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sábado, 27 de junio de 2026

La ciudad inconclusa (y afortunadamente eterna)

 


Si algo distingue a las ciudades —todas, sin excepción— es su terquedad para no terminarse nunca. Son como esas obras literarias que el autor corrige hasta el último suspiro o como esas promesas de campaña que, por fortuna, también parecen no agotarse. Popayán, desde luego, no podía ser menos: aún está en obra. Y qué alivio. Imagínese amable lector el desastre de una ciudad “terminada”, petrificada en su propia perfección, sin vías averiadas, sin alerones deteriorados, sin trancones, sin excusas…

Aquí, en cambio, no avanzamos. Pero estamos bien —o al menos esa es la consigna—. Hay que reconocer, con la solemnidad que amerita el caso, que el mandante de turno, hace el esfuerzo por las pequeñas obras: placa huellas, pintura, casi como una disciplina olímpica: inspecciona, camina, impulsa. Persevera. En este país donde tantas veces se contribuye primero y se construye después —si es que se construye—, resulta casi revolucionario que las obras no solo se ejecuten, sino que además aspiren a terminarse.

Claro, tampoco es cuestión de olvidar el pasado, ese archivo generoso de retrasos y planeaciones creativas. El Sistema Estratégico de Transporte, por ejemplo, tuvo la cortesía de tomarse más de tres lustros - 17 años- para madurar desde 2009. Una gestación larga, como las grandes epopeyas… o las grandes excusas. Solo ahora parece haber descubierto su vocación de morir.

Pero no todo es concreto y buena voluntad. También hay un ingrediente esencial en esta receta de ciudad inconclusa: la oposición. Esa figura casi mitológica que, según se dice, marca el paso, retrasa, interpone, conspira. Nada más eficaz para explicar por qué lo urgente se vuelve aplazable. Porque, en efecto, nada alegra más a unos habitantes de la ciudad que hablar mal del alcalde o pedir la revocatoria de su mandato… salvo, claro, el aplazamiento indefinido que eso conlleva. Una paradoja digna de estudio: se inflige al gobernante, pero el castigo lo cumple la ciudad.

Y mientras tanto, el centro histórico sigue resistiendo, como buen veterano de guerras urbanísticas. Allí están los “adefesios” —que no edificios— acechando la armonía colonial, recordándonos que el progreso mal entendido suele tener muy buen presupuesto y pésimo gusto. Por fortuna, aún hay quienes consideran que derribar una casona para levantar una caja de vidrio no es exactamente desarrollo, sino más bien un atentado estético con pretensiones de modernidad.

Porque si de ver rascacielos se trata, el país ofrece varios destinos especializados. Popayán, en cambio, ha tenido la osadía de perder su identidad: sus portalones, sus aldabones, sus iglesias que hablan en el lenguaje silencioso de las casonas y los campanarios. Defender eso, en estos tiempos, es casi un acto de rebeldía cultural. Y sí, hay que decirlo: cuando la administración aprieta a los infractores urbanísticos, inevitablemente pisa callos. Pero, visto lo visto, algunos callos merecen ser pisados.

Ahora bien, la ciudad inconclusa también se vive —y se sufre— en el tráfico vehicular. Porque moverse en Popayán ha dejado de ser un paseo apacible para convertirse en una prueba de paciencia casi espiritual. Hay más carros que certezas, más trancones que soluciones estructurales. Durante décadas, el crecimiento le ganó la carrera a la planificación, y hoy la factura llega puntual.

Se han tomado medidas, sí. Se han hecho esfuerzos, también a medias tintas. Pero el problema, como buen habitante de ciudad inconclusa, no se resuelve con una sola decisión ni con un presupuesto tímido. Exige simultaneidad, visión, y quizá algo más escaso: continuidad.

Así las cosas, Popayán sigue siendo lo que siempre ha sido: una obra en proceso, un proyecto a medio escribir, promesas avanzando entre escombros, aciertos, tropiezos y debates.  Tal vez ahí radique la verdadera esencia ante la fragilidad humana, el paso implacable del tiempo y la melancolía del descuido.

