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domingo, 2 de agosto de 2026

7 de agosto, lección de democracia

 


Esta fecha ocupa un lugar privilegiado en la memoria nacional. Ese día conmemoramos la Batalla de Boyacá, librada en 1819, considerada uno de los acontecimientos militares más trascendentales del proceso de independencia de Colombia y el punto de partida de la consolidación de la República.

Aunque la Constitución Política vigente no establece expresamente que el 7 de agosto sea la fecha de posesión presidencial, esta tradición quedó institucionalizada desde la Constitución de 1886 y ha permanecido inalterada hasta nuestros días. Antes de ello, la Constitución de la Nueva Granada de 1832 fijaba el 1.º de abril como el día en que el presidente y el vicepresidente electos debían asumir el ejercicio de sus funciones. Con las reformas constitucionales posteriores se adoptó definitivamente el 7 de agosto, vinculando el inicio de cada gobierno con la fecha más emblemática de nuestra independencia.

Cada cuatro años, el presidente elegido presta juramento ante el Congreso de la República, siguiendo un protocolo que simboliza la continuidad institucional del Estado. Durante décadas, la tradición indicaba que el mandatario saliera del Palacio de San Carlos, antigua sede presidencial, y caminara hasta el Capitolio Nacional para cumplir el acto solemne de posesión. Más recientemente, la ceremonia se ha desarrollado en la Plaza de Bolívar, escenario que concentra buena parte de la historia política del país y donde convergen el Capitolio Nacional, el Palacio de Justicia y el Palacio Liévano.

Sin embargo, la ley no convierte ese lugar en una obligación inmodificable. El artículo 192 de la Constitución dispone que el presidente electo debe posesionarse ante el Congreso de la República, pero no señala un edificio ni una ciudad específicos para la ceremonia. Si el Congreso autoriza sesionar en otro lugar, la posesión puede realizarse allí, siempre dentro del marco constitucional.

Precisamente alrededor del acto de posesión del presidente Abelardo de la Espriella han surgido opiniones encontradas. Nada más natural en una democracia.

Como afirma un antiguo proverbio chino: "Cuando soplan los vientos del cambio, unos construyen muros y otros construyen molinos de viento." La frase retrata dos maneras de afrontar los cambios políticos: unos prefieren la confrontación permanente; otros optan por adaptarse sin renunciar a sus convicciones.

En una democracia, la unanimidad absoluta es imposible. Colombia arrastra décadas de violencia que han fracturado el tejido social y profundizado las diferencias entre el campo y la ciudad, así como entre regiones que, legítimamente, poseen prioridades y necesidades distintas.

El verdadero desafío de una nación plural no consiste en pensar igual, sino en aprender a convivir respetando las diferencias. Disentir es un derecho; descalificar al adversario o desconocer las instituciones, no. La paz no nace de la uniformidad de las ideas, sino de la capacidad de resolver los desacuerdos mediante el diálogo, la tolerancia y el respeto por las reglas democráticas.

Colombia, reconocida por la belleza de sus paisajes y la riqueza de su diversidad cultural, debe demostrar que también es una nación capaz de fortalecer su cultura democrática. La civilidad comienza por respetar las instituciones y aceptar el veredicto de las urnas, sin que ello implique renunciar al derecho de ejercer una oposición seria, responsable y pacífica.

Elegido legítimamente por la mayoría de los colombianos, el presidente Dr. Abelardo de la Espriella está llamado a cumplir las promesas que motivaron el respaldo de sus electores. Quienes no votaron por él conservan intacto el derecho —y el deber— de vigilar, criticar y controvertir sus decisiones por los caminos que ofrece el Estado de derecho. Esa es la esencia de una democracia madura.

Sin embargo, la siguiente frase lapidaria plasma el por qué no se podrá realizar la posesión en la ciudad: Ayer, "Popayán, Altar de la Patria"; hoy, entre cenizas.

La alternancia en el poder constituye una de las mayores fortalezas del sistema democrático. Respetar al presidente legítimamente elegido no significa compartir todas sus decisiones; significa reconocer la voluntad popular y preservar las reglas que permitirán una nueva alternancia. Solo así las diferencias dejarán de ser motivo de confrontación para convertirse en una oportunidad de construir un mejor país.

Civilidad (según HDG): Las democracias no se fortalecen cuando todos piensan igual, sino cuando quienes piensan distinto aceptan convivir bajo las mismas reglas.

 

domingo, 26 de julio de 2026

El reloj no tiene la culpa (crónica del segundero)


 

"Los años vuelan", "la vida se escapa" y, "el tiempo huye".  Son frases que repetimos con solemne convicción en los funerales o cuando apagamos las velas de un pastel de cumpleaños que, a cierta edad, que más parece una pista de aterrizaje que un postre.

