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domingo, 26 de octubre de 2025

Desde la banca del parque



 

Turbado por la tristeza, espero que la musa me acompañe para escribir esta columna dominical. Que mis ojos no se empañen porque cuando se aleja para siempre un amigo, me digo: -que pena no pude verlo la última vez- Hoy siento esa rara sensación porque con el correr de los días, resulta inevitable que el culpable del naufragio de la vida de tantos amigos, sea el paso del tiempo.

Se muy bien por qué me van quedando pocos buenos amigos, pero no quiero decirlo, porque en los últimos años he perdido casi todos mis mejores amigos. Creo que muchos de ellos aún siguen vivos, pero cuando me dan una luctuosa noticia, cabizbajo y meditabundo, siento la vergonzosa satisfacción de haberlos sobrevivido.  Pues, es un gesto de generosidad del Altísimo de los Cielos ¡Gracias Dios mío!

Hay amigos que se despiden pronto y hay amigos que continúan vivos; pero es como si ya se hubiesen ido. A menudo los busco, porque me entristece la falta de presencia de viejos amigos en la antigua banca del parque. Por obra de Dios, ya no va nadie, donde a veces coincidíamos en ella. Angustiosamente duele tanto el estado de los amigos que aún siguen vivos confinados en sus cuarteles de invierno, como la de los que de verdad cerraron sus ojos para siempre. En cualquiera de los dos sucesos, es inapelable que, el otoño llegue a nuestras vidas, trayéndonos valiosas lecciones: amigándonos con nuestra oscuridad, para ganarle horas al día. Y es que, nadie está a salvo de esa fila. Por ello, es inevitable deshacernos de lo que no necesitamos, al igual que el árbol se desprende de sus hojas; parece cierto, hay que alivianarnos de lo terrenal y mundano para valorar el momento presente.

Su alma se ha despojado de la vida de mi amigo, el abogado de la Universidad del Cauca, Álvaro Grijalba Gómez. Sentí pena por no haberlo visitado, porque habría sido doloroso para ambos, pues sentía que no aportaría ni paz ni alegría sino sufrimiento. Así que, como católico practicante, preferí incumplir la obra de misericordia de visitar a los enfermos. Mi amigo se adelantó en el camino de la vida. Hoy, para sobrellevar el duelo, honro su memoria narrando que tuve la suerte con el de compartir como los más antiguos columnistas del periódico local impreso, hoy “Nuevo Liberal” digital. Por su autoexigencia, por problemas de salud, meses atrás dejó de deleitarnos con su pluma. Fue una acumulación de amistad de largos años. Ejercimos la función pública con decoro, como corresponde a los servidores públicos. Actuamos con honestidad, dignidad, rectitud y respeto, priorizando el interés general, por encima de los beneficios personales, cuando la conducta ética y profesional incluía la honestidad, además la moderación en su trato con los ciudadanos y compañeros. Álvaro fue un noble amigo, religioso, amigo de Dios. Compartimos momentos de amistad valiosa, de esas que suelen requerir tiempo y esfuerzo. El “Grigo” le llamábamos en sus años de juventud, cuando se deleitaba como aficionado en el arte de lidiar toros, aunque le iba mejor como comentarista radial.

Álvaro, tu partida entristece. Espero que tu pluma siga volando en lo alto para que tus escritos sigan tocando corazones. Mientras Dios me obsequia un trozo de vida más, no te digo un sentido adiós, solo me atrevo a decir: ¡Nos veremos en la próxima página!

Civilidad: Una oración, en memoria de Álvaro Grijalba Gómez, para que quienes informan, lo hagan siempre con la realidad.

 


sábado, 18 de octubre de 2025

La cara bonita de Popayán


 

En mi libreta de apuntes, figura siempre la colección de tributos que debo rendirle a ese espacio otrora maravilloso. Sin embargo, mis escritos de amor como hijo de esta ciudad, seguirán siendo francos, aunque a diario le cambien su cara bonita, o le cambien de menú, con ruido, color y sabor.  La ciudad, tal y como la encontramos en la historia no es la misma ¿a Que fue de ese lugar donde se situaron el templo, el mercado, el tribunal y la academia? Sustituyeron sus signos vitales, símbolos, patrones de conducta y sistemas, todos en medio del tsunami que causa la anomia.

