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sábado, 17 de octubre de 2026

Antojos Patojos

 


Se me hace agua la boca con solo recordar aquellos amasijos, mezclas y revoltijos que circulaban por las hidalgas calles payanesas. La dinámica de las ciudades cambia a pasos agigantados; sin embargo, aquel grito a pulmón herido, conocido como pregón, que durante décadas fue uno de los principales medios del comercio callejero, todavía se resiste a desaparecer. Aunque muchos vendedores han cambiado la voz por los altavoces, aquellos sonidos siguen vivos en la memoria de quienes tuvimos el privilegio de escucharlos. ¡Recuerdos inolvidables!

A mí no me lo contaron: ¡yo viví esa época! Por eso, cómo no evocar aquellos tiempos en los que cada pregón anunciaba una delicia y despertaba el apetito de los transeúntes. Mi memoria, dispuesta a desempolvar vivencias, me transporta a ese universo de aromas, olores y sazones que formaron parte de la vida cotidiana de mi amada Popayán. Son recuerdos propios, experiencias que hoy comparto con mis lectores para saborear, siquiera por unos instantes, aquel mundo de comidas, fogones y tradiciones populares.

Aún retumba en mis castos oídos aquel grito inconfundible: «¡Mazamorra!», acompañado, en ocasiones, por el sonido de una bocina de caucho instalada en la bicicleta del vendedor. Hoy, buena parte de esos pregones ha sido reemplazada por grabaciones reproducidas a través de altavoces adaptados en triciclos y vehículos. Cambian los medios, pero persiste la intención de anunciar el producto y conquistar al comprador. ¡La tecnología también se metió en la cocina callejera!

Sí, amables lectores: en este que muchos consideramos el mejor vividero, Popayán contaba con 44.808 habitantes, según el censo de población de 1951. La ciudad conservaba una fisonomía apacible y su trazado semejaba un tablero de ajedrez, con calles que se cruzaban entre caserones de amplios solares y huertas, donde crecían cafetos, chirimoyos, naranjos, mandarinos y toda suerte de verduras. En las mañanas, el canto del gallo anunciaba el despertar de la vida doméstica, mientras los primeros rayos del sol iluminaban patios, tejados y jardines.

Y es que, en las calles de aquel Popayán que se nos fue, cada oficio tenía sus propios cantos, tonos y horarios de recorrido. Los vendedores, expuestos al sol y al polvo, aportaban una particular banda sonora a la ciudad. Sus voces anunciaban productos y, de paso, mantenían viva una costumbre que hoy sobrevive, principalmente, en la memoria de quienes conocimos aquella ciudad de otros tiempos.

En este recorrido gastronómico aparecen las arepas de maíz y de choclo, las empanadas recién preparadas, acompañadas de su infaltable ají de maní, los tamales y los envueltos, protegidos en hojas de plátano para conservar el calor y el sabor. Y qué decir de los dulces y las colaciones: cocadas, manjar blanco y frutas caladas, ofrecidos en las tardes para deleite de grandes y chicos. Detrás de muchas de estas delicias estaban las manos laboriosas de familias que, con ingredientes sencillos y recetas heredadas, convertían la cocina en un verdadero arte popular.

Antes de que la publicidad moderna se apoderara de tantos espacios, la voz del vendedor era su mejor anuncio. El pregón, el sonido de una bocina y la exhibición directa del producto constituían formas sencillas y eficaces de atraer a la clientela. Hasta la leche sin bautizar, despachada por jarros en los andenes, tenía su lugar en aquel comercio cotidiano. ¡Y cuidado con que el comprador sospechara que le estaban dando gato por liebre! Cada vendedor tenía su manera de hacerse escuchar y cada comprador reconocía, muchas veces desde la distancia, aquello que venían a ofrecerle.

Como los antojos no eran únicamente para calmar el hambre, también había delicias para refrescarse y endulzar la vida. En los días calurosos aparecía el famoso raspado, preparado con hielo desprendido de un bloque y convertido en granizado sobre una carreta de madera. A su lado desfilaban la caucharina, el ponche, la melcocha batida, el algodón de azúcar, las solteritas, los chupis y las cremas servidas en cono. ¡Quién pudiera devolverles el tiempo a aquellos sabores y a quienes los ofrecían! Más de uno de mis contemporáneos estará salivando con solo leer estas líneas.

