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sábado, 31 de octubre de 2026

Pan nuestro de cada día: el caos

 

 

Por hoy, dejemos atrás la antigua ciudad y escribamos, pero no con el hígado, sino con la verdad de todos los días en Popayán. Sin llegar a viejos o locos para lamentarnos de lo que no reclamamos cuando todavía estábamos en nuestro sano juicio. Tampoco nos quedemos sentados esperando que el nuevo invento del automóvil volador venga a salvarnos del caos, mientras el “Plan de Movilidad” aterriza y los agentes de tránsito florecen, como por arte de magia, donde más se necesitan.

No se trata de delirar ni de vivir de ilusiones. Pero, si todavía no aparece Sebastián de Belalcázar para poner orden en su ciudad, mucho menos brotarán las soluciones retardadas. Entretanto, la congestión vehicular se agrava, la malla vial se deteriora y los trancones se multiplican por protestas, bloqueos y toda suerte de dificultades. ¡Y nosotros, a paso de procesión!

Vamos por partes, con estas perlas que, por lo costosas, deberían ser de oro.

¡Una ciudad bloqueada!

Los bloqueos y taponamientos ya no son exclusivos de la carretera Panamericana. Ahora, los embotellamientos dejaron de ser un fenómeno de las horas pico: aparecen a todas horas y cualquier día de la semana, incluidos sábados y domingos. Aumentan los carros y las motos, mientras las vías resultan insuficientes y el control oficial nunca aparece donde más se necesita. Entre otras, la red semafórica obsoleta, con equipos antiguos y controladores que ya cumplieron su vida útil y no permiten una programación adaptada al flujo vehicular actual.

En medio de semejante desbarajuste, algunos ciudadanos, provistos de trapos rojos, intentan regular el tránsito por unas pocas monedas. Otros se las ingenian para reparar los baches y las troneras que adornan nuestras calles, como si la malla vial hubiera sido bombardeada en la guerra entre Rusia y Ucrania. En ambos casos, los remedios   provisionales son cuento, de nunca acabar.

Quejarse no está prohibido. Lo preocupante es que tengamos tantas razones para hacerlo y tan pocas soluciones definitivas. Buena parte del problema obedece a una planificación urbana insuficiente y a decisiones aplazadas durante años. Ahí están, como monumentos a la “aguante patojo”, el llamado “puente de la eternidad”, cuya terminación tuvo que esperar durante años que el ingeniero payanés Tomás Castrillón Muñoz, ocupara el ministerio de Obras Públicas durante el gobierno del presidente Guillermo León Valencia; el “Plan de Movilidad”, cuyos antecedentes se remontan a 2009, arrastrando todavía asuntos pendientes, y la avenida de los Próceres, proyecto, de solo 3.2 km, concebido años atrás prolongándose en dificultades administrativas, técnicas y ambientales.

¡Es que, en Popayán, hasta las obras aprenden a caminar a paso de procesión!

Conviene precisar que los antecedentes del sistema de transporte estratégico de Popayán se remontan a 2009, mientras que el Plan Maestro de Movilidad fue adoptado formalmente en 2016. Dos hitos distintos de una historia que merece seguimiento, evaluación y resultados concretos. No basta con anunciar proyectos: la ciudadanía tiene derecho a conocer sus avances, sus obstáculos y los plazos para concluirlos.

En un principio, se llegó a pensar que las obras de infraestructura ocasionarían una parálisis temporal, pero que, una vez terminadas, el tránsito recuperaría su fluidez. Entonces, conviene decirlo sin rodeos: las obras, por sí solas, no resuelven el problema de fondo. Se necesitan vías adecuadas, planificación, autoridad y, especialmente, un cambio de conducta de quienes compartimos el espacio público.

De poco sirven las grandes inversiones si seguimos parqueando donde nos da la gana, ignorando las señales, invadiendo los andenes o tratando cada semáforo como una invitación a competir en una carrera de Fórmula Uno. Tampoco podemos exigir una movilidad eficiente si no hacemos un uso racional del ´eficiente´ transporte público, respetamos la señalización de zonas de circulación y procuramos organizar nuestros desplazamientos.

Estas son verdades de a puño. Y, otro gallo cantaría si a las obras se sumara algo tan necesario y urgente como la cultura ciudadana en las vías. Otra sería, sin duda, la suerte de nuestra ciudad.

La cultura vial no se improvisa

Las calles de la hidalga Popayán no pueden convertirse en campos de batalla. Son espacios compartidos por conductores, motociclistas, ciclistas y peatones, todos con derechos, pero también con obligaciones. La movilidad no consiste en llegar primero a cualquier precio, sino en alcanzar el destino sin poner en peligro la vida propia ni la de los demás.

Da mucho que pensar que nuestra bella ciudad se aproxima a sus cinco siglos y todavía tengamos que insistir en asuntos elementales de convivencia. Urge poner el dedo en la llaga y, como suele decirse, ir al grano. No podemos prolongar indefinidamente la cura mientras el mal se agrava.

Popayán aún conserva algo valioso: la cordialidad de muchos de sus habitantes y una identidad ciudadana que merece fortalecerse. Esa cordialidad también debe trasladarse al volante, al manubrio y al paso peatonal. No basta con ser amables en el saludo y perder los estribos cuando cambia la luz del semáforo (sin mantenimiento preventivo y correctivo) La educación y los buenos modales también deben viajar sobre ruedas.

Para los deschavetados que creen que las normas son cosa de otros, conviene recordarles que las reglas de tránsito no son simples imposiciones legales: son acuerdos destinados a proteger la vida. No hay que devanarse los sesos para reconocer que se han normalizado conductas que jamás debieron aceptarse.

Ahí están los giros indebidos, el exceso de velocidad en zonas residenciales, la impaciencia ante los trancones por doña luz en el semáforo, la omisión de las señales de pare, el ocultamiento de placas, la circulación de motocicletas por los andenes y el incumplimiento de las medidas de protección. Súmenle el mal parqueo, que reduce el espacio de circulación y obliga a los peatones a sortear obstáculos que nadie debería imponerles.

Algunos parecen creer que las normas son optativas, que el andén es una extensión de su garaje y que las señales de tránsito (¿?) se instalaron para adornar las calles. Después nos sorprendemos del desorden, como si cada quien no le pusiera su granito de arena al caos.

Cada infracción parece normal cuando se comete por cuenta propia; pero, multiplicada por cientos o miles de personas, se convierte en un problema colectivo. La indisciplina vial genera riesgos innecesarios, alimenta los conflictos y debilita la confianza entre los ciudadanos.

Menos discursos, más civilidad

¿Qué hacer, entonces? La respuesta no requiere inventar el automóvil volador ni descubrir el agua tibia.

Primero, fortalecer la educación vial desde las escuelas y los hogares. Segundo, desarrollar campañas permanentes de cultura ciudadana, no simples jornadas pasajeras que se olvidan al día siguiente. Tercero, ejercer un control efectivo, constante y equitativo, sin privilegios ni excepciones. Y cuarto, optimizar la señalización, la infraestructura y el transporte público mediante una planificación seria, continuidad administrativa y rendición de cuentas.

La responsabilidad es compartida, aunque no idéntica. A las autoridades les corresponde planificar, invertir, señalizar y hacer cumplir las normas; a los ciudadanos, respetarlas. Ni las obras sustituyen la educación ni las campañas reemplazan la autoridad. Se necesitan ambas cosas, acompañadas de voluntad política y compromiso ciudadano.

