Buscar en El Viejo Farol

domingo, 19 de enero de 2025

Solo de amor no vive la ciudad

 


La gente que ama a Popayán se inclina a dibujar en su imaginación la idea de porvenir, con su plaza, sus árboles, sus balcones coloniales, sus portalones, entronizando el centro histórico como un monumento.  La gente que ama a la ciudad vive anclada en un pretérito idílico, como la localidad de sus sueños. Sin ceder a la tentación de cambiar esos lugares comunes de los que vive hace 488 años. Aunque la realidad pase luego la factura, rompiendo sus muros, al llegar la tormenta diaria que invisibiliza para admirar toda su belleza. Es tanto el amor, que es inevitable anhelar los vientos de perfección, el anhelo de felicidad completa. Aquí se pone, se quita, se borra y se pinta la ciudad de malas costumbres, con festejos y usanzas en sinfonía alocada. La ciudad no ha cambiado, pero sus habitantes sí.  Aquí vivimos con la obligación de transformar la memoria inmediata en recurso para resistir con dignidad y buen humor el mal de cada día. Aunque seguimos anhelantes por un ideal, en un conjunto de reglas para observar, para comunicar dignidad, decoro y elegancia a nuestras acciones y palabras. Abro los ojos del pasado y, encuentro Ese otrora carácter generalizado de la urbanidad y el civismo. Resuenan las trompetas y cornetas, en las calles cubiertas de azahares, geranios y penitentes, con el calendario de las cofradías de nuestra Semana Santa. Payaneses evocando al Maestro Valencia, al pintor Efraím Martínez. Otros, brindando por este suelo recalificado, ejecutores irrigando resultados buenos, regulares y malos, hasta la felicidad de destructores e indisciplinados conductores de toda laya.  Y muchos orgullosos de “Chancaca”, “Guineo”, “Zócalo, aunque alarmados por el creciente número de cantinas y la carencia de lectores y, de bibliotecas públicas en la ciudad.    

Admitamos que a los patojos raizales nos falta ambición, pero nos sobra afán para llenar los templos y las calles de nazarenos. En tanto que, a los fuereños les sobra apetito para explayar sus negocios que tienen siempre que ver con los términos medios. Nos acostumbramos a la ciudad esquilmada. Con las consecuencias de la realidad: paros cívicos que no facturan, incívicos maltratando los frontis de nuestros caserones. A trancas y trancones, asimilamos la convivencia con resiliencia. El problema se agrava ante la falta de interés, convertido en un manto de tristeza, medianía insoportable, que detiene la ciudad.  

No se enfría mi crítica en contra de un pueblo que, por un lado, parece incapaz de ejercer sus derechos cívicos y, por el otro, crece en resentimiento. Apelo para que la ciudad continúe siendo un lugar positivo de encuentro, espacio donde la gente disfrute habitar, trabajar, donde se recree, se eduque y se conecte con los demás de manera positiva.

Entre tantos lamentos acaricio positivamente todo lo que brota en la ciudad. Popayanejos, payaneses y patojos, prevenidos del defecto de la antipatía hacia la bonita ciudad. La luna de miel ya pasó. Los invitados a la fiesta de la democracia, eligieron. La ciudad hace un año escogió.  En lo que resta, esperamos la luz de la prosperidad para cambiar sus propósitos.  La ciudad se expande bulímicamente y no parece conocer límite su despliegue vertiginoso. Popayán en medio del atolladero, vive una economía hiriente. El estancamiento por las disparidades de ingresos, el empeoramiento de la contaminación y el deterioro de los edificios y puentes con el paso de los años, son señales reveladoras de que la ciudad tiene dificultades para satisfacer las crecientes aspiraciones de sus habitantes de tener un futuro sostenible y próspero. Entonces, como ahora, era una ciudad que vivía el mejor de los tiempos y el peor de los tiempos. En el último trayecto de mi vida, como apasionado defensor, hago de la crónica, mi principal arma de combate, porque nos merecemos una ciudad mejor que la que tenemos. Una ciudad que se identifique con el progreso, con cambios: sociales, técnicos, económicos y culturales. Las obras públicas no se construyen con el poder milagroso de una varita mágica.   

La grandeza de Popayán, es cosa de siglos y reclama mucha determinación generacional para que funcione. Entre todos, poco a poco, paso a paso, con tenacidad y multitud de herramientas, arrimémosle el hombro pagando los tributos a tiempo.

