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domingo, 7 de junio de 2026

Chiflados de atar


Quienes nacimos a mediados del siglo XX hemos sido testigos de profundas transformaciones sociales, políticas y culturales. Sin embargo, pocas veces como ahora se percibe un ambiente de desconcierto colectivo tan marcado, donde el desorden institucional, la corrupción persistente y la pérdida de referentes éticos parecen haberse normalizado. La sensación, dolorosamente extendida, es que vivimos en un país que ha perdido el sentido de la cordura.

La corrupción, convertida en hábito y no en excepción, ha erosionado la confianza pública. No se trata únicamente de los grandes escándalos que ocupan titulares, sino de una cultura permisiva que tolera lo incorrecto y castiga la rectitud. En ese contexto, el ciudadano común termina atrapado entre la resignación y la impotencia, mientras la esperanza de una transformación profunda parece aplazada indefinidamente.

A esta crisis moral se suma el papel de los medios de comunicación, que, guiados muchas veces por la lógica del mercado, priorizan el impacto sobre el análisis. La violencia, el escándalo y el amarillismo ocupan el centro del debate público, desplazando las iniciativas constructivas, las soluciones innovadoras y los ejemplos de integridad. Así se configura un círculo vicioso: una sociedad que consume desesperanza y, al mismo tiempo, la reproduce.

Y, sin embargo, esta realidad contrasta con la grandeza innegable de Colombia. Pocos países en el mundo poseen una riqueza natural comparable: dos océanos, tres cordilleras, una biodiversidad privilegiada y una diversidad cultural excepcional. Este territorio, que inspiró la obra de Gabriel García Márquez, es la encarnación viva del realismo mágico: un lugar donde lo extraordinario convive con lo cotidiano, donde la belleza y la contradicción se entrelazan permanentemente.

La paradoja es evidente. Un país con todas las condiciones para prosperar enfrenta dificultades estructurales que limitan su desarrollo. La debilidad institucional, la polarización política, la desigualdad social y la precariedad educativa han impedido consolidar un proyecto nacional sólido y coherente.

La educación, en particular, constituye uno de los pilares más frágiles. No puede aspirarse al progreso cuando la formación carece de rigor, cuando los títulos universitarios pierden valor y cuando el conocimiento es reemplazado por la superficialidad. Sin una educación de calidad, no hay ciudadanía crítica; sin ciudadanía crítica, no hay democracia sólida.

Otro factor determinante es la pérdida de disciplina social. El desarrollo no depende exclusivamente de los recursos naturales, sino de la capacidad de una sociedad para organizarse, planificar y actuar con responsabilidad. Países como Japón y Suiza, con limitaciones geográficas y escasos recursos naturales, han alcanzado niveles extraordinarios de prosperidad gracias a la disciplina, la educación y el sentido colectivo del deber. No es la riqueza material la que define el destino de una nación, sino la mentalidad de su gente.

Incluso en la región, ejemplos como Brasil han demostrado que el liderazgo económico es posible cuando existe visión estratégica y voluntad política. Colombia, con condiciones comparables o superiores en muchos aspectos, no debería resignarse a un papel secundario.

A esta situación se suma un fenómeno contemporáneo que profundiza la fragmentación: las redes sociales. Estas plataformas, lejos de promover el diálogo, con frecuencia refuerzan el aislamiento ideológico. Cada grupo escucha únicamente aquello que confirma sus creencias, mientras el desacuerdo se convierte en enemistad. La política, en lugar de ser un espacio de construcción colectiva, se transforma en un espectáculo donde prevalece la confrontación sobre las soluciones.

El resultado es una sociedad polarizada, vulnerable a la manipulación y cada vez más desconectada de sus intereses comunes. Los liderazgos oportunistas prosperan en este ambiente, alimentando emociones primarias en lugar de ofrecer propuestas serias y sostenibles.

