En la historia política de Colombia hay frases que sobreviven al paso del tiempo porque encierran una verdad profunda. Una de ellas es, aquella sentencia pronunciada por el poeta caucano Guillermo Valencia durante las honras fúnebres del general liberal Rafael Uribe Uribe, asesinado en Bogotá en 1914: «Democracia, bendita seas, aunque así nos mates». Estas palabras, surgidas en medio del duelo nacional, condensaron en una sola frase la paradoja de la vida democrática: sistema lleno de tensiones, pasiones y conflictos, pero que sigue siendo capaz de garantizar la libertad.
El asesinato de Uribe Uribe estremeció al país que todavía llevaba abiertas las heridas de la Guerra de los Mil Días. Colombia era entonces una nación profundamente dividida por rivalidades políticas donde el debate con frecuencia degeneraba en odio y la confrontación ideológica terminaba en violencia. En ese contexto, las palabras de Valencia no fueron un gesto de resignación ni un lamento fatalista. Fueron, más bien, una declaración de principios. Un recordatorio de que, aun cuando la democracia duela, aun cuando sacuda a la sociedad con crisis y enfrentamientos, sigue siendo preferible a cualquier forma de autocracia.
La democracia, por naturaleza, es ruidosa e imperfecta. En ella caben las pasiones, los desacuerdos y las palabras encendidas. No es el reino del silencio obediente ni de la unanimidad forzada. Es, por el contrario, el escenario donde las diferencias se expresan, se confronta y —con suerte— encuentran caminos de convivencia. Nuestra democracia puede ser imperfecta y hasta trágica, pero sigue siendo el camino legítimo para la vida política de Colombia.
Por eso, cuando el debate político se vuelve áspero o cuando el ambiente público parece saturado de confrontaciones, conviene recordar que esas tensiones también forman parte del precio de vivir en libertad. El verdadero peligro no está en el ruido democrático, sino en el silencio impuesto. Las sociedades donde nadie discute, donde nadie contradice al poder y donde las voces se apagan en nombre del orden, terminan pagando un precio mucho más alto: la pérdida de la libertad.
Más de un siglo después, la frase de Guillermo Valencia sigue resonando con inquietante actualidad. Nos recuerda que la democracia no es un jardín perfecto, sino un terreno donde crecen tanto las flores como las espinas. Pero también nos enseña que, aun con sus heridas y contradicciones, sigue siendo el único camino que permite a los pueblos decidir su destino.
Frente a los desencantos de la política y a las frustraciones del presente, conviene volver a aquella reflexión nacida en medio del duelo nacional. Porque, al final, incluso en sus momentos más difíciles, la democracia sigue siendo la mejor garantía de nuestra libertad.
Civilidad: Como lo expresó Valencia con dolor y lucidez, vale repetirlo una vez más: democracia, bendita seas… aun cuando a veces parezca que nos hieres.
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