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sábado, 27 de septiembre de 2025

Acciones para reducir, reutilizar y reciclar

 




 Acciones para reducir, reutilizar y reciclar

A través de la historia, hemos considerado que el género humano es una especie distinta del resto del reino animal. Y que el hombre, es el único animal que ríe, que raciocina, que piensa y que usa herramientas. Que tiene las funciones de pensar y hablar. Que conversa, incluso que habla consigo mismo. A ese único animal que utiliza su cerebro para contestar. Preguntémosle:

- ¿Qué hacemos con todo aquello que ya no nos sirve? -

¡Sencillo! Escuchar y usar la inteligencia para separarlas y clasificarlas, promoviendo el compostaje, promover la formalización, empoderamiento, capacitando a los recicladores. Educar a los ciudadanos en la segregación de residuos.  Al mismo tiempo, fomentar redes de economía solidaria, alianzas entre grupos comunitarios, sociales y ciudadanos, valorizar los residuos para darles una nueva vida.

Con el tema de las basuras nos dormimos, aunque ellas tienen valor. Popayán tiene acciones tímidas para que sea la ciudadanía la protagonista de las transformaciones, en donde el gobierno municipal esté al servicio de la gente para darle solución a los regueros en la vía pública.

Ciertamente, el ser humano es un ser que razona. No obstante, para la separación y reciclaje, son inciertas las condiciones técnicas, económicas y operativas, debido a una combinación de factores como:  falta de interés y conciencia, pereza o por el esfuerzo que representa y, falta de infraestructura adecuada. Imitamos la cultura consumista, -"factor de contagio"-, del comportamiento de otros, para generar grandes volúmenes de residuos. Claro, también influye muchísimo la falta de educación en campañas que promuevan una gestión responsable de los residuos.

Reciclar es hoy un imperativo ambiental, pues los residuos constituyen materia prima valiosa que puede ser vinculada a la cadena productiva. Se requiere un proceso masivo de reciclaje en la ciudad como un acto de conciencia para la separación en la fuente. Un cambio de cultura en el manejo de las basuras por parte de los ciudadanos para, reducir, reutilizar y reciclar minimizando la cantidad sobrantes, de manera responsable para que la basura no termine dispersa en las calles y espacios públicos generando pésima imagen y mal olor con un impacto devastador sobre la ciudad y el planeta, que podrá ser peor en el futuro. 


Una de las conclusiones del informe del Banco Mundial, es que pone en la mira la generación, recolección y tratamiento de los residuos a nivel municipal como punto de partida para luchar contra la contaminación de residuos sólidos. Ese estudio determina que, en el mundo se generan anualmente 2040 millones de toneladas de desechos sólidos municipales. Y proyecta que la rápida urbanización, el crecimiento acelerado de la población y el desarrollo económico harán que la cantidad de desechos a nivel mundial aumenten un 70% en los próximos 30 años si no se toman medidas urgentes. Pero, no son solo las grandes urbes norteamericanas, europeas o asiáticas las que podrían tener este nefasto devenir. También son, los latinoamericanos, los colombianos y desde luego, quienes vivimos en Popayán porque somos causantes de este problema; pues cada uno de los habitantes generan casi un kilo de basura por día, que se tiran en el relleno sanitario llamado Parque Tecnológico y Ambiental Los Picachos. 
Una manera de neutralizar nuestra conciencia, es conocer el impacto de tirar algo sin separarlo o tratarlo. La labor del reciclador es clave. Qué tal el día en que ellos decidan no salir a trabajar. Pues, convertiríamos a Popayán en un caos, bajo el remoquete: “La ciudad de la basura”. El reciclador hace la labor de limpieza, que no debemos llamar basuras, porque son residuos reutilizables como insumos para otros productos. Si se recuperan, al relleno irán a parar menos residuos. La política en el manejo de basuras, en los rellenos a cielo abierto cada vez más se alejan de las ciudades, porque incumplen hasta las mínimas normas ambientales y técnicas hacia su entorno.


Todos somos partícipes del deterioro ambiental, en el entendido de que es un problema complejo porque involucra la contaminación de aire, agua y suelo por la acumulación de residuos y, la propagación de enfermedades. De allí que, valorizar los diferentes tipos de residuos, debe ser una tendencia pujante de la economía circular en Popayán.  Aportemos un “granito de arena”, para crear conciencia ciudadana, sobre algo tan simple como coger dos bolsas para separar lo aprovechable de lo contaminante y no reciclable. De paso, el reciclaje implicaría reformular las tarifas de aseo. Apreciemos el trabajo puerta a puerta como subsistencia del reciclador, para valorarlo, apoyarlo, sensibilizándonos frente a su labor para que las basuras dejen de ser un problema en Popayán.


