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domingo, 9 de junio de 2019

Pastillas de Carreño




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Si hiciéramos una encuesta para conocer qué tanto conocimiento tenemos en Popayán sobre quien era Manuel Antonio Carreño, muchos responderían “no sabe” y otro tanto, “no responde”. En igual sentido, sobre el “El Manual de Urbanidad”. De allí la necesidad de la asignatura de Urbanidad, para contrarrestar la vulgaridad rampante que nos agobia, así como la falta de solidaridad que reina en todo lugar, y que se manifiesta hasta en normas elementales, como no ceder una silla a las embarazadas, ancianos y discapacitados.
El texto de Urbanidad era uno de los libros más usados en la enseñanza hace 50 años. Muchos años, ¿verdad? Pues, algunas de esas normas de tiempos idos, hoy en día parecen curiosas y anacrónicas para la convivencia en la ciudad. Con la velocidad con que vivimos, hablar del "Manual de Urbanidad y buenas maneras" de Manuel Antonio Carreño, es para muchos un libro pasado de moda, una reliquia de la antigüedad. Cito una sola píldora del libro de Carreño: honrar a los mayores en edaddignidad y gobierno”.
El libro tiene valiosas enseñanzas, pues contra lo que algunos creen, si reimplantaran la Urbanidad, la sociedad cambiaría. En qué quedaron los deberes morales del hombre, en donde desarrolla las obligaciones para con Dios, para con la sociedad, para con nuestros padres, para con la Patria, para con nuestros semejantes y para con nosotros mismos, puesto que "el hecho de formar parte del género humano ya nos compromete a esos deberes".
Aunque no me considero un purista anticuado o intolerante, me sobrecoge oír conversaciones como la siguiente:
- Huevón, ¿fuiste al concierto?
- Si Marica.
- Que te pareció Porno motora?
- Una chimba huevón.
- Marica, a mí también me gustó un resto, estuvo la verga parce.
Es decir, hicimos tránsito de los ritos de la buena educación y buenos modales a la vulgaridad. 
En estos tiempos de tanta corrupción, debemos proteger la restauración de algunas de las normas que preconizó el docente y venezolano Manuel Antonio Carreño. Rescatar muchas de sus pautas de urbanidad, las cuales son el resultado de siglos de civilización y que apuntan a mejorar la convivencia.
Aprendimos a estudiar, a trabajar, a crecer económicamente y a cumplir nuestras metas personales. Hablamos de competitividad porque siempre queremos progresar. Pedimos respeto de los demás; sin embargo, no sabemos convivir entre la gente, ni mucho menos toleramos a quien opina de una forma contraria a la nuestra. Siempre estamos predispuestos a la agresividad. Cada vez nos odiamos más. ¿Estoy equivocado al decir que, es más inteligente vivir en un mundo fraternal, sin tanto repudio por el que piensa distinto a nosotros?
Todos los días pasamos de una pelea a otra, con lo cual perdemos nuestra tranquilidad. Aquel que piense diferente a nosotros, de inmediato se convierte en una amenaza potencial. Hay ‘matoneo’ en los colegios, riñas callejeras, violencia intrafamiliar, manipulación en temas políticos, jurídicos… En fin, el uso del miedo, el radicalismo y la estigmatización, impiden que la paz se consolide.
Civilidad: No basta ser dialogante en esta sociedad polarizada con tantas divisiones absurdas e irreales.


martes, 4 de junio de 2019

De talla presidencial




El estilo de las anécdotas históricas, no es un genero menor. En mi caso, que no soy historiador, como aficcionado, me propongo acercar la historia. Por ello, en pequeñas pildoras en este escrito, concentro una información sobre hechos y personajes como coleccionista de anécdotas históricas de hace muchas décadas. Como columnista  cuento a la gente cosas que le pasa a la gente; lo que me lleva a narrar estos hechos de mucho tiempo atrás.
Mi relato se inicia un día cualquiera de 1949, época de la violencia política que estremecia a Colombia. Período que se dio durante el siglo XX, en que hubo confrontaciones entre seguidores del Partido Liberal y el Partido Conservador que, sin haberse declarado una guerra civil, se caracterizó por ser extremadamente violento, incluyendo asesinatos, agresiones, persecuciones, destrucción de la propiedad privada y terrorismo por la afiliación política.
En esos aciagos días, viajaban el doctor Francisco José Chaux Ferrer, su esposa Leonor Villamil de Chaux, y un niño de apenas seis años, en el automovil, conducido por Leonel Guzmán.  Habían salido de regreso de su finca “Elechaux” hacia la ciudad de Popayán.  Al pasar  un poco más adelante del “paso a nivel” que en aquella época era el cruce o intersección al mismo nivel de la vía férrea (ferrocarril del Pacífico) y la carretera (donde hoy desemboca la calle de la iglesia la “Milagrosa”, frente al Hospital San José) Allí en ese lugar, donde tenía prioridad el  tren, apareció embistiendo con la fuerza de inercia al automovil, una enorme volqueta de color amarillo, marcadas las puertas con las siglas MOP,  abreviando Ministerio de Obras Publicas y no Mariano Ospina Pérez, que era el presidente de Colombia de aquel entonces.
La ferocidad y altanería del conductor oficial, de apellido Palta, quedaron marcados en la arrugada memoria, de manera irrevocable como un atentado contra la figura más destacada durante muchos años. Era, contra el jefe, no solo regional sino nacional del partido liberal. Gozaba el Dr. Francisco José Chaux Ferrer, de una figura imponente, don de gente, con una vida muy activa en la política, acompañado en todo momento de gran señorío; gestor de leyes que dieron paso al periodo progresista a Colombia. Se trataba de un intelectual, instruido no solo en temas de la política, sino en literatura e historia universal. En síntesis, un hombre de talla presidencial.
Por eso en esa maldita hora, veo a los personajes del accidente automovilistico. Al agresor blandiendo un puñal, desenfrenado, en estado de ebriedad y, perdida la conciencia, ofendiendo con expresiones de alto calibre al Dr. Francisco José Chaux, quien con coraje y sin ausencia de miedo; como todo un señor, sin perder la calma, mantuvo pie firme, sin caer en el insulto.
Fue tal la agresión, que hizo descender del vehículo a la respetable señora Leonor Villamil de Chaux, quien armada de valor, arriesgando su propia vida, retó al provocador, disuadiéndolo de amenazar a su esposo para que el daño fuera para ella.  
Civilidad: Toda historia de manera personal, se convierte en una experiencia compartida.


