El chismorreo actualizado
Sigo con mis cuentos. Aunque, para ser justos,
estos no son inventos de quien hoy empuña la pluma, sino de la ventolera que,
de cuando en cuando, se empeña en sacar de las entrañas de la vetusta Popayán
historias que muchos ignoran y otros prefieren echarles tierra. Al fin y al
cabo, esta ciudad camina —o mejor, procesiona— rumbo a sus quinientos años,
desafiando al tiempo, al sentido común y hasta al mismísimo don Sebastián de
Belalcázar.
El conquistador, que, dicho sea de paso,
también lleva buen tiempo escondido. No por humildad, que nunca fue su virtud,
sino para evitar el bochorno de volver a terminar en el suelo. Hay monumentos
que duran menos que las discusiones sobre la historia. Y en Popayán, donde
abundan las campanas y escasean los consensos, cualquier estatua corre más
riesgos que un político en campaña.
Desenterrar los mitos, las leyendas y las
costumbres de nuestros mayores resulta tan apasionante como peligroso. Son
recuerdos que escuché siendo muchacho, al calor de una vela de sebo o bajo la
luz amarillenta de un mechón de queroseno, cuando la electricidad todavía no
competía con la imaginación, ni el celular había convertido el chisme en
patrimonio universal.
Por eso recurro, sin sonrojo alguno, al
lenguaje coloquial. Son los famosos cuentos de los viejos: relatos donde la
memoria se da la mano con la exageración, la picardía hace sociedad con la
superstición y la realidad termina pareciéndose sospechosamente a la ficción. Muchos
los despachan como simples chismes de corredores o conversaciones de mecedora.
Sin embargo, el tiempo, que nunca pierde un pleito, termina absolviéndolos.
Entonces dejan de ser cuentos para convertirse en verdades del tamaño del Morro
de Tulcán.
En fin, vamos al grano, como dijo el
dermatólogo.
Porque Popayán no solo fabrica obispos,
procesiones y abogados. También produce leyendas con denominación de origen. Y
entre todas sobresale una que todavía pone a persignarse a más de un patojo: la
célebre maldición de la Cruz de Belén.
La historia de la Cruz de Belén se remonta a
1681, cuando el obispo Cristóbal Bernardo de Quiroz bendijo la primera piedra
de la ermita. Más de un siglo después, en 1789, se levantó la monumental cruz
de piedra que todavía vigila la ciudad desde lo alto del cerro, como si fuera
el más antiguo sistema de vigilancia de Popayán.
En uno de sus costados quedó grabada una frase
que parece escrita para cualquier gobierno, sin importar el color político:
“Una Ave María a la Madre de Misericordia
para que no sea total la ruina de Popayán.”
Hasta aquí, la piedra habla por sí sola. Lo que
viene después pertenece, en buena medida, al territorio de la memoria, la
tradición oral y la leyenda.
No sobra recordar que, décadas más tarde,
durante los gobiernos liberales de José Hilario López y Tomás Cipriano de
Mosquera, el país vivió profundas reformas que sacudieron las relaciones entre
la Iglesia y el Estado. Se expulsó a los jesuitas, se nacionalizaron bienes
eclesiásticos y se abrió una de las confrontaciones políticas y religiosas más
intensas de nuestra historia.
En Colombia nunca hemos necesitado mucho para
dividirnos; basta una idea nueva... o una vieja contada de otra manera.
En semejante ambiente apareció el obispo Carlos
Bermúdez Pinzón, hombre de convicciones tan firmes como el granito de nuestras
montañas. Enemigo declarado de la masonería y feroz contradictor de las
reformas liberales, jamás aprendió el arte de las medias tintas.
Cuando desapareció la custodia de la Catedral,
lanzó una excomunión que todavía hace estremecer a los aficionados de la
historia. Según la tradición recogida en relatos posteriores, sentenció que los
responsables jamás volverían a conocer la paz y que un gusano les devoraría
eternamente las entrañas. Hoy semejante declaración no llegaría al púlpito;
primero sería tendencia en las redes sociales y, seguramente, terminaría
convertida en meme.
La tensión política ya hervía más que una olla
de sancocho. Se cuenta que, en marzo de 1875, después de una reunión liberal,
algunos entusiastas —más inspirados por el aguardiente caucano que por
Montesquieu— recorrieron las calles lanzando vivas al liberalismo y no pocas
pullas contra el obispo y la religión. La confrontación entre liberales y
conservadores ya no cabía en los periódicos; necesitaba las calles, las plazas
y, por supuesto, el inevitable chismorreo de esquina.
La respuesta oficial llegó con la rapidez que
rara vez conocen nuestros gobiernos. El presidente del Estado Soberano del
Cauca, César Conto, decretó el estado de sitio y ordenó la expulsión del
obispo.
Pero el mejor capítulo todavía estaba por
escribirse.
Según la tradición, una noche de febrero,
tropas comandadas por el coronel Aníbal Micolta irrumpieron en el palacio
arzobispal para capturar a Bermúdez. Lo sacaron por la fuerza mientras varias
damas payanesas protestaban con la misma indignación con la que hoy reclamarían
por WhatsApp.
Entonces ocurrió lo inesperado.
Con el rostro encendido por la ira y la
dignidad herida, el prelado lanzó, según cuenta la tradición popular, la que
terminaría siendo una de las maldiciones más famosas del folclor payanés:
“Maldigo a esta ciudad, cuna de masones
y enemigos de Dios... El día que la Cruz de Belén caiga, los muertos saldrán de
sus tumbas y Popayán se acabará.”
¿Ocurrió exactamente así? Esa es otra historia.
Lo cierto es que la leyenda quedó prendida a la
memoria de Popayán. Desde entonces, cada temblor hace mirar de reojo hacia el
cerro de Belén. No porque los payaneses seamos supersticiosos. ¡Qué va! Lo
hacemos por simple precaución... que, en esta ciudad donde el chisme suele
llegar primero que la noticia, nunca sobra.
Y la Cruz de Belén, como buena guardiana de la
ciudad, continúa allá arriba, soportando soles, lluvias, temblores, leyendas y
hasta nuestras discusiones históricas.
Tal vez esa sea la verdadera fuerza de estos
cuentos de viejos: nadie puede demostrar del todo que sucedieron como los
contamos, pero tampoco consigue borrarlos de la memoria.
Civilidad: Popayán podrá cambiar
de alcaldes, de obispos, de partidos, de modas y hasta de semáforos. Pero jamás
debería renunciar a su mayor patrimonio inmaterial: el cuento bien contado.
Porque una ciudad que pierde sus historias termina perdiendo también una parte
de sí misma.
Y,
como suele ocurrir por estas tierras, todo chisme tiene dos versiones... y
ambas aseguran ser la verdadera.
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