Popayán merece llegar a sus cinco siglos con algo más que discursos conmemorativos y fachadas blancas. Merece calles despejadas, peatones respetados, conductores comprometidos y una movilidad que no convierta cada desplazamiento en una prueba de paciencia.

No se trata de añorar la ciudad de enantes ni de renegar de la moderna. Se trata de conseguir que el ´progreso´ no nos atropelle, literalmente, y que la convivencia no se quede atrapada en medio de la anarquía.

Porque el pan nuestro de cada día no puede seguir siendo el caos. Y si queremos una ciudad a la altura de su historia, empecemos por lo elemental: respetar las normas, compartir las calles y entender que la cultura vial no es un favor que le hacemos a los demás, sino una obligación con la vida.

Civilidad, según HDG: La cultura vial y el sentido de pertenencia no solo salva vidas.  Urge en Popayán el orden para que sea una ciudad más segura, organizada y digna de sus habitantes y visitantes.

sábado, 24 de octubre de 2026

El 31 de octubre y sus curiosidades

 


Ya llega el 31 de octubre, fecha que debe recibirse con auténtica felicidad, especialmente por los niños, protagonistas de una jornada de disfraces, golosinas, juegos y sorpresas. Pero también es una oportunidad para preguntarnos cómo podemos celebrar esta fecha sin olvidar nuestras raíces y el valor de la identidad colombiana.

En Colombia, el llamado Día de los Niños se ha convertido en una celebración popular que combina la alegría infantil con costumbres conocidas internacionalmente como Halloween. Aunque esta tradición tiene antecedentes históricos europeos y ha evolucionado de distintas maneras, su expansión en nuestro país se debe al impulso considerable de los medios de comunicación, la publicidad y la globalización.

No hay necesidad de renunciar a lo propio para disfrutar de lo que viene de afuera. Colombia posee una extraordinaria riqueza cultural, resultado del encuentro de tradiciones indígenas, africanas, españolas y de muchas otras influencias que han contribuido a formar nuestra identidad. Entonces, ¿por qué no aprovechar esa diversidad para darle a la celebración un sabor auténticamente colombiano?

La invitación es sencilla con dos temas: que los niños disfruten, se disfracen, compartan golosinas dando rienda suelta a su imaginación, en tanto que, los adultos les enseñamos a valorar nuestras costumbres, nuestros personajes, nuestras leyendas y la riqueza de las tradiciones que tenemos en las regiones. La diversión no tiene por qué reñir con la identidad cultural.

La influencia de los medios de comunicación

La publicidad, la televisión y las redes sociales han contribuido a popularizar imágenes, personajes y costumbres de Halloween. No obstante, corresponde a las familias y a las instituciones educativas orientar a los más pequeños para que comprendan que celebrar también puede ser una oportunidad para aprender, crear y compartir.

Lo esencial es que esta jornada promueva la alegría, la unión familiar, la creatividad y el respeto por la diversidad cultural. Que los recuerdos de cada celebración permanezcan en la memoria y en el corazón, no por el temor o el misterio, sino por la felicidad de haber compartido.

Valorar lo nuestro no significa aislarnos del mundo. Significa dialogar con otras culturas sin perder de vista aquello que nos identifica como colombianos. Nuestra biodiversidad, nuestras expresiones artísticas, nuestra gastronomía y nuestras tradiciones son un patrimonio que merece y debe transmitirse de generación en generación.

¡Que comience la fiesta, que sonrían los niños y que viva la tradición colombiana!

De los disfraces a la solemnidad religiosa

Nuestro almanaque nos lleva, además, a otras fechas de significado especial. El 1.º de noviembre que, la Iglesia católica celebra el Día de Todos los Santos, es una festividad dedicada a honrar a todos los santos, tanto a aquellos reconocidos oficialmente por la Iglesia como a los que no tienen una celebración particular en el calendario litúrgico.

Al día siguiente, el 2 de noviembre, se conmemora el Día de los Fieles Difuntos, una jornada dedicada a la oración por quienes han fallecido. En la tradición católica, es la ocasión para recordar a nuestros seres queridos y orar por ellos.

En Colombia, muchas personas visitan los cementerios, llevan flores y evocan con afecto a familiares y amigos que ya partieron. Son expresiones de una memoria familiar que permanece viva y de un vínculo afectivo que trasciende la ausencia.

Así, que entre la alegría infantil del 31 de octubre y el recogimiento de los primeros días de noviembre, encontramos distintas maneras de celebrar, recordar y expresar nuestros sentimientos. Cada fecha tiene su significado y merece ser comprendida y vivida con respeto.

Civilidad, según HDG: Las tradiciones en esta bella Colombia forman parte de nuestra identidad cultural; conservarlas y transmitirlas a las nuevas generaciones es responsabilidad de todos.

 

sábado, 17 de octubre de 2026

Antojos Patojos

 


Se me hace agua la boca con solo recordar aquellos amasijos, mezclas y revoltijos que circulaban por las hidalgas calles payanesas. La dinámica de las ciudades cambia a pasos agigantados; sin embargo, aquel grito a pulmón herido, conocido como pregón, que durante décadas fue uno de los principales medios del comercio callejero, todavía se resiste a desaparecer. Aunque muchos vendedores han cambiado la voz por los altavoces, aquellos sonidos siguen vivos en la memoria de quienes tuvimos el privilegio de escucharlos. ¡Recuerdos inolvidables!

A mí no me lo contaron: ¡yo viví esa época! Por eso, cómo no evocar aquellos tiempos en los que cada pregón anunciaba una delicia y despertaba el apetito de los transeúntes. Mi memoria, dispuesta a desempolvar vivencias, me transporta a ese universo de aromas, olores y sazones que formaron parte de la vida cotidiana de mi amada Popayán. Son recuerdos propios, experiencias que hoy comparto con mis lectores para saborear, siquiera por unos instantes, aquel mundo de comidas, fogones y tradiciones populares.

Aún retumba en mis castos oídos aquel grito inconfundible: «¡Mazamorra!», acompañado, en ocasiones, por el sonido de una bocina de caucho instalada en la bicicleta del vendedor. Hoy, buena parte de esos pregones ha sido reemplazada por grabaciones reproducidas a través de altavoces adaptados en triciclos y vehículos. Cambian los medios, pero persiste la intención de anunciar el producto y conquistar al comprador. ¡La tecnología también se metió en la cocina callejera!

Sí, amables lectores: en este que muchos consideramos el mejor vividero, Popayán contaba con 44.808 habitantes, según el censo de población de 1951. La ciudad conservaba una fisonomía apacible y su trazado semejaba un tablero de ajedrez, con calles que se cruzaban entre caserones de amplios solares y huertas, donde crecían cafetos, chirimoyos, naranjos, mandarinos y toda suerte de verduras. En las mañanas, el canto del gallo anunciaba el despertar de la vida doméstica, mientras los primeros rayos del sol iluminaban patios, tejados y jardines.

Y es que, en las calles de aquel Popayán que se nos fue, cada oficio tenía sus propios cantos, tonos y horarios de recorrido. Los vendedores, expuestos al sol y al polvo, aportaban una particular banda sonora a la ciudad. Sus voces anunciaban productos y, de paso, mantenían viva una costumbre que hoy sobrevive, principalmente, en la memoria de quienes conocimos aquella ciudad de otros tiempos.

