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domingo, 22 de agosto de 2021

Dolorosas son las despedidas

 

¡Ah! que tiempos tan diversos. Por distintos medios y, con intensidad, ella interviene en cualquier edad, raza, sexo, credo, quitando la paz derrotando el entusiasmo de vivir. ¡Dolorosas son las despedidas!, a la mía no le temo, ni me preocupa porque el final ha de llegar. Aquí la espero, ignorando el nombre de aquel esqueleto envuelto en un manto con guadaña en mano. Hace mucho tiempo, opté por no tenerle miedo. De cerca se ha asomado. He sentido que la vida se puede acabar en cualquier momento, porque es algo que uno no controla. Tenerle miedo es razonable cuando no tenemos el corazón limpio y, produce temor incontenible como síntoma del conocimiento de nuestras vidas. Hay que temerse, a sí mismo; a ese demonio que llevamos dentro y, que aplacamos a diario.  Somos seres narrativos y tendemos a inventar historias para justificar el comportamiento que llevamos buscando respuestas.

Hasta ahora, ningún alma ha regresado del más allá.  la vida en sí misma no es eterna. Así como nacimos, también nos vamos; eventualmente, la vida llega a su fin, y usualmente la vivimos con la perenne incertidumbre del mañana. Más allá de la biología, existe la concepción social y religiosa, considerando que es la separación del cuerpo y el alma. Es el final de la vida física pero no de la existencia. Es un enemigo clandestino, símbolo de la igualdad, que siempre llega con sentimientos desagradables e indeseables en el momento menos esperado. 

Lo alarmante es que, nunca como hoy, vivimos en un mundo inconstante. Llevamos una vida desordenada. Pasamos por una vida terrenal inquieta. La gente camina apresurada, buscando sentido a sus vidas con mucha actividad. Unos dedicados a hacer riquezas bien o mal habidas. Otros viviendo el mundo de los placeres; algunos, felices en la vida del ocio, trabajan menos y juegan más. Siempre buscando satisfacciones y propósitos de la vida en vano. Entre tanto, sus espíritus intranquilos; pues, el ser humano es inconforme por naturaleza. Pasamos por épocas de cambios: cambio de lengua materna, los aparatos con la tecnología cambian; estamos interconectados, pero desconectados de la realidad; truecan los placeres mundanos y surge el cambio climático. Da tristeza saber que la naturaleza habla, mientras el género humano no la escucha. Cuando hayan talado el último árbol, contaminado el último río, y extinguido el último pez, entenderemos que no podemos comer dinero

Cada época captura la atención por un tiempo, pero pronto pierde su atracción. La pandemia del coronavirus es un momento particularmente importante para que el género humano se repiense como mundo, como sociedad y como persona. Que hacemos por los demás. Que hacer para cambiar. Siempre hará falta algo. Ese hacer está a cargo de uno mismo; con su paz interior, la razón y la pasión por vivir temporalmente en este paraíso terrenal con éxito para uno y los demás. Debemos transformarnos para vivir la vida con vocación; reorientando la brújula interior para buscar el norte en nuestras vidas. Comprendiendo que, la vida es un período de tiempo corto, pero precioso que Dios nos depara. Etapa que es, como una sombra que desvanece, como una flor que se seca y cae. Mientras estamos jóvenes, nunca pensamos en los años de existencia. A medida que envejecemos, pareciera que el tiempo se acelera. Pero, ya no somos lo mismo, todo ha cambiado. Decepciona la variedad de obstáculos que cortan los vuelos de nuestras vidas. Compleja es la vida en este mundo violento, pero la aflicción exterior no debe dañar la paz interior. Ese temor interior es el que tenemos enfrentar. El temor entra cuando nuestra necesidad más importante no ha sido suplida. Nuestras almas, hechas a la imagen de Dios, claman por Él. Cuando nos alejamos de Dios, quedamos más expuestos a fobias, complejos y temores. Cuánto mejor lo aceptemos, más fácil será la partida, y si estamos en paz con nosotros mismos y si no dejamos malos recuerdos o sentimientos de haber sido malas personas, cuánto mejor será.

Por mi parte, algo he aprendido de las cosas deplorables de la vida, del dolor, del sufrimiento y, la soledad en medio de la multitud. El alma se rompe a pedacitos, que se recogen a trocitos, poco a poco, cuando ya no quedan más lágrimas. En ese instante, entendemos lo que es vivir. Solo en ese intervalo, podemos decir cuán triste son las despedidas de nuestros seres queridos y de tantos amigos que se fueron para no volver.  Ahora, aunque no los veamos, no será fácil sacar su recuerdo de la mente.

 Civilidad: “Cada día nuestro tiempo vale más, porque cada día nos queda menos”

  

 

 

 

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