Hablar de estas comidas es contar una historia hecha de muchas historias: las de las familias que conservaron sus recetas, las de los vendedores que recorrieron nuestras calles y las de quienes aprendimos a reconocer Popayán también por el gusto y el olfato. Son saberes y sabores que identifican una región y que, generación tras generación, han contribuido a construir nuestra identidad. Porque una ciudad no se conoce solamente por sus monumentos, sus templos y sus casonas; también se descubre en sus cocinas, sus mercados y sus sabores populares.

Pero esta tradición no significa que la gastronomía deba quedarse detenida en el pasado. Al contrario, puede dialogar con la innovación y encontrar nuevas formas de proyectarse sin perder sus raíces. Para la muestra, el XXIV Congreso Gastronómico de Popayán, programado del 22 al 25 de octubre, reunirá a representantes de Arequipa, Perú; Manizales y El Tambo, con el arroz como producto central. Una cita que vuelve a poner sobre la mesa la riqueza de nuestras cocinas y la posibilidad de encontrarnos con otras culturas a través de sus preparaciones.

Porque la cocina también cuenta historias. En una salsa, un guiso, un hogo, un sancocho o un ajiaco se encuentran ingredientes, técnicas, herencias familiares y maneras de entender la vida. Cada plato puede ser un puente entre generaciones y territorios; cada receta, una memoria que se transmite sin necesidad de escribirla. Y si de comer como chinos se trata, que no falte el buen apetito, porque en materia de sabores siempre habrá espacio para repetir.

Por eso, cuando vuelvo a escuchar un pregón o recuerdo aquellos sabores de mi infancia, comprendo que los antojos patojos son mucho más que una invitación a comer. Son parte de nuestra historia cotidiana, de esa Popayán que cambia, pero que todavía conserva aromas, voces y recuerdos capaces de reunirnos alrededor de una misma mesa. Y, como último pregón, uno que todavía nos convoca: «¡A comer!». ¡Que no se pierdan nuestras tradiciones ni se nos acabe el apetito por recordarlas!

Civilidad, según HDG: Contar estas historias y evocar las distintas épocas de mi amada Popayán es reconocer que el pasado no se repite, pero sus enseñanzas y tradiciones pueden acompañarnos hasta el siglo XXI.

 

 

 

 

 

 

sábado, 10 de octubre de 2026

Popayán busca novio con fines serios

 

Mi gestión de escribir con sentido preventivo y propositivo tiene una intención: buscar en Popayán un alcalde, pero que sea verdadero director de orquesta y no un bisoño frente a los problemas de la ciudad.

La ciudad busca un mandatario que se comprometa y que, con sentido patojo, esté atento a todo lo que suena en ella. Un alcalde con batuta en mano, capaz de dirigir un equipo de profesionales que sepan de operaciones, porque para gobernar también hay que saber a quién acudir cuando llega la hora de intervenir.

Necesita rodearse de un buen equipo. De un cirujano que, con quirófano y bisturí en mano, pueda operar los males que aquejan a la ciudad. De un contador que sepa contar, con el enfoque clásico de la Aritmética de Baldor, las cuatro operaciones fundamentales: sumar, restar, multiplicar y dividir. Y, sobre todo, que sepa que las cuentas públicas no se pueden hacer a punta de improvisación.

También necesita profesionales idóneos para convertir la cultura ciudadana en una verdadera política pública, con presupuesto, planificación y participación de la comunidad. Y, por supuesto, alguien que entienda de seguridad: no solamente para reaccionar cuando ocurre una emergencia, sino para prevenir, proteger y responder con rapidez cuando las circunstancias lo exijan.

En síntesis, persona idónea que nos represente sin utilizar el cargo como trampolín electoral. Se necesita un alcalde que pueda pasar del cagajón a la gasolina; que le meta empeño, esfuerzo y julepe a los problemas que llevan demasiado tiempo esperando solución.

Uno de ellos es la movilidad.

El automóvil nació para darnos libertad, pero terminó atormentándonos la vida, marcando buena parte del rumbo del siglo XX. La ciudad moderna se fue acomodando al vehículo: más vías, más automotores y más espacio para estacionar. Mientras tanto, el peatón comenzó a perder terreno.

Popayán no ha sido ajena a esa transformación. Su centro histórico, concebido para caminar, conversar y vivir la ciudad a otra velocidad, debe soportar hoy un flujo de vehículos y comerciantes sin vitrinas que no corresponde con sus calles estrechas.