En este recorrido gastronómico aparecen las arepas de maíz y de choclo, las empanadas recién preparadas, acompañadas de su infaltable ají de maní, los tamales y los envueltos, protegidos en hojas de plátano para conservar el calor y el sabor. Y qué decir de los dulces y las colaciones: cocadas, manjar blanco y frutas caladas, ofrecidos en las tardes para deleite de grandes y chicos. Detrás de muchas de estas delicias estaban las manos laboriosas de familias que, con ingredientes sencillos y recetas heredadas, convertían la cocina en un verdadero arte popular.

Antes de que la publicidad moderna se apoderara de tantos espacios, la voz del vendedor era su mejor anuncio. El pregón, el sonido de una bocina y la exhibición directa del producto constituían formas sencillas y eficaces de atraer a la clientela. Hasta la leche sin bautizar, despachada por jarros en los andenes, tenía su lugar en aquel comercio cotidiano. ¡Y cuidado con que el comprador sospechara que le estaban dando gato por liebre! Cada vendedor tenía su manera de hacerse escuchar y cada comprador reconocía, muchas veces desde la distancia, aquello que venían a ofrecerle.

Como los antojos no eran únicamente para calmar el hambre, también había delicias para refrescarse y endulzar la vida. En los días calurosos aparecía el famoso raspado, preparado con hielo desprendido de un bloque y convertido en granizado sobre una carreta de madera. A su lado desfilaban la caucharina, el ponche, la melcocha batida, el algodón de azúcar, las solteritas, los chupis y las cremas servidas en cono. ¡Quién pudiera devolverles el tiempo a aquellos sabores y a quienes los ofrecían! Más de uno de mis contemporáneos estará salivando con solo leer estas líneas.

Hablar de estas comidas es contar una historia hecha de muchas historias: las de las familias que conservaron sus recetas, las de los vendedores que recorrieron nuestras calles y las de quienes aprendimos a reconocer Popayán también por el gusto y el olfato. Son saberes y sabores que identifican una región y que, generación tras generación, han contribuido a construir nuestra identidad. Porque una ciudad no se conoce solamente por sus monumentos, sus templos y sus casonas; también se descubre en sus cocinas, sus mercados y sus sabores populares.

Pero esta tradición no significa que la gastronomía deba quedarse detenida en el pasado. Al contrario, puede dialogar con la innovación y encontrar nuevas formas de proyectarse sin perder sus raíces. Para la muestra, el XXIV Congreso Gastronómico de Popayán, programado del 22 al 25 de octubre, reunirá a representantes de Arequipa, Perú; Manizales y El Tambo, con el arroz como producto central. Una cita que vuelve a poner sobre la mesa la riqueza de nuestras cocinas y la posibilidad de encontrarnos con otras culturas a través de sus preparaciones.

Porque la cocina también cuenta historias. En una salsa, un guiso, un hogo, un sancocho o un ajiaco se encuentran ingredientes, técnicas, herencias familiares y maneras de entender la vida. Cada plato puede ser un puente entre generaciones y territorios; cada receta, una memoria que se transmite sin necesidad de escribirla. Y si de comer como chinos se trata, que no falte el buen apetito, porque en materia de sabores siempre habrá espacio para repetir.

Por eso, cuando vuelvo a escuchar un pregón o recuerdo aquellos sabores de mi infancia, comprendo que los antojos patojos son mucho más que una invitación a comer. Son parte de nuestra historia cotidiana, de esa Popayán que cambia, pero que todavía conserva aromas, voces y recuerdos capaces de reunirnos alrededor de una misma mesa. Y, como último pregón, uno que todavía nos convoca: «¡A comer!». ¡Que no se pierdan nuestras tradiciones ni se nos acabe el apetito por recordarlas!

Civilidad, según HDG: Contar estas historias y evocar las distintas épocas de mi amada Popayán es reconocer que el pasado no se repite, pero sus enseñanzas y tradiciones pueden acompañarnos hasta el siglo XXI.

 

 

 

 

 

 

sábado, 10 de octubre de 2026

Popayán busca novio con fines serios

 

Mi gestión de escribir con sentido preventivo y propositivo tiene una intención: buscar en Popayán un alcalde, pero que sea verdadero director de orquesta y no un bisoño frente a los problemas de la ciudad.

La ciudad busca un mandatario que se comprometa y que, con sentido patojo, esté atento a todo lo que suena en ella. Un alcalde con batuta en mano, capaz de dirigir un equipo de profesionales que sepan de operaciones, porque para gobernar también hay que saber a quién acudir cuando llega la hora de intervenir.

Necesita rodearse de un buen equipo. De un cirujano que, con quirófano y bisturí en mano, pueda operar los males que aquejan a la ciudad. De un contador que sepa contar, con el enfoque clásico de la Aritmética de Baldor, las cuatro operaciones fundamentales: sumar, restar, multiplicar y dividir. Y, sobre todo, que sepa que las cuentas públicas no se pueden hacer a punta de improvisación.

También necesita profesionales idóneos para convertir la cultura ciudadana en una verdadera política pública, con presupuesto, planificación y participación de la comunidad. Y, por supuesto, alguien que entienda de seguridad: no solamente para reaccionar cuando ocurre una emergencia, sino para prevenir, proteger y responder con rapidez cuando las circunstancias lo exijan.

En síntesis, persona idónea que nos represente sin utilizar el cargo como trampolín electoral. Se necesita un alcalde que pueda pasar del cagajón a la gasolina; que le meta empeño, esfuerzo y julepe a los problemas que llevan demasiado tiempo esperando solución.

Uno de ellos es la movilidad.

El automóvil nació para darnos libertad, pero terminó atormentándonos la vida, marcando buena parte del rumbo del siglo XX. La ciudad moderna se fue acomodando al vehículo: más vías, más automotores y más espacio para estacionar. Mientras tanto, el peatón comenzó a perder terreno.

Popayán no ha sido ajena a esa transformación. Su centro histórico, concebido para caminar, conversar y vivir la ciudad a otra velocidad, debe soportar hoy un flujo de vehículos y comerciantes sin vitrinas que no corresponde con sus calles estrechas.

Ahí aparece el inevitable enfrentamiento entre tradición y modernidad: una ciudad patrimonial que quiere conservar su esencia y, al mismo tiempo, debe resolver los problemas de movilidad de una ciudad contemporánea.

Y aquí llegamos a una de las principales responsabilidades del alcalde: dirigir la administración municipal, conservar el orden público, ejecutar correctamente el presupuesto y defender los intereses del ciudadano.

El alcalde es la autoridad más cercana a la comunidad. Por eso, cuando un servicio público funciona mal; cuando una tarifa resulta excesiva o cuando una decisión administrativa afecta directamente al ciudadano, las quejas terminan llegando a la Alcaldía.

No se trata de que el alcalde pueda resolverlo todo personalmente. Se trata de que tenga capacidad para revisar, exigir, gestionar y tomar decisiones cuando los procesos no estén funcionando como deberían. La administración municipal no puede limitarse a recibir quejas: debe tener capacidad de respuesta.

Y queda el otro asuntito, que no es precisamente pequeño: el centro histórico.

