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domingo, 22 de marzo de 2026

"Hasta que la muerte los separe"

 


En una época como la nuestra, donde casi todo se mide con el metro frío de la eficiencia, la productividad o la lógica inmediata, surge una pregunta que puede parecer extraña, incluso incómoda: ¿Qué hacemos con el amor cuando la persona amada ya no está? ¿Dónde queda ese sentimiento cuando la vida nos enfrenta a la ausencia definitiva?

Tal vez por eso la antigua fórmula de los votos matrimoniales conserva todavía una fuerza simbólica extraordinaria. En la ceremonia católica, cuando el sacerdote une a los esposos, pronuncia una frase que todos hemos escuchado alguna vez: “hasta que la muerte los separe”. En apariencia, la sentencia delimita el final del vínculo: la unión dura mientras ambos vivan.

Pero la experiencia humana suele desmentir la literalidad de esas palabras. Porque hay amores que no se extinguen con la muerte. Cambian de forma, se transforman, se vuelven memoria, presencia silenciosa, compañía invisible. El vínculo físico desaparece, pero el sentimiento encuentra otros caminos para seguir existiendo.

Lo atestiguo desde la experiencia personal. El duelo es un proceso íntimo y distinto para cada quien. Sin embargo, con el paso del tiempo uno comprende que el amor verdadero no desaparece; simplemente se transforma. La soledad enseña mucho: la tristeza puede convertirse en gratitud, el silencio en recuerdo, y la ausencia en una forma distinta de presencia. Pues, el amor que sobrevive a la muerte ya no espera nada a cambio. No discute, no compite, no se defiende. Se vuelve memoria viva. Habita en los pequeños rituales cotidianos del que se queda: en una canción que se recuerda, en una palabra, pronunciada en voz baja, en los gestos sencillos con los que se honra a quien partió.

Hoy hace seis años murió mi esposa. Desde entonces, domingo tras domingo la visito. Pocas veces he faltado. Allí, frente a su tumba, le hablo en voz baja: le cuento de los hijos, del trabajo, de lo que me alegra o me preocupa. A veces parece un diálogo conmigo mismo; otras veces siento que está a mi lado, y que, en el silencio, también me responde. Hay días en que le escribo como hoy. En otros, le canto las canciones que le gustaban, hasta que inevitablemente se me escapa una lágrima. Algunos dirán que es una locura. No me incomoda. Si es locura, es una locura de amor. Es mi manera de seguir compartiendo con ella, de prolongar una conversación que la muerte no logró interrumpir del todo; en la soledad sus recuerdos me hacen compañía.

Vivimos en una sociedad que insiste en que el duelo debe superarse, que hay que “pasar la página”, que el recuerdo debe ceder paso al olvido para seguir adelante. Pero la vida me ha enseñado algo distinto: hay cosas que no se superan. Se llevan consigo. Se llevan con dignidad, con memoria, con gratitud. Porque el amor, en su misteriosa capacidad de transformación, encuentra siempre la manera de permanecer. Ya no en la presencia física, sino en la huella profunda que deja en el alma. Y quizás esa sea la forma más pura del amor: aquella que, incluso después de la muerte, sigue viviendo en quien la recuerda. Con el paso del tiempo el recuerdo no desaparece; a veces se vuelve más intenso. Tal vez por eso el duelo no termina: simplemente se aprende a convivir con la vida. Final del formulario

Civilidad: Con el tiempo, la persistencia del recuerdo se vuelve más agudo, indicando que el duelo no termina.

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 21 de marzo de 2026

Amor Eterno

 

 Amor Eterno
                                                          
                                                            Amor Eterno


Te amo,
todavía te amo,
como si el tiempo no supiera
cómo arrancarte de mí.
Te amo
en todos los días de Dios,
en cada hora que insiste
en recordarme tu nombre.
Sé dónde habitas:
en ese rincón callado
donde la soledad se vuelve diálogo
y tu voz, mi consuelo.
Te busco
en el silencio que dejas,
y allí hablamos,
como si nunca te hubieras ido.
Sin ti
no sería yo,
sería apenas un eco
de lo que fuimos.
Pero sé
que un día de Dios,
cuando el tiempo se rinda,
volveremos a abrazarnos.
Y entonces,
para siempre,
será mi amor.

  •                                              21 de marzo de 2026

 

viernes, 20 de marzo de 2026

"Hasta que la muerte los separe"

 


En una época como la nuestra, donde casi todo se mide con el metro frío de la eficiencia, la productividad o la lógica inmediata, surge una pregunta que puede parecer extraña, incluso incómoda: ¿Qué hacemos con el amor cuando la persona amada ya no está? ¿Dónde queda ese sentimiento cuando la vida nos enfrenta a la ausencia definitiva?

Tal vez por eso la antigua fórmula de los votos matrimoniales conserva todavía una fuerza simbólica extraordinaria. En la ceremonia católica, cuando el sacerdote une a los esposos, pronuncia una frase que todos hemos escuchado alguna vez: “hasta que la muerte los separe”. En apariencia, la sentencia delimita el final del vínculo: la unión dura mientras ambos vivan.

