Llegó la hora de caminar Popayán
Hay momentos en la vida de las ciudades en que
no basta con mirar hacia atrás: hay que atreverse a mirar hacia adelante.
Popayán está precisamente en uno de ellos.
El mundo contemporáneo, y también Colombia, ha
entendido que recuperar el espacio público para el peatón no es un capricho
urbanístico, sino una manera de devolverle vida a las ciudades. Cali, por
ejemplo, avanzó en la recuperación de espacios del Centro Histórico y su
entorno con ocasión de la COP16, demostrando que cuando existe voluntad
política, las calles pueden dejar de ser simples corredores para vehículos y
convertirse nuevamente en lugares para encontrarse, caminar y vivir.
Popayán tiene ante sí una oportunidad todavía
mayor.
La propuesta de peatonalizar el Centro
Histórico, el rostro más lucido de la Ciudad Blanca, no es nueva ni pertenece
al reino de las utopías. Mucha tinta ha corrido reclamándoles a los sucesivos
alcaldes que se decidan de una vez por todas a conjugar el verbo peatonalizar y a
convertir en realidad los propósitos de protección y recuperación contenidos en
el Plan Especial de Manejo y Protección, PEMP, del Centro Histórico.
Pero seguimos esperando.
Y mientras esperamos, los automóviles y las
motocicletas continúan ganándole terreno al peatón en unas calles que fueron
concebidas mucho antes de que alguien imaginara que algún día tendríamos que
disputárnoslas entre carros, motos, vendedores, estacionamientos y transeúntes.
Ahora tenemos una fecha que debería servirnos
de despertador: el 13 de
enero de 2037, Popayán llegará a sus 500 años. La reciente Ley
2623 de 2026 asocia oficialmente a la Nación a esta celebración y, entre otras
disposiciones, contempla acciones de conservación, mejoramiento y
embellecimiento del centro histórico.
Tenemos, entonces, once años.
Once años parecen mucho tiempo para quien mira
el calendario; para una ciudad, son apenas un suspiro.
Por eso, si las dos próximas administraciones
municipales se ponen las pilas, como dice la muchachada, Popayán podría llegar
a sus cinco siglos convertida en una ciudad donde caminar por el Centro
Histórico no sea una aventura entre carros y motos, sino una experiencia
segura, agradable y práctica.
No se trata simplemente de cerrar unas cuantas
calles y poner unas señales de tránsito. Se trata de concebir una nueva manera
de habitar el corazón de la ciudad.
Y no tendríamos que inventar demasiado.
Cada año, durante nuestras tradicionales
procesiones de Semana Santa, algunas de las principales calles del Centro
Histórico se cierran temporalmente al tráfico vehicular. ¿Y qué sucede? Nada
extraordinario: la ciudad camina. La gente sale, se encuentra, observa,
conversa y disfruta. El peatón se convierte, durante unas horas, en el
verdadero dueño de la calle.
Y nadie se muere por eso.
Por el contrario, se respira mejor y todos
felices.
Además, las procesiones de Popayán son un
ejemplo de que una ciudad histórica puede organizarse alrededor de una
actividad peatonal masiva cuando existe voluntad, planificación y respeto por
unas reglas colectivamente aceptadas. Esa tradición, arraigada durante siglos
en el sentimiento de los payaneses, demuestra que la ciudad tiene capacidad
para hacerlo.
Lo que falta es convertir la excepción en una
política urbana.
La celebración de los 500 años no debería
reducirse a actos protocolarios, discursos, placas conmemorativas y fotografías
para la posteridad. Sería una lástima que llegáramos a 2037 con la misma ciudad
que hoy padecemos, simplemente adornada para la ocasión.
Los 500 años deberían ser la oportunidad para
preguntarnos qué Popayán queremos entregarles a quienes vienen detrás.
Y aquí aparece una palabra que me gusta
especialmente: Civilidad.
No la propongo como una palabra nueva, sino como
una interpretación deliberadamente reforzada de dos conceptos que conocemos
bien: civismo y urbanidad. Civilidad es, para este propósito, aprender a
compartir la ciudad, respetar al otro, cuidar el espacio público y entender que
la calle no pertenece exclusivamente a quien conduce un vehículo.
