Es vivificante escribir sobre hechos evocativos de mi
ciudad. Siempre ha sido mi pasatiempo relatar momentos durante el caminar de
los días. Escribo sobre mi amada Popayán porque no se deben perder en el
tiempo, ni guardar en el alma, las cosas que fueron. Pretendo conservar la
memoria colectiva para las generaciones futuras. Me deleito sacándolas del baúl
de los recuerdos y, en ese trasegar, procuro agradar a quienes me leen.
Por ejemplo, evoco el saludo “patojo”: “¿Cuándo llegaste y cuándo te
vas?”. Son recuerdos
que nos transportan y resultan saludables para el espíritu. No es nostalgia por
el pasado; es la vida retrocedida en el corazón. Lo nuevo causa perturbaciones,
porque los reformistas del mundo olvidan cuán difícil es retocar con acierto un
cuadro antiguo.
La palabra contemporánea es aplicable a la forma permanente en
que estamos viviendo y a la que les corresponderá vivir a nuestros
descendientes. Pero ¿qué vamos a hacer si la ola moderna es imparable y hace la
vida cada vez más prolongada, mientras la posmodernidad trae consigo cambios
tan significativos?
Desde luego, extrañamos el afectuoso abrazo de las
amistades que ahora están ausentes de cuerpo presente y hasta enterarnos
personalmente de su salud. Ahora lo frecuente es “chatear” por internet.
Hoy, el avance tecnológico nos permite conocer resultados
de laboratorio clínico por medios electrónicos, comprar productos y servicios
en línea desde cualquier lugar con conexión, estudiar mediante cursos
virtuales, tutoriales y videos educativos, y hasta trabajar sin necesidad de
acudir físicamente a una oficina.
Todo trato entre compañeros parece hacerse por Facebook, con cadenas de “amigos” virtuales que,
a través de fw, forward
—reenvíos—, nos hacen llegar toda clase de mensajes. Son gajes de una
tecnología que nos atropella.
El impacto de internet
en la vida diaria ha sido enorme durante las últimas décadas. Sería difícil
entender hoy la vida sin su presencia. ¡Qué tal un día sin celular!, ese
pequeño aparato que cambió la forma en que las personas trabajan, estudian, se
comunican y se entretienen.
Sin embargo, cuando la tecnología rebasa los límites del
humanismo, puede conducirnos, paradójicamente, hacia la deshumanización:
hablamos con quien está lejos y dejamos de mirar a quien tenemos al lado;
enviamos un mensaje en segundos, pero a veces ya no encontramos tiempo para dar
un abrazo.
De allí la necesidad del discernimiento para distinguir la
información útil de aquella que no lo es dentro de esa inmensa “carreta de la información” conocida como internet.
¡La vida sin el celular!
Precisamente por eso, ya poco vemos la cara de los “patojos”. Extrañamos las voces de aquellas
amigas que lloraban sobre nuestros hombros al contarnos las cuitas de sus
vidas. Extrañamos también la caminata semanal para entregar los escritos y, de
paso, saludar a toda la familia periodística del periódico, ahora denominado El Nuevo Liberal.
En fin, las redes sociales desplazaron, en buena medida, el
acto emocional de la presencia. Es tanto el impacto de internet en la vida
diaria que hasta pagamos este servicio más pronto que tarde. La tecnología
cambió las cosas en esta época de muchos conocidos, pero de pocos amigos.
Han pasado algo más de treinta años desde que se masificó
internet. Y, claro, en estos tiempos resulta difícil imaginar la vida sin
acceso a él. Cambió por completo nuestra manera de vivir.
Pero, mientras el presente corre a la velocidad de un clic,
la memoria camina a paso de procesión.
¿Qué se hicieron los tertuliaderos del Popayán que se nos
fue? ¿Qué de los helados de Baudilia y qué del tinto en el Café Alcázar? ¿Y los
“grilles”, como La Carreta, La Llave, El
Fantasio, La Tranca, el Maryland, el Playboy, o simplemente “comer prójimo” en el parque de Caldas, ¿debajo de
aquellos famosos árboles como el carbonero?
Son cosas de ayer.
Cómo no añorar las salas de cine: los teatros Bolívar,
Popayán, Valencia, Anarcos y Palacé; no solamente para ver películas, sino
también, como sitios de encuentro donde se intercambiaban pequeñas novelas y
revistas de cómics.
¿Dónde están los viejos amigos del parque de Caldas?, aquel
lugar desde donde se fomentaba el sentido de comunidad. ¿Qué pasó con aquel
albergue de árboles centenarios, de gran belleza, como guayacanes, corchos y
araucarias, que convertían el parque en un espacio lleno de vida y en escenario
de buena parte de la historia de la ciudad?
Estoy escribiendo entre la razón y la esperanza sobre las
cosas bellas de Popayán que todavía existen, aunque cada vez deban buscarse con
mayor esfuerzo.
Sirve de muy poco repetir que durante siglos fue una de las
ciudades más importantes del país si hoy apenas sobrevive como una reliquia
arquitectónica, administrada con la resignación de quien cuida una herencia que
no comprende.
Se proclama turística, religiosa y universitaria, pero esas
vocaciones siguen siendo, en buena medida, más un eslogan que una verdadera política
pública.
Y resulta doloroso ver cómo ese espacio que alguna vez fue
punto de encuentro, hospitalidad y orgullo, esa verdadera sala de recibo de la
ciudad, hoy se encuentra inaccesible, bajo una amenaza que obliga a imponer
cintas amarillas de peligro.
El Parque de Caldas, corazón histórico y, pulmón de la
ciudad, muestra hoy una realidad desoladora al haber sido cerrado
preventivamente con cintas de seguridad debido al riesgo de caída de algunos de
sus árboles emblemáticos. Pareciera que la civilización humana, en su carrera
hacia la modernidad, se hubiera olvidado de que también necesita convivir con
la naturaleza.
Y entonces, desde este baúl de los recuerdos, surge la
pregunta propositiva y, que no es solamente para quienes añoramos la Popayán de
enantes:
¿Qué estamos haciendo para que la
Popayán de siempre no termine convertida únicamente en un recuerdo?
Civilidad, según HDG. Recordar es necesario, pero conservar es
un deber.