Sacar o, por lo menos, regular los automotores y los ventorrillos del corazón de Popayán no es tarea sencilla. Pero tampoco puede convertirse en un problema eterno. Se necesita combinar regulación, educación, tecnología y participación ciudadana para encontrar una solución que permita recuperar espacios para el peatón, sin desconocer las necesidades de quienes viven, trabajan y se movilizan por el sector.

Los trancones no pueden terminar convirtiéndose en otro atractivo turístico de la Ciudad Blanca.

Por eso, más que buscar un alcalde que prometa resolverlo todo, Popayán lo que necesita es un mandatario que sepa escuchar, prevenir, planificar, rodearse de profesionales capaces y, llegado el momento, tomar decisiones para mantener la ciudad a flote.

Que tenga batuta, pero también partitura.

Que sepa sumar voluntades, restar problemas, multiplicar soluciones y dividir responsabilidades.

Porque gobernar una ciudad no es solamente sentarse en el palacio municipal. Es saber, qué está sonando afuera y tener la capacidad de dirigir la orquesta.

Civilidad, según HDG

Popayán busca novio para casarse en un año.

En esa búsqueda, no está de más, precisar las cualidades del candidato; más allá de sus ideas, el valor de un alcalde está en sus habilidades, su ética y su disposición de ayudar a su pueblo.

Porque, Popayán ya ha tenido demasiados amores pasajeros.

 

sábado, 3 de octubre de 2026

Supervivencia frente a la modernidad

 

Es vivificante escribir sobre hechos evocativos de mi ciudad. Siempre ha sido mi pasatiempo relatar momentos durante el caminar de los días. Escribo sobre mi amada Popayán porque no se deben perder en el tiempo, ni guardar en el alma, las cosas que fueron. Pretendo conservar la memoria colectiva para las generaciones futuras. Me deleito sacándolas del baúl de los recuerdos y, en ese trasegar, procuro agradar a quienes me leen.

Por ejemplo, evoco el saludo “patojo”: “¿Cuándo llegaste y cuándo te vas?”. Son recuerdos que nos transportan y resultan saludables para el espíritu. No es nostalgia por el pasado; es la vida retrocedida en el corazón. Lo nuevo causa perturbaciones, porque los reformistas del mundo olvidan cuán difícil es retocar con acierto un cuadro antiguo.

La palabra contemporánea es aplicable a la forma permanente en que estamos viviendo y a la que les corresponderá vivir a nuestros descendientes. Pero ¿qué vamos a hacer si la ola moderna es imparable y hace la vida cada vez más prolongada, mientras la posmodernidad trae consigo cambios tan significativos?

Desde luego, extrañamos el afectuoso abrazo de las amistades que ahora están ausentes de cuerpo presente y hasta enterarnos personalmente de su salud. Ahora lo frecuente es “chatear” por internet.

Hoy, el avance tecnológico nos permite conocer resultados de laboratorio clínico por medios electrónicos, comprar productos y servicios en línea desde cualquier lugar con conexión, estudiar mediante cursos virtuales, tutoriales y videos educativos, y hasta trabajar sin necesidad de acudir físicamente a una oficina.

Todo trato entre compañeros parece hacerse por Facebook, con cadenas de “amigos” virtuales que, a través de fw, forward —reenvíos—, nos hacen llegar toda clase de mensajes. Son gajes de una tecnología que nos atropella.

El impacto de internet en la vida diaria ha sido enorme durante las últimas décadas. Sería difícil entender hoy la vida sin su presencia. ¡Qué tal un día sin celular!, ese pequeño aparato que cambió la forma en que las personas trabajan, estudian, se comunican y se entretienen.

Sin embargo, cuando la tecnología rebasa los límites del humanismo, puede conducirnos, paradójicamente, hacia la deshumanización: hablamos con quien está lejos y dejamos de mirar a quien tenemos al lado; enviamos un mensaje en segundos, pero a veces ya no encontramos tiempo para dar un abrazo.

De allí la necesidad del discernimiento para distinguir la información útil de aquella que no lo es dentro de esa inmensa “carreta de la información” conocida como internet.

¡La vida sin el celular!

Precisamente por eso, ya poco vemos la cara de los “patojos”. Extrañamos las voces de aquellas amigas que lloraban sobre nuestros hombros al contarnos las cuitas de sus vidas. Extrañamos también la caminata semanal para entregar los escritos y, de paso, saludar a toda la familia periodística del periódico, ahora denominado El Nuevo Liberal.

En fin, las redes sociales desplazaron, en buena medida, el acto emocional de la presencia. Es tanto el impacto de internet en la vida diaria que hasta pagamos este servicio más pronto que tarde. La tecnología cambió las cosas en esta época de muchos conocidos, pero de pocos amigos.

Han pasado algo más de treinta años desde que se masificó internet. Y, claro, en estos tiempos resulta difícil imaginar la vida sin acceso a él. Cambió por completo nuestra manera de vivir.

Pero, mientras el presente corre a la velocidad de un clic, la memoria camina a paso de procesión.

¿Qué se hicieron los tertuliaderos del Popayán que se nos fue? ¿Qué de los helados de Baudilia y qué del tinto en el Café Alcázar? ¿Y los “grilles”, como La Carreta, La Llave, El Fantasio, La Tranca, el Maryland, el Playboy, o simplemente “comer prójimo” en el parque de Caldas, ¿debajo de aquellos famosos árboles como el carbonero?

Son cosas de ayer.

Cómo no añorar las salas de cine: los teatros Bolívar, Popayán, Valencia, Anarcos y Palacé; no solamente para ver películas, sino también, como sitios de encuentro donde se intercambiaban pequeñas novelas y revistas de cómics.

¿Dónde están los viejos amigos del parque de Caldas?, aquel lugar desde donde se fomentaba el sentido de comunidad. ¿Qué pasó con aquel albergue de árboles centenarios, de gran belleza, como guayacanes, corchos y araucarias, que convertían el parque en un espacio lleno de vida y en escenario de buena parte de la historia de la ciudad?

Estoy escribiendo entre la razón y la esperanza sobre las cosas bellas de Popayán que todavía existen, aunque cada vez deban buscarse con mayor esfuerzo.

Sirve de muy poco repetir que durante siglos fue una de las ciudades más importantes del país si hoy apenas sobrevive como una reliquia arquitectónica, administrada con la resignación de quien cuida una herencia que no comprende.

Se proclama turística, religiosa y universitaria, pero esas vocaciones siguen siendo, en buena medida, más un eslogan que una verdadera política pública.

Y resulta doloroso ver cómo ese espacio que alguna vez fue punto de encuentro, hospitalidad y orgullo, esa verdadera sala de recibo de la ciudad, hoy se encuentra inaccesible, bajo una amenaza que obliga a imponer cintas amarillas de peligro.

El Parque de Caldas, corazón histórico y, pulmón de la ciudad, muestra hoy una realidad desoladora al haber sido cerrado preventivamente con cintas de seguridad debido al riesgo de caída de algunos de sus árboles emblemáticos. Pareciera que la civilización humana, en su carrera hacia la modernidad, se hubiera olvidado de que también necesita convivir con la naturaleza.

Y entonces, desde este baúl de los recuerdos, surge la pregunta propositiva y, que no es solamente para quienes añoramos la Popayán de enantes:

¿Qué estamos haciendo para que la Popayán de siempre no termine convertida únicamente en un recuerdo?

Civilidad, según HDG. Recordar es necesario, pero conservar es un deber.

