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sábado, 4 de octubre de 2025

Huellas del pasado para patojos

 

Escribo porque es mi a forma de expresar lo que yo siento y que los demás me entiendan. Escribo no para juntar letras y frases sobre el papel; escribo para plasmar lo que llevo adentro. Es una especie de simbiosis, entre el escritor y la ciudad. Escribir sobre Popayán, eso es.

Mi estilo me permite divagar más, irme y volver, ya que así puedo pasear por sus hidalgas calles.  Son lugares que me hablan directamente. Pueden ser feas o no tan feas, pero siempre les encuentro la belleza.  De esta forma, intento abordar estos espacios desde planos muy diferentes: el histórico, el real, el político y el ficticio.

 Navego  en apacibles aguas para ofrecer mis artículos a internautas paisanos en el exterior que añoran volver a la tierrita. En especial, para quienes por aquello de la “viola” en la década del 48, les tocó salir montados en la vieja máquina de combustión de carbón recorriendo la paralela vía. En definitiva, escribo para mi apocada audiencia, sobre los   lugares que hablan de la historia de la ciudad, pero que también configuran su presente.

 Doy un salto a mi memoria para evocar, las chapuzadas en los ríos: Molino, Caracol, Dos brazos, y en el Cauca, cruzando a nado el remolino de la Cabaña. Nos vimos entre los equipos: granadino y el Piel Roja dándonos leña en los “picados” domingueros del “Achiral” donde llegaba la “Ciudad de Hierro” (hoy, parque Benito Juárez).

 Hago remembranza a los madrugones a misa en la Catedral, con uniforme de la escuela que la señorita Simona dirigía con implacable disciplina. Retornamos a los recreos jugando “zumbo”, “un cojín”, “la lleva”, etc., comprando en el “caspete” (tienda), caucharina, melcochas y cholaos. Y las “capadas” a clase para ir a coger moras, michinches, guayabas, guabas, moquitos y guindas en los llanos largos de Chuni-abajo.

 Me conecto con el pasado cuando fuimos a parar a la “Alhajita” en Cajete, donde recorrimos los acantilados del río Cauca. Volvimos a pasear con la imaginación “La Cueva del Indio”, colindante con la finca de los Ávila. Evocamos los porrazos por “ñucos”, aprendiendo a montar en cicla. Revivo el teatro Bolívar, “el pulguero” que exhibía las mejores películas mexicanas en blanco y negro: Invasión a Mongo, Invasión a Marte con Flash-Gordon y el Capitán Maravilla; la serie de Santo el enmascarado de plata, las películas de Tin-Tan, Clavillazo, Cantinflas, Resortes y las cintas de los “charros” Jorge Negrete, Pedro Infante, Luis y Antonio Aguilar, etc.

 En el declive de su vida conocimos a Vicente Idrobo, Maestro de la Banda de músicos del Batallón Junín No.7 a quien elogiábamos con: “ánimo Cocorote”, “arriba chupa-cobres”. Soltamos risas por: Rosarito, Ratón de Iglesia, “Sancocho”-Sánchez el de los Misereres, Zócalo, Pate guaba, Miel de Abeja, el Boquinche Efraín, personajes queridos que dieron alegría y sustos a más de uno cuando éramos muchachos.

 Muchos bellos recuerdos se agolpan desordenados en nuestra memoria como si apenas esta mañana los hubiésemos visto y tratado. Repasa mi frágil memoria las propagandas que se oían en los pocos radios que había en la ciudad, anunciando: “Hasta el gato quiere que lo bañen, pero con jabón Varela”; “Mejoral, Mejoral es mejor y quita el mal”; “Píldoras de vida del Dr. Ross, cuando yo las tomo me siento mejor”. Recreo mi imaginación con la voz de Belalcázar que, con su baja frecuencia, radiaba sólo hasta puente chiquito del río Cauca. Desentierro, la Vitrola, identificada con el perro lelo de la RCA Víctor, que los surcos de los discos carbonados comían cajas de agujas para reproducir el sonido.

Gratificante escribir para mí mismo como una oportunidad de autorreflexión y crecimiento sobre experiencias y emociones personales. Y mantengo la práctica de la escritura como un aporte a la ciudad con recuerdos imborrables para el disfrute de los de mi época que aún sobreviven en Popayán y, para otros tantos errabundos dispersos “Patojos” por el mundo que ávidos me leen. La amada ciudad escrita hoy, es diversa, es heterogénea, es multicultural, multiétnica, es incluyente, es la ciudad de todos y para todos. Dándole sentido al tiempo entrego este escrito, como un texto más a la escritura de la ciudad que es parte de nuestro ser.

 Civilidad: Hoy en día la situación en Popayán, ha cambiado demasiado; pero evocando el pasado vivimos felices.