He vuelto varias veces, en algunos escritos míos, a esos procesos eleccionarios que se oyen en boca de muchos promeseros en su fingido amor para ponerle orden a la ciudad y transformar su imagen. De allí que, ese sonsonete histórico que le da vida a la ciudad, es el mismo que le permite resistir. A lo largo de treinta y siete años desde 1988, cuando por primera vez, los alcaldes de Colombia fueron elegidos por voto popular. Es simplemente otra fecha histórica, en el escenario de la competencia entre políticos. Esa interacción social con la ciudad, es restringida y sin garantías, porque no hay interés colectivo en las instancias de -intermediación entre la comunidad y el gobierno- por sus vacías e incumplidas promesas, que en la práctica siempre se incumplen. De allí que derrumbar paradigmas en la conciencia ciudadana va más allá del voto. Por ello, la fiscalización al poder público, es otra actividad ciudadana que debemos realizar hasta hacer entender que, sin la ciudad, muere la política y no es concebible la democracia. La ciudad, justamente, es nuestra primera escuela de la libertad

Escribo entre la razón y la fe sobre las cosas lindas de Popayán, que son más escasas que las cosas feas. De que sirve que Popayán de siglos pasados haya sido una de las ciudades más importantes y decisiva en escenarios clave de dominación de los conflictos políticos, sociales y económicos del país. La ciudad siempre fue espacio central de las reivindicaciones por días mejores. Hoy a duras penas subsiste como una estropeada reliquia arquitectónica, sin definir ni concretar políticas públicas, en su mal presumida vocación de ciudad turística, religiosa o universitaria.

Duele remachar que tanto habitantes como el mismo Estado, la han ido convirtiendo en un verdadero Leviatán, cada vez más aislada de la sociedad civil. Las formas de participación se transformaron, en el mejor de los casos, en pequeñas colonias, siendo la más pequeña e improductiva, la de Popayán. La fuerza histórica de participación, la transformaron, en simples sufragios que no comprometen ni al mandante ni a mandatarios. Con el transcurrir de 37 años del voto popular, ahondaron la crisis económica, las políticas de ajuste, privatizaciones, redefiniendo la participación social, excluyendo en buena parte a los ciudadanos, que a fuerza de resistir no han podido superar la triste realidad. 

Como una salida al caos, han permitido cambios nada importantes con la perspectiva del comercio desmedido como respuesta a la crisis social. Le dañaron la cara bonita a Popayán y, la supervivencia de la arquitectura colonial, que con el paso del tiempo no pudo resistir las nuevas tendencias sin poder conservar su tipología colonial.

Al día de hoy, a los ojos de muchos, con sentimiento local, amantes del estilo español, suspiramos por unas verdaderas y permanentes cruzadas por la restauración del casco urbano más antiguo de la ciudad. Recordemos que varios siglos atrás era un espacio realmente idílico. Eso precisamente, es lo que los turistas nacionales y extranjeros venían a admirar. Pero, por la ignorancia de la tradición, Popayán ha perdido su antigua belleza. Siempre fue hermosa, disfrutando de una arquitectura decente y tranquila. Hoy las cosas han cambiado. La cara bonita con intención maldita la afearon considerablemente. Los políticos y los que gobiernan no se dan por enterados que hay que salvar lo poco que queda de la bella ciudad.  Las calles coloniales, los puentes, las iglesias, los caserones siempre, dominan el discurso político para hacerse elegir, pero por ninguna parte se escucha nada sobre cómo hacerlo.  La belleza termina en manejo deficiente de problemas comunes: congestión de tráfico, basuras, inseguridad.  La suerte de Popayán, es poca. El marco histórico, convertido en huecos para abrir ventanas, ventanitas, muy seguidas de puertas y puertitas como un horror; un completo desastre arquitectónico, irremediablemente antiestético a su manera, tan feas que no encajan con la buena ciudad.

Civilidad: Implorar ante el Dios protector por la bella tradición arquitectónica que no es percibida para cuidar y mantener, tampoco valdrá la pena visitar.

sábado, 11 de octubre de 2025

El imperio de los carros

 


El vehículo motorizado como nuestra sociedad son protagonistas de este escrito. Así que el ciudadano, que a lo largo de la historia de Popayán había ocupado en toda su extensión las calles, plazas y, el espacio público, compartiéndolo con carruajes de tracción animal, hoy es brutalmente expulsado del centro de la calle, arrinconándolo hacia las estrechas aceras. Las calles están invadidas, colonizadas por vehículos, públicos, privados y oficiales en movimiento o en reposo. La invasión de la ciudad por parte de "automotores" -vehículos- ya no respetan nada ni a nadie. No solo la invaden, sino que se apropian del espacio público, generando una absurda transformación urbana de la ciudad. Ya no es la bella villa de los humanos que caminan. La transmutaron, adaptaron, y la sometieron en su forma y funcionamiento a la irracional jauría de los motorizados en zonas urbanas destinadas a la circulación y almacenamiento de vehículos. Popayán hoy, es un mega-parqueadero, con infranqueables barreras. La ciudad perdió el respeto, los infractores no tienen preocupaciones por las multas; por eso, se estacionan sobre andenes, a ambos lados de las calles o donde les provoque. Popayán, es una ciudad sin Dios ni ley.  Aquí todo el mundo hace lo que le dé la gana.

