Quien escribe esta columna recuerda a los amables
lectores que, desde que tiene uso de razón, no ha existido en Colombia la adopción
oficial de nuevos símbolos patrios distintos de aquellos que históricamente nos
representan. La bandera tricolor, el escudo nacional y el himno de la República
constituyen los emblemas oficiales de la Nación, reconocidos y protegidos por
la ley.
Por lo tanto, no existe ningún otro símbolo al que
deba rendírsele el mismo honor y respeto institucional. Sin embargo, en los
últimos años ha cobrado una fuerza extraordinaria la camiseta de la Selección
Colombia, que, si bien no es un símbolo patrio en el sentido jurídico de la
palabra, sí se ha convertido en una poderosa expresión de identidad nacional.
La camiseta amarilla ha trascendido los escenarios
deportivos. Hoy está presente en estadios, plazas públicas, reuniones
familiares, celebraciones populares y en cada rincón donde un colombiano quiera
expresar su amor por la patria. Portarla es, para millones de compatriotas, una
manera de manifestar orgullo nacional, esperanza y sentido de pertenencia. Es
una prenda que une a los colombianos más allá de las diferencias políticas,
sociales o regionales.
Por ello, resulta difícil comprender que,
existiendo tantos problemas urgentes que afectan al país, se destinen esfuerzos
judiciales a determinar en qué circunstancias puede o no utilizarse esta
indumentaria deportiva. Colombia enfrenta desafíos de seguridad, justicia,
corrupción, pobreza y violencia que demandan la atención prioritaria de las
instituciones. En ese contexto, genera inquietud que se pretenda restringir el
uso de una prenda que representa entusiasmo, unión y respaldo a nuestros
deportistas.
Desde esta tribuna de opinión considero que la
camiseta de la Selección Colombia debe poder llegar a cualquier rincón de la
patria y acompañar a los colombianos donde quieran expresar su afecto por el
país. No puede convertirse en objeto de prohibiciones que limiten una
manifestación espontánea de identidad nacional.
A lo largo de los años, la camiseta ha
experimentado cambios de diseño, tonalidades y estilos, de acuerdo con las
decisiones de la Federación Colombiana de Fútbol. Sin embargo, permanece
inalterable la esencia de sus colores: amarillo, azul y rojo, los mismos que
ondean en nuestra bandera y que evocan el sentimiento de pertenecer a esta
tierra privilegiada.
Más aún cuando se aproxima una nueva temporada
mundialista, en la que todos los colombianos depositamos nuestras ilusiones en
nuestros deportistas. El fútbol tiene la capacidad de unir al país, de
despertar emociones colectivas y de proyectar una imagen positiva de Colombia
ante el mundo. Nuestros jugadores, con talento, disciplina y sacrificio, se
convierten en auténticos embajadores de la nación cada vez que saltan al terreno
de juego.
Es importante reiterar que la camiseta de la
Selección Colombia no constituye un símbolo patrio oficial, pues no ha sido
reconocida como tal mediante disposición legal alguna. Los símbolos nacionales
continúan siendo la bandera, el escudo y el himno, los cuales merecen nuestro
máximo respeto y veneración.
La bandera representa la soberanía y la historia
nacional; el escudo recoge los elementos que identifican nuestra República; y
el himno nacional, con su hermosa letra y solemne música, exalta las luchas,
los valores y las esperanzas que han forjado el carácter del pueblo colombiano.
Esos tres símbolos son los que deben permanecer
vivos en la memoria de esta generación y de las venideras. Son el legado que
nos une como nación y la expresión más auténtica de nuestra identidad.
Y, mientras tanto, que la camiseta de la Selección
Colombia continúe siendo lo que siempre ha sido: un símbolo de pasión
deportiva, de unidad nacional y de amor por nuestra querida Colombia.
Civilidad: ¡Viva Colombia!