 

sábado, 27 de septiembre de 2025

Acciones para reducir, reutilizar y reciclar

 




 Acciones para reducir, reutilizar y reciclar

A través de la historia, hemos considerado que el género humano es una especie distinta del resto del reino animal. Y que el hombre, es el único animal que ríe, que raciocina, que piensa y que usa herramientas. Que tiene las funciones de pensar y hablar. Que conversa, incluso que habla consigo mismo. A ese único animal que utiliza su cerebro para contestar. Preguntémosle:

- ¿Qué hacemos con todo aquello que ya no nos sirve? -

¡Sencillo! Escuchar y usar la inteligencia para separarlas y clasificarlas, promoviendo el compostaje, promover la formalización, empoderamiento, capacitando a los recicladores. Educar a los ciudadanos en la segregación de residuos.  Al mismo tiempo, fomentar redes de economía solidaria, alianzas entre grupos comunitarios, sociales y ciudadanos, valorizar los residuos para darles una nueva vida.

Con el tema de las basuras nos dormimos, aunque ellas tienen valor. Popayán tiene acciones tímidas para que sea la ciudadanía la protagonista de las transformaciones, en donde el gobierno municipal esté al servicio de la gente para darle solución a los regueros en la vía pública.

Ciertamente, el ser humano es un ser que razona. No obstante, para la separación y reciclaje, son inciertas las condiciones técnicas, económicas y operativas, debido a una combinación de factores como:  falta de interés y conciencia, pereza o por el esfuerzo que representa y, falta de infraestructura adecuada. Imitamos la cultura consumista, -"factor de contagio"-, del comportamiento de otros, para generar grandes volúmenes de residuos. Claro, también influye muchísimo la falta de educación en campañas que promuevan una gestión responsable de los residuos.

Reciclar es hoy un imperativo ambiental, pues los residuos constituyen materia prima valiosa que puede ser vinculada a la cadena productiva. Se requiere un proceso masivo de reciclaje en la ciudad como un acto de conciencia para la separación en la fuente. Un cambio de cultura en el manejo de las basuras por parte de los ciudadanos para, reducir, reutilizar y reciclar minimizando la cantidad sobrantes, de manera responsable para que la basura no termine dispersa en las calles y espacios públicos generando pésima imagen y mal olor con un impacto devastador sobre la ciudad y el planeta, que podrá ser peor en el futuro. 


Una de las conclusiones del informe del Banco Mundial, es que pone en la mira la generación, recolección y tratamiento de los residuos a nivel municipal como punto de partida para luchar contra la contaminación de residuos sólidos. Ese estudio determina que, en el mundo se generan anualmente 2040 millones de toneladas de desechos sólidos municipales. Y proyecta que la rápida urbanización, el crecimiento acelerado de la población y el desarrollo económico harán que la cantidad de desechos a nivel mundial aumenten un 70% en los próximos 30 años si no se toman medidas urgentes. Pero, no son solo las grandes urbes norteamericanas, europeas o asiáticas las que podrían tener este nefasto devenir. También son, los latinoamericanos, los colombianos y desde luego, quienes vivimos en Popayán porque somos causantes de este problema; pues cada uno de los habitantes generan casi un kilo de basura por día, que se tiran en el relleno sanitario llamado Parque Tecnológico y Ambiental Los Picachos. 
Una manera de neutralizar nuestra conciencia, es conocer el impacto de tirar algo sin separarlo o tratarlo. La labor del reciclador es clave. Qué tal el día en que ellos decidan no salir a trabajar. Pues, convertiríamos a Popayán en un caos, bajo el remoquete: “La ciudad de la basura”. El reciclador hace la labor de limpieza, que no debemos llamar basuras, porque son residuos reutilizables como insumos para otros productos. Si se recuperan, al relleno irán a parar menos residuos. La política en el manejo de basuras, en los rellenos a cielo abierto cada vez más se alejan de las ciudades, porque incumplen hasta las mínimas normas ambientales y técnicas hacia su entorno.


Todos somos partícipes del deterioro ambiental, en el entendido de que es un problema complejo porque involucra la contaminación de aire, agua y suelo por la acumulación de residuos y, la propagación de enfermedades. De allí que, valorizar los diferentes tipos de residuos, debe ser una tendencia pujante de la economía circular en Popayán.  Aportemos un “granito de arena”, para crear conciencia ciudadana, sobre algo tan simple como coger dos bolsas para separar lo aprovechable de lo contaminante y no reciclable. De paso, el reciclaje implicaría reformular las tarifas de aseo. Apreciemos el trabajo puerta a puerta como subsistencia del reciclador, para valorarlo, apoyarlo, sensibilizándonos frente a su labor para que las basuras dejen de ser un problema en Popayán.