Pero la experiencia humana suele desmentir la literalidad de esas palabras. Porque hay amores que no se extinguen con la muerte. Cambian de forma, se transforman, se vuelven memoria, presencia silenciosa, compañía invisible. El vínculo físico desaparece, pero el sentimiento encuentra otros caminos para seguir existiendo.

Lo atestiguo desde la experiencia personal. El duelo es un proceso íntimo y distinto para cada quien. Sin embargo, con el paso del tiempo uno comprende que el amor verdadero no desaparece; simplemente se transforma. La soledad enseña mucho: la tristeza puede convertirse en gratitud, el silencio en recuerdo, y la ausencia en una forma distinta de presencia. Pues, el amor que sobrevive a la muerte ya no espera nada a cambio. No discute, no compite, no se defiende. Se vuelve memoria viva. Habita en los pequeños rituales cotidianos del que se queda: en una canción que se recuerda, en una palabra, pronunciada en voz baja, en los gestos sencillos con los que se honra a quien partió.

Hoy hace seis años murió mi esposa. Desde entonces, domingo tras domingo la visito. Pocas veces he faltado. Allí, frente a su tumba, le hablo en voz baja: le cuento de los hijos, del trabajo, de lo que me alegra o me preocupa. A veces parece un diálogo conmigo mismo; otras veces siento que está a mi lado, y que, en el silencio, también me responde. Hay días en que le escribo como hoy. En otros, le canto las canciones que le gustaban, hasta que inevitablemente se me escapa una lágrima. Algunos dirán que es una locura. No me incomoda. Si es locura, es una locura de amor. Es mi manera de seguir compartiendo con ella, de prolongar una conversación que la muerte no logró interrumpir del todo; en la soledad sus recuerdos me hacen compañía.

Vivimos en una sociedad que insiste en que el duelo debe superarse, que hay que “pasar la página”, que el recuerdo debe ceder paso al olvido para seguir adelante. Pero la vida me ha enseñado algo distinto: hay cosas que no se superan. Se llevan consigo. Se llevan con dignidad, con memoria, con gratitud. Porque el amor, en su misteriosa capacidad de transformación, encuentra siempre la manera de permanecer. Ya no en la presencia física, sino en la huella profunda que deja en el alma. Y quizás esa sea la forma más pura del amor: aquella que, incluso después de la muerte, sigue viviendo en quien la recuerda. Con el paso del tiempo el recuerdo no desaparece; a veces se vuelve más intenso. Tal vez por eso el duelo no termina: simplemente se aprende a convivir con la vida. Final del formulario

Civilidad: Con el tiempo, la persistencia del recuerdo se vuelve más agudo, indicando que el duelo no termina.

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 14 de marzo de 2026

Las cabañuelas de marzo

 



Las cabañuelas, son fruto de la sabiduría campesina constituyendo un método tradicional para pronosticar el comportamiento del clima. Hoy hago un símil con las “cabañuelas políticas” para intentar anticipar lo que vendrá en medio de la resaca poselectoral.

El Cauca votó. Y en muchos casos, lo hizo desde el enojo, el malestar o el miedo. Más de 450.914 votos para Cámara los caucanos acudieron a las urnas; sin embargo, de nuevo, la abstención de más del 50% terminó siendo la gran vencedora, castigando por igual a todos los partidos políticos. La lista de derrotados así lo demuestra. Incluso quienes lograron resistir el descalabro lo hicieron con evidentes señales de debilitamiento.

El ciclón electoral del pasado 8 de marzo dejó a la democracia caucana algo más magullada. Hoy el departamento muestra un descenso en su desempeño político y representativo, superando con creces a los pocos avances alcanzados. Según los resultados, el Cauca queda en una situación más precaria que antes: apenas contará con un senador, Ferney Silva del Pacto Histórico que superó las expectativas y resultó como la fuerza política ganadora de las elecciones en el Cauca.

La nueva etapa congresional se sostiene en apenas cuatro apoyos parlamentarios, históricamente débiles. Se trata de Jorge Hernán Bastidas, Luz Miryan Moncayo, Edgar Gómez y Víctor Armero, legisladores con limitada capacidad de influencia nacional, escaso margen de fiscalización y, en muchos casos, sujetos a una fuerte disciplina partidaria, al Ejecutivo o a distintos grupos de interés. Todo ello genera desequilibrios democráticos, fragilidad en las coaliciones y un control insuficiente sobre la gestión gubernamental, debilitando la función representativa y de contrapeso que debe ejercer el Congreso.

Así que, la nueva composición del Legislativo arranca con más preguntas que respuestas. Con los escrutinios electorales en la mano, ahora corresponde observar qué políticas se impulsarán, qué impacto tendrán las agendas de quienes resultaron vencedores y hasta dónde llegará la imprevisibilidad del actual gobierno. Sobre todo, si realmente estamos ante un nuevo liderazgo de cambio o simplemente frente a una nueva temporada de aspavientos y fuegos de artificio políticos.