Civilidad. Decir que la ciudad está limpia es una mentira. Está envenenada, mancha el humo de los automotores y mancha la contaminación. Está llena de carteles, avisos y avisitos incitando a comprar chucherías o a votar por alguien.

domingo, 12 de enero de 2025

La Fundación de Popayán

 


Este repaso histórico es un extracto de las obras del historiador Diego Castrillón Arboleda, sobre la fundación de la Asunción de Popayán. Ubicada en el valle de Pubenza, entre la Cordillera Occidental y Central.  Es una de las ciudades más antiguas y mejor conservadas de América, reflejada en su arquitectura y tradiciones religiosas, reconocida por su arquitectura colonial y el “cuidado” de las fachadas. Popayán tiene uno de los centros históricos coloniales más grandes del país y América, con un total de 236 manzanas de sector histórico.

El nombre de Popayán, procede de una transgresión fonética al vocablo emitido por los indígenas aztecas traídos como intérpretes cuándo fueron consultados por el nombre de estas tierras. «Pop-Pioyá-n», donde Pop traduce «Gran Cacique», Y «Pioyá», hace referencia al Cacique que gobernaba las tierras y «n», terminación que los aztecas dan a las palabras que representan lugares como por ejemplo Yucatán, Teotihuacán. Entonces, la palabra que fue proclamada por los Aztecas, expresaba que se hallaban en las tierras del «Gran cacique Pioyá».

El 24 de diciembre de 1536, el capitán Juan de Ampudia ocupó con sus soldados un sitio llamado la loma de El Azafate, donde habitaba el cacique o yasgüén, para que el Adelantado don Sebastián de Belalcázar viniese posteriormente a fundar una nueva ciudad. Después de haber sometido a los nativos, Popayán fue entonces declarada fundada el 13 de enero de 1537 por Belalcázar nacido como Sebastián Moyano, quien pasaba por estos lares en busca del mítico tesoro de El Dorado. Belalcázar fue también el fundador de otras ciudades importantes como San Francisco de Quito y Santiago de Cali. Contrario a lo que algunas fuentes históricas sugieren, Belalcázar no fundó la ciudad de Pasto, villa que en realidad fundó uno de sus lugartenientes, Lorenzo de Aldana.

El 15 de agosto de 1537, una vez alcanzada la conquista total de Popayán, se llevó a cabo la ceremonia de fundación solemne de «la nueva villa», conservando el nombre indígena de «Popayán» y anteponiendo el nombre de Asunción en Honor a la Asunción de María festividad que se celebraba este día. La ceremonia consistió en una misa cantada por el presbítero García Sánchez, en un humilde templo levantado como Catedral sobre el costado sur de la futura plaza. En esa misma ocasión se instaló el primer Cabildo y Don Pedro de Velasco y Martínez de Revilla, compañero de Belalcázar, vistió por primera vez la túnica de la Hermandad de los Caballeros de San Juan de Calatayud, de allí, parte la tradición religiosa de Popayán.

En 1540, Sebastián de Belalcázar fue nombrado Primer Gobernador de Popayán. Desde ese momento se instauró el sistema político español en cada ciudad, que incluía regidores del cabildo, alcaldes y alguaciles y una participación permanente de la Iglesia a través de un cura párroco. Belalcázar también se preocupó por dejar una huella duradera en los territorios conquistados, trayendo desde España semillas de cebada, trigo, caña de azúcar, así como numerosos animales domésticos, especialmente ganado vacuno, caballar y porcino, herramientas y muchos elementos más. A Belalcázar le seguirían otros gobernadores como Gómez Cerón de Moscoso, natural de Málaga, quien ocupó su cargo en 1561.

El auge minero y comercial, así como la posterior llegada de familias españolas de linaje hicieron de Popayán una ciudad muy importante en el Virreinato de la Nueva Granada. En la ciudad residían los dueños de las minas de oro de Barbacoas y el Chocó, quienes con sus riquezas crearon haciendas, construyeron grandes casonas y dotaron a la ciudad de enormes templos con imágenes traídas de España.

