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domingo, 13 de septiembre de 2020

Crónica testimonial de un retorno sangriento


                                       

Cuando retornábamos a Popayán, el tic-tac del reloj en la muñeca de mi mano punteaba las tres de la tarde, de aquel tenebroso y fatídico lunes, 30 de septiembre de 1991. Ese día el cielo se tornaba sombrío, triste. El aire venteaba impasible y frío. Atrás habíamos dejado el pequeño poblado de El Carmelo (Cajibío).

Era época de agitación electoral, pues se aproximaba la elección para gobernadores. Nuestro grupo político apoyaba integralmente al candidato Temístocles Ortega Narváez, abogado, oriundo de la pequeña población de Mercaderes, al sur del Cauca. Hombre inteligente y bien preparado de clase humilde, hijo de campesinos, excelente orador, y muy capaz. Mereced a su superación, había logrado ocupar cargos de representación popular y altas posiciones del Estado, hoy Senador de la república.   

Estábamos acostumbrados a largas y agotadoras jornadas desde el amanecer, hasta altas horas de la noche. Hacía pocas horas habíamos recorrido casi la totalidad de veredas de Tierradentro, haciendo pedagogía de paz en esa zona inhóspita, escabrosa donde el tristemente célebre Manuel Marulanda Vélez, “Tiro fijo”, había producido años atrás una masacre que había conmovido a Colombia.  

Habíamos andado unos pocos kilómetros, cuando el senador Aurelio Iragorri H, tomó el micrófono del radioteléfono ´Yaesu´ (predecesor del celular) para hablar con su esposa Diana, informándole que estábamos de regreso, era su costumbre para tranquilidad de su familia, pues los riesgos eran altos. Al senador no solo lo caracterizaba su don de gentes, sino su gran facilidad de adaptarse a cualquier contertulio por lo que, durante sus recorridos en las giras políticas, mantenía repetidas y amenas conversaciones. Era fluido y lleno de anécdotas que lo hacían agradable. Premonitoria esa oscura y aciaga tarde septembrina, porque estuvo parco en el hablar. “Parece que va a llover, vámonos”, dijo el Doctor Iragorri y, seguimos el camino.

En el Trooper, viajábamos siete personas: el senador Iragorri quien lo conducía; acompañando en el puesto delantero del narrador de este testimonio. A la espada del senador, Alirio de Jesús (q.e.p.d); Eliecer Cerón; Jairo Valencia ex alcalde de Cajibío; un N.N, infrecuente personaje recién reinsertado del M-19 y en la parte trasera Horacio Morcillo presidente de las juventudes liberales.

Pasábamos la vereda “La Primavera”, por un verde y nocivo bosque de pino, al lado y lado de la vía, cuando sorpresivamente nos llovieron partículas de vidrios, junto con feroces ráfagas de proyectiles. Vidrios, agua, y balas confundidos en un traqueteo indescriptible.  No podría calcular el tiempo transcurrido, pero me pareció una eternidad. Los tiros chirriaban en la carrocería del vehículo, volaban esquirlas metálicas revueltas con agua, vidrios. Adentro del vehículo, la mudez contrastaba con la balacera. El Trooper se bamboleaba de un lado a otro. El senador seguía manejando el vehículo; agazapado, pues, apenas si estratégicamente se asomaba por el hueco- parabrisas, conduciendo con gran pericia. Su corpulenta figura, acurrucado, maniobraba el timón; su cara amoratada casi cianótica, ojos desorbitados, me hizo creer que estaba mal herido.

Después de tantos varios años, aún retumba en mis oídos semejante acto criminal que por arrojo, valor y serenidad del Dr. Iragorri, sirvieron para que no llenaran de plomo nuestra humanidad.  Sin embargo, de nuestro vehículo bajaron los cadáveres de Jairo Valencia y Horacio Morcillo y herido Eliecer Cerón. De los dos vehículos de escoltas: un Willis carpado, modelo 54, cinco policías masacrados y, del campero Nissan, bajaron dos agentes del Das, uno herido y otro muerto. En total en ese sanguinario asalto, ocho muertos y dos heridos. Facinerosos del ELN, hicieron brotar la sangre de humildes hombres de la seguridad. No había duda alguna, su intención era presionar los diálogos en Tlaxcala México.  

Como siempre, Colombia se estremeció y se alborotó durante tres días. Escándalo político, conmoción nacional por la crueldad del asalto a manos de bandidos del ELN que quisieron asesinar al Senador Aurelio Iragorri, que, de no haber sido por la Providencia Divina, este cronista no estaría recordando estos apartes sacados de mi libro “Cuentos Parroquiales para todo el mundo”. 