Bien sabido es que, en toda democracia existe una necesaria supervisión mutua entre los poderes públicos. El control sobre el gobierno es fundamentalmente político: el Ejecutivo debe mantener la confianza del Congreso tanto en su orientación política como en su gestión concreta. Cuando esa confianza se pierde, el Legislativo dispone de mecanismos como la moción de censura para exigir responsabilidades. Además, el control parlamentario también se ejerce mediante interpelaciones, debates, solicitudes de información, citaciones a ministros, etc., así como a través del debate público amplificado por medios de comunicación.

Teniendo en cuenta que, Colombia tiene una cultura política demasiado débil con una larga tradición presidencialista y, que, además, es una nación aún en desarrollo institucional, surge una pregunta: ¿sería factible —y saludable— considerar un sistema de gobierno distinto, como el parlamentarismo o el semi presidencialismo?

Hoy cobra relevancia el sistema presidencialista. Con base histórica se ha demostrado una conflictividad entre presidentes y vicepresidentes. La figura de vicemandatario, designado o vicepresidente, en medio de su melancólico aburrimiento, ha deambulado como alma en pena por la Casa de Nariño, recibiendo el mismo sueldo, pero sin oficio alguno. En tal condición, la compañía de fórmula, ha sido incómoda y ha generado momentos conflictivos. Siendo un cargo de suma importancia porque nadie tiene la vida comprada. En el entendido de que, el vicegobernante debe tener las mismas calidades del presidente, pues, en caso de falta absoluta del titular, es el encargado de ejercer con idoneidad el poder.

Lo único positivo de las crisis políticas, es que obligan a revisar las fallas del diseño institucional. En tiempos de normalidad, rara vez existe el interés de cuestionar las debilidades del sistema. El presidencialismo, por ejemplo, concentra un enorme poder en el jefe del Estado, quien al mismo tiempo es jefe de gobierno y suprema autoridad administrativa. Acumulación de funciones que suele inclinar la balanza en favor del Ejecutivo, debilitando el equilibrio entre los poderes públicos, afectando el sistema de frenos y contrapesos que sostiene a toda democracia.

Así las cosas, el nuevo Congreso colombiano para el período 2026–2030, su escenario será de fuerte polarización. Tanto el Pacto Histórico, en la izquierda, como el Centro Democrático, en la derecha, se fortalecieron, pero ninguno alcanzará mayorías absolutas. El equilibrio de poder dependerá entonces de los partidos tradicionales y de las fuerzas menores, que serán decisivos para aprobar o bloquear las reformas.

Ahora, en este capítulo político, la figura vicepresidencial como método sucesoral al poder ejecutivo, empieza a mostrar con mayor claridad sus contornos, sus fracturas y sus apuestas de fondo. Y, como en las viejas cabañuelas de nuestros campesinos, los primeros días del año político suelen anticipar —aunque nunca con certeza absoluta— el clima que nos espera en los meses por venir.

Civilidad: Las cartas están echadas, ahora el horizonte se centra en la formación de bloques definidos que competirán por la presidencia.

sábado, 7 de marzo de 2026

¡A votar!

 


Hoy Colombia vive una nueva jornada electoral, una de esas fechas en las que la democracia deja de ser un concepto abstracto para convertirse en un ejercicio concreto de ciudadanía. En este escenario, dos instituciones fundamentales del sistema electoral colombiano vuelven a ponerse a prueba bajo las facultades que les confiere la Constitución Política de 1991: el Consejo Nacional Electoral (CNE) y la Registraduría Nacional del Estado Civil.

El trabajo armónico, coordinado y autónomo entre estas entidades resulta clave no solo para definir el rumbo político inmediato del país, sino también para medir el nivel de madurez institucional y las tensiones sociales que atraviesan nuestra vida democrática. Juntas establecen y publican el calendario electoral, y son responsables de garantizar que el certamen transcurra bajo las reglas de juego que fortalecen la confianza ciudadana.

Mientras el Consejo Nacional Electoral ejerce funciones de vigilancia sobre los partidos políticos, las campañas y la financiación electoral, velando por el cumplimiento de la normatividad vigente; la Registraduría asume la compleja tarea operativa: organizar las elecciones, imprimir las tarjetas electorales, instalar las mesas de votación y adelantar el conteo de los votos. Dos roles distintos, pero complementarios, que convergen en un mismo propósito: asegurar elecciones transparentes y confiables.

Al cierre de esta jornada, ambas instituciones deberán responderle con franqueza a la sociedad colombiana. Deberán demostrar que sus servidores públicos, con vocación de servicio, conocimiento de la ley y compromiso con la transparencia, ofrecieron una atención oportuna y eficaz a los electores. Que la normatividad electoral no fue un obstáculo, sino una herramienta para fortalecer la democracia, garantizar la rendición de cuentas, promover la inclusión y ampliar la participación política bajo criterios de respeto a las reglas y pluralismo.