Todo el mundo visita a Popayán, pero quien llegue a conocerla, nunca la podrá dejar



Hay miles de cosas que nos identifican como “patojos”, porque popayanejos, es un gentilicio que usábamos los nativos cuando las diferencias sociales eran muy marcadas. Hoy somos iguales porque, todos somos Popayán, orgullosamente “patojos”. Antes decíamos: “patojo” que se respete, tuvo niguas en sus desnudos pies. Hoy raizal o fuereño las llevamos en el corazón. Algunos fuereños llegaron de paso, pero se quedaron para siempre, amándola hasta superar con creces el sentido de pertenencia de los natales. Tanto que, en su imaginario, buscan piedras y ladrillos al sentir el deseo de rascarse los pies.


Entonces, ser “patojo”, no es haber nacido en Popayán, también lo es, quien adopta el honorífico título a fuerza de las costumbres, el sentimiento, las tradiciones, los recuerdos entrañables y los lazos intangibles a partir del diario vivir en familia, en la escuela, o en cualquier barrio de la ciudad.
Ser “patojo”, es: rezar la plegaria al Santo Ecce Homo: “Detén ¡oh Dios benigno! tu azote poderoso y…”, rogando calmar las tempestades; es respetar esas reglas de Urbanidad que nos enseñaron con el librito de Manuel Antonio Carreño, el buenazo profesor Arévalo y otros tantos Maestros, con mayúscula; es sentir la “piel de gallina” al escuchar las notas musicales de: “El Sotareño”, “El Regreso”, “Feria de Popayán”…, sintiendo agrandado el corazón y achiquitado lo demás. Es, ser poeta o hijo de poeta.
Ser “Patojo”, es: deleitarse con la comida payanesa: pipianes, ternero nonato, rellena, envueltos de maíz, de choclo; carantanta, tortilla, envuelto, sango; indios y archuchas rellenas… y todas esas viandas exquisitas de la A hasta la Z de nuestra tradición culinaria. Ser “patojo”, es: pedir chuspa o papel aluminio para llevar pastel de las fiestas. Ser “patojo”, es: ir a ver la llegada y salida del avión, que junto con la escalera eléctrica y el paso de los carros en el puente “deprimido”, son eventos únicos en Popayán.
Ser “patojo” es: Tertuliar todo el año de la Semana Santa, creer hasta en los rejos de las campanas; pero también, colgar matas de sábila en el portón, hacer riegos los viernes con ruda, artemisa… para ahuyentar las malas energías. Es cargar en el bolsillo trasero, billetera con la estampita del “Amo”, peineta y pañuelo como lo enseñaron en la escuela.
Ser “patojo”, es hacer cola para comer chontaduros en las esquinas, interrumpiendo el tráfico; es hacerse invitar como “periodista” a todos los eventos para engullir pasa bocas, diciendo, “es que esto no se ve todos los días”. Es, llegar a casa con “un pararrayos”, “chuleta de pobre”, cuando aterriza a la madrugada. Y a la hora de pagar, regatear pidiendo rebaja o la ñapa.
Ser patojo es: asistir a eventos públicos “de agache”, o con boletas de cortesía; es hacer bolitas de jabón sobrante recordando las de jabón de la tierra envueltas en cincho de hoja de plátano.
Por último, a todo “patojo” raizal, en su dulce infancia, lo peinaron con agua de linaza; le dieron frascos tras frascos de bacalao; lo purgaron con aceite de ricino, zumo de la yerba sagrada: verbena. ¡Patojo admirable, nace con chispa patoja! Y san se acabó.