Civilidad: Cambio de mentalidad desde el hogar, la escuela y el trabajo para garantizar una ciudad más limpia: reduciendo, reutilizando y reciclando.


sábado, 20 de septiembre de 2025

La otra plaga galopante

 



Y no es la nigua, problema muy común de otra época. Es la plaga que erosiona la confianza, debilita la democracia, obstaculiza el desarrollo económico y exacerba aún más la desigualdad, la pobreza, la división social y la crisis social. De nuevo aparece y, con más fuerza en las campañas por el poder, prometiendo combatir el virus de la corrupción. Histórico, ochenta colombianos, todos subidos en el bus de las pre candidaturas presidenciales. Soñando despiertos que tienen soluciones para los angustiantes y múltiples problemas del país, entre otros, la maldita corrupción.  Se encienden las alertas, porque los avances en ese tema, no se ven y los resultados, siguen enclenques frente a la dimensión alcanzada por la pudrición.  Desde que tengo uso de razón, he escuchado estos resbalones verbales: “Por la restauración moral, a la carga”; “Reduciré la corrupción a sus justas proporciones”; “El que la hace la paga”. Y como las palabras se las lleva el viento, pues existe la alta probabilidad de que, pasado el proceso electoral, se conviertan en los mismos embustes demagógicos de siempre.

En conciencia, la lucha contra la corrupción requiere que no haya hipocresías en la sociedad. Pues, no hay día, que Colombia no padezca los efectos de esta realidad multifacética. Fenómeno complejo, difícil de erradicar, que transmuta y que se reinventa diariamente. La corrupción –privada y pública– es un tema cotidiano. Es el jinete apocalíptico que surge en medios de prensa, redes sociales, círculos de amigos y reuniones familiares.

La Contraloría General de la Nación ha dicho, que el flagelo de la corrupción le cuesta a Colombia 50 billones de pesos al año. O sea, que el saqueo diario es de casi un billón de pesos por semana. Cincuenta billones de pesos, que servirían para cubrir varias reformas tributarias. No es una bicoca lo que los corruptos se embolsillan.

Dolores de Cospedal, en un perfecto compendio de la filosofía hobbesiana, escribe que la sociedad es tan corrupta como los partidos políticos, dado que el mal está arraigado en cada individuo. Según Dolores de Cospedal, la corrupción es «patrimonio de todos», ya que, «si en una sociedad se realizan conductas irregulares, se cometen en todos los ámbitos».

Ciertamente, todos somos proclives a ser parte del engranaje de la corrupción como mecanismo para agilizar trámites u obtener beneficios. El “pago facilitador” es el modus vivendi, que permite en empresas públicas y privadas realizarlos como un tributo autoimpuesto, por y para el mismo ciudadano, haciendo que al final, los trámites sean más caros, pero realizables.  La corrupción política genera ruido, ante la incapacidad del Estado, ¡pero no más! Tratan de combatirla a punta de saliva y regulaciones jurídicas; pero, “norma dictada, trampa inventada”. Todos los ciudadanos tienen un precio y por ello, gran incidencia en la corrupción que perjudica a la inmensa colectividad. Colombia navega en un mar de leyes; pero, con un centímetro de aplicación.

La corrupción es costosa. De allí que, como a las escaleras, hay que barrerlas de arriba hacia abajo.  Aunque, la mayor cantidad de actos de corrupción, no solo se concentran en el contacto con las altas esferas del poder, sino también, en el proceder de las personas. Entonces, si tenemos la ilusión ciudadana de recomponer al país, debemos adoptar comportamientos desde la familia, los centros educativos, el ámbito laboral, deportivo, mediático, cultural, financiero, académico, legal, policía, ejército, etc., etc.

Está demostrado que el sinfín de impuestos causa indignación, reduce la honestidad y las buenas costumbres. De allí surge todo tipo de acciones que no son parte del ADN de los colombianos, porque son aprendidas. Los buenos o malos sentimientos y cualidades, no nacen con la persona; se forman durante un proceso educativo que empieza a temprana edad en la actitud de la familia como factor principal para lograr individuos honestos. Abandonarlo sería fatal.

Reflexionemos porque la pérdida de valores, constituye una actitud hacia nosotros mismos. Elemental, la corrupción empieza por saltarse o colarse en la fila, parquearse en zonas prohibidas, sacar basuras a destiempo, no pagar impuestos, pedir que no le facturen, etc., etc., múltiples y pésimas formas que son actitudinales. Una persona es honesta consigo mismo, cuando tiene un grado de autoconciencia siendo coherente con lo que piensa y hace. En un sistema democrático débil, las mañas asociadas a la corrupción, al delito y a la falta de ética, el nivel de corrupción siempre será más alto.  