Civilidad: Cambio de mentalidad desde el hogar, la escuela y el trabajo para garantizar una ciudad más limpia: reduciendo, reutilizando y reciclando.


sábado, 20 de septiembre de 2025

La otra plaga galopante

 



Y no es la nigua, problema muy común de otra época. Es la plaga que erosiona la confianza, debilita la democracia, obstaculiza el desarrollo económico y exacerba aún más la desigualdad, la pobreza, la división social y la crisis social. De nuevo aparece y, con más fuerza en las campañas por el poder, prometiendo combatir el virus de la corrupción. Histórico, ochenta colombianos, todos subidos en el bus de las pre candidaturas presidenciales. Soñando despiertos que tienen soluciones para los angustiantes y múltiples problemas del país, entre otros, la maldita corrupción.  Se encienden las alertas, porque los avances en ese tema, no se ven y los resultados, siguen enclenques frente a la dimensión alcanzada por la pudrición.  Desde que tengo uso de razón, he escuchado estos resbalones verbales: “Por la restauración moral, a la carga”; “Reduciré la corrupción a sus justas proporciones”; “El que la hace la paga”. Y como las palabras se las lleva el viento, pues existe la alta probabilidad de que, pasado el proceso electoral, se conviertan en los mismos embustes demagógicos de siempre.

En conciencia, la lucha contra la corrupción requiere que no haya hipocresías en la sociedad. Pues, no hay día, que Colombia no padezca los efectos de esta realidad multifacética. Fenómeno complejo, difícil de erradicar, que transmuta y que se reinventa diariamente. La corrupción –privada y pública– es un tema cotidiano. Es el jinete apocalíptico que surge en medios de prensa, redes sociales, círculos de amigos y reuniones familiares.

La Contraloría General de la Nación ha dicho, que el flagelo de la corrupción le cuesta a Colombia 50 billones de pesos al año. O sea, que el saqueo diario es de casi un billón de pesos por semana. Cincuenta billones de pesos, que servirían para cubrir varias reformas tributarias. No es una bicoca lo que los corruptos se embolsillan.

Dolores de Cospedal, en un perfecto compendio de la filosofía hobbesiana, escribe que la sociedad es tan corrupta como los partidos políticos, dado que el mal está arraigado en cada individuo. Según Dolores de Cospedal, la corrupción es «patrimonio de todos», ya que, «si en una sociedad se realizan conductas irregulares, se cometen en todos los ámbitos».

Ciertamente, todos somos proclives a ser parte del engranaje de la corrupción como mecanismo para agilizar trámites u obtener beneficios. El “pago facilitador” es el modus vivendi, que permite en empresas públicas y privadas realizarlos como un tributo autoimpuesto, por y para el mismo ciudadano, haciendo que al final, los trámites sean más caros, pero realizables.  La corrupción política genera ruido, ante la incapacidad del Estado, ¡pero no más! Tratan de combatirla a punta de saliva y regulaciones jurídicas; pero, “norma dictada, trampa inventada”. Todos los ciudadanos tienen un precio y por ello, gran incidencia en la corrupción que perjudica a la inmensa colectividad. Colombia navega en un mar de leyes; pero, con un centímetro de aplicación.

La corrupción es costosa. De allí que, como a las escaleras, hay que barrerlas de arriba hacia abajo.  Aunque, la mayor cantidad de actos de corrupción, no solo se concentran en el contacto con las altas esferas del poder, sino también, en el proceder de las personas. Entonces, si tenemos la ilusión ciudadana de recomponer al país, debemos adoptar comportamientos desde la familia, los centros educativos, el ámbito laboral, deportivo, mediático, cultural, financiero, académico, legal, policía, ejército, etc., etc.

Está demostrado que el sinfín de impuestos causa indignación, reduce la honestidad y las buenas costumbres. De allí surge todo tipo de acciones que no son parte del ADN de los colombianos, porque son aprendidas. Los buenos o malos sentimientos y cualidades, no nacen con la persona; se forman durante un proceso educativo que empieza a temprana edad en la actitud de la familia como factor principal para lograr individuos honestos. Abandonarlo sería fatal.

Reflexionemos porque la pérdida de valores, constituye una actitud hacia nosotros mismos. Elemental, la corrupción empieza por saltarse o colarse en la fila, parquearse en zonas prohibidas, sacar basuras a destiempo, no pagar impuestos, pedir que no le facturen, etc., etc., múltiples y pésimas formas que son actitudinales. Una persona es honesta consigo mismo, cuando tiene un grado de autoconciencia siendo coherente con lo que piensa y hace. En un sistema democrático débil, las mañas asociadas a la corrupción, al delito y a la falta de ética, el nivel de corrupción siempre será más alto.  

Civilidad: ¿Cuál de los precandidatos tendrá la personalidad firme para darle un norte a este descarrilado país?