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domingo, 1 de agosto de 2021

El Policía

 


En ese entonces, todos los barrios tenían una cancha de fútbol; desde luego, eran en las calles. Dos piedras grandes con la ropa de cada equipo hacían de porterías. Los enemigos de esos cotejos callejeros eran los vidrios de las casas vecinas y, la policía. Siendo prohibidos los “reñidos” futboleros, la “jaula” (patrullas) de la policía hacía frecuentes batidas decomisando balones. Cuando no podíamos esconder el balón, nos paralizábamos y, en silencio permanecíamos, mientras los policías nos miraban de arriba abajo; pero siendo todos habitantes del barrio, no pasaba nada.  El “tombo” de la esquina nos había abijado “la bola” (patrulla móvil). Por ese tiempo, existía el policía de la esquina. Él era como una extensión de los papás en la calle. Con traje de paño, kepis, botas bien lustradas y bolillo en mano, eran los encargados de la disciplina para hacer cumplir las normas. En verdad, la policía se encargaba de poner orden en la ciudad, por lo que, eran amigos, respetados y acatados.

En esta parte del tema, me refiero a un punto clave:  la relación policía-comunidad, como la imagen policial y su legitimidad ante la ciudadanía. No podemos ignorar que es un ser humano, un padre, un hijo, un hermano vestido de policía.  Ni tampoco desconocer que es, un asalariado, un empleado destinado a hacer que se mantenga el orden público y a garantizar la seguridad social de los ciudadanos. Muchas gracias muchachos por salvaguardar la ley y la democracia.

 

En materia de seguridad, no es fácil para las más altas autoridades, pues en todas las instituciones existe el elemento contaminado por el incumplimiento de las normas de probidad y profesionalidad. Ello afecta la disposición oficial para hacer las cosas bien y para reducir la antipatía que la ciudadanía siente hacia la institución. Pero, si no tuviéramos policías, jueces, fiscales, honestos, valerosos y eficientes o si se rindieran ante el crimen y a la corrupción, Colombia estaría condenada al  descrédito más desesperante y cruel.

 

Detractores de la policía, exageran la realidad, colocando su apreciación por encima de la misma, haciendo que la gente sienta fastidio, pensando que la situación sigue igual o peor que antes. Dicha actitud conlleva a rechazar el esfuerzo que intentan hacer los diferentes operadores de justicia, especialmente la Policía. Ello obliga a mediatizar algunas afirmaciones ubicándolas en su verdadero contexto. Por ejemplo, si la gente percibe que la Policía es corrupta, no significa que, necesariamente, que toda la Policía sea corrupta.

En este manicomio, cuyos guardianes son los policías, interesan los resultados concretos para definir la percepción de desempeño para disminuir la criminalidad. Al ciudadano indolente no le interesa saber si el incremento delincuencial se asocia al aumento poblacional, a la pérdida de valores, a falta de oportunidades o al crecimiento acelerado del desempleo. La gente decente, quiere residir en su casa o caminar tranquilo por las calles de la ciudad, sin correr el riesgo a ser robado, asaltado, herido o muerto. En últimas, si esto ocurre, lo menos que espera es que la Policía capture al delincuente y que se le aplique todo el peso de la Ley. Sin embargo, poco importa cuando el agresor del policía es detenido y, seguidamente, liberado por orden judicial. Siendo más radical, nada preocupa al ciudadano, si el policía se juega la vida diariamente; si está bien pagado o bien comido o si su vida y su integridad están garantizadas por un seguro adecuado; quizá, porque asume que ése es un problema del Estado y no el suyo. Meditan también, porque, “la contratación de agentes de policía debería ser revisada más cuidadosamente. Que, empatía, compasión y altruismo no son criterios que se tengan en cuenta por los órganos policiales a la hora de reclutar agentes"

Hablan mal del policía, sin imaginarse bajo qué escenarios, un agente de policía actúa frente al orden y el caos. No creen en los efectos del estrés del policía, con sus pulsaciones a mil por minuto, después de varios días de lucha contra manifestantes ligados a la violencia, tras un esfuerzo sobrehumano para detener al delincuente sin saber que arma porta en su mano y en su mente. La mayor parte de sus acciones se deciden en fracción de segundos. En tales condiciones un policial no tiene tiempo para recordar lo aprendido en las clases para enfrentarse a una situación de posible peligro. Hasta en su vida familiar se inquieta, cuando no puede soportar que su pequeño hijo, le apunte con su mano haciendo el gesto de una pistola sin que se le erice la piel.

En la línea de fuego, idiotas útiles: estudiantes, obreros, manifestantes, y policías se sacan los ojos y se matan. Arruga el alma, porque los colombianos anhelamos un pueblo sin moscas, un pueblo limpio, en medio de tanto excremento. Duele, porque todos somos hermanos, haciéndole mala cara a momentos tormentosos del régimen constitucional. ¡Como la ves! Los de abajo agitando las banderas, mientras los de arriba, legislan “al revés”.

Civilidad: Entre más peligrosos sean los días con sus noches, más policías se necesitan.

 

 

 

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