Se me hace agua la boca con solo recordar aquellos
amasijos, mezclas y revoltijos que circulaban por las hidalgas calles
payanesas. La dinámica de las ciudades cambia a pasos agigantados; sin embargo,
aquel grito a pulmón herido, conocido como pregón, que durante décadas
fue uno de los principales medios del comercio callejero, todavía se resiste a
desaparecer. Aunque muchos vendedores han cambiado la voz por los altavoces,
aquellos sonidos siguen vivos en la memoria de quienes tuvimos el privilegio de
escucharlos. ¡Recuerdos inolvidables!
A mí no me lo contaron: ¡yo viví esa época! Por eso,
cómo no evocar aquellos tiempos en los que cada pregón anunciaba una delicia y
despertaba el apetito de los transeúntes. Mi memoria, dispuesta a desempolvar
vivencias, me transporta a ese universo de aromas, olores y sazones que
formaron parte de la vida cotidiana de mi amada Popayán. Son recuerdos propios,
experiencias que hoy comparto con mis lectores para saborear, siquiera por unos
instantes, aquel mundo de comidas, fogones y tradiciones populares.
Aún retumba en mis castos oídos aquel grito
inconfundible: «¡Mazamorra!», acompañado, en ocasiones, por el sonido de una
bocina de caucho instalada en la bicicleta del vendedor. Hoy, buena parte de
esos pregones ha sido reemplazada por grabaciones reproducidas a través de
altavoces adaptados en triciclos y vehículos. Cambian los medios, pero persiste
la intención de anunciar el producto y conquistar al comprador. ¡La tecnología
también se metió en la cocina callejera!
Sí, amables lectores: en este que muchos
consideramos el mejor vividero, Popayán contaba con 44.808 habitantes, según el
censo de población de 1951. La ciudad conservaba una fisonomía apacible y su
trazado semejaba un tablero de ajedrez, con calles que se cruzaban entre
caserones de amplios solares y huertas, donde crecían cafetos, chirimoyos,
naranjos, mandarinos y toda suerte de verduras. En las mañanas, el canto del
gallo anunciaba el despertar de la vida doméstica, mientras los primeros rayos
del sol iluminaban patios, tejados y jardines.
Y es que, en las calles de aquel Popayán que se nos
fue, cada oficio tenía sus propios cantos, tonos y horarios de recorrido. Los
vendedores, expuestos al sol y al polvo, aportaban una particular banda sonora
a la ciudad. Sus voces anunciaban productos y, de paso, mantenían viva una
costumbre que hoy sobrevive, principalmente, en la memoria de quienes conocimos
aquella ciudad de otros tiempos.
En este recorrido gastronómico aparecen las arepas
de maíz y de choclo, las empanadas recién preparadas, acompañadas de su
infaltable ají de maní, los tamales y los envueltos, protegidos en hojas de
plátano para conservar el calor y el sabor. Y qué decir de los dulces y las
colaciones: cocadas, manjar blanco y frutas caladas, ofrecidos en las tardes
para deleite de grandes y chicos. Detrás de muchas de estas delicias estaban
las manos laboriosas de familias que, con ingredientes sencillos y recetas
heredadas, convertían la cocina en un verdadero arte popular.
Antes de que la publicidad moderna se apoderara de
tantos espacios, la voz del vendedor era su mejor anuncio. El pregón, el sonido
de una bocina y la exhibición directa del producto constituían formas sencillas
y eficaces de atraer a la clientela. Hasta la leche sin bautizar, despachada
por jarros en los andenes, tenía su lugar en aquel comercio cotidiano. ¡Y
cuidado con que el comprador sospechara que le estaban dando gato por liebre!
Cada vendedor tenía su manera de hacerse escuchar y cada comprador reconocía,
muchas veces desde la distancia, aquello que venían a ofrecerle.
Como los antojos no eran únicamente para calmar el
hambre, también había delicias para refrescarse y endulzar la vida. En los días
calurosos aparecía el famoso raspado, preparado con hielo desprendido de un
bloque y convertido en granizado sobre una carreta de madera. A su lado
desfilaban la caucharina, el ponche, la melcocha batida, el algodón de azúcar,
las solteritas, los chupis y las cremas servidas en cono. ¡Quién pudiera
devolverles el tiempo a aquellos sabores y a quienes los ofrecían! Más de uno
de mis contemporáneos estará salivando con solo leer estas líneas.
Hablar de estas comidas es contar una historia
hecha de muchas historias: las de las familias que conservaron sus recetas, las
de los vendedores que recorrieron nuestras calles y las de quienes aprendimos a
reconocer Popayán también por el gusto y el olfato. Son saberes y sabores que
identifican una región y que, generación tras generación, han contribuido a
construir nuestra identidad. Porque una ciudad no se conoce solamente por sus
monumentos, sus templos y sus casonas; también se descubre en sus cocinas, sus
mercados y sus sabores populares.
Pero esta tradición no significa que la gastronomía
deba quedarse detenida en el pasado. Al contrario, puede dialogar con la
innovación y encontrar nuevas formas de proyectarse sin perder sus raíces. Para
la muestra, el XXIV Congreso Gastronómico de Popayán, programado del 22 al 25
de octubre, reunirá a representantes de Arequipa, Perú; Manizales y El Tambo, con
el arroz como producto central. Una cita que vuelve a poner sobre la mesa la
riqueza de nuestras cocinas y la posibilidad de encontrarnos con otras culturas
a través de sus preparaciones.
Porque la cocina también cuenta historias. En una
salsa, un guiso, un hogo, un sancocho o un ajiaco se encuentran ingredientes,
técnicas, herencias familiares y maneras de entender la vida. Cada plato puede
ser un puente entre generaciones y territorios; cada receta, una memoria que se
transmite sin necesidad de escribirla. Y si de comer como chinos se trata, que
no falte el buen apetito, porque en materia de sabores siempre habrá espacio
para repetir.
Por eso, cuando vuelvo a escuchar un pregón o
recuerdo aquellos sabores de mi infancia, comprendo que los antojos patojos son
mucho más que una invitación a comer. Son parte de nuestra historia cotidiana,
de esa Popayán que cambia, pero que todavía conserva aromas, voces y recuerdos
capaces de reunirnos alrededor de una misma mesa. Y, como último pregón, uno
que todavía nos convoca: «¡A comer!». ¡Que no se pierdan nuestras tradiciones
ni se nos acabe el apetito por recordarlas!
Civilidad, según HDG: Contar
estas historias y evocar las distintas épocas de mi amada Popayán es reconocer
que el pasado no se repite, pero sus enseñanzas y tradiciones pueden
acompañarnos hasta el siglo XXI.

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