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sábado, 3 de octubre de 2026

Supervivencia frente a la modernidad

 

Es vivificante escribir sobre hechos evocativos de mi ciudad. Siempre ha sido mi pasatiempo relatar momentos durante el caminar de los días. Escribo sobre mi amada Popayán porque no se deben perder en el tiempo, ni guardar en el alma, las cosas que fueron. Pretendo conservar la memoria colectiva para las generaciones futuras. Me deleito sacándolas del baúl de los recuerdos y, en ese trasegar, procuro agradar a quienes me leen.

Por ejemplo, evoco el saludo “patojo”: “¿Cuándo llegaste y cuándo te vas?”. Son recuerdos que nos transportan y resultan saludables para el espíritu. No es nostalgia por el pasado; es la vida retrocedida en el corazón. Lo nuevo causa perturbaciones, porque los reformistas del mundo olvidan cuán difícil es retocar con acierto un cuadro antiguo.

La palabra contemporánea es aplicable a la forma permanente en que estamos viviendo y a la que les corresponderá vivir a nuestros descendientes. Pero ¿qué vamos a hacer si la ola moderna es imparable y hace la vida cada vez más prolongada, mientras la posmodernidad trae consigo cambios tan significativos?

Desde luego, extrañamos el afectuoso abrazo de las amistades que ahora están ausentes de cuerpo presente y hasta enterarnos personalmente de su salud. Ahora lo frecuente es “chatear” por internet.

Hoy, el avance tecnológico nos permite conocer resultados de laboratorio clínico por medios electrónicos, comprar productos y servicios en línea desde cualquier lugar con conexión, estudiar mediante cursos virtuales, tutoriales y videos educativos, y hasta trabajar sin necesidad de acudir físicamente a una oficina.

Todo trato entre compañeros parece hacerse por Facebook, con cadenas de “amigos” virtuales que, a través de fw, forward —reenvíos—, nos hacen llegar toda clase de mensajes. Son gajes de una tecnología que nos atropella.

El impacto de internet en la vida diaria ha sido enorme durante las últimas décadas. Sería difícil entender hoy la vida sin su presencia. ¡Qué tal un día sin celular!, ese pequeño aparato que cambió la forma en que las personas trabajan, estudian, se comunican y se entretienen.

Sin embargo, cuando la tecnología rebasa los límites del humanismo, puede conducirnos, paradójicamente, hacia la deshumanización: hablamos con quien está lejos y dejamos de mirar a quien tenemos al lado; enviamos un mensaje en segundos, pero a veces ya no encontramos tiempo para dar un abrazo.

De allí la necesidad del discernimiento para distinguir la información útil de aquella que no lo es dentro de esa inmensa “carreta de la información” conocida como internet.

¡La vida sin el celular!

Precisamente por eso, ya poco vemos la cara de los “patojos”. Extrañamos las voces de aquellas amigas que lloraban sobre nuestros hombros al contarnos las cuitas de sus vidas. Extrañamos también la caminata semanal para entregar los escritos y, de paso, saludar a toda la familia periodística del periódico, ahora denominado El Nuevo Liberal.

En fin, las redes sociales desplazaron, en buena medida, el acto emocional de la presencia. Es tanto el impacto de internet en la vida diaria que hasta pagamos este servicio más pronto que tarde. La tecnología cambió las cosas en esta época de muchos conocidos, pero de pocos amigos.

Han pasado algo más de treinta años desde que se masificó internet. Y, claro, en estos tiempos resulta difícil imaginar la vida sin acceso a él. Cambió por completo nuestra manera de vivir.

Pero, mientras el presente corre a la velocidad de un clic, la memoria camina a paso de procesión.

¿Qué se hicieron los tertuliaderos del Popayán que se nos fue? ¿Qué de los helados de Baudilia y qué del tinto en el Café Alcázar? ¿Y los “grilles”, como La Carreta, La Llave, El Fantasio, La Tranca, el Maryland, el Playboy, o simplemente “comer prójimo” en el parque de Caldas, ¿debajo de aquellos famosos árboles como el carbonero?

Son cosas de ayer.