 

domingo, 27 de septiembre de 2026

 


Horaciando: La parte más antigua de Popayán es el entorno del Parque de Caldas, corazón de su historia, uno de sus mayores atractivos culturales y arquitectónicos. Si permitimos su abandono, qué ofreceremos a los visitantes? Cuidar el patrimonio es preservar el alma de Popayán

sábado, 26 de septiembre de 2026

Ahora si...nos jodimos

 

Hacía algunos meses que no visitaba el corazón de mi amada ciudad. Me había “encerrado” también, por razones de mi palpitante corazón, pero pudo más el entrañable amor por Popayán y me arrimé a la sala de recibo para saludar a Don Francisco José de Caldas. A ese inanimado personaje de bronce que no posee lengua hablada, pero que permanece pensativo desde el día en que lo colocaron sobre su pedestal.

Como pude, llegué ávido de «patojear». Me senté en la «banca de las palomas caídas», espacio donde los desocupados de la sociedad económica inactiva, solíamos entablar largas tertulias hasta que el sol crepuscular se ocultaba, sin importar que el reloj de la Torre marcara las horas, y mucho menos los minutos. En Popayán, poco  interesa el paso del tiempo, que camina sin hacer ruido.

Entre trancones pude estacionar el vehículo en ese inmenso y arenoso parqueadero público, de la tradicional Manzana 99, conocida así porque allí funcionó lo que fuera el primer Centro Comercial del país: el Anarcos. Espacio, sin un uso definido después de su demolición hace años, que ha sido adecuado como parqueadero provisional, abierto las veinticuatro horas del día. A varios emprendedores  le «corre la baba» soñando con levantar un parqueadero subterráneo de tres pisos hacia abajo y siete pisos hacia arriba, proyecto que, según sus promotores, contribuiría a solucionar definitivamente, la congestión vehicular dentro del marco histórico.

Pero, como dice el refrán, «hay cosas que colgando parecen granadillas y, mirándolas al revés, granadillas otra vez».

Y como cada loco tiene su tema, aquí voy con el mío.

Caminando pausadamente, aunque frenético cuando escribo, emprendí el recorrido en busca de amparo para el patrimonio colectivo y con la intención de opinar sobre un asunto que ha regado mucha tinta durante varios años.

Porque nadie ama a Popayán porque sea grande, sino porque es nuestra. Hermoso es servirla con hechos, pero no es absurdo servirla también con palabras.

El centro histórico: una caminata de obstáculos.

Caminar hoy por la ciudad es prácticamente imposible. De oídas me dijeron: «Popayán está desbaratada y atrasada».

¡Cálmese, ventarrón, que llegó la brisa!

A quienes así opinan les dije: cójanle dobladillo a la lengua, porque cada vez que amanece, la ciudad crece. Aunque, después de mi recorrido, no sé si la brisa terminó llevándose la razón.

Empecé, desde luego, por las aceras, porque estas parecen haberse convertido en cosa del pasado. Tenía razón mi servicio secreto del chisme: por doquiera, ventorrillos comerciales sin vidrieras, por aquí, venta de medias, por allá, calzoncillos en la esquina, sombrillas, gafas, hamacas y cuanto producto pueda ofrecerse al transeúnte.

Los andenes, ese bien de uso público destinado al tránsito seguro de los peatones, se han convertido en extensiones del comercio, mientras las arcas municipales parecen no encontrar la manera de resolver su propio problema económico que lleva años creciendo.

No se trata de desconocer el derecho al trabajo de quienes dependen de las ventas informales para llevar el sustento a sus hogares. Se trata de encontrar un equilibrio entre ese derecho y el derecho colectivo al espacio público, la movilidad y la seguridad de los peatones.

Cuando los andenes y las calles se saturan, el peatón termina bajándose a la calzada vehicular, con el riesgo que ello representa para su integridad física.

Y, para completar el cuadro, aparecen los olores del chanchullo, salchipapas, empanadas, con cilindros de gas al piso; los bonais, los helados, los algodones de azúcar, parasoles, toldos y toldas alrededor del palacete municipal.

¡Tal parece que la ciudad hubiese regresado a la época en que la Plaza Mayor, en los años de 1930, funcionaba como plaza de mercado, con caballejos incluidos!

La moda de la indignación

Esta problemática, que debería generar un debate permanente entre la ciudadanía, el comercio formal y la administración local, parece haber perdido vigencia…nos acostumbramos a ver la ciudad como un pueblucho.

Ahora la atención se concentra en la pérdida de las cinco estrellas del Hotel Monasterio, una de las reliquias arquitectónicas de Popayán.

Esa es la moda de hoy.

Y como dirían las abuelas: ¡Ahora sí… nos jodimos!

Comamos de nuestro propio cocinado. Porque, con exceso de razón, no faltan ciudadanos que se preocupan por el patrimonio arquitectónico; pero son menos visibles quienes levantan la voz por el deterioro del espacio público y la falta de mantenimiento de nuestros parques.

No es que una preocupación deba excluir a la otra. Popayán merece que se defienda su arquitectura; pero también sus árboles, sus andenes, sus plazas y el derecho de sus habitantes a disfrutarlos.

El Parque de Caldas: entre el olvido y las buenas intenciones

Con sobrada razón, ciudadanos y organizaciones han acudido a instancias judiciales para solicitar la protección del Parque de Caldas, ese espacio que durante generaciones fue considerado el pulmón de la ciudad. Aunque en Popayán, todo pasa sin que pase nada.

Pasa los años sin que se advierta una inversión suficiente y sostenida para su recuperación y mantenimiento. Otro año más y cada vez peor.

Aunque, como reza el dicho, de buenas intenciones está empedrado el infierno.

Después del gusto viene el disgusto. Recorrí el marco central de la linda Popayán; pero al contemplar lo que encontré, casi me hace brotar lágrimas.

Parado al pie de la Torre del Reloj, ya bien reparada, el tiempo no es nuestro y, me pregunté:

¿Qué pasa con nuestra ciudad?

Si quienes tenemos voz no la alzamos para reclamar por el trato que recibe Popayán, mañana no tendremos derecho a lamentarnos cuando el deterioro sea mayor.

Lo que dejamos pasar

Nos estamos  lamentando; pero hace años no fuimos capaces de protestar con suficiente fuerza cuando las calles aledañas a la Plaza recibieron el primer baño de pavimento asfáltico. Tampoco rezongamos cuando se instalaron los adoquines y se amplió el área peatonal del Parque de Caldas, obras entregadas oficialmente en 2010, tras un proyecto de remodelación y embellecimiento financiado por FONADE y la Alcaldía de Popayán.

Así que, en nombre de ese «progresista» desarrollo del suelo, se intervinieron las raíces de los árboles del parque. Al podar las raíces, le quitaron fuerza a los pies de las cinco araucarias que formaban una corona en homenaje al sabio Francisco José de Caldas. Sufrieron las consecuencias de la debilidad y raquitismo, al igual que el madroño, el caucho, el magnolio y otros árboles que daban sombra, oxígeno y belleza al Centro Histórico.

Aquí no se trata de oponerse al desarrollo ni de convertir la ciudad en una pieza de museo. Se trata de preguntar si las obras de embellecimiento y renovación urbana se planearon con suficiente consideración por el patrimonio natural que acompañaba al patrimonio arquitectónico.

Una ciudad histórica como la nuestra, no se conserva únicamente con fachadas blancas, balcones coloniales y calles empedradas. También se conserva protegiendo la vida que crece en sus plazas.