En este proceso, el Estatuto de la Oposición cobra especial relevancia, al ampliar las garantías para el ejercicio político de quienes no hacen parte del gobierno, reafirmando que la diferencia no es una amenaza, sino un valor democrático esencial. La contienda electoral, entendida desde el respeto y la diversidad, es una vía para construir cotidianamente un Estado Social de Derecho y avanzar hacia una paz sustentada en la civilidad.

En la jornada de hoy, los ciudadanos participan en consultas interpartidistas y de coaliciones para la elección de candidatos presidenciales, y eligen un nuevo Congreso de la República, órgano bicameral integrado por el Senado y la Cámara de Representantes, que ejercerá sus funciones durante los próximos cuatro años. De la composición de este Congreso dependerán, en buena medida, la viabilidad de las reformas, el control político y el equilibrio de poderes que exige la democracia.

No está de más, recordar que el voto no es solo un derecho, sino también un deber ciudadano. Así lo establece la Ley 403 de 1997, al señalar que la participación electoral constituye una actitud positiva de apoyo a las instituciones democráticas y debe ser reconocida, facilitada y estimulada por el Estado. En fin, votar es, en esencia, un acto de civilidad. Quien ejerce su derecho al sufragio no solo defiende la democracia, sino que asume su responsabilidad frente al presente y el futuro del país. En tiempos de desconfianza y polarización, acudir a las urnas sigue siendo el gesto más claro de compromiso con la vida institucional y con la posibilidad de una sociedad más justa y participativa.

Antes de ir a votar, debemos cuestionarnos sobre las adversidades y la visión que tenemos, analizando propuestas y proyectos de cada candidato, reflexionando sobre lo que más le conviene al país para proceder a votar por quien creemos será la mejor opción.

 Civilidad: Votar, es el mejor ejercicio para promover y defender la democracia y, si elegimos con convicción tendremos paz. 


 

sábado, 28 de febrero de 2026

Otra vez, lo mismo, pero en este tiempo

 



Cada vez que se aproxima un ciclo electoral en Colombia reaparece, con renovado entusiasmo retórico, una promesa conocida repetidamente: acabar con la corrupción. Vuelve y juega la cantaleta. Casi una centena de precandidatos encaramados al bus de las aspiraciones presidenciales convencidos —o al menos así lo proclaman— de que poseen la fórmula para erradicar uno de los males más persistentes del país. Sin embargo, pasada la contienda, la experiencia nos enseña que esas consignas se disuelven con la misma rapidez con la que fueron pronunciadas. El primer síntoma de esta penosa enfermedad, es que vamos, en cual frágil navecilla entre revueltas olas y, l
a corrupción está enquistada en todos los niveles y ningún partido puede tirar la primera piedra.

Conviene entonces hacer una pausa de conciencia y pedagógica para mirar el problema con mayor profundidad. La corrupción no es un fenómeno nuevo ni exclusivo de una administración o de un sector político. Es una realidad compleja, cambiante y profundamente arraigada en la vida cotidiana del país. No se limita a los grandes escándalos que copan titulares; también se expresa en prácticas pequeñas, repetidas y normalizadas, que afectan silenciosamente la confianza social y el funcionamiento del Estado.

Las cifras ayudan a dimensionar el problema. La Contraloría General de la Nación ha advertido que la corrupción le cuesta al país cerca de 50 billones de pesos al año. Suma que permitiría financiar reformas estructurales largamente aplazadas. No se trata, pues, de una “bicoca”, sino de un drenaje permanente de recursos que pertenecen a todos los colombianos.

Pero reducir el debate a la denuncia de funcionarios corruptos sería incompleto. Como bien lo han señalado distintos analistas, la corrupción no es solo un vicio del  político posando de impoluto con quien se va a transformar esta nación; es un reflejo de prácticas sociales toleradas y, en ocasiones, justificadas. Por ejemplo: el llamado “pago facilitador”, el atajo para agilizar un trámite, la evasión y elusión “menor” de una norma, que terminan conformando un engranaje que encarece los procesos y debilita la ética colectiva.

Colombia es, paradójicamente, un país con abundante legislación anticorrupción, pero con escasa aplicación efectiva. La consigna popular lo resume con crudeza: “norma dictada, trampa inventada”. Sin una ciudadanía comprometida y consciente, las leyes por sí solas resultan insuficientes.

Por eso, cuando se habla de barrer la corrupción “de arriba hacia abajo”, es necesario aclarar que la limpieza también debe empezar por casa. La formación en valores no es un discurso abstracto; es un proceso que inicia en la familia, se refuerza en la escuela y se consolida en la vida laboral, social y comunitaria. La honestidad se aprende, así como también se aprenden las malas prácticas cuando se normalizan.

