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domingo, 7 de agosto de 2022

El brazo en abrazo fraterno

 


Vivimos tiempos de inconciencia creciente por múltiples temáticas del mundo y de Colombia. De allí mi opinión de que el demonio existe. Su actividad en medio de nosotros, no solo es objeto de conversación, sino de continua preocupación. Estamos en un siglo deteriorado por la maldad del ser humano, condición que indica la ausencia de principios morales, bondad, caridad o afecto natural por el entorno y los entes que figuran en él. En fin, el diablo y su presencia en la humanidad, es una realidad. Desde la aparición del hombre hay muchas visiones del demonio. Por ello, me referiré a las implicaciones en la vida de la comunidad. Nos separan miles de años de historia y de cultura; por consiguiente, aquellos, tenían una mentalidad absolutamente diferente a la actual. El demonio, en el contexto bíblico, palabras como diablo, Satanás, Lucifer, espíritu de las tinieblas, identifican al contradictor, al que se opone siempre al bien y a Dios.

Hablar de la maldad, escandaliza la gente. Comprensible esa susceptibilidad. Pero no por eso, podemos negar las atrocidades que suceden en el mundo, incluso en este bello país, donde sólo en el año pasado, Colombia registró la tasa de homicidios más alta de los últimos siete años. Durante el 2021 perdieron la vida de manera violenta 13.709 personas. Sin ignorar los datos del DANE que demuestran que más de la mitad de los colombianos viven en condiciones infrahumanas, es decir que más de 21 millones de personas viven en la pobreza y 7,4 millones en pobreza extrema. Entonces, insisto, la maldad del diablo existe. Aunque algunos sostengan, que hablar del mal es complejo. Dificil sí, porque el ser humano tiene la tendencia a realizar el gusto de aplastar al otro, porque le trae placer. Todos llevamos el oculto gozo de imponerle al otro su punto de vista. Tenemos ese secreto placer de hacer que el otro haga lo que uno quiere. En las estructuras sociales y económicas del mundo, existe el profundo placer de acumular grandes cantidades de dinero para derrocharlo en lo que bien le viene en gana, mientras que en la tierra sobreviven tres mil millones de personas que no tienen lo necesario para vivir dignamente. Algunos dicen: "es que así son las leyes de la economía, no las podemos cambiar". Necios, porque no entienden que, todo es construcción de los hombres. ¡Si lo queremos cambiar, lo cambiamos!  

Colombia pasa por un momento de polarización sumamente delicado. Se oye el desgarrador grito para definir los terribles sufrimientos desencadenados durante largos periodos de tiempo y que todos conocemos: violencia, miedo, terror, desapariciones, crímenes de toda índole, corrupción, etc., etc. 

Por ese dolor de país, el pueblo cambió de camino ¿Qué hacemos? Ahora obliga la razón a respetar a la autoridad presidencial, clamando por una economía sana. No es momento de errores ni deslices. Se anhela sensatez, pies sobre la tierra y cabeza fría para gobernar. Sin llamados a la confrontación, sin resentimientos de un lado ni del otro.  Alimentar los corazones de amor y, no de odio como única forma de ponerle fin a las desigualdades y a las injusticias sociales. Entonces, el aporte de todos los colombianos sin exclusión, será ahuyentar el diablo que llevamos adentro para ser parte del cambio estructural de la sociedad colombiana.  Dispuestos a no herir con la palabra ni siquiera con la mirada. Preparados para lanzar al fondo del rio, el fuego y la venganza. Con el mar siempre en calma, para perdonar y ser clemente, ofreciendo el brazo en un abrazo fraterno.

Colombia abriga la esperanza, de que, al ocupar tan alta dignidad, el doctor Gustavo Francisco Petro Urrego, sea el gran custodio de democracia. Que más allá de su ego, de su ambición o sus creencias políticas, sea un presidente capaz de honrar los preceptos constitucionales ¡Que el sol brille para todos!  y, que el Dios de esta patria adolorida, lo guie para alcanzar la transformación social. Porque la paz será duradera en Colombia, cuando se consolide una presencia integrada del Estado en todo el país

Civilidad: Participación ciudadana para materializar los cambios con diálogo entre gobernantes y ciudadanos para lograr objetivos comunes.

 

 

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