Hacía algunos meses que no visitaba el corazón de mi
amada ciudad. Me había “encerrado” también, por razones de mi palpitante
corazón, pero pudo más el entrañable amor por Popayán y me arrimé a la sala de
recibo para saludar a Don Francisco José de Caldas. A ese inanimado personaje
de bronce que no posee lengua hablada, pero que permanece pensativo desde el
día en que lo colocaron sobre su pedestal.
Como pude, llegué ávido de «patojear». Me senté en
la «banca de las palomas caídas», espacio donde los desocupados de la sociedad
económica inactiva, solíamos entablar largas tertulias hasta que el sol
crepuscular se ocultaba, sin importar que el reloj de la Torre marcara las
horas, y mucho menos los minutos. En Popayán, poco interesa el paso del tiempo, que camina sin
hacer ruido.
Entre trancones pude estacionar el vehículo en ese inmenso
y arenoso parqueadero público, de la tradicional Manzana 99, conocida así porque
allí funcionó lo que fuera el primer Centro Comercial del país: el Anarcos.
Espacio, sin un uso definido después de su demolición hace años, que ha sido
adecuado como parqueadero provisional, abierto las veinticuatro horas del día. A
varios emprendedores le «corre la baba»
soñando con levantar un parqueadero subterráneo de tres pisos hacia abajo y siete
pisos hacia arriba, proyecto que, según sus promotores, contribuiría a
solucionar definitivamente, la congestión vehicular dentro del marco histórico.
Pero, como dice el refrán, «hay cosas que colgando
parecen granadillas y, mirándolas al revés, granadillas otra vez».
Y como cada loco tiene su tema, aquí voy con el
mío.
Caminando pausadamente, aunque frenético cuando
escribo, emprendí el recorrido en busca de amparo para el patrimonio colectivo
y con la intención de opinar sobre un asunto que ha regado mucha tinta durante
varios años.
Porque nadie ama a Popayán porque sea grande, sino
porque es nuestra. Hermoso es servirla con hechos, pero no es absurdo servirla
también con palabras.
El centro histórico: una caminata
de obstáculos.
Caminar hoy por la ciudad es prácticamente
imposible. De oídas me dijeron: «Popayán está desbaratada y atrasada».
¡Cálmese, ventarrón, que llegó la brisa!
A quienes así opinan les dije: cójanle dobladillo a
la lengua, porque cada vez que amanece, la ciudad crece. Aunque, después de mi
recorrido, no sé si la brisa terminó llevándose la razón.
Empecé, desde luego, por las aceras, porque estas
parecen haberse convertido en cosa del pasado. Tenía razón mi servicio secreto
del chisme: por doquiera, ventorrillos comerciales sin vidrieras, por aquí,
venta de medias, por allá, calzoncillos en la esquina, sombrillas, gafas,
hamacas y cuanto producto pueda ofrecerse al transeúnte.
Los andenes, ese bien de uso público destinado al
tránsito seguro de los peatones, se han convertido en extensiones del comercio,
mientras las arcas municipales parecen no encontrar la manera de resolver su
propio problema económico que lleva años creciendo.
No se trata de desconocer el derecho al trabajo de
quienes dependen de las ventas informales para llevar el sustento a sus
hogares. Se trata de encontrar un equilibrio entre ese derecho y el derecho
colectivo al espacio público, la movilidad y la seguridad de los peatones.
Cuando los andenes y las calles se saturan, el
peatón termina bajándose a la calzada vehicular, con el riesgo que ello
representa para su integridad física.
Y, para completar el cuadro, aparecen los olores del
chanchullo, salchipapas, empanadas, con cilindros de gas al piso; los bonais,
los helados, los algodones de azúcar, parasoles, toldos y toldas alrededor del
palacete municipal.
¡Tal parece que la ciudad hubiese regresado a la
época en que la Plaza Mayor, en los años de 1930, funcionaba como plaza de
mercado, con caballejos incluidos!
La moda de la indignación
Esta problemática, que debería generar un debate
permanente entre la ciudadanía, el comercio formal y la administración local,
parece haber perdido vigencia…nos acostumbramos a ver la ciudad como un
pueblucho.
Ahora la atención se concentra en la pérdida de las
cinco estrellas del Hotel Monasterio, una de las reliquias arquitectónicas de
Popayán.
Esa es la moda de hoy.
Y como dirían las abuelas: ¡Ahora sí… nos jodimos!
Comamos de nuestro propio cocinado. Porque, con
exceso de razón, no faltan ciudadanos que se preocupan por el patrimonio
arquitectónico; pero son menos visibles quienes levantan la voz por el
deterioro del espacio público y la falta de mantenimiento de nuestros parques.
No es que una preocupación deba excluir a la otra.
Popayán merece que se defienda su arquitectura; pero también sus árboles, sus
andenes, sus plazas y el derecho de sus habitantes a disfrutarlos.
El Parque de Caldas: entre el olvido
y las buenas intenciones
Con sobrada razón, ciudadanos y organizaciones han
acudido a instancias judiciales para solicitar la protección del Parque de
Caldas, ese espacio que durante generaciones fue considerado el pulmón de la
ciudad. Aunque en Popayán, todo pasa sin que pase nada.