Ahí aparece el inevitable enfrentamiento entre tradición y modernidad: una ciudad patrimonial que quiere conservar su esencia y, al mismo tiempo, debe resolver los problemas de movilidad de una ciudad contemporánea.

Y aquí llegamos a una de las principales responsabilidades del alcalde: dirigir la administración municipal, conservar el orden público, ejecutar correctamente el presupuesto y defender los intereses del ciudadano.

El alcalde es la autoridad más cercana a la comunidad. Por eso, cuando un servicio público funciona mal; cuando una tarifa resulta excesiva o cuando una decisión administrativa afecta directamente al ciudadano, las quejas terminan llegando a la Alcaldía.

No se trata de que el alcalde pueda resolverlo todo personalmente. Se trata de que tenga capacidad para revisar, exigir, gestionar y tomar decisiones cuando los procesos no estén funcionando como deberían. La administración municipal no puede limitarse a recibir quejas: debe tener capacidad de respuesta.

Y queda el otro asuntito, que no es precisamente pequeño: el centro histórico.

Sacar o, por lo menos, regular los automotores y los ventorrillos del corazón de Popayán no es tarea sencilla. Pero tampoco puede convertirse en un problema eterno. Se necesita combinar regulación, educación, tecnología y participación ciudadana para encontrar una solución que permita recuperar espacios para el peatón, sin desconocer las necesidades de quienes viven, trabajan y se movilizan por el sector.

Los trancones no pueden terminar convirtiéndose en otro atractivo turístico de la Ciudad Blanca.

Por eso, más que buscar un alcalde que prometa resolverlo todo, Popayán lo que necesita es un mandatario que sepa escuchar, prevenir, planificar, rodearse de profesionales capaces y, llegado el momento, tomar decisiones para mantener la ciudad a flote.

Que tenga batuta, pero también partitura.

Que sepa sumar voluntades, restar problemas, multiplicar soluciones y dividir responsabilidades.

Porque gobernar una ciudad no es solamente sentarse en el palacio municipal. Es saber, qué está sonando afuera y tener la capacidad de dirigir la orquesta.

Civilidad, según HDG

Popayán busca novio para casarse en un año.

En esa búsqueda, no está de más, precisar las cualidades del candidato; más allá de sus ideas, el valor de un alcalde está en sus habilidades, su ética y su disposición de ayudar a su pueblo.

Porque, Popayán ya ha tenido demasiados amores pasajeros.

 

sábado, 3 de octubre de 2026

Supervivencia frente a la modernidad

 

Es vivificante escribir sobre hechos evocativos de mi ciudad. Siempre ha sido mi pasatiempo relatar momentos durante el caminar de los días. Escribo sobre mi amada Popayán porque no se deben perder en el tiempo, ni guardar en el alma, las cosas que fueron. Pretendo conservar la memoria colectiva para las generaciones futuras. Me deleito sacándolas del baúl de los recuerdos y, en ese trasegar, procuro agradar a quienes me leen.

Por ejemplo, evoco el saludo “patojo”: “¿Cuándo llegaste y cuándo te vas?”. Son recuerdos que nos transportan y resultan saludables para el espíritu. No es nostalgia por el pasado; es la vida retrocedida en el corazón. Lo nuevo causa perturbaciones, porque los reformistas del mundo olvidan cuán difícil es retocar con acierto un cuadro antiguo.

La palabra contemporánea es aplicable a la forma permanente en que estamos viviendo y a la que les corresponderá vivir a nuestros descendientes. Pero ¿qué vamos a hacer si la ola moderna es imparable y hace la vida cada vez más prolongada, mientras la posmodernidad trae consigo cambios tan significativos?

Desde luego, extrañamos el afectuoso abrazo de las amistades que ahora están ausentes de cuerpo presente y hasta enterarnos personalmente de su salud. Ahora lo frecuente es “chatear” por internet.

Hoy, el avance tecnológico nos permite conocer resultados de laboratorio clínico por medios electrónicos, comprar productos y servicios en línea desde cualquier lugar con conexión, estudiar mediante cursos virtuales, tutoriales y videos educativos, y hasta trabajar sin necesidad de acudir físicamente a una oficina.

