El reloj marcaba las 7:34 de la mañana del 11
de agosto cuando, en cuestión de segundos, la tierra volvió a pegarnos tremendo
sacudón. Fueron segundos que parecieron una eternidad. Colombia se estremeció
de un lado a otro y el epicentro quedó localizado en inmediaciones de San José
del Palmar, en el Chocó. La magnitud, 7,4. Una cifra que, dicha así no más,
parece fría; pero cuando las paredes comienzan a bailar, los vidrios a repicar
y el piso a moverse debajo de los pies, deja de ser estadística para
convertirse en miedo.
Pereira, Manizales, Cali, el Chocó y otras
regiones sintieron con particular fuerza el remezón. A medida que avanzaban las
horas aparecían nuevas noticias de muertos, heridos, edificios afectados y
familias que, de un momento a otro, se quedaron mirando lo que ayer era su casa
y hoy son ruinas.
Fue uno de esos sustos que le recuerdan a uno,
sin pedir permiso, que la vida pende de un hilo. En esos largos segundos,
cuando la tierra se mueve y el corazón se acelera, poco importan las cuentas
pendientes, los afanes, los orgullos, las discusiones y hasta las pequeñas
miserias con las que nos amargamos la vida. Todo queda reducido a una sola
pregunta: ¿y ahora qué?
Y ahí aparece Dios.
Pues, también es cierto y, que me perdonen los teólogos,
porque muchos nos acordamos del Todopoderoso cuando la cosa se pone fea. Cuando
tiembla la tierra, cuando llega la enfermedad, cuando se nos viene encima una
desgracia o cuando el susto nos deja sin palabras, hasta el más descreído busca
hacia arriba. En cambio, cuando todo está tranquilo, volvemos a nuestras
ocupaciones como si nada hubiera pasado ¡Así somos!
Ese sacudón del 11 de agosto inevitablemente
nos devuelve la memoria a aquella triste mañana del 31 de marzo de 1983, cuando
Popayán amanecía como tantas veces: con su lentitud solemne, sus calles
blancas, sus iglesias, sus campanas y, ese recogimiento particular de la Semana
Santa.
A las ocho y tantos minutos de la mañana,
cuando el incienso todavía parecía suspendido en el aire y los pasos de los
fieles seguían el ritmo de una tradición que venía de siglos, la tierra decidió
interrumpir la historia.
Fueron apenas unos segundos.
Pero, vaya ¡qué segundos!
El suelo rugió con una fuerza que nadie
esperaba. Las paredes de tapia y ladrillo comenzaron a venirse abajo. Las
campanas se mezclaron con el estruendo de los muros al caer. El polvo se
apoderó de las calles, de las plazas y de los recuerdos. La Ciudad Blanca,
nuestra Ciudad Blanca, quedó cubierta de un gris que todavía hoy parece vivir
en la memoria de quienes padecieron aquella tragedia.
¡Popayán quedó herida!
Y profundamente herida.
Han pasado 43 años y todavía hay familias que
recuerdan dónde estaban, qué hacían y a quién buscaban cuando la tierra decidió
sacudirles la vida. El terremoto de 1983 no fue solamente la caída de casas,
iglesias y edificios. También se llevó seguridades, ilusiones y una parte de
aquella Popayán que parecía eterna.
Por eso el temblor de ahora no es un asunto
lejano para los payaneses. Aquí sabemos que la tierra no avisa. No manda carta,
no pide permiso y tampoco respeta calendario.
¡Colombia tiembla!
Colombia vive sobre un territorio con una
importante amenaza sísmica. No es una novedad ni una sorpresa. El Servicio
Geológico Colombiano ha desarrollado modelos de amenaza precisamente para
conocer las zonas expuestas y orientar las decisiones de prevención y reducción
del riesgo.
Y aquí aparece el asunto que debería
preocuparnos tanto como el movimiento de la tierra: ¿estamos realmente preparados para
cuando vuelva a ocurrir?
Porque una cosa es que tiemble la tierra y
otra, muy distinta, que se nos caigan las construcciones encima.
Colombia cuenta desde hace años con normas de
construcción sismorresistente. La Ley 400 de 1997 estableció disposiciones en
esta materia y el Decreto 33 de 1998 adoptó el Reglamento de Construcciones
Sismorresistentes NSR-98. Posteriormente, estas disposiciones han sido
actualizadas, hasta llegar al reglamento actualmente vigente y sus
modificaciones.
Entonces la pregunta ya no es solamente si
existen normas.
La pregunta es otra, y bastante más incómoda:
¿Se cumplen?
Porque de nada sirve tener reglamentos muy bien
escritos, archivados en oficinas impecables, si a la hora de levantar una
edificación alguien decide ahorrar en hierro, cemento, diseño, supervisión o
control.
Un terremoto no distingue entre una obra bien
construida y una hecha a la carrera. Pero sí deja en evidencia las diferencias.
Después de cada tragedia
aparecen las mismas preguntas: ¿Quién controló? ¿Quién autorizó? ¿Quién
supervisó? ¿Se cumplieron las normas? ¿Las edificaciones tenían las condiciones
necesarias para soportar un movimiento de semejante magnitud? ¿Están preparadas
nuestras ciudades para responder con rapidez cuando ocurra otra emergencia?
Y hay una pregunta todavía más de fondo:
¿Tenemos instituciones
capaces de prevenir la tragedia antes de que ocurra y no solamente de contar
los muertos después de que ocurre?
Porque aquí está el meollo del asunto.
No podemos impedir que la tierra tiemble. Eso
no está en nuestras manos. Pero sí podemos reducir el número de víctimas,
revisar las construcciones, exigir el cumplimiento de las normas, fortalecer
los organismos de socorro, preparar a las comunidades y dejar de mirar la
prevención como un asunto para cuando haya plata, tiempo o ganas.
La tierra seguirá haciendo lo suyo, ¿habrá una
gran réplica?
Nos corresponde a nosotros hacer lo nuestro.
Y después del tremendo
sacudón del 11 de agosto, quizá convenga mirar al cielo, agradecer que estamos
vivos y hacer una oración. Pero, acto seguido, sería bueno mirar también hacia
abajo, revisar los cimientos y preguntarnos, como buenos patojos: Será que, para la próxima vez, ¿sí
estamos preparados?
Civilidad, (según HDG) Dios
puede ayudarnos en la emergencia. Pero los cimientos, señores constructores,
toca hacerlos bien desde antes.

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