Cómo no añorar las salas de cine: los teatros Bolívar, Popayán, Valencia, Anarcos y Palacé; no solamente para ver películas, sino también, como sitios de encuentro donde se intercambiaban pequeñas novelas y revistas de cómics.

¿Dónde están los viejos amigos del parque de Caldas?, aquel lugar desde donde se fomentaba el sentido de comunidad. ¿Qué pasó con aquel albergue de árboles centenarios, de gran belleza, como guayacanes, corchos y araucarias, que convertían el parque en un espacio lleno de vida y en escenario de buena parte de la historia de la ciudad?

Estoy escribiendo entre la razón y la esperanza sobre las cosas bellas de Popayán que todavía existen, aunque cada vez deban buscarse con mayor esfuerzo.

Sirve de muy poco repetir que durante siglos fue una de las ciudades más importantes del país si hoy apenas sobrevive como una reliquia arquitectónica, administrada con la resignación de quien cuida una herencia que no comprende.

Se proclama turística, religiosa y universitaria, pero esas vocaciones siguen siendo, en buena medida, más un eslogan que una verdadera política pública.

Y resulta doloroso ver cómo ese espacio que alguna vez fue punto de encuentro, hospitalidad y orgullo, esa verdadera sala de recibo de la ciudad, hoy se encuentra inaccesible, bajo una amenaza que obliga a imponer cintas amarillas de peligro.

El Parque de Caldas, corazón histórico y, pulmón de la ciudad, muestra hoy una realidad desoladora al haber sido cerrado preventivamente con cintas de seguridad debido al riesgo de caída de algunos de sus árboles emblemáticos. Pareciera que la civilización humana, en su carrera hacia la modernidad, se hubiera olvidado de que también necesita convivir con la naturaleza.

Y entonces, desde este baúl de los recuerdos, surge la pregunta propositiva y, que no es solamente para quienes añoramos la Popayán de enantes:

¿Qué estamos haciendo para que la Popayán de siempre no termine convertida únicamente en un recuerdo?

Civilidad, según HDG. Recordar es necesario, pero conservar es un deber.

 

domingo, 27 de septiembre de 2026

 


Horaciando: La parte más antigua de Popayán es el entorno del Parque de Caldas, corazón de su historia, uno de sus mayores atractivos culturales y arquitectónicos. Si permitimos su abandono, qué ofreceremos a los visitantes? Cuidar el patrimonio es preservar el alma de Popayán

sábado, 26 de septiembre de 2026

Ahora si...nos jodimos

 

Hacía algunos meses que no visitaba el corazón de mi amada ciudad. Me había “encerrado” también, por razones de mi palpitante corazón, pero pudo más el entrañable amor por Popayán y me arrimé a la sala de recibo para saludar a Don Francisco José de Caldas. A ese inanimado personaje de bronce que no posee lengua hablada, pero que permanece pensativo desde el día en que lo colocaron sobre su pedestal.

Como pude, llegué ávido de «patojear». Me senté en la «banca de las palomas caídas», espacio donde los desocupados de la sociedad económica inactiva, solíamos entablar largas tertulias hasta que el sol crepuscular se ocultaba, sin importar que el reloj de la Torre marcara las horas, y mucho menos los minutos. En Popayán, poco  interesa el paso del tiempo, que camina sin hacer ruido.

Entre trancones pude estacionar el vehículo en ese inmenso y arenoso parqueadero público, de la tradicional Manzana 99, conocida así porque allí funcionó lo que fuera el primer Centro Comercial del país: el Anarcos. Espacio, sin un uso definido después de su demolición hace años, que ha sido adecuado como parqueadero provisional, abierto las veinticuatro horas del día. A varios emprendedores  le «corre la baba» soñando con levantar un parqueadero subterráneo de tres pisos hacia abajo y siete pisos hacia arriba, proyecto que, según sus promotores, contribuiría a solucionar definitivamente, la congestión vehicular dentro del marco histórico.

Pero, como dice el refrán, «hay cosas que colgando parecen granadillas y, mirándolas al revés, granadillas otra vez».

Y como cada loco tiene su tema, aquí voy con el mío.

Caminando pausadamente, aunque frenético cuando escribo, emprendí el recorrido en busca de amparo para el patrimonio colectivo y con la intención de opinar sobre un asunto que ha regado mucha tinta durante varios años.