El imperio del automóvil, sobre la ciudadanía abarca prácticamente todos los aspectos de la vida de la ciudad: enjambres de vendedores ambulantes, motos y carros que invaden los andenes y las vías de Popayán. No es un fenómeno nuevo, pero crece. Conductores y semáforos descontrolados, coartan el libre movimiento de los peatones priorizando con un larguísimo ciclo el paso de los vehículos, contra un breve periodo para peatones: personas ancianas, mujeres embarazadas, niños o con problemas de movilidad. Imposible caminar por las invadidas aceras en línea recta, por el trazado más corto y directo. Los caminantes supeditados a cruces y absurdos giros en zigzags para eludir la peligrosa circulación rodante. Son muchos los aspectos de prevalencia del automotor que entorpecen la vida cotidiana de los ciudadanos de a pie.

Incuestionable, el vehículo privado, (coche, moto), es desde la óptica individual un invento fabuloso, que permite, moverse libremente espacial y temporalmente, transportando familiares, amigos o mercancías puerta a puerta. Es teóricamente rápido y flexible. Sirve para viajes interurbanos medio-largos, es un instrumento de movilidad individual, complementaria del transporte público. Pero, en esta época del mundo en que el hombre viaja a la luna y atraviesa el planeta de punta a punta en pocas horas, la movilidad urbana en Popayán, -sin ser una metrópolis del planeta- es en general un verdadero desastre. El tráfico caótico con interminables colas, la congestión de tráfico es el pan nuestro de cada día.

La deficiente movilidad urbana y sus graves secuelas sobre la vida y salud en la ciudad, son sin equívoco, uno de los principales problemas que preocupan a los ciudadanos y un desafío para la administración municipal. Existe un general consenso respecto a la gravedad de ese problema. Pero, no se vislumbran cambios, sobre este diagnóstico y la manera de encararlo.  El caos es cada vez más extendido y generalizado. Son nefastos los resultados, evidenciados en el sinnúmero de accidentes. Hay más contaminación, más ruido, más muertes. Fruto de ello, las infracciones viales que rompen y rasgan, la continuidad de las históricas tramas urbanas de calles y edificaciones de la tradicional ciudad de toda la vida.

Pareciera que las vías no se hubiesen diseñado para seres humanos, sino para automotores, con la ciudadanía relegada a los márgenes. La realidad es que, ante la irrefutable ineficacia y letal crudeza del tráfico urbano, la ciudadanía, prefiere mayoritariamente el modelo basado en el vehículo privado frente al transporte público. Aunque el carro sea una máquina letal. Pues, no existe en el mundo otro instrumento, ni guerras, ni terrorismo, ni grandes catástrofes naturales, con mayor capacidad de exterminio de la especie humana.

De nada valió disminuir el ancho de las calles a favor de carriles para las deterioradas busetas; sin buenas aceras ni carriles bici, creando en corto tiempo un fuerte desencanto. Fácil comprobar las desventajas del proceso: “Movilidad Futura”: con las estaciones para paradas de transporte público, invadidas por la maleza, convertidas en “elefantes blancos”. Sin embargo, la valoración ciudadana, siempre termina ignorada por la pauta publicitaria oficial sustentando: “mucho ruido y pocas nueces”

Pero el caos vehicular no es solo producto del mal parqueo o por falta de cultura ciudadana. Tiene un sentido más costoso y más indignante: los semáforos inteligentes… que son brutos de nacimiento, porque no funcionan. A la ciudad le falta modernización, tecnología de punta, inteligencia artificial para mejorar la movilidad.

Al garete las normas de tránsito en Popayán. No existe evolución ni desarrollo en infraestructura vial ni cambio de coincidencia respecto a la forma de actuar aplicándose, sobre el tema que este artículo pretende profundizar.

Civilidad: Según Margaret Thatcher, el automóvil da estatus social cuando afirma: “Si un hombre después de los 40 años se encuentra en un autobús, puede considerarse a sí mismo como un fracasado”.

