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domingo, 3 de mayo de 2026

El automotor y el destierro del peatón

En esta ciudad blanca, culta y de paso lento —al menos así la evocamos— algo se nos salió de las manos. Popayán, que fue pensada para caminarla despacio, conversarla en las esquinas y vivirla a pie, hoy parece diseñada para el rugido del motor y el pito ensordecedor. El peatón, ese ciudadano de toda la vida, fue empujado sin ceremonia a las orillas, arrinconado en aceras flacas, rotas e invadidas, entre tanto, el centro de la calle convertido en territorio sagrado del automóvil.

Las calles, plazas y andenes están tomadas, colonizadas y bien parqueadas por carros, motos, busetas y vehículos oficiales —estos últimos, con patente de corso— en movimiento o en reposo eterno. Popayán ya no es la ciudad de los caminantes; la volvieron un mega-parqueadero patrimonial, con barreras invisibles y visibles donde manda el que tenga llaves y pito. Aquí se parquea sobre el andén, en la esquina, frente al garaje ajeno o donde dé la gana, porque total: multa no hay y vergüenza menos.

Y no es que este fenómeno sea nuevo, no señor. Pero crece como maleza en lote abandonado. Andenes invadidos por motos, carros y vendedores; cruces imposibles; semáforos que privilegian al vehículo con ciclos eternos y le dan al peatón unos segunditos de fe. “- Cruce rápido, abuelita, que el carro ya viene”- Caminar en línea recta es un lujo; toca ir en zigzag, como toreando la suerte, esquivando espejos y aceleradores.

Claro, no seamos injustos: el vehículo privado, visto desde la comodidad individual, es una maravilla. Lleva, trae, carga, protege de la lluvia y da cierto estatus, como decía aquella frase célebre que algunos aún se toman muy en serio. Pero una cosa es el invento y otra el desorden. Porque mientras el mundo habla de ciudades humanas, aquí seguimos atrapados en trancones dignos de metrópoli… sin serlo.

La movilidad en Popayán es un problema serio, grave y conocido. Todos lo saben, todos lo dicen, todos lo sufren. Pero soluciones, pocas; resultados, menos. Más accidentes, más ruido, más contaminación y más muertos. Las históricas calles de la ciudad, pensadas para la vida y no para la carrera, hoy parecen pistas de supervivencia.

Se intentó con proyectos rimbombantes, carriles mal pensados y estaciones que hoy son elefantes blancos tapizados de maleza. Mucho anuncio, mucha valla y poco resultado. El ciudadano opina, pero nadie escucha. Mucho ruido y pocas nueces, como decimos por acá.

Y si algo resume este caos, son los famosos semáforos inteligentes, que de inteligentes tienen lo que Popayán de puerto. No coordinan, no responden, no ayudan. Son brutos de nacimiento y tercos de funcionamiento. Aquí la tecnología quedó en promesa, y la inteligencia artificial ni se asomó.

Civilidad: Popayán no puede seguir siendo una ciudad donde el carro manda y el peatón estorba. Una ciudad que expulsa a su gente de las calles, pierde el alma.

sábado, 25 de abril de 2026

A todo señor, todo honor



Es una vieja expresión que invita a reconocer, sin mezquindades, a las personas e instituciones por sus actuaciones en beneficio de otros. Bajo ese espíritu, quiero rendir un explícito homenaje al antiguo Hospital Universitario San José, que hay que decirlo sin ambages ha experimentado un cambio fundamental en la prestación de sus servicios.

Es necesario destacar que, desde el personal de aseo quienes mantienen las instalaciones en condiciones de limpieza absoluta y con plena conciencia de su responsabilidad hasta el equipo médico-científico, con la gran variedad de especialistas, enfermeras, auxiliares, camilleros, administrativos y trabajadores oficiales en general, todos conforman un verdadero ejército de prestadores de servicio. Un ejército que actúa con humanismo, calidad, inteligencia y sabiduría.

Día tras día atienden a miles de pacientes. Muchos ingresan con incertidumbre o dolor, algunos deben someterse a intervenciones quirúrgicas, y salen aunque adoloridos con renovado entusiasmo, tras haber recibido atención integral en este hospital de tercer nivel.

Ojalá las autoridades locales, departamentales y nacionales dieran el paso de elevarlo a cuarto nivel, evitando así el traslado de pacientes a la ciudad de Cali, con los riesgos que implica recorrer la vía Panamericana desde Popayán.

Es justo reconocer, además, que este hospital ha recibido la certificación del Icontec como institución de excelente calidad, hecho que respalda lo aquí afirmado. Se espera, por supuesto, que esta condición se mantenga en beneficio de la comunidad payanesa, caucana y de las regiones aledañas.

También es importante resaltar que la administración, en cabeza del doctor Juan Carlos Arteaga Cifuentes, han hecho posible este reconocimiento, fruto de un manejo responsable y de la prestación de un servicio de alta calidad.

A quienes critican sin conocimiento, cabría invitarlos no necesariamente como pacientes, porque a nadie se le desea enfermedad alguna a visitar el hospital, a informarse de primera mano y a formarse un criterio basado en la realidad. Es fácil destruir desde la distancia; más difícil es reconocer cuando las cosas se hacen bien.