La realidad, sin embargo, es menos poética y bastante más incómoda: el tiempo no corre más deprisa. Mi arcaica Popayán sigue procesionando, parsimoniosa, por el eterno túnel del tiempo. Lo que cambia somos nosotros. Cuando llegamos al otoño de la vida, nos invade ese discreto pánico existencial que, por fin, nos obliga a mirar el reloj. Algo parecido ocurrió con los semáforos de mi venerada ciudad: llegaron tarde y, para colmo de males, repotenciados.

Tenemos la admirable costumbre de desperdiciar nuestro tiempo y, de paso, pisotear el ajeno. Pero, cuando las canas terminan conquistando la cabellera, inventamos la romántica excusa de que "los días pasan volando". “No hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista”. No, los días siguen teniendo las mismas veinticuatro horas que cuando, a los quince años, las clases de matemáticas parecían eternas. La diferencia es que ahora el reloj ya no nos acompaña: nos observa de frente.

Y qué decir de la célebre “agenda llena”. Resulta fascinante escuchar el berrinche universal del "no tengo tiempo". Nos encanta sentirnos mártires de una agenda invisible. Los gobernantes suelen justificar sus incumplimientos diciendo: "Es que el tiempo no me alcanzó", como si algunos recibieran del universo un generoso bono de horas extras.

No se devanen los sesos. Los husos horarios únicamente dividen el planeta en veinticuatro franjas; no reparten privilegios. La Tierra gira para todos con idéntica puntualidad, entregándonos la misma cantidad de segundos sin hacer distingos entre ricos, pobres, poderosos o jubilados.

Proclamar que no tenemos tiempo suele ser el mejor escondite para disimular un temor mucho más profundo: el miedo a envejecer. Convertimos el reloj en escudo para no aceptar que el cuerpo cambia, que el mundo avanza y que nosotros ya no caminamos al mismo paso de la juventud.

También nos fascina atribuirle poderes sobrenaturales al tiempo. Repetimos, casi como rezos de bolsillo, frases tales como: "el tiempo todo lo cura" o "es cuestión de tiempo". Son expresiones reconfortantes que duran apenas unos segundos en los labios, pero rara vez solucionan un solo problema. El tiempo, por sí mismo, no cura, no perdona ni repara. Simplemente transcurre mientras nosotros envejecemos.

Nuestra relación con el reloj de la Torre —“La Nariz de Popayán”, como lo bautizó con ingenio el poeta Guillermo Valencia— resulta casi patética. Basta quedarse observando su vetusto péndulo para sentir que los segundos se estiran por pura malicia. En el pareciera que el tiempo no camina. Seguramente porque al patojo nunca le preocuparon demasiado los segundos; siempre le bastaron las horas.

Así permanecen muchos jubilados, sentados en las bancas de “las palomas caídas” del parque de Caldas donde, dejando que las horas desaparezcan en un simple parpadeo. Quizá tengan razón. Después de haber sido esclavos del trabajo durante décadas, ahora prefieren ser súbditos de ese reloj con manecillas, olvidando que el reloj fue inventado para orientarnos, no para convertirse en nuestro amo y señor.

Bien lo afirma Alan Burdick: "El tiempo es intangible." No puede morderse, guardado en un frasco ni reclamarse mediante derecho de petición. Es un fenómeno desconcertante que nos obliga a madurar —o, cuando menos, a envejecer— mientras va dejando atrás personas, lugares y recuerdos. Sin embargo, muchos le temen a la vejez. Cabe entonces una pregunta inevitable: ¿Cuál sería la alternativa? ¿Morir jóvenes? Pues, saber envejecer con dignidad continúa siendo una de las formas más refinadas de la inteligencia.

Albert Einstein ya nos había advertido que la diferencia entre pasado, presente y futuro no deja de ser una ilusión obstinadamente persistente. La física lo explica y la experiencia lo confirma. Vivimos entre recuerdos, realidades y proyectos. División del tiempo que apenas nos sirve para conservar un poco de orden mental para recordar dónde dejamos las llaves de la casa, porque el tiempo, en realidad, solo conoce una dirección: hacia adelante. No existe botón para rebobinarlo.

Por eso conviene despertar cada mañana con saludable dosis de realidad. No somos infinitos. Entonces, digamos: "Gracias, Dios mío"; aplazando las disculpas; administrando los afectos como si tuviéramos asegurada una segunda eternidad. Y es que, al finalizar el día, solemos acostarnos con el corazón lleno de intenciones y la agenda vacía de acciones. El mañana podría no llegar, pero seguimos esperando ese esquivo "momento perfecto" para decir: "Ayúdame, Dios mío". Y para terminar con una sensatez que todavía rescate nuestra dignidad, vale recordar a Jorge Bucay: "El tiempo que se disfruta es el verdadero tiempo vivido."

