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sábado, 17 de abril de 2021

La Galería

 

Con la “colonización” de estas tierras del continente americano, predominaron los estilos de construcción, con diseños traídos de “la madre patria”. Usaron materiales específicos, altos ventanales, muros espesos y gruesos; En el corazón de Popayán, edificaron la inmensa galería de columnas dóricas que sostenían las arcadas del interior de grandes portales de acceso, que marcaron también, el estilo de lo que conocemos como arquitectura colonial. Gústenos o no, la arquitectura colonial es la heredad de nuestros antepasados, patrimonio inmaterial y, cultural. Sin embargo, la demolieron.  

Debieron conservar su arquitectura colonial revitalizándola, dándole una nueva lectura al lugar.  Allí levantaron ese “moderno adefesio” que reñía con el estilo arquitectónico de la ciudad. La antigua edificación no era el mercado, ni la plaza sino como se llamaba tradicionalmente: la galería. Era el espacio público con funciones comerciales en donde las personas interactuaban socialmente para conseguir productos agrícolas, industrias artesanales, costumbres, con caras de las gentes auténticas de esta región. En aquel lugar conjugaban su acentuación peculiar, los jugosos provincianismos, la truhanería y el ingenio patojo. Galería de todos los días y, especiales viernes, exceptuando aquel que rememora la muerte de Jesucristo. Allí habrían podido hacer un inigualable estudio de las razas, las clases sociales con sus gustos estéticos, sus maneras, vocabularios, vestidos y riquezas de la naturaleza vegetal explotada; de lo usual de la casa y la cocina; de juguetes para niños; de medicinas alternativas y aún de creencias. Más, por desgracia todas aquellas cosas que allí estaban, desfilaron como afán de película. En ese lugar, se cambiaban, entremezclaban, se escondían a veces tornándose dificil su ordenada o completa presentación. En el puesto de las frutas naturales y acarameladas, una adorable mestiza de trenzas ofrecía la dulcería decorada con gratas palabras como “te amo”, “siempre tuya”, “recuerdo”. En otra mesa grasienta, una robusta señora de zarcillos de filigrana de oro y coral vendía en su conjunto sobre hoja de plátano, el chicharrón con todas sus partes, morcilla, hígado, corazón… Recuerdo haber visto, fugaz y a veces reticente, el sentimiento de deseo del señor, el estudiante o el campesino comprándole a la nieta de la “ñapanga” de largas trenzas, de blusa escotada, larga enagua y suelto el alpargate, pero que el modernismo de hoy, dejó solamente como exhibición semana santera.

En otro patio, evoco las pirámides que sostenían de modo extraordinario las ventas de productos de locería, de atrayentes coloridos por la crema mate de la arcilla, el baño rojo, o el verde o amarillo brillantes del esmalte de cobre o plomo que caracteriza las ollas y vasijas para flores, ceniceros, braceros, candelabros y alcancías vidriadas de la industria cerámica.   Más si la locería hoy suena raro, más extraño aún, resultan en este tiempo los estantes donde colgaban la ropa en fajas tejidas, multicolores con extrañas figuras geométricas, comúnmente llamados “chumbes” cordilleranos para amarrar las faldas campesinas de bayeta de lana, o para terciar en la espalda al crío rollizo y para envolver inmovilizando a los niños en las mullidas camas de la ciudad o entre la pobre hamaca de lazos anudados y raídos costales de fique del hogar campesino. Recuerdo, los cerros de panelas revoloteando en derredor las avispas negras. Hago memoria de otro sitio bien visitado, atendido por el hombre manchado de grasa negra; que lo tiene casi todo y que vende hasta lo que no tiene, entre llaves enormes, chapas roídas, candados de pasador, cadenas fragmentadas, romos cuchillos. Arregla su radio, repara su llave, suelda vasijas. Todos caían en las ventas del maravilloso brujo de los metales, enredados entre la chatarra inverosímil de su genial negocio.

Así movía los negocios la galería del centro, a punta de “no me pise carajo y tampoco me empuje”. Es el testimonio de algo que tuvo vida e hizo vida en la Popayán que se nos fue.

Civilidad: Sentido de pertenencia y minucioso gusto en medio del surgimiento de nuevos y atrevidos conceptos con “edificios” que desafían hasta la misma creación divina.

 

 

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