Saltarse la fila, parquear donde no se debe, pedir que no facturen, sacar la basura fuera de horario o evadir impuestos son ejemplos cotidianos de una corrupción actitudinal que, aunque parezca menor, erosiona la civilidad y la convivencia. En democracias frágiles, estas conductas se multiplican y terminan extendiéndose a redes más grandes de ilegalidad.

De cara al nuevo debate electoral, más que preguntar quién promete castigar a los corruptos, quizá deberíamos preguntarnos quién está dispuesto a liderar un proceso serio de reconstrucción ética y cívica. Pero, combatir la corrupción no es solo una tarea del próximo gobierno: es un desafío colectivo que exige coherencia entre lo que se dice, lo que se vota y lo que se hace cada día. Solo así la corrupción galopante dejará de marcar el rumbo del país.

Pero, una cosa muy importante que debemos tener en cuenta, es que, hay que votar para integrar el Congreso para que haga control. Así que el Ejecutivo puede presentar reformas tributarias, pero es el Congreso el que decide. Igual ocurre cuando presenta el presupuesto nacional, también es el Congreso el que resuelve cómo se reparten esos dineros.  Recordemos que todos los temas sociales como salud, educación o seguridad ciudadana pasan por decisiones que se toman en el Congreso.

Civilidad: Atacar la corrupción, es una condición indispensable, aunque no suficiente para reducir la pobreza, liberando recursos públicos desviados para inversión social infraestructura y servicios básicos.

sábado, 21 de febrero de 2026

Pisando calles ...y callos

 

Uno levanta la mirada al cielo —no por misticismo sino para esquivar un motorizado— y para agradecer el haber nacido en este terruño de amores y dolores: Popayán, ciudad bella por decreto divino y por terquedad humana. Bella, sí. Disfrutable… bueno, eso depende de la hora, del tráfico y del humor del peatón.

Tuve el privilegio de caminar por sus calles empedradas y de conocer también a su prima moderna: la aplanadora. Esa máquina de carbón que vino a decirnos que el progreso no pide permiso. Cerca del centro histórico, donde lo colonial convive con lo improvisado, se alzaba orgullosa la estación del ferrocarril, inaugurada en 1924 y despedida en 1967. El tren se fue, pero el recuerdo quedó… y también el terreno, esperando a ver qué será cuando sea grande.

Siete cuadras más abajo encontramos la plaza de toros Francisco Villamil Londoño, auténticamente española, con aforo para 6.500 personas y hoy con capacidad ilimitada para el abandono. Lleva años en proceso liquidatorio, demostrando que en Popayán hasta las ruinas saben hacer fila.

No falta quien diga —con tono visionario y ceño fruncido— que ya es hora de que Popayán deje de vivir de su historia y empiece a evolucionar. ¡Tranquilos!: sus plegarias han sido escuchadas. La ciudad cambia todos los días. Donde hubo teja, ahora hay Eternit. Donde hubo silencio, ahora hay anuncios rodantes con parlantes capaces de despertar difuntos (ironías del destino). Enantes era solo el grito de -¡mazamorra! Donde había carteles pegados con engrudo anunciando cine o funerales, hoy tenemos pendones, vallas, y publicidad política móvil que comunica de todo… menos orden.

La modernidad también trajo racimos de niños pidiendo limosna; malabares, limpia parabrisas, desplazados pidiendo ayudas y, motociclistas que consideran las esquinas como propiedad privada. También, vendedores que, junto a habitantes de calle, han decidido que el andén es una sugerencia, no una obligación. Los peatones, por supuesto, hemos evolucionado: ahora caminamos por la calle, que es más emocionante.

La autoridad tampoco se quedó atrás, jóvenes policías, expertos en esquivar el oficio mientras perfeccionan la técnica milenaria de mirar el celular con expresión profunda. Seguridad ciudadana en línea.

Cómo quisiera volver a recorrer las calles de antaño, cuando caminar por Popayán era una clase de historia y no una prueba de obstáculos. Eran tiempos, cuando no existían internet ni celulares, pero sí el tiempo para mirar fachadas y aprender sin Wi-Fi.

Esta ciudad fue pensada como lugar de descanso para viajeros rumbo a la corona española. Prosperó durante más de un siglo gracias a grandes terratenientes y manos esclavas, hasta que el 21 de mayo de 1851 la historia —y la ley— decidió liberar a todos los esclavos. Desde entonces, Popayán vive en una eterna promesa de prosperidad que se evapora con admirable puntualidad, mientras sus habitantes aprendemos el arte de ser esclavos modernos: con título universitario y salario mínimo vital móvil. Aunque en la ciudad, universidades hay por cada esquina, igual que iglesias por cada cuadra y su casco central lleno de historia patria… bueno, eso sigue en oración. Las casas ya no miran a la calle sino hacia adentro, como si a la ciudad le diera un poco de pena. Ya no somos aquel pueblo colonial de caserones con grandes aldabones y, más allá las casitas bajas y pajizas, distribuidas por la concentración de recursos en élites criollas o tradicionales a lo largo del tiempo.  Ahora somos internacionales: pizza, hot dog, sushi y lo que falta…la inteligencia artificial (IA) y el aprendizaje automático (AA) que ya no son solo palabras de moda. El celular nos acercó al mundo, aunque nos alejó del andén.

