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jueves, 20 de agosto de 2026

El chismorreo actualizado

 

El chismorreo actualizado

Sigo con mis cuentos. Aunque, para ser justos, estos no son inventos de quien hoy empuña la pluma, sino de la ventolera que, de cuando en cuando, se empeña en sacar de las entrañas de la vetusta Popayán historias que muchos ignoran y otros prefieren echarles tierra. Al fin y al cabo, esta ciudad camina —o mejor, procesiona— rumbo a sus quinientos años, desafiando al tiempo, al sentido común y hasta al mismísimo don Sebastián de Belalcázar.

El conquistador, que, dicho sea de paso, también lleva buen tiempo escondido. No por humildad, que nunca fue su virtud, sino para evitar el bochorno de volver a terminar en el suelo. Hay monumentos que duran menos que las discusiones sobre la historia. Y en Popayán, donde abundan las campanas y escasean los consensos, cualquier estatua corre más riesgos que un político en campaña.

Desenterrar los mitos, las leyendas y las costumbres de nuestros mayores resulta tan apasionante como peligroso. Son recuerdos que escuché siendo muchacho, al calor de una vela de sebo o bajo la luz amarillenta de un mechón de queroseno, cuando la electricidad todavía no competía con la imaginación, ni el celular había convertido el chisme en patrimonio universal.

Por eso recurro, sin sonrojo alguno, al lenguaje coloquial. Son los famosos cuentos de los viejos: relatos donde la memoria se da la mano con la exageración, la picardía hace sociedad con la superstición y la realidad termina pareciéndose sospechosamente a la ficción. Muchos los despachan como simples chismes de corredores o conversaciones de mecedora. Sin embargo, el tiempo, que nunca pierde un pleito, termina absolviéndolos. Entonces dejan de ser cuentos para convertirse en verdades del tamaño del Morro de Tulcán.

En fin, vamos al grano, como dijo el dermatólogo.

Porque Popayán no solo fabrica obispos, procesiones y abogados. También produce leyendas con denominación de origen. Y entre todas sobresale una que todavía pone a persignarse a más de un patojo: la célebre maldición de la Cruz de Belén.

La historia de la Cruz de Belén se remonta a 1681, cuando el obispo Cristóbal Bernardo de Quiroz bendijo la primera piedra de la ermita. Más de un siglo después, en 1789, se levantó la monumental cruz de piedra que todavía vigila la ciudad desde lo alto del cerro, como si fuera el más antiguo sistema de vigilancia de Popayán.

En uno de sus costados quedó grabada una frase que parece escrita para cualquier gobierno, sin importar el color político:

“Una Ave María a la Madre de Misericordia para que no sea total la ruina de Popayán.”

Hasta aquí, la piedra habla por sí sola. Lo que viene después pertenece, en buena medida, al territorio de la memoria, la tradición oral y la leyenda.

No sobra recordar que, décadas más tarde, durante los gobiernos liberales de José Hilario López y Tomás Cipriano de Mosquera, el país vivió profundas reformas que sacudieron las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Se expulsó a los jesuitas, se nacionalizaron bienes eclesiásticos y se abrió una de las confrontaciones políticas y religiosas más intensas de nuestra historia.

En Colombia nunca hemos necesitado mucho para dividirnos; basta una idea nueva... o una vieja contada de otra manera.

En semejante ambiente apareció el obispo Carlos Bermúdez Pinzón, hombre de convicciones tan firmes como el granito de nuestras montañas. Enemigo declarado de la masonería y feroz contradictor de las reformas liberales, jamás aprendió el arte de las medias tintas.

Cuando desapareció la custodia de la Catedral, lanzó una excomunión que todavía hace estremecer a los aficionados de la historia. Según la tradición recogida en relatos posteriores, sentenció que los responsables jamás volverían a conocer la paz y que un gusano les devoraría eternamente las entrañas. Hoy semejante declaración no llegaría al púlpito; primero sería tendencia en las redes sociales y, seguramente, terminaría convertida en meme.

La tensión política ya hervía más que una olla de sancocho. Se cuenta que, en marzo de 1875, después de una reunión liberal, algunos entusiastas —más inspirados por el aguardiente caucano que por Montesquieu— recorrieron las calles lanzando vivas al liberalismo y no pocas pullas contra el obispo y la religión. La confrontación entre liberales y conservadores ya no cabía en los periódicos; necesitaba las calles, las plazas y, por supuesto, el inevitable chismorreo de esquina.