Las fuentes y la memoria

Recuérdese que, hacia 1935, la colonia sirio-hebrea y libanesa obsequió, como gesto de solidaridad y recordación, cuatro fuentes de agua revestidas con abigarrados y multicolores azulejos.

Durante algún tiempo fueron objeto de controversia como elementos decorativos, hasta que los payaneses terminamos acostumbrándonos a aceptarlas como parte integral de la ornamentación del parque. Pero, tampoco podemos olvidar la función que el agua y el mantenimiento adecuado cumplen en la conservación de la vegetación. Pues, si las fuentes dejaron de cumplir su función como el sistema de riego por no recibir la atención necesaria, los árboles terminaron pagando la factura del abandono.

En sus postrimerías los árboles con las heridas abiertas, son un fantasma de la seca arboleda, cuyas raíces buscan con angustia humana a los seres que amo.

Tardíamente, se dieron cuenta, que un elemento o árbol del parque «representa un riesgo latente de colapso» y, la preocupación deja de ser únicamente estética. Se convierte en un asunto de seguridad, mantenimiento y responsabilidad institucional, que debe ser evaluado y documentado por las autoridades competentes. Por ello:

Ahora si…nos jodimos

La gran sala de recibo de los payaneses, ya encerrada con cinta amarilla, como precaución de peligro por los árboles moribundos, acompañados por un ejército de hormigas en hilera va trepando por ellos.   

“Aserrín, aserrán, los maderos de San Juan” los árboles tumbarán, es la triste realidad, del parque de Caldas desaparecerán.

¡Vaya que lástima!  perder árboles de tantos años, como las araucarias, especies que pueden vivir un siglo o más en condiciones favorables. Su longevidad hace todavía más importante el cuidado que se les dispense.

La melancolía implícita en la mirada del sabio Caldas parece reflejar el trágico final de la corona de árboles que lo acompañó durante tantos años.

Y para quienes conocimos aquellas araucarias, su desaparición no es un simple cambio de paisaje. Es la pérdida de una parte de la memoria viva de la ciudad.

Civilidad, según HDG

Amantes de Popayán, no podemos sellar nuestros labios ante el deterioro de los espacios que pertenecen a todos.

La defensa del patrimonio no puede aparecer únicamente cuando se anuncia el cambio de una marca hotelera, se modifica una fachada o se pierde una estrella. Debe manifestarse también cuando se invade un andén, se abandona un parque, se deteriora un árbol y se pierde en el bosque del descuido un bien de uso público.

El Consejo de Estado ha emitido decisiones relacionadas con la protección del espacio público y los derechos colectivos. Corresponde revisar cada sentencia y su alcance concreto para que las autoridades cumplan las obligaciones que les corresponden.

Popayán no necesita solamente ciudadanos que la recuerden con nostalgia. Necesita ciudadanos que la defiendan con civismo, urbanidad y hechos.

Porque si seguimos dejando pasar todo, algún día, al mirar nuestra ciudad, tendremos que repetir aquello que decían las abuelas:

¡Ahora si…nos jodimos!

 

 

 

 

sábado, 19 de septiembre de 2026

El Ciro López y la Francisco Villamil

 






Aquí de nuevo, escribiendo mi columna dominical. En esta ocasión, honrando la memoria del generoso, don Ciro López, quien donó el terreno para el escenario deportivo que lleva su nombre. Tuve el privilegio de conocerlo, de profesión constructor, utilizando andamios de guadua; pero nunca se le cayó un andén. Andenes los de hoy con arremuescos donde se cae la gente. Don. Ciro, cuando de reprochar tenía, lo decía: “en tono bajito, casi como para no molestar: esa cuadrilla de obreros no va a rendir lo que dice esa hoja”.

La donación del terreno tenía el fin exclusivo para la construcción de un campo deportivo con graderías para los espectadores, destinado a competencias de diferentes disciplinas, entre ellas el fútbol, inaugurado el 8 de julio de 1951.

Lastimosamente hoy, el estadio Ciro López hace parte de una larga historia de abandono, disputas jurídicas, reclamos ciudadanos y deterioro físico. Un escenario que alguna vez representó progreso y encuentro deportivo, terminó convertido, como tantos otros bienes de nuestra ciudad, en un dolor de cabeza para quienes tienen la responsabilidad de conservarlo.

He aquí comienza otra historia, mucho más antigua, que tiene que ver con la famosa leyenda popular de Popayán: la maldición de la cruz de Belén.

Cuenta la tradición, que el obispo Carlos Bermúdez fue sacado por la fuerza del palacio arzobispal por hombres armados. Ante semejante agravio, el prelado habría proferido una severa imprecación contra la ciudad, advirtiendo que, si la cruz de la iglesia de Belén llegaba a caer, los muertos saldrían de sus tumbas y Popayán perecería.

La leyenda quedó prendida de la memoria colectiva y adquirió una fuerza particular después del terremoto de 1983, cuando la cruz sufrió graves daños, pero no cayó completamente. Para muchos, aquello fue suficiente para confirmar que la maldición seguía vigente.

Y si de maldiciones hablamos, pareciera que Popayán continúa pagando alguna factura que nadie sabe quién dejó pendiente.

Fundada en 1537, esta ilustre ciudad ha sido llamada cuna de dieciséis presidentes de Colombia. Sin embargo, a veces da la impresión de que ninguno hubiera pasado por aquí después de ocupar el solio presidencial. Tenemos historia, patrimonio, títulos, pergaminos y hasta presidentes para repartir; lo que seguimos buscando es, la manera de convertir tanta gloria acumulada en progreso visible.

Hasta el antiguo reloj de la Torre del Reloj parece haberse confabulado con nosotros: sin la manecilla para los minutos, permanece detenido en el tiempo, como si a los payaneses no nos interesara demasiado saber qué hora es ni, mucho menos, hacia dónde va la ciudad.

La supuesta imprecación también parece haberse extendido a otros bienes de Popayán y del Cauca. Pues, allí está la Plaza de Toros Francisco Villamil Londoño, patrimonio cultural de la ciudad, durante años escenario de corridas y espectáculos,  hoy convertida en una dolorosa muestra del deterioro que puede producir el abandono. La Alcaldía y la Gobernación han reconocido su delicada situación y han anunciado acciones para recuperar el inmueble. Pero entre anuncios, trámites, problemas jurídicos y tiempo transcurrido, el patrimonio continúa esperando.

Y qué decir de aquellas historias que rodean la plaza.

Se cuenta que la primera corrida realizada en Popayán prácticamente resultó gratuita para el público, porque la asistencia no fue la esperada y los toreros, traídos del cartel taurino de Cali, actuaron más por gusto que por negocio, atraídos por la belleza y las comodidades del pequeño albero, aunque reducido frente a la plaza de Cañaveralejo. Al propietario de los toros, según cuenta la tradición oral, hubo que pagarle con dos letras de cambio, documento legal que respaldaba la deuda (vaya a saber si las hicieron efectivas).

En 1972 también actuó allí el cantante español Raphael, acompañado por Los Brujos de Venus, pero tampoco se llenaron las graderías. De ahí nació aquella ocurrencia o chispa patoja de llamar al coso taurino: “la plaza más grande del mundo”, porque nunca se llenaba.

Humor aparte, hay algo más serio detrás de todo esto.