Civilidad: (al estilo de HDG) Dejemos de perseguir al segundero con rostro de angustia. Asumamos los años con gratitud, no con vergüenza, y aprendamos a invertir los minutos en aquello que realmente vale la pena, antes de que el reloj, silencioso e implacable, termine tomando las decisiones por nosotros.

sábado, 18 de julio de 2026

Santander o Bolívar

 


Mañana conmemoramos los 216 años del Grito de Independencia de Colombia, aquella jornada del 20 de julio de 1810 que, a partir del célebre episodio del Florero de Llorente, encendió la chispa del largo proceso emancipador que conduciría a la ruptura definitiva con el dominio español.

Años después, el 30 de agosto de 1821, al promulgarse la Constitución de Cúcuta, el prócer Francisco de Paula Santander pronunció una de las sentencias más memorables de nuestra historia: "Las armas os han dado la independencia; las leyes os darán la libertad." Aquellas palabras trascendieron el momento político para convertirse en un principio rector de la República y quedaron inmortalizadas en el Capitolio Nacional como recordatorio de que la libertad solo perdura cuando está protegida por el imperio de la ley.

Sin embargo, dos siglos después, pareciera que los colombianos seguimos debatiéndonos entre el poder de las armas y la fuerza de las instituciones.

La polarización política que hoy agobia al país es, sobre todo, afectiva. No se alimenta únicamente de diferencias ideológicas, sino de emociones como el miedo, el resentimiento y el rechazo hacia quien piensa distinto. Durante las campañas electorales y las crisis sociales, esa fractura se profundiza hasta convertir al contradictor en enemigo y no en un simple adversario democrático.

Pero esta división no nació en nuestros días.

Sus raíces se hunden en los primeros años de la República, cuando dos gigantes de la Independencia, Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, dejaron de caminar por la misma senda para representar dos visiones distintas sobre la organización del nuevo Estado.

Bolívar concebía una nación fuerte, centralizada y dirigida por un gobierno con amplias facultades para preservar la unidad de la Gran Colombia. Estaba convencido de que los pueblos recién emancipados necesitaban un liderazgo vigoroso que evitara la anarquía y garantizara la estabilidad. Esa concepción lo llevó, tras el fracaso de la Convención de Ocaña en 1828, a asumir poderes dictatoriales y a proponer una presidencia de carácter vitalicio como fórmula para consolidar la República.

Santander, por el contrario, encarnó el ideal civilista. No en vano pasó a la historia como el Hombre de las Leyes. Defendía la supremacía de la Constitución, la división de poderes, el fortalecimiento de las instituciones civiles y la convicción de que ningún gobernante debía situarse por encima de la ley. Para él, la libertad no podía depender del prestigio de un caudillo, sino de la solidez del Estado de derecho.

Aquellas diferencias políticas terminaron agravándose por conflictos administrativos, discrepancias sobre el rumbo de la República y profundas desconfianzas personales. El punto de ruptura llegó con la Conspiración Septembrina de 1828, el atentado fallido contra Bolívar. Santander fue señalado como responsable intelectual, condenado inicialmente a muerte y, posteriormente, enviado al destierro.

Desde entonces, la historia colombiana ha oscilado, una y otra vez, entre la tentación del caudillismo y la defensa del orden institucional. Más allá de las simpatías que cada ciudadano pueda profesar por uno u otro prócer, lo cierto es que aquella confrontación dejó una huella profunda en nuestra cultura política.

Hoy, esa herencia continúa manifestándose en una sociedad dividida, donde abundan las rupturas familiares, las amistades perdidas y la incapacidad para sostener diálogos serenos sobre el destino nacional. Cuando desaparece la confianza entre los ciudadanos, también se debilita la democracia. Se dificulta la construcción de consensos, se paralizan las reformas necesarias, se erosiona la legitimidad de las instituciones y resurge la tentación de entregar el poder a quienes prometen imponer el orden mediante la fuerza.

La historia demuestra que Bolívar y Santander no fueron simplemente dos hombres enfrentados por ambiciones personales. Representaron dos concepciones distintas del ejercicio del poder: una privilegiaba la autoridad como garantía de unidad; la otra confiaba en las leyes como fundamento permanente de la libertad.

Doscientos dieciséis años después del Grito de Independencia, Colombia sigue debatiéndose entre esas dos visiones. Nuestra polarización ya no enfrenta únicamente ideas de izquierda o de derecha; enfrenta emociones, resentimientos y prejuicios que convierten al diferente en adversario irreconciliable.

Quizá haya llegado el momento de escuchar nuevamente la voz de Santander. La independencia nos la dieron los héroes; la libertad, en cambio, solo podrá conservarla una sociedad que respete las leyes, fortalezca sus instituciones y aprenda a debatir sin odio.

Civilidad: Las naciones no se construyen sobre la venganza ni sobre la intolerancia. Se edifican sobre la justicia, el respeto y la capacidad de reconocer que, antes que seguidores de Bolívar o de Santander, todos somos colombianos.