La respuesta oficial llegó con la rapidez que rara vez conocen nuestros gobiernos. El presidente del Estado Soberano del Cauca, César Conto, decretó el estado de sitio y ordenó la expulsión del obispo.

Pero el mejor capítulo todavía estaba por escribirse.

Según la tradición, una noche de febrero, tropas comandadas por el coronel Aníbal Micolta irrumpieron en el palacio arzobispal para capturar a Bermúdez. Lo sacaron por la fuerza mientras varias damas payanesas protestaban con la misma indignación con la que hoy reclamarían por WhatsApp.

Entonces ocurrió lo inesperado.

Con el rostro encendido por la ira y la dignidad herida, el prelado lanzó, según cuenta la tradición popular, la que terminaría siendo una de las maldiciones más famosas del folclor payanés:

“Maldigo a esta ciudad, cuna de masones y enemigos de Dios... El día que la Cruz de Belén caiga, los muertos saldrán de sus tumbas y Popayán se acabará.”

¿Ocurrió exactamente así? Esa es otra historia.

Lo cierto es que la leyenda quedó prendida a la memoria de Popayán. Desde entonces, cada temblor hace mirar de reojo hacia el cerro de Belén. No porque los payaneses seamos supersticiosos. ¡Qué va! Lo hacemos por simple precaución... que, en esta ciudad donde el chisme suele llegar primero que la noticia, nunca sobra.

Y la Cruz de Belén, como buena guardiana de la ciudad, continúa allá arriba, soportando soles, lluvias, temblores, leyendas y hasta nuestras discusiones históricas.

Tal vez esa sea la verdadera fuerza de estos cuentos de viejos: nadie puede demostrar del todo que sucedieron como los contamos, pero tampoco consigue borrarlos de la memoria.

Civilidad: Popayán podrá cambiar de alcaldes, de obispos, de partidos, de modas y hasta de semáforos. Pero jamás debería renunciar a su mayor patrimonio inmaterial: el cuento bien contado. Porque una ciudad que pierde sus historias termina perdiendo también una parte de sí misma.

Y, como suele ocurrir por estas tierras, todo chisme tiene dos versiones... y ambas aseguran ser la verdadera.



sábado, 15 de agosto de 2026

De nuevo otra catástrofe (Crónica)

 


El reloj marcaba las 7:34 de la mañana del 11 de agosto cuando, en cuestión de segundos, la tierra volvió a pegarnos tremendo sacudón. Fueron segundos que parecieron una eternidad. Colombia se estremeció de un lado a otro y el epicentro quedó localizado en inmediaciones de San José del Palmar, en el Chocó. La magnitud, 7,4. Una cifra que, dicha así no más, parece fría; pero cuando las paredes comienzan a bailar, los vidrios a repicar y el piso a moverse debajo de los pies, deja de ser estadística para convertirse en miedo.

Pereira, Manizales, Cali, el Chocó y otras regiones sintieron con particular fuerza el remezón. A medida que avanzaban las horas aparecían nuevas noticias de muertos, heridos, edificios afectados y familias que, de un momento a otro, se quedaron mirando lo que ayer era su casa y hoy son ruinas.

Fue uno de esos sustos que le recuerdan a uno, sin pedir permiso, que la vida pende de un hilo. En esos largos segundos, cuando la tierra se mueve y el corazón se acelera, poco importan las cuentas pendientes, los afanes, los orgullos, las discusiones y hasta las pequeñas miserias con las que nos amargamos la vida. Todo queda reducido a una sola pregunta: ¿y ahora qué?

Y ahí aparece Dios.

Pues, también es cierto y, que me perdonen los teólogos, porque muchos nos acordamos del Todopoderoso cuando la cosa se pone fea. Cuando tiembla la tierra, cuando llega la enfermedad, cuando se nos viene encima una desgracia o cuando el susto nos deja sin palabras, hasta el más descreído busca hacia arriba. En cambio, cuando todo está tranquilo, volvemos a nuestras ocupaciones como si nada hubiera pasado ¡Así somos!

Ese sacudón del 11 de agosto inevitablemente nos devuelve la memoria a aquella triste mañana del 31 de marzo de 1983, cuando Popayán amanecía como tantas veces: con su lentitud solemne, sus calles blancas, sus iglesias, sus campanas y, ese recogimiento particular de la Semana Santa.