El auge minero en Popayán desencadenó una nueva dinámica a través del comercio de esclavos, al punto que, podría hablarse de la sociedad esclavista de Popayán, con gran significado para la época. Popayán compitió con Cartagena, Bogotá y Tunja con el número de nobles titulados domiciliados en ellas. Así mismo, fue la única ciudad junto con la capital, Santafé, en servir de sede a una Casa de Moneda erigida por la Corona española en todo el territorio de la Nueva Granada. Con ello se explica, el esplendor que la ciudad vivió durante la época colonial y los primeros asomos de República, todo ello, sumado al orgullo genealógico de las familias fundadoras, que basaron la conservación de sus riquezas en una estructura endogámica muy propia de las élites en diferentes culturas y sociedades.

Civilidad: Pese a las hazañas, de este héroe o villano y analfabeto, Sebastián de Belalcázar, su estatua, ha sido maltratada, olvidada y, escondida, esperando la orden indigenista para su reinstalación. Y, como todos los años, la administración local, sacará pecho colocándole una corona ¡Vaya hipocresía!

 

domingo, 5 de enero de 2025

Cinco veces quince y más años

 


La vida se va rápido y, el tiempo vuela. Al llegar el otoño de la vida, es cuando nos detenemos a valorar más cada día que pasa. A mis años, no es demasiado tarde para nada, porque siento que todavía tengo energía suficiente, pudiendo elegir que hacer. Tengo salud y tiempo para el trabajo sin prisa, pero sin pausa. Aunque, echo de menos cuando tenía 20 años, cuando vivían mis padres.  En esos tiempos, me sentía invulnerable, creía que la muerte era algo que les ocurría a los demás, a los viejos. ¡ La vida solo se vive una sola vez!

Cuando quería ser adulto a mis 21 años, no había conocido el verdadero amor. Corriendo tras el viento de la vida, conocí a mi esposa Alix. Desde entonces, fui bendecido por el cariño y su apego lleno de ternura. Recuerdo no haber desperdiciado ninguno de los años que me llevaron a entenderme con ella. Fueron muchos años nada fáciles, pero seguro estoy, que, cada uno de ellos, los vivimos intensamente, prodigándonos amor. Vivimos, lo mejor que pudimos, sin perder jamás la noción de la realidad. Ahora, transmito ese amor a mis hijos, que llegaron para renovar la vida en familia.

El día que se rompió mi corazón, creí que mi vida se marchaba. Razoné a tiempo, sin distorsionar la realidad y volví a reconstruirla. Con nietos y bisnietos, logré recuperar mi vitalidad. A diario dan alegría a mi vida, haciéndome sentir útil. De ellos está hecha mi existencia para disfrutar la vida y los años que pasan. En sí, la vida es el camino rectilíneo que a veces parece retroceder, para luego volver a reiniciar.  Para alcanzar las posibilidades, me concentro en mis ángeles, pues desde lo alto, sigo contando con el apoyo de mi esposa Alix, quien me ayuda a satisfacerlas.  Solo hasta ahora logré entender por qué el ser amado, tarde que temprano nos abandona; pero para recibir bienaventuranzas. De allí que, como personas amorosas, nunca deberíamos dejar un abrazo por dar, ni un te quiero por decir.

Pedalear en la bicicleta de la vida, es duro. Pensando, que siempre hay que ir adelante, sin dar marcha atrás. Convirtiendo nostalgias en emociones positivas para endulzar el presente. Los cambios estéticos de la edad y los golpes que da la vida nos enseñan que es dura la vida, pero hay que seguir pedaleando. Ahora siento que la vida no va a cambiar a mi favor por tener otro año más, como cuando tenía veinte años. La juventud actual es más abierta, global y multicultural, creciendo en un mundo más interconectado. Pero, podría asegurar que, mi generación fue mejor preparada, a tal punto de inflexión que nos enseñó a ser más fuertes. La vida no se vuelve más imposible a medida que avanzan los años, porque envejecer no es una tragedia, es un privilegio de pocos.

Dentro de mis curiosidades, nunca me atreví a preguntarle a mi nonagenario abuelo, ¿qué sentía él a sus 90 años, sabiendo que ya no hay futuro y, que el tiempo está contado.  Ahora, ya se la respuesta: podemos morir a cualquier edad; pero a los 20,30 40, 50 o más, se hacen planes, porque nunca consideramos la muerte como una opción. Lo cierto es que después de los 80 años no hay otra. 

 Civilidad: En la vida, he tenido muchas razones para llorar. Hoy tengo, mil y una razón para orar acercándome a Dios