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domingo, 19 de abril de 2026

470 años paso a paso en Popayán

 


Popayán entra en vigilia mucho antes de que suene el primer tambor. La espera, casi ansiosa, se siente en las angostas calles por donde transitan los pasos, como si la ciudad entera llevara meses ensayando el silencio. Durante todo el año, en las cofradías de cargueros no se habla de otra cosa que de la próxima Semana Mayor. Es la versión local de la gabinetología: quién carga, quién repite, quién asciende al barrote, quién queda en promesa.

Mucho ruido hay en las vísperas, antes de que la primavera traiga el redoble de los tambores y los ritos arcaicos que sobreviven en una sociedad cada vez más laica, donde el único dogma que no pierde fieles es el del dinero. Porque también llega la temporada alta de divisas nacionales y extranjeras que entran a porrones a la Ciudad Blanca, anunciadas entre pregones de “maní fresquito y tostadito”, mientras detrás avanza el barrendero recogiendo no solo la basura que cae al suelo, sino la que también se habla caminando las calles.

Con la cruz latina se inicia el recorrido sagrado por las principales iglesias del centro histórico, ese mismo territorio donde la religión pasó a ser materia optativa en colegios y escuelas. Así se cumple, año tras año, la función más antigua de esta Jerusalén de América: representar la Pasión. Crujen las andas y, por cooptación más que por vocación, los nazarenos elegidos toman los barrotes y cargan a cuestas el peso simbólico de la fe y la tradición.

Rechinan los maderos centenarios, balanceándose sobre alpargatas de cabuya que dejan huella en hombros curtidos por los años. Así se inscribe el sacrificio visible, recompensado con la alcayata de oro que algún día colgará en la solapa como medalla de fe, estatus y memoria, incluso más allá de la vida.

El pueblo acompaña, conmemora la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo entre desfiles solemnes, apóstoles dormilones de rostro bonachón en el Monte de los Olivos y, el infaltable chiste patojo sobre el beso de Judas, que aligera el peso del incienso y recuerda que, aun en el rito más serio, Popayán no renuncia del todo a la sonrisa.

Todo ocurre en un paisaje único, donde la luz se mezcla con el blanco recién lavado de las paredes y el centro histórico se convierte en escenario mayor. Es entonces, cuando la Ciudad Ilustre recibe al mayor número de visitantes, atraídos por el valor artístico e iconográfico de unas imágenes que no solo se procesionan: se posesionan en la memoria colectiva.

Así, paso a paso, Popayán vuelve a cargar su Pasión. No solo la de Cristo, sino la de una ciudad que debate entre la fe y el turismo, entre el rito y el negocio, entre el silencio devoto y el ruido del mundo moderno. Y, aun así, cada año, cuando se apagan las luces y avanza el primer paso, la ciudad vuelve a creer, aunque sea por una semana.

Civilidad: La Semana Santa en Popayán se lleva a cabo desde 1556. Sus Procesiones sacras son la celebración religiosa más importante del país. ¡Conservémoslas!


domingo, 22 de marzo de 2026

"Hasta que la muerte los separe"

 


En una época como la nuestra, donde casi todo se mide con el metro frío de la eficiencia, la productividad o la lógica inmediata, surge una pregunta que puede parecer extraña, incluso incómoda: ¿Qué hacemos con el amor cuando la persona amada ya no está? ¿Dónde queda ese sentimiento cuando la vida nos enfrenta a la ausencia definitiva?

Tal vez por eso la antigua fórmula de los votos matrimoniales conserva todavía una fuerza simbólica extraordinaria. En la ceremonia católica, cuando el sacerdote une a los esposos, pronuncia una frase que todos hemos escuchado alguna vez: “hasta que la muerte los separe”. En apariencia, la sentencia delimita el final del vínculo: la unión dura mientras ambos vivan.

Pero la experiencia humana suele desmentir la literalidad de esas palabras. Porque hay amores que no se extinguen con la muerte. Cambian de forma, se transforman, se vuelven memoria, presencia silenciosa, compañía invisible. El vínculo físico desaparece, pero el sentimiento encuentra otros caminos para seguir existiendo.

Lo atestiguo desde la experiencia personal. El duelo es un proceso íntimo y distinto para cada quien. Sin embargo, con el paso del tiempo uno comprende que el amor verdadero no desaparece; simplemente se transforma. La soledad enseña mucho: la tristeza puede convertirse en gratitud, el silencio en recuerdo, y la ausencia en una forma distinta de presencia. Pues, el amor que sobrevive a la muerte ya no espera nada a cambio. No discute, no compite, no se defiende. Se vuelve memoria viva. Habita en los pequeños rituales cotidianos del que se queda: en una canción que se recuerda, en una palabra, pronunciada en voz baja, en los gestos sencillos con los que se honra a quien partió.

Hoy hace seis años murió mi esposa. Desde entonces, domingo tras domingo la visito. Pocas veces he faltado. Allí, frente a su tumba, le hablo en voz baja: le cuento de los hijos, del trabajo, de lo que me alegra o me preocupa. A veces parece un diálogo conmigo mismo; otras veces siento que está a mi lado, y que, en el silencio, también me responde. Hay días en que le escribo como hoy. En otros, le canto las canciones que le gustaban, hasta que inevitablemente se me escapa una lágrima. Algunos dirán que es una locura. No me incomoda. Si es locura, es una locura de amor. Es mi manera de seguir compartiendo con ella, de prolongar una conversación que la muerte no logró interrumpir del todo; en la soledad sus recuerdos me hacen compañía.

Vivimos en una sociedad que insiste en que el duelo debe superarse, que hay que “pasar la página”, que el recuerdo debe ceder paso al olvido para seguir adelante. Pero la vida me ha enseñado algo distinto: hay cosas que no se superan. Se llevan consigo. Se llevan con dignidad, con memoria, con gratitud. Porque el amor, en su misteriosa capacidad de transformación, encuentra siempre la manera de permanecer. Ya no en la presencia física, sino en la huella profunda que deja en el alma. Y quizás esa sea la forma más pura del amor: aquella que, incluso después de la muerte, sigue viviendo en quien la recuerda. Con el paso del tiempo el recuerdo no desaparece; a veces se vuelve más intenso. Tal vez por eso el duelo no termina: simplemente se aprende a convivir con la vida. Final del formulario

Civilidad: Con el tiempo, la persistencia del recuerdo se vuelve más agudo, indicando que el duelo no termina.

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 21 de marzo de 2026

Amor Eterno

 

 Amor Eterno
                                                          
                                                            Amor Eterno


Te amo,
todavía te amo,
como si el tiempo no supiera
cómo arrancarte de mí.
Te amo
en todos los días de Dios,
en cada hora que insiste
en recordarme tu nombre.
Sé dónde habitas:
en ese rincón callado
donde la soledad se vuelve diálogo
y tu voz, mi consuelo.
Te busco
en el silencio que dejas,
y allí hablamos,
como si nunca te hubieras ido.
Sin ti
no sería yo,
sería apenas un eco
de lo que fuimos.
Pero sé
que un día de Dios,
cuando el tiempo se rinda,
volveremos a abrazarnos.
Y entonces,
para siempre,
será mi amor.

  •                                              21 de marzo de 2026