La responsabilidad sobre el patrimonio público —o sobre aquellos bienes que hacen parte de la memoria colectiva de la ciudad— no puede diluirse entre oficinas, administraciones, entidades, juntas, procesos jurídicos y buenos propósitos. El patrimonio no se conserva con discursos. Se conserva con decisiones, recursos, mantenimiento, transparencia y voluntad política.

Y aquí aparece otra de nuestras particulares costumbres: la maledicencia.

A nuestros alcaldes, con independencia de sus aciertos o equivocaciones, muchas veces los rajamos como si fuera deporte local. Una obra no termina y ya tiene culpable; una obra se termina y siempre aparece quien encuentra la falla; un proyecto se anuncia y se critica; otro se demora y también se critica. Y así vamos construyendo una cadena interminable de improperios que muy poco ayuda a solucionar los problemas de la ciudad.

Por supuesto, la crítica ciudadana es necesaria. La vigilancia sobre lo público es indispensable. Pero una cosa es exigir cuentas y otra muy diferente convertir la descalificación en costumbre.

Aquí, mucha gente habla de lo que no entiende, de lo que cree entender y de lo que entiende apenas a medias.

Y, aun así, Popayán encanta.

Es bella, lenta, anacrónica y, en ocasiones, refractaria al progreso. Parece detenida en el tiempo impreciso entre el siglo XIX y mediados del XX, con ese persistente olor a calicanto que se desprende de sus muros, sus faroles, sus balcones y el aliento ceniciento de sus viejas techumbres.

Tal vez por eso seguimos amándola.

Y aterra pensar que, en alguna esquina de Popayán, el espectro del viejo arzobispo todavía deambula buscando a quién culpar. Quizá las fuerzas sobrenaturales del inframundo, en vez de desaparecer, simplemente se han modernizado y ahora reaparecen de vez en cuando en algunos candidatos de bajo perfil non sanctus.

Pero no exageremos.

Cuando se acerque el día de las brujas, quizá no sea mala idea organizar un exorcismo colectivo. No para sacar a los muertos de sus tumbas, sino para sacar de nosotros algunas viejas mañas: el conformismo, la desidia, la maledicencia, la indiferencia y esa inexplicable capacidad de acostumbrarnos al deterioro.

A lo mejor así rompemos la maldición.

Civilidad, según HDG: Popayán no necesita exorcistas. Necesita ciudadanos que quieran a su ciudad lo suficiente como para no dejarla morir de abandono.

sábado, 12 de septiembre de 2026

El Patrimonio Patojo

 


Hemos visto que la floreciente cadena hotelera de cinco estrellas que administraba la joya arquitectónica colonial, antiguo monasterio, bajó su marca de la fachada. Se va por falta de acuerdo contractual con su propietario, la Gobernación del Cauca. Después de 28 años, se marcha, pero otra cadena hotelera llegará a ocupar ese espacio. Entonces, este emblemático inmueble del Centro Histórico de Popayán no cerrará sus puertas.

Existe, sin embargo, una natural preocupación por las estrellas, esas que indican el nivel de calidad, los servicios, los espacios y las comodidades que ofrece un hotel a sus huéspedes, mientras la ciudad sucumbe silenciosamente ante el deterioro de buena parte de su patrimonio.

Ojalá los lamentos, incluso esos que se pronuncian en tonos lastimeros y con algún aderezo del dialecto local, fueran también en defensa de aquellas estructuras de estilo colonial español, típicamente de dos plantas, que caracterizan nuestro Centro Histórico. Construcciones que combinan una apariencia sobria con detalles cuidadosamente elaborados —molduras, cornisas y otros elementos ornamentales— que resaltan la riqueza artesanal de una época, pero que hoy, en no pocos casos, se vienen abajo a pedazos.

El patrimonio no es solamente aquello que admiramos en las fotografías antiguas. Son también las construcciones que han logrado sobrevivir al paso del tiempo como valiosos testimonios de nuestra historia, nuestro arte y nuestra cultura.

La edificación monástica es uno de los establecimientos más exclusivos de la urbe y, al mismo tiempo, una de las joyas coloniales más importantes que posee la Ciudad Blanca. En su época de esplendor llegó a constituir uno de los conjuntos conventuales más extensos de la región.

La defensa de lo público y de nuestro patrimonio no debería convertirse en una discusión innecesaria entre ciudadanos. Sería mucho más provechoso que, en lugar de enfrascarnos en polémicas, nos ocupáramos de defender integralmente la ciudad y derramáramos lágrimas sinceras por el deterioro de un patrimonio histórico y arqueológico que constituye parte esencial de la identidad cultural, del turismo y de la memoria colectiva de los payaneses.

Como si fuera poco, la falta de mantenimiento de muchas de esas viejas casonas del Centro Histórico representa un riesgo para los peatones. No basta con contemplarlas, fotografiarlas o presumir de ellas: también hay que cuidarlas.

Hasta hace pocos días contábamos la historia de aquella “ira de Dios”, de esa torre símbolo de la ciudad, para explicar las ruinas que todavía marcaban el suelo y recordar que el patrimonio también puede desaparecer cuando la indiferencia se vuelve costumbre.

¿Y qué decir de aquel otro patrimonio patojo que fue derribado el 16 de septiembre de 2020 por integrantes de la comunidad Misak? Han transcurrido ya seis años desde que la estatua del fundador de Popayán terminó en el suelo. Seis años esperando saber si volverá a ser instalada en algún lugar.

No se han escuchado con la misma intensidad los lamentos de quienes hoy defienden a ultranza las estrellas de moda en Popayán, mientras el fundador de la ciudad parece dormir el sueño de los justos.

Y, como ya parece ser costumbre, la ciudad de paredes blancas no arranca, no avanza, ni siquiera lentamente, hacia el cumplimiento de sus 500 años de fundación.

Popayán ya no puede vivir únicamente de su pasado colonial. Tiene que enfrentar los retos urbanos del presente, sin renunciar a su cultura, su gastronomía, su memoria y esa vida cotidiana que todavía le concede un carácter propio.

La ciudad despierta cada mañana con la misma pregunta, todavía sin respuesta: ¿en qué momento de nuestra historia dejamos que la indiferencia dejara de ser una metáfora para convertirse en costumbre?

¡El conformismo social también mata!

Tal vez la verdadera locura de esta ciudad no esté en sus apodos ni en su historia, sino en nuestra incapacidad para convivir, para conservar lo propio y, sobre todo, para proteger lo que heredamos.

Porque mientras no recuperemos el respeto por el criterio del otro y por nuestra propia ciudad, el reloj de la torre seguirá detenido y Popayán continuará atrapada en su propio delirio.

Civilidad según HDG: Si alguna vez Popayán fue el mejor vividero del mundo, no fue solamente por lo que tenía, sino por la manera como sus habitantes sabían cuidarla.

sábado, 5 de septiembre de 2026

Llegó la hora de caminar Popayán

 


Llegó la hora de caminar Popayán


Hay momentos en la vida de las ciudades en que no basta con mirar hacia atrás: hay que atreverse a mirar hacia adelante. Popayán está precisamente en uno de ellos.

El mundo contemporáneo, y también Colombia, ha entendido que recuperar el espacio público para el peatón no es un capricho urbanístico, sino una manera de devolverle vida a las ciudades. Cali, por ejemplo, avanzó en la recuperación de espacios del Centro Histórico y su entorno con ocasión de la COP16, demostrando que cuando existe voluntad política, las calles pueden dejar de ser simples corredores para vehículos y convertirse nuevamente en lugares para encontrarse, caminar y vivir.