Civilidad: ¿Cuál de los precandidatos tendrá la personalidad firme para darle un norte a este descarrilado país?

sábado, 13 de septiembre de 2025

Lo que queda de Popayán

 


Unas pocas cuadras de estilo colonial le quedan a esta ciudad. Aquellos espacios de Popayán que eran acordes con la arquitectura y, parte fundamental de la herencia española, donde se congregaba ese modelo estético, presentando de igual forma, unidad, armonía y gracia, cada día se parece menos. Los inmuebles religiosos, públicos y casonas con patios interiores, de gruesos muros y portalones con elementos decorativos de hierro que fortalecían   el desarrollo de la ciudad desde las dimensiones social, cultural, piadosa y calidad de vida de los ciudadanos, han perdido esas cualidades. Lentamente desaparece su valor nacional por desatender el sentimiento turístico y el ornato de la plaza principal que era parte importante de la cotidianidad, ofreciendo espacios para la recreación, el ejercicio, la socialización y la conexión con la naturaleza dentro del contorno histórico.  

Tomo mi cabeza entre mis manos como gesto de desconsuelo, para opinar sobre el espacio público: calles, andenes, y la plaza central otrora lugar de encuentro, de socialización que lleva el nombre del único científico colombiano nacido en Popayán.  Esa área ahora ocupada por mercaderes del intercambio de objetos, productos, alimentos y ceremoniales en “honor del dinero”, no para cubrir el déficit municipal ni mucho menos para revertirlo al interés de la comunidad. El centro histórico está inundado de ventorrillos, rompiendo el concepto de ciudad ideal, infringiendo la función paisajística, sin permitir optimizar la calidad del aire. Paradójicamente crece la proporción de la informalidad en los andenes, y aumenta el desempleo en las calles; pero la riqueza de la ciudad continúa oculta. 

Quito el velo a mis ojos que me impide observar fidedignamente la techumbre de la Torre del Reloj, edificada entre 1673 y 1682, denominada "la nariz de Popayán”, y contemplo con tristeza que el reloj se niega a dar la hora porque el tiempo se detuvo en Popayán. “Túnel del tiempo” del que no salimos fácilmente. Ni siquiera intentamos alcanzar, porque hoy, estamos lejos de obtener. La relevancia de la torre la vuelve histórica, pues su origen inicial ya no se adapta a la sociedad que la rodea, aunque el valor cultural por el tipo de construcción reside en lo que nos comunica del pasado, por lo que su restauración se hace prioritaria. El casco histórico con sus edificios, día a día, pierden las características de arquitectura colonial. Son diversos y múltiples factores, que afectan al patrimonio cultural como: el paso del tiempo, desastres naturales, incendios y, desde luego, por el imperdonable descuido.  

En tiempos recientes, los inmuebles adyacentes, adornados con grafitis, han sido rentados para distintos fines comerciales: restaurantes, tiendas, venta de chucherías, baratijas, marcando el estado de abandono. Incomprensible, la mente humana sufre de esa enfermedad denominada: “nomeimportismo urbano”, porque, ni el cambio de uso ni el abandono genera preocupación o debate alguno. En la sociedad actual, todo pasa sin que pase nada.

A diario brilla la negligencia por la desatención patrimonial, pues el corazón de la ciudad se desploma a pedazos. Son varios los incidentes causados por la ruina y caída de alerones y techumbres de unos cuantos inmuebles. La desidia de sus propietarios pone en peligro a la ciudadanía, que por fortuna no han dejado heridos. La situación es de cuidado, pues representa una amenaza latente para los transeúntes, ante el desacato de las normas de conservación del Patrimonio histórico. Tanto las autoridades como los dueños de los inmuebles con memoria histórica, saben y entienden que la omisión constituye una falta grave por lo que urge tomar medidas inaplazables de mantenimiento y conservación del patrimonio colectivo. Están en mora de propiciar espacios de diálogo para evidenciar y priorizar la reparación de inmuebles deteriorados: fachadas, aleros, tejados etc. La expresión: "mirando hacia otro lado”, significa pasividad de las autoridades para actuar ante semejante problema. Desvían la mirada también, a la acumulación permanente de residuos en las calles, deteriorando el paisaje, contaminando el aire y, disminuyendo la calidad de vida de los habitantes.  De allí que, el compromiso y el reto eternizado de las autoridades, es impedir que se aturda la mente de los habitantes de la ciudad. Lograr cambios a corto plazo en estos aspectos, es lo más determinante para la reconstrucción de nuestra ciudad. 

Civilidad: Proteger la vieja ciudad porque es el reflejo tangible de la historia, la cultura y la identidad de Popayán, conforman la base del patrimonio local y del turismo.