Porque rescatar la antigua condición de “ciudad culta” exige
algo más que recordar a nuestros poetas, presidentes, próceres, científicos y
personajes ilustres. Una ciudad culta también debe demostrar cultura en la
manera como utiliza y respeta sus espacios.
De ahí que la civilidad y el ornato deban convertirse en
protagonistas de la celebración.
Hay antecedentes que deberían inspirarnos. En
el Archivo Histórico de la Universidad del Cauca reposa, según se ha documentado,
una disposición relacionada con el enlucimiento de la ciudad y el
blanqueamiento de las fachadas por donde pasaban las procesiones. Si nuestros
antepasados entendieron que una ciudad debía prepararse y engalanarse para sus
grandes acontecimientos, ¿por qué nosotros no podemos hacer lo mismo?
Pero esta vez no se trata solamente de pintar
fachadas.
Se trata de recuperar calles.
De devolverlas a la gente.
De transformar determinados sectores del Centro
Histórico en espacios donde puedan convivir el patrimonio, el comercio, la
cultura, el turismo y la vida cotidiana, con prioridad para el peatón.
La peatonalización bien planeada puede
contribuir a mejorar la movilidad, reducir el ruido y la contaminación,
fortalecer la actividad comercial y turística y, sobre todo, recuperar el
espacio público como lugar de encuentro.
El visitante que llega a Popayán no viene a
admirar nuestros monumentos desde el interior de un automóvil. Viene a
caminarla.
Quiere conocer el Parque Caldas, la Torre del
Reloj, las iglesias, los museos, las casonas, el Puente del Humilladero y esas
calles blancas que constituyen buena parte de nuestra memoria urbana. Quiere
sentarse, mirar, conversar, tomar fotografías, entrar a una tienda, comer algo,
comprar un recuerdo y seguir caminando.
En otras palabras, quiere vivir la ciudad.
Y para eso hay que recuperar el corazón de
Popayán como punto de encuentro de residentes y visitantes, de hoteles,
restaurantes, comerciantes, tiendas, museos y espacios culturales.
No se trata de expulsar al automóvil de toda la
ciudad. Nadie está proponiendo semejante disparate. Se trata de establecer
prioridades razonables en determinados sectores del Centro Histórico: primero
el peatón, luego el transporte necesario y, donde sea posible, los demás modos
de movilidad.
También habrá que pensar en quienes tienen
dificultades para desplazarse, en las personas mayores, en los niños y en las
personas con discapacidad. Una ciudad amable no es aquella que simplemente
permite caminar; es aquella que permite hacerlo con seguridad, accesibilidad y
dignidad.
Para conseguirlo se necesita planificación:
estudios de movilidad, rutas alternativas, zonas de cargue y descargue,
estacionamientos periféricos, señalización apropiada, mantenimiento permanente
del espacio público, arborización, cuidado del Parque Caldas y una estrategia
clara para comerciantes y residentes.
Y, por supuesto, participación ciudadana.
Porque ninguna transformación urbana puede
hacerse contra la ciudad. Hay que hacerla con la ciudad.
La nueva ley de los 500 años nos acaba de poner
una fecha sobre la mesa y, además, contempla expresamente acciones de
conservación, mejoramiento y embellecimiento del centro histórico.
Entonces, ¿Qué estamos esperando?
Popayán tiene once años para prepararse.
Once años para planificar.
Once años para invertir.
Once años para recuperar sus calles.
Once años para demostrar que una ciudad puede
conservar orgullosamente su pasado sin quedarse atrapada en él.
Once
años parecen mucho tiempo para quien mira el calendario; para una ciudad, son
apenas un suspiro.
Porque Popayán no tiene que escoger entre su
historia y su futuro. Precisamente
porque tiene una historia extraordinaria, está obligada a construir un futuro a
la altura de ella.
Y quizá el primer paso sea tan sencillo como este:
devolverle sus calles a
quien siempre debió ser su protagonista: el peatón.

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