Pero, sería injusto atribuir toda la responsabilidad a las instituciones o a los dirigentes. La crisis también refleja una falla colectiva. La indiferencia ciudadana, la tolerancia frente a la corrupción cotidiana y la falta de compromiso con el bien común contribuyen a perpetuar el problema. Una democracia no es únicamente el resultado de sus elecciones, sino el reflejo de sus ciudadanos.

Colombia no es un país condenado al fracaso. Por el contrario, posee las condiciones humanas, naturales y culturales para convertirse en una nación ejemplar. Lo que falta no es capacidad, sino voluntad; no es talento, sino disciplina; no es potencial, sino coherencia.

El cambio comienza con una transformación cultural profunda. Implica recuperar el valor de la honestidad, fortalecer la educación, exigir responsabilidad a los dirigentes y asumir, como ciudadanos, un papel activo en la construcción del futuro. Significa abandonar la resignación, reemplazada por el compromiso.

No se trata de negar los problemas, sino de enfrentarlos con madurez. No se trata de idealizar la realidad, sino de transformarla. Colombia no puede seguir siendo un país que oscila entre la grandeza y el caos, entre la esperanza y la frustración.

La historia demuestra que las naciones no están determinadas por su pasado, sino por sus decisiones. Colombia aún está a tiempo de elegir el camino de la cordura, la disciplina y el progreso.

Civilidad: El destino no está escrito. Depende de nosotros.


domingo, 31 de mayo de 2026

Colombia vuelve a las urnas


Hoy domingo 31 de mayo, Colombia vuelve a acudir a las urnas en una de las jornadas democráticas más trascendentales de los últimos años. La elección presidencial no solo definirá quién ocupará la Casa de Nariño durante el próximo cuatrienio, sino también el rumbo político, social y económico de un país que atraviesa profundas divisiones ideológicas y un evidente clima de polarización.

En medio de discursos cada vez más radicales, confrontaciones permanentes en redes sociales y una ciudadanía marcada por la incertidumbre, la Registraduría Nacional del Estado Civil vuelve a asumir un papel determinante para garantizar la legitimidad del proceso democrático. La entidad tendrá la responsabilidad de conducir esta jornada electoral bajo los principios de transparencia, legalidad y confianza ciudadana que exige la Constitución Política de 1991.

La Registraduría enfrenta el enorme desafío operativo de organizar una elección presidencial en un contexto de alta tensión política y expectativa nacional. Desde la logística electoral, la organización hasta el preconteo y los escrutinios, cada actuación institucional será observada con atención por millones de colombianos que esperan garantías plenas para ejercer su derecho al voto y confiar en los resultados que definirán el futuro político del país.

La democracia colombiana atraviesa un momento decisivo. El debate político, que debería centrarse en propuestas y soluciones a los problemas estructurales del país, muchas veces termina atrapado en escenarios de descalificación, odio y desinformación. La polarización ha convertido las diferencias ideológicas en barreras difíciles de superar, debilitando la capacidad de diálogo y afectando la confianza entre sectores de la sociedad.

Sin embargo, precisamente en tiempos de tensión es cuando la democracia debe fortalecerse. La diferencia de pensamiento no puede asumirse como una amenaza, sino como una expresión legítima del pluralismo político que sustenta el Estado Social de Derecho. Ningún proyecto político puede construirse sobre la eliminación simbólica del contradictor ni sobre el desconocimiento de quienes piensan distinto. 

La jornada electoral de este domingo representa una oportunidad para que los ciudadanos demuestren que la participación democrática sigue siendo el camino más legítimo para resolver las diferencias políticas. Más allá de las preferencias ideológicas, el país necesita que este proceso electoral transcurra en un ambiente de respeto, civilidad y garantías para todos los sectores.

El próximo presidente o presidenta de Colombia asumirá el reto de gobernar un país dividido, con enormes desafíos en materia de seguridad, economía, empleo, salud y reconciliación social. Pero también tendrá la responsabilidad de contribuir a disminuir la fractura política que hoy distancia a millones de colombianos. Gobernar en democracia implica escuchar incluso a quienes no votaron por el proyecto ganador.

