Si algo distingue a las ciudades —todas, sin
excepción— es su terquedad para no terminarse nunca. Son como esas obras
literarias que el autor corrige hasta el último suspiro o como esas promesas de
campaña que, por fortuna, también parecen no agotarse. Popayán, desde luego, no
podía ser menos: aún está en obra. Y qué alivio. Imagínese amable lector el
desastre de una ciudad “terminada”, petrificada en su propia perfección, sin
vías averiadas, sin alerones deteriorados, sin trancones, sin excusas…
Aquí, en cambio, no avanzamos. Pero estamos bien —o
al menos esa es la consigna—. Hay que reconocer, con la solemnidad que amerita
el caso, que el mandante de turno, hace el esfuerzo por las pequeñas obras:
placa huellas, pintura, casi como una disciplina olímpica: inspecciona, camina,
impulsa. Persevera. En este país donde tantas veces se contribuye primero y se
construye después —si es que se construye—, resulta casi revolucionario que las
obras no solo se ejecuten, sino que además aspiren a terminarse.
Claro, tampoco es cuestión de olvidar el pasado,
ese archivo generoso de retrasos y planeaciones creativas. El Sistema
Estratégico de Transporte, por ejemplo, tuvo la cortesía de tomarse más de tres
lustros - 17 años- para madurar desde 2009. Una gestación larga, como las
grandes epopeyas… o las grandes excusas. Solo ahora parece haber descubierto su
vocación de morir.
Pero no todo es concreto y buena voluntad. También
hay un ingrediente esencial en esta receta de ciudad inconclusa: la oposición.
Esa figura casi mitológica que, según se dice, marca el paso, retrasa,
interpone, conspira. Nada más eficaz para explicar por qué lo urgente se vuelve
aplazable. Porque, en efecto, nada alegra más a unos habitantes de la ciudad
que hablar mal del alcalde o pedir la revocatoria de su mandato… salvo, claro,
el aplazamiento indefinido que eso conlleva. Una paradoja digna de estudio: se inflige
al gobernante, pero el castigo lo cumple la ciudad.
Y mientras tanto, el centro histórico sigue
resistiendo, como buen veterano de guerras urbanísticas. Allí están los
“adefesios” —que no edificios— acechando la armonía colonial, recordándonos que
el progreso mal entendido suele tener muy buen presupuesto y pésimo gusto. Por
fortuna, aún hay quienes consideran que derribar una casona para levantar una
caja de vidrio no es exactamente desarrollo, sino más bien un atentado estético
con pretensiones de modernidad.
Porque si de ver rascacielos se trata, el país
ofrece varios destinos especializados. Popayán, en cambio, ha tenido la osadía
de perder su identidad: sus portalones, sus aldabones, sus iglesias que hablan
en el lenguaje silencioso de las casonas y los campanarios. Defender eso, en
estos tiempos, es casi un acto de rebeldía cultural. Y sí, hay que decirlo:
cuando la administración aprieta a los infractores urbanísticos,
inevitablemente pisa callos. Pero, visto lo visto, algunos callos merecen ser
pisados.
Ahora bien, la ciudad inconclusa también se vive —y
se sufre— en el tráfico vehicular. Porque moverse en Popayán ha dejado de ser
un paseo apacible para convertirse en una prueba de paciencia casi espiritual.
Hay más carros que certezas, más trancones que soluciones estructurales.
Durante décadas, el crecimiento le ganó la carrera a la planificación, y hoy la
factura llega puntual.
Se han tomado medidas, sí. Se han hecho esfuerzos,
también a medias tintas. Pero el problema, como buen habitante de ciudad
inconclusa, no se resuelve con una sola decisión ni con un presupuesto tímido.
Exige simultaneidad, visión, y quizá algo más escaso: continuidad.
Así las cosas, Popayán sigue siendo lo que siempre
ha sido: una obra en proceso, un proyecto a medio escribir, promesas avanzando
entre escombros, aciertos, tropiezos y debates. Tal vez ahí radique la verdadera esencia ante
la fragilidad humana, el paso implacable del tiempo y la melancolía del descuido.
En fin, una ciudad terminada no sería más que
un elegante cementerio urbano. Popayán, en
cambio, decidió vivir peligrosamente: aquí todo coquetea con el olvido, imponiéndose
la memoria de sus retrasos, el eco inagotable de la polémica y la entrañable
vocación por eternizar las obras. Así, entre andamios que parecen patrimonio
inmaterial y promesas en obra gris, la ciudad —para bien o para una ironía que
ya es costumbre— late con tal vitalidad que otras ciudades, terminadas, jamás
podrían darse el lujo de exhibir con orgullo.
Civilidad: A pesar de todo, aquí se vive feliz.

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