Las cabañuelas, son fruto de la sabiduría
campesina constituyendo un método tradicional para pronosticar el
comportamiento del clima. Hoy hago un símil con las “cabañuelas políticas” para
intentar anticipar lo que vendrá en medio de la resaca poselectoral.
El Cauca votó. Y en muchos casos, lo hizo desde el
enojo, el malestar o el miedo. Más de 450.914
votos para Cámara los caucanos acudieron a las urnas; sin embargo, de
nuevo, la abstención de más del 50% terminó siendo la gran vencedora,
castigando por igual a todos los partidos políticos. La lista de derrotados así
lo demuestra. Incluso quienes lograron resistir el descalabro lo hicieron con
evidentes señales de debilitamiento.
El ciclón electoral del pasado 8 de marzo dejó a la
democracia caucana algo más magullada. Hoy el departamento muestra un descenso
en su desempeño político y representativo, superando con creces a los pocos
avances alcanzados. Según los resultados, el Cauca queda en una situación más
precaria que antes: apenas contará con un senador, Ferney Silva del Pacto Histórico que superó las
expectativas y resultó como la fuerza política ganadora de las elecciones
en el Cauca.
La nueva etapa congresional se sostiene en apenas
cuatro apoyos parlamentarios, históricamente débiles. Se trata de Jorge Hernán Bastidas, Luz Miryan Moncayo,
Edgar Gómez y Víctor Armero, legisladores
con limitada capacidad de influencia nacional, escaso margen de fiscalización y,
en muchos casos, sujetos a una fuerte disciplina partidaria, al Ejecutivo o a
distintos grupos de interés. Todo ello genera desequilibrios democráticos,
fragilidad en las coaliciones y un control insuficiente sobre la gestión
gubernamental, debilitando la función representativa y de contrapeso que debe
ejercer el Congreso.
Así que, la nueva composición del Legislativo
arranca con más preguntas que respuestas. Con los escrutinios electorales en la
mano, ahora corresponde observar qué políticas se impulsarán, qué impacto
tendrán las agendas de quienes resultaron vencedores y hasta dónde llegará la
imprevisibilidad del actual gobierno. Sobre todo, si realmente estamos ante un
nuevo liderazgo de cambio o simplemente frente a una nueva temporada de
aspavientos y fuegos de artificio políticos.
Bien sabido es que, en toda democracia existe una
necesaria supervisión mutua entre los poderes públicos. El control sobre el
gobierno es fundamentalmente político: el Ejecutivo debe mantener la confianza
del Congreso tanto en su orientación política como en su gestión concreta.
Cuando esa confianza se pierde, el Legislativo dispone de mecanismos como la
moción de censura para exigir responsabilidades. Además, el control
parlamentario también se ejerce mediante interpelaciones, debates, solicitudes
de información, citaciones a ministros, etc., así como a través del debate público
amplificado por medios de comunicación.
Teniendo en cuenta que, Colombia tiene una cultura
política demasiado débil con una larga tradición presidencialista y, que, además,
es una nación aún en desarrollo institucional, surge una pregunta: ¿sería
factible —y saludable— considerar un sistema de gobierno distinto, como el
parlamentarismo o el semi presidencialismo?
Hoy cobra relevancia el sistema presidencialista. Con
base histórica se ha demostrado una conflictividad entre
presidentes y vicepresidentes. La figura de vicemandatario, designado o
vicepresidente, en medio de su melancólico aburrimiento, ha deambulado como
alma en pena por la Casa de Nariño, recibiendo el mismo sueldo, pero sin oficio
alguno. En tal condición, la compañía de fórmula, ha sido incómoda y ha generado
momentos conflictivos. Siendo un cargo de suma importancia porque
nadie tiene la vida comprada. En el entendido de que, el vicegobernante debe
tener las mismas calidades del presidente, pues, en caso de falta absoluta del titular,
es el encargado de ejercer con idoneidad el poder.
Lo único positivo de las crisis políticas, es que
obligan a revisar las fallas del diseño institucional. En tiempos de
normalidad, rara vez existe el interés de cuestionar las debilidades del
sistema. El presidencialismo, por ejemplo, concentra un enorme poder en el jefe
del Estado, quien al mismo tiempo es jefe de gobierno y suprema autoridad
administrativa. Acumulación de funciones que suele inclinar la balanza en favor
del Ejecutivo, debilitando el equilibrio entre los poderes públicos, afectando
el sistema de frenos y contrapesos que sostiene a toda democracia.
Así las cosas, el nuevo Congreso colombiano para el
período 2026–2030, su escenario será de fuerte polarización. Tanto el Pacto
Histórico, en la izquierda, como el Centro Democrático, en la derecha, se
fortalecieron, pero ninguno alcanzará mayorías absolutas. El equilibrio de
poder dependerá entonces de los partidos tradicionales y de las fuerzas
menores, que serán decisivos para aprobar o bloquear las reformas.
Ahora, en este capítulo político, la
figura vicepresidencial como método sucesoral al poder ejecutivo, empieza a
mostrar con mayor claridad sus contornos, sus fracturas y sus apuestas de
fondo. Y, como en las viejas cabañuelas de nuestros campesinos, los primeros
días del año político suelen anticipar —aunque nunca con certeza absoluta— el
clima que nos espera en los meses por venir.
Civilidad: Las cartas están echadas, ahora el horizonte se
centra en la formación de bloques definidos que competirán por la presidencia.