 

sábado, 4 de octubre de 2025

Huellas del pasado para patojos

 

Escribo porque es mi a forma de expresar lo que yo siento y que los demás me entiendan. Escribo no para juntar letras y frases sobre el papel; escribo para plasmar lo que llevo adentro. Es una especie de simbiosis, entre el escritor y la ciudad. Escribir sobre Popayán, eso es.

Mi estilo me permite divagar más, irme y volver, ya que así puedo pasear por sus hidalgas calles.  Son lugares que me hablan directamente. Pueden ser feas o no tan feas, pero siempre les encuentro la belleza.  De esta forma, intento abordar estos espacios desde planos muy diferentes: el histórico, el real, el político y el ficticio.

 Navego  en apacibles aguas para ofrecer mis artículos a internautas paisanos en el exterior que añoran volver a la tierrita. En especial, para quienes por aquello de la “viola” en la década del 48, les tocó salir montados en la vieja máquina de combustión de carbón recorriendo la paralela vía. En definitiva, escribo para mi apocada audiencia, sobre los   lugares que hablan de la historia de la ciudad, pero que también configuran su presente.

 Doy un salto a mi memoria para evocar, las chapuzadas en los ríos: Molino, Caracol, Dos brazos, y en el Cauca, cruzando a nado el remolino de la Cabaña. Nos vimos entre los equipos: granadino y el Piel Roja dándonos leña en los “picados” domingueros del “Achiral” donde llegaba la “Ciudad de Hierro” (hoy, parque Benito Juárez).

 Hago remembranza a los madrugones a misa en la Catedral, con uniforme de la escuela que la señorita Simona dirigía con implacable disciplina. Retornamos a los recreos jugando “zumbo”, “un cojín”, “la lleva”, etc., comprando en el “caspete” (tienda), caucharina, melcochas y cholaos. Y las “capadas” a clase para ir a coger moras, michinches, guayabas, guabas, moquitos y guindas en los llanos largos de Chuni-abajo.

 Me conecto con el pasado cuando fuimos a parar a la “Alhajita” en Cajete, donde recorrimos los acantilados del río Cauca. Volvimos a pasear con la imaginación “La Cueva del Indio”, colindante con la finca de los Ávila. Evocamos los porrazos por “ñucos”, aprendiendo a montar en cicla. Revivo el teatro Bolívar, “el pulguero” que exhibía las mejores películas mexicanas en blanco y negro: Invasión a Mongo, Invasión a Marte con Flash-Gordon y el Capitán Maravilla; la serie de Santo el enmascarado de plata, las películas de Tin-Tan, Clavillazo, Cantinflas, Resortes y las cintas de los “charros” Jorge Negrete, Pedro Infante, Luis y Antonio Aguilar, etc.

 En el declive de su vida conocimos a Vicente Idrobo, Maestro de la Banda de músicos del Batallón Junín No.7 a quien elogiábamos con: “ánimo Cocorote”, “arriba chupa-cobres”. Soltamos risas por: Rosarito, Ratón de Iglesia, “Sancocho”-Sánchez el de los Misereres, Zócalo, Pate guaba, Miel de Abeja, el Boquinche Efraín, personajes queridos que dieron alegría y sustos a más de uno cuando éramos muchachos.

 Muchos bellos recuerdos se agolpan desordenados en nuestra memoria como si apenas esta mañana los hubiésemos visto y tratado. Repasa mi frágil memoria las propagandas que se oían en los pocos radios que había en la ciudad, anunciando: “Hasta el gato quiere que lo bañen, pero con jabón Varela”; “Mejoral, Mejoral es mejor y quita el mal”; “Píldoras de vida del Dr. Ross, cuando yo las tomo me siento mejor”. Recreo mi imaginación con la voz de Belalcázar que, con su baja frecuencia, radiaba sólo hasta puente chiquito del río Cauca. Desentierro, la Vitrola, identificada con el perro lelo de la RCA Víctor, que los surcos de los discos carbonados comían cajas de agujas para reproducir el sonido.

Gratificante escribir para mí mismo como una oportunidad de autorreflexión y crecimiento sobre experiencias y emociones personales. Y mantengo la práctica de la escritura como un aporte a la ciudad con recuerdos imborrables para el disfrute de los de mi época que aún sobreviven en Popayán y, para otros tantos errabundos dispersos “Patojos” por el mundo que ávidos me leen. La amada ciudad escrita hoy, es diversa, es heterogénea, es multicultural, multiétnica, es incluyente, es la ciudad de todos y para todos. Dándole sentido al tiempo entrego este escrito, como un texto más a la escritura de la ciudad que es parte de nuestro ser.

 Civilidad: Hoy en día la situación en Popayán, ha cambiado demasiado; pero evocando el pasado vivimos felices.