A las ocho y tantos minutos de la mañana, cuando el incienso todavía parecía suspendido en el aire y los pasos de los fieles seguían el ritmo de una tradición que venía de siglos, la tierra decidió interrumpir la historia.

Fueron apenas unos segundos.

Pero, vaya ¡qué segundos!

El suelo rugió con una fuerza que nadie esperaba. Las paredes de tapia y ladrillo comenzaron a venirse abajo. Las campanas se mezclaron con el estruendo de los muros al caer. El polvo se apoderó de las calles, de las plazas y de los recuerdos. La Ciudad Blanca, nuestra Ciudad Blanca, quedó cubierta de un gris que todavía hoy parece vivir en la memoria de quienes padecieron aquella tragedia.

¡Popayán quedó herida!

Y profundamente herida.

Han pasado 43 años y todavía hay familias que recuerdan dónde estaban, qué hacían y a quién buscaban cuando la tierra decidió sacudirles la vida. El terremoto de 1983 no fue solamente la caída de casas, iglesias y edificios. También se llevó seguridades, ilusiones y una parte de aquella Popayán que parecía eterna.

Por eso el temblor de ahora no es un asunto lejano para los payaneses. Aquí sabemos que la tierra no avisa. No manda carta, no pide permiso y tampoco respeta calendario.

¡Colombia tiembla!

Colombia vive sobre un territorio con una importante amenaza sísmica. No es una novedad ni una sorpresa. El Servicio Geológico Colombiano ha desarrollado modelos de amenaza precisamente para conocer las zonas expuestas y orientar las decisiones de prevención y reducción del riesgo.

Y aquí aparece el asunto que debería preocuparnos tanto como el movimiento de la tierra: ¿estamos realmente preparados para cuando vuelva a ocurrir?

Porque una cosa es que tiemble la tierra y otra, muy distinta, que se nos caigan las construcciones encima.

Colombia cuenta desde hace años con normas de construcción sismorresistente. La Ley 400 de 1997 estableció disposiciones en esta materia y el Decreto 33 de 1998 adoptó el Reglamento de Construcciones Sismorresistentes NSR-98. Posteriormente, estas disposiciones han sido actualizadas, hasta llegar al reglamento actualmente vigente y sus modificaciones.

Entonces la pregunta ya no es solamente si existen normas.

La pregunta es otra, y bastante más incómoda:

¿Se cumplen?

Porque de nada sirve tener reglamentos muy bien escritos, archivados en oficinas impecables, si a la hora de levantar una edificación alguien decide ahorrar en hierro, cemento, diseño, supervisión o control.

Un terremoto no distingue entre una obra bien construida y una hecha a la carrera. Pero sí deja en evidencia las diferencias.

Después de cada tragedia aparecen las mismas preguntas: ¿Quién controló? ¿Quién autorizó? ¿Quién supervisó? ¿Se cumplieron las normas? ¿Las edificaciones tenían las condiciones necesarias para soportar un movimiento de semejante magnitud? ¿Están preparadas nuestras ciudades para responder con rapidez cuando ocurra otra emergencia?

Y hay una pregunta todavía más de fondo:

¿Tenemos instituciones capaces de prevenir la tragedia antes de que ocurra y no solamente de contar los muertos después de que ocurre?

Porque aquí está el meollo del asunto.

No podemos impedir que la tierra tiemble. Eso no está en nuestras manos. Pero sí podemos reducir el número de víctimas, revisar las construcciones, exigir el cumplimiento de las normas, fortalecer los organismos de socorro, preparar a las comunidades y dejar de mirar la prevención como un asunto para cuando haya plata, tiempo o ganas.

La tierra seguirá haciendo lo suyo, ¿habrá una gran réplica?

Nos corresponde a nosotros hacer lo nuestro.

Y después del tremendo sacudón del 11 de agosto, quizá convenga mirar al cielo, agradecer que estamos vivos y hacer una oración. Pero, acto seguido, sería bueno mirar también hacia abajo, revisar los cimientos y preguntarnos, como buenos patojos: Será que, para la próxima vez, ¿sí estamos preparados?

