No menciono la hora porque en mi temprana infancia, vivía en el presente, sin las restricciones del reloj, sin horarios o la planificación futura. Por eso, solo se transmitir un momento de mi infancia. Seguro estoy que ocupaba un lugar central para mi madre, siempre hacia mis cuidados, su atención y las comidas a mi gusto. Remitiéndome al diccionario de la Real Academia Española encuentro que se considera infancia al primer período de la niñez, que comprende desde el nacimiento hasta los siete años. Para el fatídico día del 9 de abril de 1948, yo contaba con cinco años considerándola como la que media entre la primera infancia. A partir de entonces, tuve un mensaje. Entonces, puedo decir que, para definir el tiempo, es que en principio no existe el tiempo, pero existen los sucesos, los acontecimientos. Así que lo experimentado en mi temprana infancia fue un proceso evolutivo. Fue un momento en el que como niño me encontré ante un estado de indefensión, situación que tenía la indeseable consecuencia de hacerle poner por encima de todos los peligros de no ser por ese ángel protector ante todas las situaciones de desamparo: mi adorable madre. Es interesante que subraye que la indefensión y ante la ignorancia de lo que acontecía en ese momento y, que hoy narro con una mayor autonomía y un conocimiento propio dentro de la corriente filosófica, política y económica situada en la libertad individual, la igualdad ante la ley y la limitación del poder del Estado.
Ese trágico día, había ido a acompañar a mi madre a la plaza de mercado, la galería central y única en ese tiempo, de la ciudad. Tomándome de la mano de mi madre y abrazándome me hacía sentir seguridad, protección y confianza incondicional. Y viene a mi memoria como si fuese hoy, esa turba enfurecida incendiando y saqueando la edificación de 2 pisos. El edificio “Masordoñez” -lo más alto de la ciudad- frente al portalón de la galería por la calle 6ª entre carreras 5ª y 6ª. Mi evocación fotográfica me recuerda como desde allí, tiraban mesas escritorios, caja fuerte de donde salían billetes y monedas. Alboroto o revuelta que nos permitía ver, pero no, que pudiéramos salir de la plaza de mercado. Cuando pudimos hacerlo, aún conservo los gestos de angustia de mi adorable madre que actuaba como un ancla emocional para ofrecerme estabilidad, ayuda a reducir el miedo, fomentando el vínculo afectivo, siendo un puente hacia la autonomía y la confianza para caminar las calles de gentes enardecidas, unos huyendo, otros persiguiendo al grito de –“mataron a Gaitán”. La gente reaccionaba con rabia y dolor. Habían matado al líder más querido en ese momento. Fue una muerte que se multiplicó en trescientas mil muertes y causó el desplazamiento forzoso de más de dos millones de personas, una quinta parte de la población, que por ese entonces se calculaba en once millones de habitantes y, que además produjo la destrucción de buena parte de la capital. Presencié y leí los acontecimientos que través de escritos que con el transcurrir de los años denominaron: “El Bogotazo”. Fueron intensas y sangrientas las horas que duró la revuelta en la capital colombiana en que “disparaban a todo lo que se movía” y que marcó el inicio de una época conocida como la violencia, que ha perdurado siete o más décadas, afectando a todo el país, desarrollada principalmente en el campo.
Es un capítulo que, aún falta por esclarecer las raíces de más de seis décadas de violencia bipartidista iniciada en 1948. Todavía se entablan numerosas controversias, motivando la escritura de decenas o cientos de libros y cuyas consecuencias: el narcotráfico que ha permeado a la sociedad y la economía; la lucha por tierras a falta de una reforma agraria integral y, la incapacidad de cerrar la brecha de la pobreza, que se viven todavía en Colombia, temas explicados por numerosos estudiosos. Ciertamente, del bogotazo surgió todo: las FARC, las disidencias y el ELN. Pero, la cruda realidad, 78 años después, a pesar de todo: aún no acuerdan el desarme, la violencia continúa viva y la sociedad fragmentada.
Civilidad: Colombia, país con larga historia de violencia, sin que todavía encuentre una respuesta.
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