Civilidad: Popayán ha cambiado. Seguimos pisando sus calles… y, de vez en cuando, callos también.


 

 

 


sábado, 14 de febrero de 2026

Ciudad de locos

 


La ciudad despierta cada mañana con la misma pregunta sin respuesta: ¿en qué momento la locura dejó de ser una metáfora y pasó a convertirse en costumbre?

No se trata del municipio de Sibaté ni de su historia hospitalaria. Esta “ciudad de los locos” es otra: una urbe de riqueza histórica, pasión antigua y habitantes resilientes, a la que alguien, en un arrebato de ingenio mal entendido, decidió resignificarle el apodo hasta convertirlo en estigma. Con el paso de los siglos, la locura dejó de ser un relato pintoresco para convertirse en identidad negativa, casi en destino colectivo.

La historia ofrece señales tempranas. A un visionario de otra época se le ocurrió dinamitar la hermosa estación del ferrocarril —símbolo de progreso y memoria— para darle paso a las chivas, camiones escalera adaptados artesanalmente al transporte rural, hoy convertidos en emblema cultural, pero nacidos de una decisión irreversible. A otro monumento de la ciudad le taparon la boca, como si el silencio impuesto pudiera domesticar la palabra de un arzobispo de intelecto excepcional, carácter magnético y audacia suficiente para incomodar a su tiempo.

Desde entonces, las campanas dejaron de tañer. Algunos explican su ausencia como una pausa pastoral: callar para actuar con mayor sabiduría, dejar que los hechos hablen. Pero el reloj detenido cuenta otra historia. Un tiempo comunitario suspendido, una ciudad que se queda mirando el pasado mientras el presente se atasca. Cuando el reloj se para, no solo se detienen las horas: se estanca la energía, la tradición se descuida y la evolución se vuelve imposible.

En este manicomio urbano, la plaga más visible no es el olvido, sino el volante. Los locos al volante gobiernan las calles: insultos, broncas, gestos obscenos. Incluso los más serenos mutan en conductores belicosos. El aumento del parque automotor ha convertido el desplazamiento diario en una prueba de resistencia, donde más vehículos significan más confrontaciones y menos paciencia.

Las calles extenuadas son testigos del caos: exceso de velocidad, cambios bruscos de carril, semáforos ignorados, cebras invisibles, distancias de seguridad inexistentes. Los insultos brotan con la misma facilidad que la ira, y no son pocos los casos en que una discusión de tráfico termina en machete o puñal. La violencia, como la locura, encuentra en la vía pública su escenario cotidiano; no falta el fleteo como modalidad de hurto.

La insatisfacción se cuela por cada esquina. Un conductor habla por celular mientras conduce; otro acelera con sus hijos a bordo, confundiendo la necesidad económica con una temeridad criminal. La adrenalina gobierna, el sentido común abdica.

Y como si no bastara, el ruido. Escapes de motos que rugen como declaración de inmadurez, frenos de motor que revientan el silencio del centro histórico, pitos que desatan furias ajenas. El ruido se convierte en lenguaje, y el lenguaje, en agresión.

Al final, todos somos parte del tráfico. Sin excepción. Peatones, motociclistas, conductores, pasajeros. Pero la civilidad parece haberse extraviado entre bocinas y semáforos en rojo. Respetar las normas no es un acto de cortesía: es una urgencia colectiva.

Civilidad: Tal vez la locura de esta ciudad no esté en sus apodos ni en su historia, sino en la incapacidad de convivir. Y mientras no recuperemos el respeto por el otro, el reloj seguirá detenido y la ciudad, atrapada en su propio delirio.

 

 

 

 

sábado, 7 de febrero de 2026

El viacrucis de los medicamentos (estación Popayán)

 


Esto que voy a contar no es cuento de camino ni exageración de cafetería. Es verdad de a puño… y, de esos puños que les caen a diario a los afiliados de la Nueva EPS en Popayán. Aquí no hablamos de fe ni de milagros, sino del viacrucis de los medicamentos, ese peregrinaje moderno donde uno carga la cruz, hace fila y al final… no hay resurrección.

Antes, malo que bien, el viejo Seguro Social funcionaba. No era perfecto, pero uno salía con la droga completa y sin sentir que estaba pidiendo limosna. Luego llegó la Ley 100, la modernidad, la eficiencia y todo ese discurso bonito. Nació la Nueva EPS, heredera del ISS, y con ella los dispensarios. Con DISFARMA, por lo menos, algo se resolvía. Pero de repente, como pasa en este país, el contrato cambió de manos y cayó en MENAR. ¿Por qué? Misterios insondables. ¡Averígualo, Vargas!