Popayán tiene ante sí una oportunidad todavía mayor.

La propuesta de peatonalizar el Centro Histórico, el rostro más lucido de la Ciudad Blanca, no es nueva ni pertenece al reino de las utopías. Mucha tinta ha corrido reclamándoles a los sucesivos alcaldes que se decidan de una vez por todas a conjugar el verbo peatonalizar y a convertir en realidad los propósitos de protección y recuperación contenidos en el Plan Especial de Manejo y Protección, PEMP, del Centro Histórico.

Pero seguimos esperando.

Y mientras esperamos, los automóviles y las motocicletas continúan ganándole terreno al peatón en unas calles que fueron concebidas mucho antes de que alguien imaginara que algún día tendríamos que disputárnoslas entre carros, motos, vendedores, estacionamientos y transeúntes.

Ahora tenemos una fecha que debería servirnos de despertador: el 13 de enero de 2037, Popayán llegará a sus 500 años. La reciente Ley 2623 de 2026 asocia oficialmente a la Nación a esta celebración y, entre otras disposiciones, contempla acciones de conservación, mejoramiento y embellecimiento del centro histórico.

Tenemos, entonces, once años.

Once años parecen mucho tiempo para quien mira el calendario; para una ciudad, son apenas un suspiro.

Por eso, si las dos próximas administraciones municipales se ponen las pilas, como dice la muchachada, Popayán podría llegar a sus cinco siglos convertida en una ciudad donde caminar por el Centro Histórico no sea una aventura entre carros y motos, sino una experiencia segura, agradable y práctica.

No se trata simplemente de cerrar unas cuantas calles y poner unas señales de tránsito. Se trata de concebir una nueva manera de habitar el corazón de la ciudad.

Y no tendríamos que inventar demasiado.

Cada año, durante nuestras tradicionales procesiones de Semana Santa, algunas de las principales calles del Centro Histórico se cierran temporalmente al tráfico vehicular. ¿Y qué sucede? Nada extraordinario: la ciudad camina. La gente sale, se encuentra, observa, conversa y disfruta. El peatón se convierte, durante unas horas, en el verdadero dueño de la calle.

Y nadie se muere por eso.

Por el contrario, se respira mejor y todos felices.

Además, las procesiones de Popayán son un ejemplo de que una ciudad histórica puede organizarse alrededor de una actividad peatonal masiva cuando existe voluntad, planificación y respeto por unas reglas colectivamente aceptadas. Esa tradición, arraigada durante siglos en el sentimiento de los payaneses, demuestra que la ciudad tiene capacidad para hacerlo.

Lo que falta es convertir la excepción en una política urbana.

La celebración de los 500 años no debería reducirse a actos protocolarios, discursos, placas conmemorativas y fotografías para la posteridad. Sería una lástima que llegáramos a 2037 con la misma ciudad que hoy padecemos, simplemente adornada para la ocasión.

Los 500 años deberían ser la oportunidad para preguntarnos qué Popayán queremos entregarles a quienes vienen detrás.

Y aquí aparece una palabra que me gusta especialmente: Civilidad.

No la propongo como una palabra nueva, sino como una interpretación deliberadamente reforzada de dos conceptos que conocemos bien: civismo y urbanidad. Civilidad es, para este propósito, aprender a compartir la ciudad, respetar al otro, cuidar el espacio público y entender que la calle no pertenece exclusivamente a quien conduce un vehículo.

Porque rescatar la antigua condición de “ciudad culta” exige algo más que recordar a nuestros poetas, presidentes, próceres, científicos y personajes ilustres. Una ciudad culta también debe demostrar cultura en la manera como utiliza y respeta sus espacios.

De ahí que la civilidad y el ornato deban convertirse en protagonistas de la celebración.

Hay antecedentes que deberían inspirarnos. En el Archivo Histórico de la Universidad del Cauca reposa, según se ha documentado, una disposición relacionada con el enlucimiento de la ciudad y el blanqueamiento de las fachadas por donde pasaban las procesiones. Si nuestros antepasados entendieron que una ciudad debía prepararse y engalanarse para sus grandes acontecimientos, ¿por qué nosotros no podemos hacer lo mismo?

Pero esta vez no se trata solamente de pintar fachadas.

Se trata de recuperar calles.

De devolverlas a la gente.

De transformar determinados sectores del Centro Histórico en espacios donde puedan convivir el patrimonio, el comercio, la cultura, el turismo y la vida cotidiana, con prioridad para el peatón.

La peatonalización bien planeada puede contribuir a mejorar la movilidad, reducir el ruido y la contaminación, fortalecer la actividad comercial y turística y, sobre todo, recuperar el espacio público como lugar de encuentro.

El visitante que llega a Popayán no viene a admirar nuestros monumentos desde el interior de un automóvil. Viene a caminarla.

Quiere conocer el Parque Caldas, la Torre del Reloj, las iglesias, los museos, las casonas, el Puente del Humilladero y esas calles blancas que constituyen buena parte de nuestra memoria urbana. Quiere sentarse, mirar, conversar, tomar fotografías, entrar a una tienda, comer algo, comprar un recuerdo y seguir caminando.

En otras palabras, quiere vivir la ciudad.

Y para eso hay que recuperar el corazón de Popayán como punto de encuentro de residentes y visitantes, de hoteles, restaurantes, comerciantes, tiendas, museos y espacios culturales.

No se trata de expulsar al automóvil de toda la ciudad. Nadie está proponiendo semejante disparate. Se trata de establecer prioridades razonables en determinados sectores del Centro Histórico: primero el peatón, luego el transporte necesario y, donde sea posible, los demás modos de movilidad.

También habrá que pensar en quienes tienen dificultades para desplazarse, en las personas mayores, en los niños y en las personas con discapacidad. Una ciudad amable no es aquella que simplemente permite caminar; es aquella que permite hacerlo con seguridad, accesibilidad y dignidad.

Para conseguirlo se necesita planificación: estudios de movilidad, rutas alternativas, zonas de cargue y descargue, estacionamientos periféricos, señalización apropiada, mantenimiento permanente del espacio público, arborización, cuidado del Parque Caldas y una estrategia clara para comerciantes y residentes.

Y, por supuesto, participación ciudadana.

Porque ninguna transformación urbana puede hacerse contra la ciudad. Hay que hacerla con la ciudad.

La nueva ley de los 500 años nos acaba de poner una fecha sobre la mesa y, además, contempla expresamente acciones de conservación, mejoramiento y embellecimiento del centro histórico.

Entonces, ¿Qué estamos esperando?

Popayán tiene once años para prepararse.

Once años para planificar.

Once años para invertir.

Once años para recuperar sus calles.

Once años para demostrar que una ciudad puede conservar orgullosamente su pasado sin quedarse atrapada en él.

Once años parecen mucho tiempo para quien mira el calendario; para una ciudad, son apenas un suspiro.

Porque Popayán no tiene que escoger entre su historia y su futuro. Precisamente porque tiene una historia extraordinaria, está obligada a construir un futuro a la altura de ella.

Y quizá el primer paso sea tan sencillo como este:

devolverle sus calles a quien siempre debió ser su protagonista: el peatón.