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lunes, 25 de mayo de 2026

Vivir y morir en Popayán

En Popayán, ciudad de historia, tradiciones y silencios largos, hablar de la muerte no debería resultarnos extraño. Durante siglos, esta ciudad ha aprendido a convivir con la idea del tiempo, del rito y de la trascendencia. Sin embargo, en la vida cotidiana contemporánea, la muerte se ha convertido en un tema incómodo, negado o reducido a una noticia fugaz, cuando en realidad es la única certeza que acompaña al ser humano desde su nacimiento. 

La negación del fin de la vida no nos hace más fuertes. Por el contrario, suele generar angustia, ansiedad y una relación superficial con el presente. En una ciudad que se precia de su tradición espiritual y cultural, resulta pertinente recordar que aceptar la finitud no es un acto de derrota, sino una forma madura de comprender la existencia. Vivir con la conciencia del límite nos permite valorar lo esencial y actuar con mayor responsabilidad frente a nosotros mismos y frente a los demás. 

Popayán, marcada por su herencia religiosa y su memoria colectiva, ha entendido históricamente la muerte como parte de un tránsito y no como un final absoluto. No se trata de imponer creencias, sino de reconocer que distintas tradiciones —religiosas, filosóficas y culturales— coinciden en un punto esencial: la muerte forma parte del orden natural de la vida. Desconocerlo solo alimenta miedos que terminan afectando la salud emocional y la convivencia social. 

En los últimos años, el temor excesivo a la enfermedad, al accidente y a la incertidumbre ha generado una sociedad más ansiosa y menos reflexiva. El miedo patológico a morir, conocido como tanatofobia, deteriora la calidad de vida y nos aleja de una vivencia plena del presente. Frente a ello, resulta necesario promover una conversación pública más serena, que permita comprender la muerte no como obsesión, sino como un recordatorio de la responsabilidad que implica estar vivos. 

Desde que nacemos, comenzamos a perder la vida lentamente. Esta verdad, lejos de ser trágica, debería invitarnos a agradecer lo cotidiano: la salud, la familia, el trabajo, el conocimiento, la posibilidad de expresar ideas y de participar en la vida social de la ciudad. Popayán, con su ritmo pausado y su profunda vocación cultural, ofrece el escenario propicio para recuperar esa mirada reflexiva que hoy parece extraviada. 

Hablar de la muerte también es hablar del duelo. Una sociedad que comprende la finitud acompaña mejor a quienes sufren una pérdida y evita caer en extremos que paralizan. Aprender a despedirnos con serenidad es tan importante como aprender a vivir con sentido. 

Este editorial no busca una exhortación religiosa ni ideológica. Es un llamado ciudadano. Reconocer nuestra fragilidad nos hace más humanos, más solidarios y más respetuosos. No somos un accidente de la naturaleza, sino parte de una historia que nos precede y que continuará cuando ya no estemos. 

Civilidad: Tal vez Popayán, fiel a su tradición y a su vocación reflexiva, pueda dar ejemplo promoviendo una cultura de la vida que no le tema a la muerte. Porque solo quien entiende su finitud es capaz de vivir con dignidad, responsabilidad y auténtico respeto por la existencia. 

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