En momentos de desconfianza institucional y confrontación política, acudir a las urnas continúa siendo el mecanismo más legítimo para defender la democracia ¡No hay otro!. Por eso, al momento de votar, resulta indispensable reflexionar con serenidad y analizar las capacidades de los candidatos, pensar en el país que se quiere construir durante los próximos años.

La democracia no se fortalece desde el odio ni desde la división permanente. Se fortalece cuando los ciudadanos participan con conciencia, respetan las diferencias y entienden que el futuro de Colombia depende también de la capacidad colectiva para convivir en medio de la diversidad política.

Civilidad: Porque votar no solo define un gobierno; también refleja el nivel de civilidad de una nación.

lunes, 25 de mayo de 2026

Vivir y morir en Popayán


En Popayán, ciudad de historia, tradiciones y silencios largos, hablar de la muerte no debería resultarnos extraño. Durante siglos, esta ciudad ha aprendido a convivir con la idea del tiempo, del rito y de la trascendencia. Sin embargo, en la vida cotidiana contemporánea, la muerte se ha convertido en un tema incómodo, negado o reducido a una noticia fugaz, cuando en realidad es la única certeza que acompaña al ser humano desde su nacimiento. 

La negación del fin de la vida no nos hace más fuertes. Por el contrario, suele generar angustia, ansiedad y una relación superficial con el presente. En una ciudad que se precia de su tradición espiritual y cultural, resulta pertinente recordar que aceptar la finitud no es un acto de derrota, sino una forma madura de comprender la existencia. Vivir con la conciencia del límite nos permite valorar lo esencial y actuar con mayor responsabilidad frente a nosotros mismos y frente a los demás. 

Popayán, marcada por su herencia religiosa y su memoria colectiva, ha entendido históricamente la muerte como parte de un tránsito y no como un final absoluto. No se trata de imponer creencias, sino de reconocer que distintas tradiciones —religiosas, filosóficas y culturales— coinciden en un punto esencial: la muerte forma parte del orden natural de la vida. Desconocerlo solo alimenta miedos que terminan afectando la salud emocional y la convivencia social. 

En los últimos años, el temor excesivo a la enfermedad, al accidente y a la incertidumbre ha generado una sociedad más ansiosa y menos reflexiva. El miedo patológico a morir, conocido como tanatofobia, deteriora la calidad de vida y nos aleja de una vivencia plena del presente. Frente a ello, resulta necesario promover una conversación pública más serena, que permita comprender la muerte no como obsesión, sino como un recordatorio de la responsabilidad que implica estar vivos. 

Desde que nacemos, comenzamos a perder la vida lentamente. Esta verdad, lejos de ser trágica, debería invitarnos a agradecer lo cotidiano: la salud, la familia, el trabajo, el conocimiento, la posibilidad de expresar ideas y de participar en la vida social de la ciudad. Popayán, con su ritmo pausado y su profunda vocación cultural, ofrece el escenario propicio para recuperar esa mirada reflexiva que hoy parece extraviada. 

Hablar de la muerte también es hablar del duelo. Una sociedad que comprende la finitud acompaña mejor a quienes sufren una pérdida y evita caer en extremos que paralizan. Aprender a despedirnos con serenidad es tan importante como aprender a vivir con sentido. 

Este editorial no busca una exhortación religiosa ni ideológica. Es un llamado ciudadano. Reconocer nuestra fragilidad nos hace más humanos, más solidarios y más respetuosos. No somos un accidente de la naturaleza, sino parte de una historia que nos precede y que continuará cuando ya no estemos. 

Civilidad: Tal vez Popayán, fiel a su tradición y a su vocación reflexiva, pueda dar ejemplo promoviendo una cultura de la vida que no le tema a la muerte. Porque solo quien entiende su finitud es capaz de vivir con dignidad, responsabilidad y auténtico respeto por la existencia.