En fin, una ciudad terminada no sería más que un elegante cementerio urbano. Popayán, en cambio, decidió vivir peligrosamente: aquí todo coquetea con el olvido, imponiéndose la memoria de sus retrasos, el eco inagotable de la polémica y la entrañable vocación por eternizar las obras. Así, entre andamios que parecen patrimonio inmaterial y promesas en obra gris, la ciudad —para bien o para una ironía que ya es costumbre— late con tal vitalidad que otras ciudades, terminadas, jamás podrían darse el lujo de exhibir con orgullo. Principio del formulario

Civilidad: A pesar de todo, aquí se vive feliz.

 

sábado, 20 de junio de 2026

A elegir el mejor

 


Por fin los colombianos llegan al punto al que querían llegar: el de decidir, en las urnas, el rumbo de la democracia. Colombia es un paraíso, con dos mares y una riqueza natural excepcional, es considerada una potencia hídrica mundial, al albergar aproximadamente el 4.1 % de los recursos de agua dulce del planeta. Paradójicamente, en el mismo país millones de personas aún carecen de acceso a este recurso vital. Ocupa el primer lugar en especies de aves y orquídeas, y es una de las naciones más biodiversas del mundo. A ello se suma su inmensa riqueza minera, con más de 300 tipos de minerales identificados, además de su condición de productor y exportador de café, caña de azúcar, aguacate y muchos otros bienes que fortalecen su economía.

Así también, a lo largo de más de dos siglos de vida republicana, la nación ha enfrentado desafíos significativos. En la búsqueda de una mayor equidad social, el desarrollo de infraestructura y el permanente esfuerzo por consolidar la paz han marcado buena parte de su historia. Ese es, precisamente, el país que hoy está llamado a tomar una decisión trascendental.

Lo que ocurre en la actualidad llega después de que decenas de precandidatos, muchos de ellos con escasa conexión con las clases populares, aspiraba a conquistar el poder prometiendo reducir la pobreza monetaria, combatir el hambre, disminuir el desempleo y ampliar los programas sociales en uno de los países más desiguales del mundo, todo ello en medio de una compleja situación fiscal. Lo mismo de siempre, pronunciado por quienes han detentado el poder durante largo tiempo, entre la eternidad y el olvido.

Hoy Colombia parece debatirse entre dos grandes corrientes ideológicas: la izquierda y la derecha. Los partidos tradicionales —el Liberal y el Conservador— ya no dominan el escenario electoral como lo hicieron durante buena parte de la historia republicana y han perdido su condición de fuerzas hegemónicas frente a nuevos movimientos y liderazgos. Aunque, como suele decirse, no hay muertos políticos, sino mal enterrados.

De un lado está Iván Cepeda, filósofo, defensor de los derechos humanos y figura política identificada con las causas de las víctimas del conflicto, los pueblos indígenas y los campesinos. Hijo de un líder de izquierda asesinado, por lo que vivió en el exilio desde temprana edad y formándose ideológicamente en países como Checoslovaquia, Bulgaria y Cuba. Ha manifestado su intención de dar continuidad a varias de las políticas impulsadas por el actual gobierno.

Del otro lado aparece Abelardo de la Espriella, abogado, empresario y figura pública reconocida por sus posturas de derecha y su estilo confrontacional. Su propuesta de país, gira alrededor de la seguridad, la libertad económica y la defensa de los valores tradicionales. Se presenta bajo la imagen de “El Tigre”, adopta el saludo militar como símbolo y promete mano dura contra la delincuencia organizada. Asimismo, ha reiterado públicamente que no acepta el respaldo de los partidos políticos tradicionales, incluido el Partido Liberal.

La verdad es que Colombia arrastra un conflicto armado entre hermanos, de varias décadas y enfrenta crisis que para muchos ciudadanos se ha convertido en el pan de cada día. La inseguridad, la incertidumbre económica y la persistencia de estructuras criminales continúan afectando extensas regiones del país, especialmente en zonas donde la presencia de grupos armados ilegales y organizaciones del narcotráfico sigue imponiendo la violencia sobre la institucionalidad.

