de Tulcán.

En fin, vamos al grano, como dijo el dermatólogo.

Porque Popayán no solo fabrica obispos, procesiones y abogados. También produce leyendas con denominación de origen. Y entre todas sobresale una que todavía pone a persignarse a más de un patojo: la célebre maldición de la Cruz de Belén.

La historia de la Cruz de Belén se remonta a 1681, cuando el obispo Cristóbal Bernardo de Quiroz bendijo la primera piedra de la ermita. Más de un siglo después, en 1789, se levantó la monumental cruz de piedra que todavía vigila la ciudad desde lo alto del cerro, como si fuera el más antiguo sistema de vigilancia de Popayán.

En uno de sus costados quedó grabada una frase que parece escrita para cualquier gobierno, sin importar el color político:

“Una Ave María a la Madre de Misericordia para que no sea total la ruina de Popayán.”

Hasta aquí, la piedra habla por sí sola. Lo que viene después pertenece, en buena medida, al territorio de la memoria, la tradición oral y la leyenda.

No sobra recordar que, décadas más tarde, durante los gobiernos liberales de José Hilario López y Tomás Cipriano de Mosquera, el país vivió profundas reformas que sacudieron las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Se expulsó a los jesuitas, se nacionalizaron bienes eclesiásticos y se abrió una de las confrontaciones políticas y religiosas más intensas de nuestra historia.

En Colombia nunca hemos necesitado mucho para dividirnos; basta una idea nueva... o una vieja contada de otra manera.

En semejante ambiente apareció el obispo Carlos Bermúdez Pinzón, hombre de convicciones tan firmes como el granito de nuestras montañas. Enemigo declarado de la masonería y feroz contradictor de las reformas liberales, jamás aprendió el arte de las medias tintas.

Cuando desapareció la custodia de la Catedral, lanzó una excomunión que todavía hace estremecer a los aficionados de la historia. Según la tradición recogida en relatos posteriores, sentenció que los responsables jamás volverían a conocer la paz y que un gusano les devoraría eternamente las entrañas. Hoy semejante declaración no llegaría al púlpito; primero sería tendencia en las redes sociales y, seguramente, terminaría convertida en meme.

La tensión política ya hervía más que una olla de sancocho. Se cuenta que, en marzo de 1875, después de una reunión liberal, algunos entusiastas —más inspirados por el aguardiente caucano que por Montesquieu— recorrieron las calles lanzando vivas al liberalismo y no pocas pullas contra el obispo y la religión. La confrontación entre liberales y conservadores ya no cabía en los periódicos; necesitaba las calles, las plazas y, por supuesto, el inevitable chismorreo de esquina.

La respuesta oficial llegó con la rapidez que rara vez conocen nuestros gobiernos. El presidente del Estado Soberano del Cauca, César Conto, decretó el estado de sitio y ordenó la expulsión del obispo.

Pero el mejor capítulo todavía estaba por escribirse.

Según la tradición, una noche de febrero, tropas comandadas por el coronel Aníbal Micolta irrumpieron en el palacio arzobispal para capturar a Bermúdez. Lo sacaron por la fuerza mientras varias damas payanesas protestaban con la misma indignación con la que hoy reclamarían por WhatsApp.

Entonces ocurrió lo inesperado.

Con el rostro encendido por la ira y la dignidad herida, el prelado lanzó, según cuenta la tradición popular, la que terminaría siendo una de las maldiciones más famosas del folclor payanés:

“Maldigo a esta ciudad, cuna de masones y enemigos de Dios... El día que la Cruz de Belén caiga, los muertos saldrán de sus tumbas y Popayán se acabará.”

¿Ocurrió exactamente así? Esa es otra historia.

Lo cierto es que la leyenda quedó prendida a la memoria de Popayán. Desde entonces, cada temblor hace mirar de reojo hacia el cerro de Belén. No porque los payaneses seamos supersticiosos. ¡Qué va! Lo hacemos por simple precaución... que, en esta ciudad donde el chisme suele llegar primero que la noticia, nunca sobra.

Y la Cruz de Belén, como buena guardiana de la ciudad, continúa allá arriba, soportando soles, lluvias, temblores, leyendas y hasta nuestras discusiones históricas.

Tal vez esa sea la verdadera fuerza de estos cuentos de viejos: nadie puede demostrar del todo que sucedieron como los contamos, pero tampoco consigue borrarlos de la memoria.

Civilidad: Popayán podrá cambiar de alcaldes, de obispos, de partidos, de modas y hasta de semáforos. Pero jamás debería renunciar a su mayor patrimonio inmaterial: el cuento bien contado. Porque una ciudad que pierde sus historias termina perdiendo también una parte de sí misma.

Y, como suele ocurrir por estas tierras, todo chisme tiene dos versiones... y ambas aseguran ser la verdadera.