En Popayán la mañana del 31 de marzo de 1983 amaneció como tantas otras: lenta, solemne, envuelta en el recogimiento de la Semana Santa más ceremonial del país. A las ocho pasadas, cuando el incienso aún parecía flotar en el aire de las iglesias y los pasos de los fieles se acomodaban al ritmo de la tradición, la tierra decidió interrumpir la historia.
Fueron apenas 18 segundos. Suficientes.
El suelo rugió con una fuerza que nadie había escuchado antes. Un sonido profundo, casi animal, que hizo temblar las paredes de tapia y ladrillo del sector histórico. Las campanas, que minutos antes llamaban a misa, se mezclaron con el estruendo de los muros al caer. En ese instante, la ciudad blanca dejó de serlo: el polvo cubrió calles, plazas y recuerdos.
El sismo, con epicentro a 46 kilómetros al suroeste y a escasa profundidad, no dio tregua. Más de 300 personas murieron, y más de diez mil quedaron sin hogar. La cúpula de la Catedral se vino abajo sin previo aviso; debajo de sus escombros quedaron 90 personas que aguardaban el inicio de los oficios religiosos. La fe, ese día, no alcanzó a sostener el techo.
En el cementerio, las bóvedas se abrieron como heridas antiguas. Los restos humanos, arrancados de la quietud, volvieron a ver la luz en medio del caos. Era como si la ciudad entera, viva y muerta, hubiera sido sacudida al mismo tiempo.
El aeropuerto de Machángara —hoy Aeropuerto Guillermo León Valencia— quedó inutilizable. Las vías se fracturaron. La comunicación con el país se volvió incierta. Y mientras tanto, en los barrios populares, el desastre adquiría su rostro más crudo. El Cadillal, Pandiguando, La Esmeralda y Pubenza fueron nombres que empezaron a pronunciarse con dolor. En los Bloques de Pubenza, un conjunto de edificios que albergaba a unas 150 familias, la estructura cedió sin resistencia. Doce bloques, cuatro pisos cada uno, se desplomaron como fichas de dominó. Allí, la tragedia tuvo nombre propio, rostro, historias truncadas.
En total, cerca de 6.800 viviendas quedaron reducidas a escombros, la mayoría pertenecientes a familias de bajos ingresos. Otras 6.680 quedaron seriamente afectadas. Como suele ocurrir, la tragedia no golpeó a todos por igual.
El impacto no se limitó a la capital caucana. Timbío, a pocos kilómetros, también sintió el golpe. Casas caídas, familias a la intemperie, un silencio pesado después del estruendo.
Y, sin embargo, entre los escombros, empezó a levantarse algo más que paredes.
Con el paso de los días, cuando el polvo se asentó y el miedo comenzó a transformarse en rutina, emergió una ciudad distinta. La reconstrucción no solo levantó casas; rediseñó la manera de habitar el centro histórico. Las viviendas crecieron hacia arriba, los primeros pisos se abrieron al comercio y los segundos guardaron la vida familiar. El desastre, paradójicamente, impulsó una nueva dinámica urbana.
También dejó lecciones. El país empezó a mirar con otros ojos la construcción en zonas sísmicas, la prevención, la gestión del riesgo. Lo que ocurrió en Popayán no podía repetirse.
Pero la historia no se detuvo ahí.
La ciudad que antes del terremoto crecía con cierta calma comenzó a expandirse sin control hacia la periferia. Llegaron las invasiones, la informalidad, el desempleo. A la tragedia natural se sumaron otras más silenciosas: el desplazamiento forzado por el conflicto armado —con actores como las FARC, el ELN y sus disidencias— y las migraciones que fueron poblando una ciudad que no estaba preparada para recibir tanto dolor junto.
Hoy, 43 años después, Popayán sigue en pie. Más “moderna”, más extensa, pero también más compleja. El terremoto no solo fracturó sus muros; partió su historia en dos. Hay un antes y un después que todavía se siente en las calles, en la memoria de quienes sobrevivieron y en el relato que se transmite a quienes no lo vivieron.
Porque si algo quedó claro aquella mañana de 1983 es que la furia de la tierra no fue el único golpe. Desde entonces, la ciudad blanca ha tenido que aprender a resistir muchas otras sacudidas.
Civilidad: Y, aun así, sigue aquí. De pie. Recordando. Todavía reconstruyéndose.
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