Porque nadie ama a Popayán porque sea grande, sino porque es nuestra. Hermoso es servirla con hechos, pero no es absurdo servirla también con palabras.

El centro histórico: una caminata de obstáculos.

Caminar hoy por la ciudad es prácticamente imposible. De oídas me dijeron: «Popayán está desbaratada y atrasada».

¡Cálmese, ventarrón, que llegó la brisa!

A quienes así opinan les dije: cójanle dobladillo a la lengua, porque cada vez que amanece, la ciudad crece. Aunque, después de mi recorrido, no sé si la brisa terminó llevándose la razón.

Empecé, desde luego, por las aceras, porque estas parecen haberse convertido en cosa del pasado. Tenía razón mi servicio secreto del chisme: por doquiera, ventorrillos comerciales sin vidrieras, por aquí, venta de medias, por allá, calzoncillos en la esquina, sombrillas, gafas, hamacas y cuanto producto pueda ofrecerse al transeúnte.

Los andenes, ese bien de uso público destinado al tránsito seguro de los peatones, se han convertido en extensiones del comercio, mientras las arcas municipales parecen no encontrar la manera de resolver su propio problema económico que lleva años creciendo.

No se trata de desconocer el derecho al trabajo de quienes dependen de las ventas informales para llevar el sustento a sus hogares. Se trata de encontrar un equilibrio entre ese derecho y el derecho colectivo al espacio público, la movilidad y la seguridad de los peatones.

Cuando los andenes y las calles se saturan, el peatón termina bajándose a la calzada vehicular, con el riesgo que ello representa para su integridad física.

Y, para completar el cuadro, aparecen los olores del chanchullo, salchipapas, empanadas, con cilindros de gas al piso; los bonais, los helados, los algodones de azúcar, parasoles, toldos y toldas alrededor del palacete municipal.

¡Tal parece que la ciudad hubiese regresado a la época en que la Plaza Mayor, en los años de 1930, funcionaba como plaza de mercado, con caballejos incluidos!

La moda de la indignación

Esta problemática, que debería generar un debate permanente entre la ciudadanía, el comercio formal y la administración local, parece haber perdido vigencia…nos acostumbramos a ver la ciudad como un pueblucho.

Ahora la atención se concentra en la pérdida de las cinco estrellas del Hotel Monasterio, una de las reliquias arquitectónicas de Popayán.

Esa es la moda de hoy.

Y como dirían las abuelas: ¡Ahora sí… nos jodimos!

Comamos de nuestro propio cocinado. Porque, con exceso de razón, no faltan ciudadanos que se preocupan por el patrimonio arquitectónico; pero son menos visibles quienes levantan la voz por el deterioro del espacio público y la falta de mantenimiento de nuestros parques.

No es que una preocupación deba excluir a la otra. Popayán merece que se defienda su arquitectura; pero también sus árboles, sus andenes, sus plazas y el derecho de sus habitantes a disfrutarlos.

El Parque de Caldas: entre el olvido y las buenas intenciones

Con sobrada razón, ciudadanos y organizaciones han acudido a instancias judiciales para solicitar la protección del Parque de Caldas, ese espacio que durante generaciones fue considerado el pulmón de la ciudad. Aunque en Popayán, todo pasa sin que pase nada.

Pasa los años sin que se advierta una inversión suficiente y sostenida para su recuperación y mantenimiento. Otro año más y cada vez peor.

Aunque, como reza el dicho, de buenas intenciones está empedrado el infierno.

Después del gusto viene el disgusto. Recorrí el marco central de la linda Popayán; pero al contemplar lo que encontré, casi me hace brotar lágrimas.

Parado al pie de la Torre del Reloj, ya bien reparada, el tiempo no es nuestro y, me pregunté:

¿Qué pasa con nuestra ciudad?

Si quienes tenemos voz no la alzamos para reclamar por el trato que recibe Popayán, mañana no tendremos derecho a lamentarnos cuando el deterioro sea mayor.