Todo trato entre compañeros parece hacerse por Facebook, con cadenas de “amigos” virtuales que, a través de fw, forward —reenvíos—, nos hacen llegar toda clase de mensajes. Son gajes de una tecnología que nos atropella.

El impacto de internet en la vida diaria ha sido enorme durante las últimas décadas. Sería difícil entender hoy la vida sin su presencia. ¡Qué tal un día sin celular!, ese pequeño aparato que cambió la forma en que las personas trabajan, estudian, se comunican y se entretienen.

Sin embargo, cuando la tecnología rebasa los límites del humanismo, puede conducirnos, paradójicamente, hacia la deshumanización: hablamos con quien está lejos y dejamos de mirar a quien tenemos al lado; enviamos un mensaje en segundos, pero a veces ya no encontramos tiempo para dar un abrazo.

De allí la necesidad del discernimiento para distinguir la información útil de aquella que no lo es dentro de esa inmensa “carreta de la información” conocida como internet.

¡La vida sin el celular!

Precisamente por eso, ya poco vemos la cara de los “patojos”. Extrañamos las voces de aquellas amigas que lloraban sobre nuestros hombros al contarnos las cuitas de sus vidas. Extrañamos también la caminata semanal para entregar los escritos y, de paso, saludar a toda la familia periodística del periódico, ahora denominado El Nuevo Liberal.

En fin, las redes sociales desplazaron, en buena medida, el acto emocional de la presencia. Es tanto el impacto de internet en la vida diaria que hasta pagamos este servicio más pronto que tarde. La tecnología cambió las cosas en esta época de muchos conocidos, pero de pocos amigos.

Han pasado algo más de treinta años desde que se masificó internet. Y, claro, en estos tiempos resulta difícil imaginar la vida sin acceso a él. Cambió por completo nuestra manera de vivir.

Pero, mientras el presente corre a la velocidad de un clic, la memoria camina a paso de procesión.

¿Qué se hicieron los tertuliaderos del Popayán que se nos fue? ¿Qué de los helados de Baudilia y qué del tinto en el Café Alcázar? ¿Y los “grilles”, como La Carreta, La Llave, El Fantasio, La Tranca, el Maryland, el Playboy, o simplemente “comer prójimo” en el parque de Caldas, ¿debajo de aquellos famosos árboles como el carbonero?

Son cosas de ayer.

Cómo no añorar las salas de cine: los teatros Bolívar, Popayán, Valencia, Anarcos y Palacé; no solamente para ver películas, sino también, como sitios de encuentro donde se intercambiaban pequeñas novelas y revistas de cómics.

¿Dónde están los viejos amigos del parque de Caldas?, aquel lugar desde donde se fomentaba el sentido de comunidad. ¿Qué pasó con aquel albergue de árboles centenarios, de gran belleza, como guayacanes, corchos y araucarias, que convertían el parque en un espacio lleno de vida y en escenario de buena parte de la historia de la ciudad?

Estoy escribiendo entre la razón y la esperanza sobre las cosas bellas de Popayán que todavía existen, aunque cada vez deban buscarse con mayor esfuerzo.

Sirve de muy poco repetir que durante siglos fue una de las ciudades más importantes del país si hoy apenas sobrevive como una reliquia arquitectónica, administrada con la resignación de quien cuida una herencia que no comprende.

Se proclama turística, religiosa y universitaria, pero esas vocaciones siguen siendo, en buena medida, más un eslogan que una verdadera política pública.

Y resulta doloroso ver cómo ese espacio que alguna vez fue punto de encuentro, hospitalidad y orgullo, esa verdadera sala de recibo de la ciudad, hoy se encuentra inaccesible, bajo una amenaza que obliga a imponer cintas amarillas de peligro.

El Parque de Caldas, corazón histórico y, pulmón de la ciudad, muestra hoy una realidad desoladora al haber sido cerrado preventivamente con cintas de seguridad debido al riesgo de caída de algunos de sus árboles emblemáticos. Pareciera que la civilización humana, en su carrera hacia la modernidad, se hubiera olvidado de que también necesita convivir con la naturaleza.

Y entonces, desde este baúl de los recuerdos, surge la pregunta propositiva y, que no es solamente para quienes añoramos la Popayán de enantes:

¿Qué estamos haciendo para que la Popayán de siempre no termine convertida únicamente en un recuerdo?

Civilidad, según HDG. Recordar es necesario, pero conservar es un deber.