En este contexto, los colombianos deberán decidir cuál consideran el mejor camino para la nación. Más allá de simpatías, ideologías o emociones, el voto exige reflexión y responsabilidad. El voto en blanco, aunque constituye una expresión legítima de inconformidad, no define por sí mismo el rumbo del país.

Civilidad: Señor elector, Colombia está en sus manos.

 

domingo, 14 de junio de 2026

No hay nuevos símbolos

 


Quien escribe esta columna recuerda a los amables lectores que, desde que tiene uso de razón, no ha existido en Colombia la adopción oficial de nuevos símbolos patrios distintos de aquellos que históricamente nos representan. La bandera tricolor, el escudo nacional y el himno de la República constituyen los emblemas oficiales de la Nación, reconocidos y protegidos por la ley.

Por lo tanto, no existe ningún otro símbolo al que deba rendírsele el mismo honor y respeto institucional. Sin embargo, en los últimos años ha cobrado una fuerza extraordinaria la camiseta de la Selección Colombia, que, si bien no es un símbolo patrio en el sentido jurídico de la palabra, sí se ha convertido en una poderosa expresión de identidad nacional.

La camiseta amarilla ha trascendido los escenarios deportivos. Hoy está presente en estadios, plazas públicas, reuniones familiares, celebraciones populares y en cada rincón donde un colombiano quiera expresar su amor por la patria. Portarla es, para millones de compatriotas, una manera de manifestar orgullo nacional, esperanza y sentido de pertenencia. Es una prenda que une a los colombianos más allá de las diferencias políticas, sociales o regionales.

Por ello, resulta difícil comprender que, existiendo tantos problemas urgentes que afectan al país, se destinen esfuerzos judiciales a determinar en qué circunstancias puede o no utilizarse esta indumentaria deportiva. Colombia enfrenta desafíos de seguridad, justicia, corrupción, pobreza y violencia que demandan la atención prioritaria de las instituciones. En ese contexto, genera inquietud que se pretenda restringir el uso de una prenda que representa entusiasmo, unión y respaldo a nuestros deportistas.

Desde esta tribuna de opinión considero que la camiseta de la Selección Colombia debe poder llegar a cualquier rincón de la patria y acompañar a los colombianos donde quieran expresar su afecto por el país. No puede convertirse en objeto de prohibiciones que limiten una manifestación espontánea de identidad nacional.

A lo largo de los años, la camiseta ha experimentado cambios de diseño, tonalidades y estilos, de acuerdo con las decisiones de la Federación Colombiana de Fútbol. Sin embargo, permanece inalterable la esencia de sus colores: amarillo, azul y rojo, los mismos que ondean en nuestra bandera y que evocan el sentimiento de pertenecer a esta tierra privilegiada.

Más aún cuando se aproxima una nueva temporada mundialista, en la que todos los colombianos depositamos nuestras ilusiones en nuestros deportistas. El fútbol tiene la capacidad de unir al país, de despertar emociones colectivas y de proyectar una imagen positiva de Colombia ante el mundo. Nuestros jugadores, con talento, disciplina y sacrificio, se convierten en auténticos embajadores de la nación cada vez que saltan al terreno de juego.

Es importante reiterar que la camiseta de la Selección Colombia no constituye un símbolo patrio oficial, pues no ha sido reconocida como tal mediante disposición legal alguna. Los símbolos nacionales continúan siendo la bandera, el escudo y el himno, los cuales merecen nuestro máximo respeto y veneración.

La bandera representa la soberanía y la historia nacional; el escudo recoge los elementos que identifican nuestra República; y el himno nacional, con su hermosa letra y solemne música, exalta las luchas, los valores y las esperanzas que han forjado el carácter del pueblo colombiano.

Esos tres símbolos son los que deben permanecer vivos en la memoria de esta generación y de las venideras. Son el legado que nos une como nación y la expresión más auténtica de nuestra identidad.

Y, mientras tanto, que la camiseta de la Selección Colombia continúe siendo lo que siempre ha sido: un símbolo de pasión deportiva, de unidad nacional y de amor por nuestra querida Colombia.

Civilidad: ¡Viva Colombia!