Ahí comenzó la romería. Porque aquí la salud no espera, pero el sistema sí… y bastante. En Popayán, ir por medicamentos es una prueba de resistencia física, mental y espiritual. Desde las cuatro o cinco de la mañana ya hay fila, termo en mano, ruana si acaso y la esperanza intacta. Seis horas después le dan a uno un numerito, como si fuera rifa de feria. Y cuando por fin llega al mostrador, le dicen: de siete medicamentos, solo hay uno. Los otros cinco están “pendientes” —palabra elegante para decir no hay— y el sexto necesita un “código”.

¡Ah, el famoso código! Entonces lo mandan a otra sede, lejos, muy lejos, como si Popayán fuera Nueva York. Otra fila, otro turno y la misma respuesta: “el código le llega por correo en cinco días”. Cinco días que, para un paciente cardíaco o diabético, suenan a eternidad. Así, la incertidumbre se vuelve parte del tratamiento.

Aquí no hay dolientes. Lo que hay es importaculismo puro: no importa el usuario, no importa el riesgo, no importa nada. Y también hay sacaculismo, porque el paciente sale con las manos vacías, el recibo de pendientes y la paciencia hecha trizas. Nadie se conmueve. Nadie responde.

Esta crisis no es para un debate técnico ni una pelea ideológica. Aquí los perjudicados son los de siempre: trabajadores, pensionados, gente de a pie, familias enteras que madrugan, se mojan, pasan frío, hambre y hasta se desmayan en la puerta del dispensario. Todo por un medicamento que ya fue ordenado por un médico.

Civilidad: El periodismo no puede mirar para otro lado ni escribir con tibieza mientras recibe pauta. Porque en este viacrucis, Popayán ya va por demasiadas estaciones… y la salud, definitivamente, no debería ser una penitencia

domingo, 1 de febrero de 2026

Todo ha subido...

 



Decir que “todo ha subido” no es una exageración retórica ni una simple queja cotidiana. Es una frase que recoge la percepción generalizada de millones de hogares colombianos frente al aumento sostenido del costo de vida. Detrás de esa expresión coloquial se esconde una realidad económica concreta: la inflación y el impacto que esta tiene sobre el ingreso real de los trabajadores.

En Colombia, el salario mínimo legal constituye el piso obligatorio que los empleadores deben pagar a sus trabajadores. Su finalidad es clara: garantizar una retribución justa que permita cubrir necesidades básicas como alimentación, vivienda y salud, proteger al trabajador de la explotación y contribuir a una vida digna. Además, busca asegurar ingresos vitales, mejorar la productividad y reducir la desigualdad social.

A partir del 1.º de enero de 2026, el salario mínimo tuvo un incremento del 23,7 %, fijándose en $1.750.905, suma que, al adicionarse el auxilio de transporte de $249.095, completa un ingreso mensual de $2.000.000. Se trata de una decisión gubernamental que ha generado posiciones encontradas. Para algunos, representa un avance significativo en el poder adquisitivo de los trabajadores y un paso hacia la reducción de la pobreza; para otros, supone un alto riesgo por sus posibles efectos inflacionarios, el aumento de la informalidad y el desempleo.

Quienes defienden este incremento sostienen que no se trata simplemente de una cifra, sino de una corrección histórica. El argumento es conocido: al aumentar el ingreso de la clase trabajadora —que tiene una alta propensión al consumo— se dinamiza la demanda de bienes y servicios básicos, lo que puede impulsar el comercio interno, al menos en el corto plazo. Desde esta perspectiva, el consumo actúa como motor de la economía.

Sin embargo, el contexto estructural del país no puede ignorarse. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), Colombia continúa siendo uno de los países más desiguales del grupo. De allí que un aumento sustancial del salario mínimo busque acercar el ingreso real al costo efectivo de la canasta familiar y dar cumplimiento al mandato constitucional de una remuneración “móvil y vital”, orientada a cerrar la brecha social.

La frase “todo ha subido” cobra aquí pleno sentido. No solo es gramaticalmente correcta, sino que describe con precisión el aumento generalizado de precios que experimentan los hogares. Aunque a veces se tacha de hipérbole, expresa una realidad sentida: múltiples bienes y servicios cuestan más, y esa percepción social se convierte en un indicador fiable del comportamiento del mercado.

La explicación económica es sencilla: si las personas disponen de más dinero y la oferta de bienes y servicios no crece al mismo ritmo, los precios tienden a subir. El incremento de la demanda, sin una expansión equivalente de la producción, termina presionando al alza los costos.

Además, el aumento del salario mínimo impacta directamente otros rubros. Se incrementan los costos en seguridad social, aportes parafiscales, matrículas educativas, multas, arriendos, trámites notariales, transporte y servicios indexados. Buena parte de la canasta familiar, cerca del 60 %, está atada al IPC, lo que hace que el ajuste salarial se traduzca casi automáticamente en mayores precios para el consumidor final.

A ello se suman factores externos e internos: disrupciones en las cadenas de suministro, conflictos internacionales como la guerra entre Rusia y Ucrania, políticas arancelarias, brotes de enfermedades, condiciones climáticas adversas y, de manera persistente, la violencia, que encarece la vida, reduce la inversión y limita el crecimiento económico.