 

Civilidad, (según HDG) Dios puede ayudarnos en la emergencia. Pero los cimientos, señores constructores, toca hacerlos bien desde antes.

viernes, 7 de agosto de 2026

La oportunidad que perdió Popayán

 


Es un sentimiento compartido por millones de colombianos que sueñan con un país próspero, seguro y en armonía. ¿Cómo no anhelar la paz y la convivencia, si representan la posibilidad de superar los conflictos, reconstruir el tejido social y abrir caminos de desarrollo desde las regiones?

La verdadera fortaleza de Colombia radica en permanecer unidos, más allá de las diferencias políticas o ideológicas, para impulsar una economía vigorosa, una educación con oportunidades para todos y un desarrollo sostenible que beneficie por igual a las ciudades y al campo. Hoy, mañana y siempre, debemos permanecer unidos por Colombia. No porque pensemos igual, sino porque compartimos el mismo territorio, la misma historia y la responsabilidad de legar a las futuras generaciones un país más fuerte, más libre y más digno.

Cuando este artículo vea la luz, el domingo 9 de agosto, el doctor Abelardo de la Espriella habrá iniciado su mandato como el presidente número 43 de la historia de Colombia. Su llegada a la Casa de Nariño representa una oportunidad para renovar el compromiso nacional con la seguridad, la reactivación económica, la estabilidad institucional y, la descentralización. La atención a las regiones y la construcción de un Estado más cercano a los ciudadanos constituyen propósitos que, de materializarse, podrían fortalecer la confianza en las instituciones. Será igualmente indispensable que este nuevo ciclo gubernamental promueva los consensos necesarios para disminuir la polarización y consolidar el bienestar social. Que el éxito de su administración se traduzca en paz, prosperidad y un fortalecimiento efectivo de la democracia colombiana.

El hoy presidente de la República había proyectado realizar su ceremonia de posesión en “La Fecunda Ciudad de Popayán”; sin embargo, finalmente la trasladó a Cali, en lo que constituyó la primera investidura presidencial celebrada fuera de Bogotá. La modificación obedeció a la actividad registrada por el volcán Puracé.

Habría sido un gesto de profundo significado simbólico trasladar la posesión a la guarnición militar de Popayán, la “Ciudad de los Muros Recios”, para expresar respaldo a las Fuerzas Militares en un departamento que, durante décadas, ha soportado el peso del conflicto armado y de la violencia. La decisión habría estado en consonancia con su anunciada política de "mano dura" frente al crimen organizado.

De haberse concretado ese propósito, Popayán se habría convertido, aunque fuera por un solo día, en el epicentro político del país y en un punto de atención para la prensa internacional y diversos líderes políticos del continente.

Fue una oportunidad que la ciudad dejó escapar por circunstancias ajenas a su voluntad. Además del valor histórico y simbólico de albergar una posesión presidencial, el acontecimiento habría significado un importante impulso temporal para la economía local. Es razonable pensar que la ocupación hotelera habría alcanzado su máxima capacidad y que restaurantes, comercios, transporte, operadores logísticos y numerosos prestadores de servicios habrían experimentado un notable incremento en su actividad.

Desde la perspectiva de la seguridad, también se habría producido un amplio despliegue de la Fuerza Pública para garantizar la protección de jefes de Estado, altas autoridades e invitados especiales.  Esa presencia institucional habría representado, al menos de manera transitoria, un mensaje de respaldo a una región que continúa padeciendo el accionar de las organizaciones criminales y que reclama, desde hace muchos años, una respuesta firme y permanente del Estado.

El Cauca sigue siendo uno de los territorios donde la paz aún es una tarea pendiente. Sus habitantes merecen vivir sin el temor cotidiano que imponen la violencia, los bloqueos, las extorsiones y el accionar del crimen organizado. La recuperación de la seguridad constituye un requisito indispensable para alcanzar el desarrollo económico y la convivencia.

 

 

En fin, hoy, mañana y siempre, permanezcamos unidos por Colombia. Unidos por una historia que nos identifica, por un presente que nos desafía y por un futuro que nos corresponde construir con trabajo, respeto y esperanza.

 

Civilidad (según HDG): Colombia, el Cauca y Popayán, “La Hidalga Ciudad ”, volverán a ser verdaderamente libres en la medida en que sus hijos comprendan que el auténtico patriotismo consiste en servirlas, protegerlas y engrandecerlas con el ejemplo.

 

 

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