Lo que dejamos pasar

Nos estamos  lamentando; pero hace años no fuimos capaces de protestar con suficiente fuerza cuando las calles aledañas a la Plaza recibieron el primer baño de pavimento asfáltico. Tampoco rezongamos cuando se instalaron los adoquines y se amplió el área peatonal del Parque de Caldas, obras entregadas oficialmente en 2010, tras un proyecto de remodelación y embellecimiento financiado por FONADE y la Alcaldía de Popayán.

Así que, en nombre de ese «progresista» desarrollo del suelo, se intervinieron las raíces de los árboles del parque. Al podar las raíces, le quitaron fuerza a los pies de las cinco araucarias que formaban una corona en homenaje al sabio Francisco José de Caldas. Sufrieron las consecuencias de la debilidad y raquitismo, al igual que el madroño, el caucho, el magnolio y otros árboles que daban sombra, oxígeno y belleza al Centro Histórico.

Aquí no se trata de oponerse al desarrollo ni de convertir la ciudad en una pieza de museo. Se trata de preguntar si las obras de embellecimiento y renovación urbana se planearon con suficiente consideración por el patrimonio natural que acompañaba al patrimonio arquitectónico.

Una ciudad histórica como la nuestra, no se conserva únicamente con fachadas blancas, balcones coloniales y calles empedradas. También se conserva protegiendo la vida que crece en sus plazas.

Las fuentes y la memoria

Recuérdese que, hacia 1935, la colonia sirio-hebrea y libanesa obsequió, como gesto de solidaridad y recordación, cuatro fuentes de agua revestidas con abigarrados y multicolores azulejos.

Durante algún tiempo fueron objeto de controversia como elementos decorativos, hasta que los payaneses terminamos acostumbrándonos a aceptarlas como parte integral de la ornamentación del parque. Pero, tampoco podemos olvidar la función que el agua y el mantenimiento adecuado cumplen en la conservación de la vegetación. Pues, si las fuentes dejaron de cumplir su función como el sistema de riego por no recibir la atención necesaria, los árboles terminaron pagando la factura del abandono.

En sus postrimerías los árboles con las heridas abiertas, son un fantasma de la seca arboleda, cuyas raíces buscan con angustia humana a los seres que amo.

Tardíamente, se dieron cuenta, que un elemento o árbol del parque «representa un riesgo latente de colapso» y, la preocupación deja de ser únicamente estética. Se convierte en un asunto de seguridad, mantenimiento y responsabilidad institucional, que debe ser evaluado y documentado por las autoridades competentes. Por ello:

Ahora si…nos jodimos

La gran sala de recibo de los payaneses, ya encerrada con cinta amarilla, como precaución de peligro por los árboles moribundos, acompañados por un ejército de hormigas en hilera va trepando por ellos.   

“Aserrín, aserrán, los maderos de San Juan” los árboles tumbarán, es la triste realidad, del parque de Caldas desaparecerán.

¡Vaya que lástima!  perder árboles de tantos años, como las araucarias, especies que pueden vivir un siglo o más en condiciones favorables. Su longevidad hace todavía más importante el cuidado que se les dispense.

La melancolía implícita en la mirada del sabio Caldas parece reflejar el trágico final de la corona de árboles que lo acompañó durante tantos años.

Y para quienes conocimos aquellas araucarias, su desaparición no es un simple cambio de paisaje. Es la pérdida de una parte de la memoria viva de la ciudad.

Civilidad, según HDG

Amantes de Popayán, no podemos sellar nuestros labios ante el deterioro de los espacios que pertenecen a todos.

La defensa del patrimonio no puede aparecer únicamente cuando se anuncia el cambio de una marca hotelera, se modifica una fachada o se pierde una estrella. Debe manifestarse también cuando se invade un andén, se abandona un parque, se deteriora un árbol y se pierde en el bosque del descuido un bien de uso público.

El Consejo de Estado ha emitido decisiones relacionadas con la protección del espacio público y los derechos colectivos. Corresponde revisar cada sentencia y su alcance concreto para que las autoridades cumplan las obligaciones que les corresponden.

Popayán no necesita solamente ciudadanos que la recuerden con nostalgia. Necesita ciudadanos que la defiendan con civismo, urbanidad y hechos.

Porque si seguimos dejando pasar todo, algún día, al mirar nuestra ciudad, tendremos que repetir aquello que decían las abuelas:

¡Ahora si…nos jodimos!