En este escenario, el debate no debería plantearse en términos absolutos. No se trata de defender o rechazar el aumento del salario mínimo como una verdad única, sino de reconocer la complejidad del equilibrio que el país necesita. El desafío consiste en armonizar el crecimiento empresarial con el bienestar social, proteger el ingreso de los trabajadores sin asfixiar la capacidad productiva y evitar que el remedio termine profundizando los mismos problemas que se busca corregir.

Esa es, en el fondo, la discusión que se esconde detrás de una frase tan simple y tan poderosa como: todo ha subido.

Civilidad: No se trata de elegir una teoría de forma absoluta, sino de equilibrar el crecimiento empresarial con el bienestar social.

 

jueves, 29 de enero de 2026

 




¡Vital!

Algo de lluvia
debe caer.
Mañana
vuelve a llover.
Llueve y llueve,
el diluvio existió,
el agua al mar llegó.
Sin agua
vida no hay.
Ayer llovió.
Y otra vez,
vuelve a llover.

HDG. 29 enero 2026

sábado, 24 de enero de 2026

Aprendiendo a cocinar letras

 


Es cierto, en cualquier acto de la vida cívica, se requiere el dominio de la escritura. Estimaciones resientes calculan que en Colombia hay aproximadamente 1.8 millones de personas analfabetas. De allí que, en el contexto de escribir, significa más que conocer el abecedario, saber juntar las letras para redactar una frase. Es una tarea ardua, porque es como edificar una casa. No solo en el sentido literal, colocar ladrillo a ladrillo con cimientos sólidos y bien diseñados. Igualmente, quienes escribimos, quedamos indefensos ante la hoja en blanco, con miedo a la página vacía y, ansiosos por no tener ideas o por hacer algo mediocre.

Entonces, me valgo del arte de la ebanistería y la culinaria para explicar este tema. En general, la formación en la escritura se aprende escribiendo. La que adquirimos, la mayoría es fragmentaria, por no decir pobre; redactar y revisar en un ir y venir. Algunas personas creen que los escritores nacen. No hay tal. Así como el carpintero aprende a tallar la madera. Así mismo, el vocablo escritor no tiene ningún misterio ni un prestigio inmerecido. Cualquier persona que hable, hablador, puede escribir lo que dice. Es válido decir, que lo mismo sucede con la sazón en la tradición culinaria en un variado menú. Adobar los productos y aprender a cocinar las letras, combinándolas para que resulte un buen plato, preparando las ideas para un excelente escrito. “Lo que no es tradición es plagio”.

Los seres humanos somos distintos; pero, el estilo es al autor, como el carácter es a la persona. De niño me enseñaron las primeras letras (a, e, i, o, u) y luego el abecedario. Con el transcurrir del tiempo, aprendí a unir las letras para formar palabras cortas y básicas, construyendo oraciones gramaticales: “mi mamá me ama”, “yo amo a mi mamá”. Y así, comprendí que podía leer lo que escribía y amar a quien quería. Tiempo después, tuve la facilidad de leer, comprender y memorizar la longitud de las frases. Así recuerdo ese impulso inicial, que siguió con la comprensión de lectura y, a entender la primera vez que leía. Eran mis primeros pasos, porque escribir es el proceso de transformar los pensamientos en letra impresa.

Sin equívoco, la lectura es el pilar para desarrollar habilidades de escritura, ya que amplía el vocabulario, mejora la gramática, la ortografía, y enseña estructuras narrativas y estilos. A diario recibo mucha influencia, de la lectura de periódicos, revistas y libros; pero aún, los preparativos no están todavía hechos para meterlos al horno. Falta mucho para describir las estrategias cognitivas que se utilizan para escribir. Hay que rebuscar las ideas que surgen de la reflexión, la conversación y entornos que estimulan la mente, como un proceso natural de asociación mental y creatividad de quien redacta y escribe. Es el uso de recetas en la composición de ideas que desembocan en la elaboración de un escrito con buena redacción. Así que el aprendizaje no se queda atrás, porque sigo manejando la preocupación por mejorar mi comunicación escrita. Así como el artista, tallador de madera vuelve y pule porque el tallado inicial deja una superficie rústica que necesita ser alisada y acabada con lijado y pulido. Igualmente, en conjunto considero, sin pretender ser exhaustivo, que parte de este escrito, lo que busca, en este año que inicia, es poder lograr una escritura más eficaz, clara, correcta, para plasmar mis ideas. Por ello, corrijo exhaustivamente a menudo cuando escribo, para pulir el texto, detectar errores que mi mente pasa por alto, asegurando que llegue a los lectores en su mejor versión. Es pues, todo un proceso vital para transformar un borrador en una obra acabada y efectiva. 

Civilidad: La importancia de escribir bien, radica en la necesidad de restaurar el valor comunicativo de nuestras ideas.