Civilidad. Transcurridos 29 años, (2020-1991) la situación sigue de mal en peor. Un testimonio de vida y muerte, es precisamente, septiembre negro

martes, 8 de septiembre de 2020

AURELIO IRAGORRI HORMAZA

 


Ha llegado al final del camino después de una larga vida. Su alma se recoge respetuosa en un éxtasis sublime. Se ha ido al inmenso espacio sideral.  Trepó a la última cima, luchando contra el enemigo invisible del planeta, después de haber logrado, mucho, poco o nada de lo que la gente plantea ilusamente, pues los seres humanos no somos más que un soplo en nuestro ciclo de vida. Trascender a otro plano hace parte de nuestro ciclo de la vida. Sin embargo, en mi propia soledad, es difícil aceptarlo. Mi tristeza, me permite empatizar con la congoja de sus familiares, creando apoyo y consuelo a la desolación que nos embarga.

Siempre hablamos que iríamos a la par en el camino, pero él tomó la delantera en ese espinoso sendero que es imposible de dejar. No logramos despedirnos, pero siempre nos llevamos en el corazón como hermanos, por eso es difícil asimilar su partida hacia la luz celestial. Me consuela que, hasta sus últimos días di todo de mi por nuestra amistad, al igual que él por mí.

Siempre que podía alimentaba sus diálogos con recuerdos de nuestro pasado, de nuestra infancia, de nuestra juventud, días felices, sin inhibir las amargas raíces de la desventura; bebiendo en el cáliz del dolor, una agua turbia y salobre que devoraba sus entrañas, pues en su vida nada fue fácil. Sabía sortear los silencios, para hacer pausas e intervenir en el momento indicado para contar las adversidades de su vida. A los dos meses de nacido había perdido a su madre. Tres ángeles acompañaron su vida. Uno, su intangible madre que lo protegía.  Y dos visibles. Mama Rosa que le dio su crianza. Y el otro ángel que embelleció su vida, su bienamada esposa: doña Diana.

En su trasegar, nunca tuvo el camino despejado, como el firmamento en una tarde de verano. Su vida fue un prisma inconmensurable cuyos lados, refractando la luz del sol, se revistieron de brillantes colores del iris. Pero, por la magnitud de las dificultades, se diría que era un nudo formado por los dedos del Altísimo para unir el Cielo con la Tierra. Solo el, supo decir a las generaciones, más que en sublimes palabras, en su lenguaje articulado: promover el servicio al pueblo. Entre nubes interpuestas ostentó su permanente ayuda a las gentes desvalidas de la fortuna como un eco atronador de los vientos.  Concentrando de ese modo todas sus fuerzas, se preparó para la lid y, lanza en derredor sus falanges de nubes, combatió sucesivamente contra espesas columnas, como rápidos torrentes.

En ese decir y hacer, de escollo en escollo, formó ilusorias figuras que ascendieron en el espacio: ya un cóndor de gigantescas alas, duplicadas en la movible sombra que forman en la plateada planicie del arenal; ya una cadena de fogosos en ademán de escalar. El cuaderno histórico registra de trecho en trecho, algunos grupúsculos más o menos caprichosos quienes en el porvenir, tendrán la nada fácil tarea de recoger los aportes para construir acertadamente el futuro, tratando de emular y enarbolar su figura cimera.

Sus amigos de siempre, quedamos en el bullicio del siglo, calmos y solos, porque ante los cielos queda su alma. Hemos de seguir en este ingrato suelo de amargura y de dolor.

Entrañable hermano y amigo: ¡sublime hasta en tu abatimiento como en los tiempos de tu gloria! Dichosos los que te vieron en los días de tu grandeza. Tu figura elevada sobre las regiones cual rayo, igual que tu austera virtud sobre las tempestades del odio y del rencor, porque adentro de la persona que conocieron había una persona que no conocieron. 

J. Aurelio Iragorri Hormaza, hombre de mil batallas, siempre victorioso. La última y única fallida fue de la que nadie puede salir airoso. Gracias por enseñarnos a creer en las ideas y la solidaridad. Gracias, por honrar la vida y la paz. Nunca te vimos huyendo despavorido a la presencia del genio de las tormentas. Como el Cid Campeador, tus triunfos fueron en medio de una atmósfera siempre luminosa.  Hoy tu plateada cima, reducida en pesados fragmentos, hace entrever un abismo sin fondo, rodeado de peñascos que amenazan tu patria querida; sin embargo, te alzas con orgullo sobre cordilleras, valles y ríos que cruzaste a pie y caballo ostentando tus deslumbrantes perfiles en una curva en mil pedazos hendida, al solo amago del brazo del Altísimo.

