Esto que voy a contar no es cuento de camino ni exageración de cafetería. Es verdad de a puño… y, de esos puños que les caen a diario a los afiliados de la Nueva EPS en Popayán. Aquí no hablamos de fe ni de milagros, sino del viacrucis de los medicamentos, ese peregrinaje moderno donde uno carga la cruz, hace fila y al final… no hay resurrección.
Antes, malo que bien, el viejo Seguro Social
funcionaba. No era perfecto, pero uno salía con la droga completa y sin sentir
que estaba pidiendo limosna. Luego llegó la Ley 100, la modernidad, la
eficiencia y todo ese discurso bonito. Nació la Nueva EPS, heredera del ISS, y
con ella los dispensarios. Con DISFARMA, por lo menos, algo se resolvía. Pero
de repente, como pasa en este país, el contrato cambió de manos y cayó en
MENAR. ¿Por qué? Misterios insondables. ¡Averígualo, Vargas!
Ahí comenzó la romería. Porque aquí la salud no
espera, pero el sistema sí… y bastante. En Popayán, ir por medicamentos es una
prueba de resistencia física, mental y espiritual. Desde las cuatro o cinco de
la mañana ya hay fila, termo en mano, ruana si acaso y la esperanza intacta. Seis
horas después le dan a uno un numerito, como si fuera rifa de feria. Y cuando
por fin llega al mostrador, le dicen: de siete medicamentos, solo hay uno. Los
otros cinco están “pendientes” —palabra elegante para decir no hay— y el
sexto necesita un “código”.
¡Ah, el famoso código! Entonces lo mandan a otra
sede, lejos, muy lejos, como si Popayán fuera Nueva York. Otra fila, otro turno
y la misma respuesta: “el código le llega por correo en cinco días”. Cinco días
que, para un paciente cardíaco o diabético, suenan a eternidad. Así, la
incertidumbre se vuelve parte del tratamiento.
Aquí no hay dolientes. Lo que hay es importaculismo
puro: no importa el usuario, no importa el riesgo, no importa nada. Y también
hay sacaculismo, porque el paciente sale con las manos vacías, el recibo
de pendientes y la paciencia hecha trizas. Nadie se conmueve. Nadie responde.
Esta crisis no es para un debate técnico ni una
pelea ideológica. Aquí los perjudicados son los de siempre: trabajadores,
pensionados, gente de a pie, familias enteras que madrugan, se mojan, pasan
frío, hambre y hasta se desmayan en la puerta del dispensario. Todo por un
medicamento que ya fue ordenado por un médico.
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