Pasa los años sin que se advierta una inversión
suficiente y sostenida para su recuperación y mantenimiento. Otro año más y
cada vez peor.
Aunque, como reza el dicho, de buenas intenciones
está empedrado el infierno.
Después del gusto viene el disgusto. Recorrí el
marco central de la linda Popayán; pero al contemplar lo que encontré, casi me
hace brotar lágrimas.
Parado al pie de la Torre del Reloj, ya bien
reparada, el tiempo no es nuestro y, me pregunté:
¿Qué pasa con nuestra ciudad?
Si quienes tenemos voz no la alzamos para reclamar
por el trato que recibe Popayán, mañana no tendremos derecho a lamentarnos
cuando el deterioro sea mayor.
Lo que dejamos pasar
Nos estamos lamentando; pero hace años no fuimos capaces
de protestar con suficiente fuerza cuando las calles aledañas a la Plaza
recibieron el primer baño de pavimento asfáltico. Tampoco rezongamos cuando se
instalaron los adoquines y se amplió el área peatonal del Parque de Caldas,
obras entregadas oficialmente en 2010, tras un proyecto de remodelación y
embellecimiento financiado por FONADE y la Alcaldía de Popayán.
Así que, en nombre de ese «progresista» desarrollo
del suelo, se intervinieron las raíces de los árboles del parque. Al podar las
raíces, le quitaron fuerza a los pies de las cinco araucarias que formaban una
corona en homenaje al sabio Francisco José de Caldas. Sufrieron las
consecuencias de la debilidad y raquitismo, al igual que el madroño, el caucho,
el magnolio y otros árboles que daban sombra, oxígeno y belleza al Centro
Histórico.
Aquí no se trata de oponerse al desarrollo ni de
convertir la ciudad en una pieza de museo. Se trata de preguntar si las obras
de embellecimiento y renovación urbana se planearon con suficiente
consideración por el patrimonio natural que acompañaba al patrimonio
arquitectónico.
Una ciudad histórica como la nuestra, no se
conserva únicamente con fachadas blancas, balcones coloniales y calles
empedradas. También se conserva protegiendo la vida que crece en sus plazas.
Las fuentes y la memoria
Recuérdese que, hacia 1935, la colonia sirio-hebrea
y libanesa obsequió, como gesto de solidaridad y recordación, cuatro fuentes de
agua revestidas con abigarrados y multicolores azulejos.
Durante algún tiempo fueron objeto de controversia
como elementos decorativos, hasta que los payaneses terminamos acostumbrándonos
a aceptarlas como parte integral de la ornamentación del parque. Pero, tampoco
podemos olvidar la función que el agua y el mantenimiento adecuado cumplen en
la conservación de la vegetación. Pues, si las fuentes dejaron de cumplir su
función como el sistema de riego por no recibir la atención necesaria, los
árboles terminaron pagando la factura del abandono.
En sus postrimerías los árboles con las heridas
abiertas, son un fantasma de la seca arboleda, cuyas raíces buscan con angustia
humana a los seres que amo.
Tardíamente, se dieron cuenta, que un elemento o
árbol del parque «representa un riesgo latente de colapso» y, la preocupación
deja de ser únicamente estética. Se convierte en un asunto de seguridad,
mantenimiento y responsabilidad institucional, que debe ser evaluado y
documentado por las autoridades competentes. Por ello:
Ahora si…nos jodimos
La gran sala de recibo de los payaneses, ya
encerrada con cinta amarilla, como precaución de peligro por los árboles
moribundos, acompañados por un ejército de hormigas en hilera va trepando por
ellos.
“Aserrín, aserrán, los maderos de San Juan” los
árboles tumbarán, es la triste realidad, del parque de Caldas desaparecerán.
¡Vaya que lástima! perder árboles de tantos años, como las
araucarias, especies que pueden vivir un siglo o más en condiciones favorables.
Su longevidad hace todavía más importante el cuidado que se les dispense.
La melancolía implícita en la mirada del sabio
Caldas parece reflejar el trágico final de la corona de árboles que lo acompañó
durante tantos años.
Y para quienes conocimos aquellas araucarias, su
desaparición no es un simple cambio de paisaje. Es la pérdida de una parte de
la memoria viva de la ciudad.
Civilidad, según HDG
Amantes de Popayán, no podemos sellar nuestros
labios ante el deterioro de los espacios que pertenecen a todos.
La defensa del patrimonio no puede aparecer
únicamente cuando se anuncia el cambio de una marca hotelera, se modifica una
fachada o se pierde una estrella. Debe manifestarse también cuando se invade un
andén, se abandona un parque, se deteriora un árbol y se pierde en el bosque
del descuido un bien de uso público.
El Consejo de Estado ha emitido decisiones
relacionadas con la protección del espacio público y los derechos colectivos.
Corresponde revisar cada sentencia y su alcance concreto para que las
autoridades cumplan las obligaciones que les corresponden.
Popayán no necesita solamente ciudadanos que la
recuerden con nostalgia. Necesita ciudadanos que la defiendan con civismo,
urbanidad y hechos.
Porque si seguimos dejando pasar todo, algún día,
al mirar nuestra ciudad, tendremos que repetir aquello que decían las abuelas:
¡Ahora si…nos jodimos!