Aquí de
nuevo, escribiendo mi columna dominical. En esta ocasión, honrando la memoria
del generoso, don Ciro López, quien donó el terreno para el escenario deportivo
que lleva su nombre. Tuve el privilegio de conocerlo, de profesión constructor,
utilizando andamios de guadua; pero nunca se le cayó un andén. Andenes los de
hoy con arremuescos donde se cae la gente. Don. Ciro, cuando de reprochar tenía,
lo decía: “en tono bajito, casi como para no molestar: esa
cuadrilla de obreros no va a rendir lo que dice esa hoja”.
La donación
del terreno tenía el fin exclusivo para la construcción de un campo deportivo con
graderías para los espectadores, destinado a competencias de diferentes
disciplinas, entre ellas el fútbol, inaugurado el 8 de julio de 1951.
Lastimosamente
hoy, el estadio Ciro López hace parte de una larga historia de abandono, disputas
jurídicas, reclamos ciudadanos y deterioro físico. Un escenario que alguna vez
representó progreso y encuentro deportivo, terminó convertido, como tantos
otros bienes de nuestra ciudad, en un dolor de cabeza para quienes tienen la
responsabilidad de conservarlo.
He aquí
comienza otra historia, mucho más antigua, que tiene que ver con la famosa
leyenda popular de Popayán: la maldición de la cruz de Belén.
Cuenta la
tradición, que el obispo Carlos Bermúdez fue sacado por la fuerza del palacio
arzobispal por hombres armados. Ante semejante agravio, el prelado habría
proferido una severa imprecación contra la ciudad, advirtiendo que, si la cruz
de la iglesia de Belén llegaba a caer, los muertos saldrían de sus tumbas y
Popayán perecería.
La leyenda
quedó prendida de la memoria colectiva y adquirió una fuerza particular después
del terremoto de 1983, cuando la cruz sufrió graves daños, pero no cayó
completamente. Para muchos, aquello fue suficiente para confirmar que la
maldición seguía vigente.
Y si de
maldiciones hablamos, pareciera que Popayán continúa pagando alguna factura que
nadie sabe quién dejó pendiente.
Fundada en
1537, esta ilustre ciudad ha sido llamada cuna de dieciséis presidentes de
Colombia. Sin embargo, a veces da la impresión de que ninguno hubiera pasado
por aquí después de ocupar el solio presidencial. Tenemos historia, patrimonio,
títulos, pergaminos y hasta presidentes para repartir; lo que seguimos buscando
es, la manera de convertir tanta gloria acumulada en progreso visible.
Hasta el
antiguo reloj de la Torre del Reloj parece haberse confabulado con nosotros:
sin la manecilla para los minutos, permanece detenido en el tiempo, como si a
los payaneses no nos interesara demasiado saber qué hora es ni, mucho menos,
hacia dónde va la ciudad.
La supuesta
imprecación también parece haberse extendido a otros bienes de Popayán y del
Cauca. Pues, allí está la Plaza de Toros Francisco Villamil Londoño, patrimonio
cultural de la ciudad, durante años escenario de corridas y espectáculos, hoy convertida en una dolorosa muestra del
deterioro que puede producir el abandono. La Alcaldía y la Gobernación han
reconocido su delicada situación y han anunciado acciones para recuperar el
inmueble. Pero entre anuncios, trámites, problemas jurídicos y tiempo transcurrido,
el patrimonio continúa esperando.
Y qué decir
de aquellas historias que rodean la plaza.
Se cuenta
que la primera corrida realizada en Popayán prácticamente resultó gratuita para
el público, porque la asistencia no fue la esperada y los toreros, traídos del
cartel taurino de Cali, actuaron más por gusto que por negocio, atraídos por la
belleza y las comodidades del pequeño albero, aunque reducido frente a la plaza
de Cañaveralejo. Al propietario de los toros, según cuenta la tradición oral,
hubo que pagarle con dos letras de cambio, documento legal que respaldaba la
deuda (vaya a saber si las hicieron efectivas).
En 1972 también
actuó allí el cantante español Raphael, acompañado por Los Brujos de Venus, pero
tampoco se llenaron las graderías. De ahí nació aquella ocurrencia o chispa
patoja de llamar al coso taurino: “la plaza más grande del mundo”, porque nunca
se llenaba.
Humor
aparte, hay algo más serio detrás de todo esto.
La
responsabilidad sobre el patrimonio público —o sobre aquellos bienes que hacen
parte de la memoria colectiva de la ciudad— no puede diluirse entre oficinas,
administraciones, entidades, juntas, procesos jurídicos y buenos propósitos. El
patrimonio no se conserva con discursos. Se conserva con decisiones, recursos,
mantenimiento, transparencia y voluntad política.
Y aquí
aparece otra de nuestras particulares costumbres: la maledicencia.
A nuestros
alcaldes, con independencia de sus aciertos o equivocaciones, muchas veces los
rajamos como si fuera deporte local. Una obra no termina y ya tiene culpable;
una obra se termina y siempre aparece quien encuentra la falla; un proyecto se
anuncia y se critica; otro se demora y también se critica. Y así vamos
construyendo una cadena interminable de improperios que muy poco ayuda a
solucionar los problemas de la ciudad.
Por
supuesto, la crítica ciudadana es necesaria. La vigilancia sobre lo público es
indispensable. Pero una cosa es exigir cuentas y otra muy diferente convertir
la descalificación en costumbre.
Aquí, mucha
gente habla de lo que no entiende, de lo que cree entender y de lo que entiende
apenas a medias.
Y, aun así,
Popayán encanta.
Es bella,
lenta, anacrónica y, en ocasiones, refractaria al progreso. Parece detenida en el
tiempo impreciso entre el siglo XIX y mediados del XX, con ese persistente olor
a calicanto que se desprende de sus muros, sus faroles, sus balcones y el
aliento ceniciento de sus viejas techumbres.
Tal vez por
eso seguimos amándola.
Y aterra
pensar que, en alguna esquina de Popayán, el espectro del viejo arzobispo
todavía deambula buscando a quién culpar. Quizá las fuerzas sobrenaturales del
inframundo, en vez de desaparecer, simplemente se han modernizado y ahora
reaparecen de vez en cuando en algunos candidatos de bajo perfil non sanctus.
Pero no exageremos.
Cuando se
acerque el día de las brujas, quizá no sea mala idea organizar un exorcismo
colectivo. No para sacar a los muertos de sus tumbas, sino para sacar de
nosotros algunas viejas mañas: el conformismo, la desidia, la maledicencia, la
indiferencia y esa inexplicable capacidad de acostumbrarnos al deterioro.
A lo mejor
así rompemos la maldición.
Civilidad,
según HDG: Popayán no necesita exorcistas. Necesita
ciudadanos que quieran a su ciudad lo suficiente como para no dejarla morir de
abandono.