Se cierra el libro de la existencia física de Aurelio Iragorri Hormaza, pero queda abierto su legado imperecedero. En Popayán, en cada rincón del Cauca y en Colombia, queda una huella de su gestión.

sábado, 5 de septiembre de 2020

La vida no vale nada


Estamos viviendo una tragedia por cuenta de la pandemia, ante la cual preguntamos, qué vale más: ¿la economía o la vida? Desde luego, la respuesta no se hace esperar, pues siempre se elegirá proteger la vida a toda costa. ¡Mentiras!, dicen una cosa y hacen otra. La alternativa es engañosa y mortal como entro a explicar.

Se dijo que había que salvar vidas ante la falta de material de protección en clínicas y hospitales. Impusieron la cuarentena, dada la velocidad de propagación del virus. Declararon que el 80% de la población, seríamos contagiados a lo largo de este año con muertos insepultos. Así que, todos los esfuerzos (confinamiento, UCI, la curva, el pico y cédula) en países y sociedades “avanzadas” serían dirigidos a contener la pandemia protegiendo la vida humana, anteponiéndola a cualquier otro aspecto. No había otra disyuntiva, sobreentendiendo que la vida humana no tiene precio. Si lo tuviera, ¿cuánto valdría una vida humana? Aunque, expertos calculan la renta per cápita contributiva multiplicada por el número de años que le quedan por contribuir (vida contributiva). Que prestarían mayor atención a la sociedad económica inactiva, (abuelitos) porque el virus se ceba especialmente en ellos. Tremendo engaño. Si los mayores de 70 años producen menos interferón en respuesta a la infección viral y, guardianes de cárceles con moringa, aguapanela y limón, en ollas descomunales salvaron batallones de presos. ¿Porque aún, desconocen ese protocolo que salva vidas? 

El desamparo que vive el mundo a causa del Covid-19 obliga a pensar y repensar. Ciertamente, hay que equilibrar la economía para alcanzar los recursos financieros, reactivando el aparato productivo en el contexto del orden económico internacional. Quedó al descubierto la fragilidad de la vida humana que, ni capitalismo ni comunismo funcionan. Son tan frágiles, que, EE. UU, Rusia, Europa, Brasil, o Colombia, no tienen el poder ni el dinero para controlar tan terrible peste.

De allí que, a repensar la economía volviendo a su concepción original. En la antigua Grecia, el “Oikos” hacía referencia a un hogar, pero no sólo en el sentido de una unidad de consumo familiar, sino en un sentido de estado. Un “Oikos” era también, una unidad de fabricación, que abastecía a las familias de sus propias necesidades.

El problema fundamental no es la disminución de los volúmenes de producción, ni la paralización de algunos sectores, ni la caída de indicadores económicos; es la crisis actual que pone al mundo en una disyuntiva tal, que lo obliga a escoger entre la vida o la economía; recordando que no hay economía si no hay vida.

El gobierno se desgastó acudiendo a la estimación de pérdidas financieras, planes de contingencia sobre estructuras venidas abajo. Siendo mejor, valorar al ser humano como parte del ecosistema y no como depredador del mismo. Elegir proteger la economía a toda costa con gestos de riqueza como el préstamo de US$370 millones a Avianca, fue un traspié. ¡Es mucha plata!

Avianca pertenece a dos poderosos extranjeros propietarios del 67%, junto a 25 accionistas medianos y otros muy pequeños. El cuestionado, Germán Efromovich era el amo y señor de Avianca con el 51.53 % de las acciones de esa compañía, hasta cuando al incumplir pagos de un préstamo de USD$ 456 millones con United Airlines, cuya garantía eran sus acciones, lo perdió todo. 

Otra comedia social que no deja de causar indignación, fue la generada por los cortes de energía en casas de dos ancianos: Carlos Infante de 72 años y José Miguel Daud David de 93, vecinos entre sí, unidos por los mismos problemas a los que Electricaribe, les suspendió el servicio de energía por mora en el pago. Daud David, falleció por falta de energía para el uso de su respirador eléctrico. Entonces, ¿Cuánto vale una vida humana? 

Sobran los malos ejemplos. Dilación reiterada en la asignación presupuestal en todos los niveles que conlleva a problemas de liquidez en pequeñas y medianas empresas. El panorama de salud, no es alentador, es crítico, especialmente en las EPS, ESE, hospitales y clínicas. Tenemos un sistema de salud que encara el virus sin liquidez, en crisis financiera, y con recursos dispersos, promoviendo todo un clima de suspicacias porque Avianca no salva vidas. 

Cuando esto pase, después de asimilar su estela de dolor y lágrimas, deberán replantear el rol del Estado, dándole a la vida su valor real, no el actual, ideado como un conjunto de monedas y un cúmulo de engaños, regresando al camino de la humanidad y la equidad. 

Civilidad: Salvar vidas, cambiar mentalidades