He observado, con preocupación, algunas críticas en redes sociales dirigidas a una institución que moviliza un vasto equipo humano y que, pese a sus evidentes logros, enfrenta enormes dificultades financieras. Porque no se puede ignorar una realidad inquietante: diversas entidades le adeudan sumas millonarias. Solo la Nueva EPS le debe cerca de 117 mil millones de pesos, y otras entidades responsables de pago acumulan deudas que ascienden a más de 350 mil millones.

Cabe entonces una pregunta inevitable: ¿qué institución puede sostener eficiencia, calidad y humanismo cuando le adeudan cifras cercanas al medio billón de pesos? ¿Y que entidad con semejante deuda acumulada puede dar cumplimiento a las obligaciones laborales, contractuales, pago de servicios, adquisición de insumos, mantenimiento de equipos para una presentación de servicios eficiente y eficaz?. 

Por último, desde el luminoso y eficiente hospital universitario San José donde se preparan los mejores médicos y se atiende a los enfermos sin condición social, de razas o ideológica, la comunidad debería agradecer al Todo Poderoso, tener este hospicio que garantiza la salud y el bienestar de toda la comunidad caucana. 

Civilidad: Reconocer lo que funciona no es un acto de complacencia; es un acto de justicia. Y en este caso, a todo señor, todo honor.

domingo, 19 de abril de 2026

Yo viví el 9 de abril


No menciono la hora porque en mi temprana infancia, vivía en el presente, sin las restricciones del reloj, sin horarios o la planificación futura. Por eso, solo se transmitir un momento de mi infancia. Seguro estoy que ocupaba un lugar central para mi madre, siempre hacia mis cuidados, su atención y las comidas a mi gusto. Remitiéndome al diccionario de la Real Academia Española encuentro que se considera infancia al primer período de la niñez, que comprende desde el nacimiento hasta los siete años. Para el fatídico día del 9 de abril de 1948, yo contaba con cinco años considerándola como la que media entre la primera infancia. A partir de entonces, tuve un mensaje. Entonces, puedo decir que, para definir el tiempo, es que en principio no existe el tiempo, pero existen los sucesos, los acontecimientos. Así que lo experimentado en mi temprana infancia fue un proceso evolutivo. Fue un momento en el que como niño me encontré ante un estado de indefensión, situación que tenía la indeseable consecuencia de hacerle poner por encima de todos los peligros de no ser por ese ángel protector ante todas las situaciones de desamparo: mi adorable madre. Es interesante que subraye que la indefensión y ante la ignorancia de lo que acontecía en ese momento y, que hoy narro con una mayor autonomía y un conocimiento propio dentro de la corriente filosófica, política y económica situada en la libertad individual, la igualdad ante la ley y la limitación del poder del Estado.

Ese trágico día, había ido a acompañar a mi madre a la plaza de mercado, la galería central y única en ese tiempo, de la ciudad. Tomándome de la mano de mi madre y abrazándome me hacía sentir seguridad, protección y confianza incondicional. Y viene a mi memoria como si fuese hoy, esa turba enfurecida incendiando y saqueando la edificación de 2 pisos. El edificio “Masordoñez” -lo más alto de la ciudad- frente al portalón de la galería por la calle 6ª entre carreras 5ª y 6ª. Mi evocación fotográfica me recuerda como desde allí, tiraban mesas escritorios, caja fuerte de donde salían billetes y monedas. Alboroto o revuelta que nos permitía ver, pero no, que pudiéramos salir de la plaza de mercado. Cuando pudimos hacerlo, aún conservo los gestos de angustia de mi adorable madre que actuaba como un ancla emocional para ofrecerme estabilidad, ayuda a reducir el miedo, fomentando el vínculo afectivo, siendo un puente hacia la autonomía y la confianza para caminar las calles de gentes enardecidas, unos huyendo, otros persiguiendo al grito de –“mataron a Gaitán”. La gente reaccionaba con rabia y dolor. Habían matado al líder más querido en ese momento. Fue una muerte que se multiplicó en trescientas mil muertes y causó el desplazamiento forzoso de más de dos millones de personas, una quinta parte de la población, que por ese entonces se calculaba en once millones de habitantes y, que además produjo la destrucción de buena parte de la capital. Presencié y leí los acontecimientos que través de escritos que con el transcurrir de los años denominaron: “El Bogotazo”. Fueron intensas y sangrientas las horas que duró la revuelta en la capital colombiana en que “disparaban a todo lo que se movía” y que marcó el inicio de una época conocida como la violencia, que ha perdurado siete o más décadas, afectando a todo el país, desarrollada principalmente en el campo.

Es un capítulo que, aún falta por esclarecer las raíces de más de seis décadas de violencia bipartidista iniciada en 1948. Todavía se entablan numerosas controversias, motivando la escritura de decenas o cientos de libros y cuyas consecuencias: el narcotráfico que ha permeado a la sociedad y la economía; la lucha por tierras a falta de una reforma agraria integral y, la incapacidad de cerrar la brecha de la pobreza, que se viven todavía en Colombia, temas explicados por numerosos estudiosos. Ciertamente, del bogotazo surgió todo: las FARC, las disidencias y el ELN. Pero, la cruda realidad, 78 años después, a pesar de todo: aún no acuerdan el desarme, la violencia continúa viva y la sociedad fragmentada.

Civilidad: Colombia, país con larga historia de violencia, sin que todavía encuentre una respuesta.